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Hacia un país de agua

Por Mery Sananes

No soy más que un cántaro que siempre se rebosa y salpica todo a su alrededor y del cual a veces salta la magia de unos ojos que no nos miran sólo por mirarnos.

Apenas un transeúnte que cuando descubro, en medio de estos tiempos obscuros, un resquicio de alegría, un caminito de flor, un territorio alado, allí me asiento a celebrar la vida.

Y entonces recojo hojitas secas, me detengo en los aguaceritos, monto en el lomo de las hormigas, cabalgo en las alas de las mariposas, para ir reuniendo tesoros que ofrendar a mi paso.

Una carta bordada con hebras, un papel teñido de atardecer, un bajel de nubes, una sonata para cello, la mágica cantata de las chicharras, una flor que aterriza en medio de una copa, o que se esconde debajo de una almohada. La canción de un pájaro que reconoce mi voz.

Me cuelo entre las rendijas de las ventanas, tomo por asalto los dinteles, los solares, las claraboyas, soy capaz de arremolinarme en el hemisferio izquierdo de un párpado sin que nadie lo note. O quedarme en silencio por siglos adherida a un cristal que resguarda una sonrisa.

Soy persistente. Me la paso inventando excusas y argumentos para quedarme, aún cuando ya debería haberme ido. No conozco las medidas del tiempo. Lo doblo o extiendo a mi antojo, a veces sin advertir que lo voy anegando todo.

Me inmiscuyo en cada cauce que encuentro, enrolando cántaros a mi paso, con la efímera ilusión de construir un país de agua. Claro, la mayor parte del tiempo resido en los albergues de la sequía, horadando en silencio en busca de un agujero por donde vuelva a manar una diminuta gota de rocío.

En esos tiempos, que son los más, como los pingüinos, los salmones y los osos polares, vivo de la primavera que escondo en mis más recónditos bolsillos. Y de allí extraigo todo género de utensilios para hacer rituales.

Y cuando se produce el deshielo y el agua vuelve a fluir de regreso a los ríos, y de los ríos a las corolas, y de las corolas a la neblina, la vasija de barro de la que estoy hecha, comienza de nuevo a desbordarse como el maíz de la mazorca tierna, y a derramarse como una risa fresca sobre los atriles de una partitura para un solo de laúd.

El instante luminoso de la alegría sigue siendo un destello azul que nace del agua y que luego se convierte en grieta de una tierra ajada o en los pliegues de los rostros que tienen sed.

Y es allí cuando brota la necesidad de volver los pasos sobre un horizonte que alcance el regazo del agua, que nos devuelva las faenas del río, que nos atempere en las honduras de un océano que aún no hurgamos.

Es hora de juntar los cántaros, de llenar las vasijas, de dar de beber a ese acantilado largo y extendido que se ha ido llevando todas las risas, hasta que conjugue su alegría sobre cada costado herido, cada tiempo inerme, cada mirada vulnerable, y construyamos de una vez por todas el país de agua que soñamos y la sonata en arpegio de amor de siempre, que convoque la altura libertaria de nuestros suspiros. [Mery Sananes, escritora venezolana, autora de Tiempo de guerra, 1974, Reflexión sobre una y otra historia, 1997]

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