Por José Tobías Beato
Pedro Mir es uno de los grandes poetas latinoamericanos, ampliamente conocido por sus poemas Hay un país en el mundo, Contracanto a Walt Whitman, Amén de mariposas o Viaje a la muchedumbre, entre otros. Pero aparte de este género en el que destacó sobremanera, tiene una labor como ensayista que no es menos notable, aunque ciertamente menos conocida. Dos obras especialmente lo hacen brillar como investigador y teórico de la historia: El Gran Incendio, en el que estudia los orígenes del capitalismo americano, particularmente en la Española, y el hermosísimo ensayo que denominó Tres Leyendas de Colores, donde intenta interpretar las primeras tres revoluciones americanas por las razas que las produjeron.
En ambas obras va el lector de sorpresa en sorpresa, cuando no por la belleza del decir, cuando no por la originalidad de los planteamientos. Un ejemplo: Pedro Mir fue el primero en sostener que un acontecimiento humilde, lejano en el tiempo y ocurrido en una isla más o menos ignorada, —la Hispaniola— es justamente la raíz de la sociedad hispanoamericana actual. De serlo, aquel hecho humilde, puesto en perspectiva ya no lo sería tanto, muy por el contrario, se revelaría como un hecho decisivo en la historia humana, ya que él originaría instituciones como la Encomienda de indios, la Real Audiencia, el Ingenio de azúcar, la esclavitud de los indios primero y de los negros después, el municipio y, sobre todo, la discriminación racial que corroe como cáncer la sociedad americana. Que nadie venga a estas alturas con poses hipócritas para negar el fenómeno, pues dos hechos contundentes bastarían para desenmascarar la farsa: el tratamiento vejatorio hacia los indios hasta llegar al crimen de lesa humanidad, y el trato continental dado a Haití desde los tiempos de Bolívar hasta hoy. Un pueblo para el cual su piel negra se convirtió en acerado barrote carcelario que lo hicieron esclavo y luego de su lucha victoriosa por su liberación e independencia, se trocó en desdén y olvido que limita aquellas.
Pero bien; ¿Cuál fue el acontecimiento decisivo que desató tan enormes consecuencias? El alzamiento del escudero Roldán contra su jefe, Don Cristóbal Colón, por el que éste perdió gran parte de sus títulos y privilegios y los blancos se liberaron del trabajo manual y productor. El que esté interesado en estos temas, particularmente en las razones que llevaron a Mir a tales conclusiones, puede localizar ambos libros editados por “Taller”, aunque no sé si a estas alturas estarán agotados. El asunto es que quiero poner mi granito de arena en la difusión de este notable artista de la palabra y severo pensador que fue Don Pedro Mir. Divulgar su obra como teórico social que fue, amén de poeta, porque hoy más que nunca es necesario que meditemos sobre las alternativas que tenemos por delante, creadas por una historia que tenemos desde siglos atrás, modelando nuestros pasos, como sigue la sombra al cuerpo. Por eso he seleccionado uno de los últimos capítulos de Tres leyendas de colores, el consagrado a la alegría del negro, justamente en esta hora de tragedia para el hermano pueblo de Haití, una contribución no tan indirecta como a simple vista pudiera parecer, para que comprendamos la raíz profunda de sus grandes males.
En este delicioso ensayo queda explicado parte del temperamento latino, singularmente el del caribeño. Pues el Caribe es, más que otra región del globo, un lugar donde el júbilo y la risa es un estilo de vida: la realidad por amarga que sea, es burlada con chistes y “choteos”; un sitio donde hasta lo trágico con frecuencia deviene convertido en mera anécdota. Claro que ese júbilo es un muelle que amortigua la realidad de su vivir cotidiano, que puede caracterizarse como una plenitud de carencias y abusos. Esta es una historia que tiene un centro, un origen en el tiempo: el ingenio de azúcar todopoderoso. Pero hasta aquí quien suscribe, José T. Beato. Leamos ahora la palabra alada del viejo profesor expresada en algunos de los párrafos de su ya citada obra “Tres Leyendas de Colores” sólo para ‘picar’ la curiosidad:
La alegría del mar
El mar Mediterráneo fue la civilización. El mar Caribe es la alegría. Con el rumor del oleaje se escucha una algazara de dioses inauditos que prorrumpen en todo el litoral. Es un mar de júbilo. La vida aparece allí interpretada con unos patrones flexibles que ceden a la más imperceptible exigencia. La realidad cotidiana es revalorizada y puesta en términos de chiste, juego o danza. El “homo sapiens” es traducido al “homo ludens”. La adversidad es devuelta en goce. La vida es divertimiento. Lo que en Cuba es el “choteo” y en los Estados Unidos el “practical joke”. Las formas sociales, necanizadas por una actividad secular, caen fulminadas por la burla. Sustituidas por nuevas fórmulas más ágiles y elásticas en las que se rescata el contenido humano. Es la derrota final de todos los formalismos, el descrédito de la solemnidad, la abolición de la etiqueta. Y, como contrapartida, el nacimiento de un sentimiento deportivo y juvenil de la existencia. Los hechos más indiferentes aparecen rodeados de un matiz rosado, color de optimismo. Los simples movimientos de la persona se ven realizados con un goce ingenuo, se dirían saboreados y surgen en la anodina caminata para culminar en la danza. Reaparecen en formas elevadas y revierte en una música de caracteres absolutamente inéditos y llenos de un secreto contenido.
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La más recóndita ascendencia de la alegría del Caribe, hay que ir a buscarla en el fondo histórico en que yace el “ingenio poderoso”. Tres razas fueron sometidas a la prueba del azúcar. Una pudo huir amparada en la máquina compulsiva de la colonia, la blanca. Las otras dos fueron implacablemente sometidas al restallido del látigo. De estas dos, la india, reaccionó trágicamente, se ensimismó y cayó vencida junto a los engranajes. El símbolo de esta reacción de los aborígenes ante la adversidad, lo representa esa figurita que aparece en los motivos turísticos mexicanos: un indiecito sentado con la cabeza apoyada en las rodillas bajo un ancho sombrerón. La otra era una raza excepcionalmente enérgica. Reaccionó oponiendo a la desgracia cósmica una alegría ruidosa indomeñable. Este carácter había sido considerado desde los tiempos clásicos como privativo de la raza. Los griegos se referían a los negros nilóticos, como se ha dicho más arriba, llamándolos “los felices etíopes” y el médico por antonomasia, Galeno, señalaba como una de las cualidades típicas de los negros la “propensión a una ruidosa hilaridad”. Todos los observadores modernos reconocen esta cualidad como peculiar a la raza negra. Psicólogos como Jung, filósofos como el conde de Keiserling, sociólogos como Arthur Ramos, antropólogos como Linton, viajeros como Siefried, literatos como Paul Morand – “Ignore –t-il que Dieu a fait don aux negres de son plus precieux trésor: la joie?” (Magie Nor) – Moran considera que la alegría es un atributo divino del cual sólo participan los negros en la tierra. Esto para citar algunos nombres familiares.
Pero la alegría del Caribe, que se presenta originalmente como un recurso defensivo ante las inclemencias del ingenio poderoso, tiene un fondo de imponderable tragedia. Nace tarada. En efecto; un compositor negro norteamericano, W. C. Handy, autor del famoso St. Louis Blues, a quien habrá que concederle autoridad en la materia, ha explicado mediante una especie de apólogo el verdadero sentido de esta alegría:
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“Un negro tiene veinte pesos y debe treinta al casero. Si fuera blanco abonaría esos veinte y debería los otros diez. Como él es negro y el casero blanco, no puede hacerlo. Cuando llega la hora de pagar y no ha conseguido la suma completa, se mete en un tugurio y se bebe alegremente los veinte pesos”.
Así es; pero los pueblos del Caribe, en cuya composición entran otras razas colocadas en distinta posición social no toman sino la alegría pura y simple. El elemento de tragedia contenido en ella queda recóndito, como problema de grupo o de casta, absolutamente inadvertido. Especialmente en aquellos pueblos en que el elemento racial numéricamente predominante, como en Estados Unidos, es la raza blanca.
Siendo así que lo que asoma a la periferia es la impoluta alegría, se explicaría que la raza negra, constituyendo una minoría en los pueblos de tierra firme, haya dejado una impronta tan notable en el cuadro social. La potencia social de la alegría, como lo ha demostrado bonitamente Bergson, es irresistible. La risa es contagiosa. Se transmite por contacto. Por eso, a la vuelta de unos años, aquella alegría se derramó sobre las espumas del Caribe y le dio su brillante colorido a las aguas del litoral.
El más activo agente de la alegría fue la música; el ritmo, que iba a servir de esqueleto a toda la arquitectura folklórica. La melodía de los pueblos colonizadores, traspasadas por el estremecimiento de color, se acomodaron sobre los ritmos africanos y produjeron un sonido nuevo. La música afro-americana, fue la música típicamente americana.
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De todo el álbum musical americano las más preciosas páginas fueron los “spirituals”. Es una música de carácter religioso en la cual, como cosa notable, se expresa la profunda melancolía subyacente de la raza. Es música coral, improvisada y anónima. Un guía dice unos versos inspirados en un texto bíblico y la masa va respondiendo hasta crear algunas de las páginas más bellas de la musicografía mundial. La masa produce una complejidad de ritmo y una riqueza polifónica que asombran a los eruditos. Pero el valor de esta música solamente puede expresarse aquí mediante un criterio de autoridad. Después de Dvorak las figuras más notables de la música, Debussy, Cyril Scott, Strawinsky, Casella Honnegger, Jean Wiener…..buscaron inspiración en los motivos negros. Stokowsky dijo que los negros habían hecho en la música todo lo contrario de lo que decían las reglas clásicas y lograban obras admirables.
Los “spirituals” y los “labor songs” canciones de trabajo, bien pronto desembocaron en una modalidad folklórica, el blues, que primero anduvo anónimo por las calles de New Orleans y los barcos de Mississippi, superpuestos sobre el compás del banjo, instrumento de negros híbrido de la guitarra y el tambor. El banjo creó el jazz-band. Los spirituals tomaron este vehículo y reaparecieron trocados en un caudal de ritmos de una alegría desbordante e irresistible. De allí salieron todos los ritmos populares modernos………. [José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002]




J.T.Beato: Un placer leer tu exponencia, al igual que el universo, no le falta ni le sobra na-da!
Muy bien escrito por el señor Beato. alguien me puede decir si tiene mas articulos o libros?