Parecería que seguimos en un limbo: por un lado el hombre moderno continúa siendo víctima de los poderes, la injusticia y el egoísmo, de las penas reales: El hambre, la guerra y la impunidad del Mercado.
Por Jochy Herrera
La concepción cristiana de la fe y el poder divino como explicación de la existencia del más allá ha evolucionado muy poco a través de los siglos, hecho que se evidencia en las recientes afirmaciones del Papa Benedicto XVI de que “el peregrinar terreno de todo ser humano debe tener como fin el paraíso, el cielo, la vida eterna”. Dadas las infernales condiciones en que viven la mayoría de los niños, hombres y mujeres del planeta en este siglo XXI, cabe meditar sobre las alternativas post mortem que la jerarquía católica propone. Es decir, ¿en qué anda el infierno, el Limbo y el Purgatorio en estos días? Aunque muy pronto se podrá recurrir a un iGod, prefiero regresar a los Testamentos y las encíclicas a fin de hurgar en el origen y evolución de dichas propuestas.
El infierno, el destino mejor definido de los pecadores, en palabras del propio Papa “existe, es eterno y no está vacío”. A través de la historia nunca ha habido duda de sus espeluznantes características: desde los textos apócrifos de Pedro y Pablo descrito como un horno ardiente, desde el infierno medioevo reino de Satanás, torturador de los pecadores entre las llamas eternas, desde las fauces del monstruo Leviatán en espera de los condenados, desde la imagen mitológica de Cerbero, perro de tres cabezas que custodia su entrada, hasta las llamas sulfurosas donde se ahogan los lujuriosos, este horrendo lugar es el temor eterno de los creyentes. En 1999, por dictado de Juan Pablo II, el cielo y el infierno dejaron de ser lugares y pasaron a ser estados, condiciones del alma del sujeto. Esta nueva visión se basó en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino quien afirmaba que las cosas incorpóreas no están en un lugar de la manera como las vemos en la realidad ya que ellas pertenecen al territorio de lo espiritual y no lo físico.
El limbo, aquél “noble castillo” descrito por Dante en La divina comedia como lugar sin pena ni sufrimiento, de deseo incumplido y hogar de las almas desconocedoras de Dios durante su vida (los guerreros y hombres ilustres – en el limbus patrum y los niños muertos antes de ser bautizados – en el limbus infantium), fue siempre objeto de controversia entre los teólogos de la cristiandad. En 418 b.C. el Concilio de Cartago y posteriormente San Agustín, negaron la felicidad eterna a los niños no bautizados antes de morir condenándolos, a causa del pecado original, a vivir en eterno distanciamiento con Dios. El limbo cayó en el olvido hasta que la renovación finisecular del papado de Juan Pablo II lo reintrodujo al debate. Traumatizado por la “muerte de parto” de su propia madre y una hermana menor, el fenecido pontífice instruye al cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) a que estudie el destino final del limbo. Ratzinger, convertido en Benedicto XVI, anuncia su abolición en abril de 2007: “Este concepto refleja una visión excesivamente restrictiva de la salvación ya que existen serias razones teológicas para creer que los niños que mueren sin ser bautizados se salvarán…”, indicaba el prelado a la Comisión Teológica Internacional.
El purgatorio, por otra parte, lugar de expiación donde los culpables deberán limpiar sus pecados antes de acercarse a Dios en el cielo, es la única condición tras la muerte que carece de eternidad; una etapa donde las penas y sufrimientos a que son sometidos los elegidos (de igual naturaleza que las del infierno), en vez de castigo persiguen la purificación. Debe recordarse que la estadía de un ser en el Purgatorio puede ser reducida gracias a los Sufragios: Las plegarias de sus deudos y los Ofrecimientos de misa o comunión, así como a través de las Indulgencias. Estas dispensas eclesiásticas, muy populares durante el Renacimiento, liberaban las almas del Purgatorio a cambio de dinero y le fueron muy útiles a la Iglesia ya que financiaron, entre muchas cosas, la construcción de la Basílica de San Pedro. Las Indulgencias fueron además motivo parcial de la gran ruptura del catolicismo resultado de su rechazo por parte de Martín Lutero, fundador del protestantismo.
SPE SALVI facti sumus
La desaparición del limbo ha puesto en cuestionamiento el futuro del Purgatorio ya que según expertos, desde una perspectiva bíblica, ambas doctrinas pertenecen a una misma categoría. Sin embargo, el sumo pontífice insiste en la necesidad del Purgatorio ya que a su parecer “no todos nos presentaremos igual al banquete del paraíso… serán muchos los que tengan que purificarse”. Este Papa, quien se queja a viva voz de que “ en estos tiempos se habla demasiado poco del pecado”, ha afirmado que “es imposible que la injusticia de la historia sea la última palabra”; en su encíclica SPE SALVI, Salvados por la esperanza, Benedicto XVI habla de la esperanza en la justicia a ser traída por el poder divino. En las 77 páginas del documento se pregunta sobre el significado del progreso, sobre qué debemos esperar los humanos y sobre la verdadera fisonomía de la esperanza indicando que la extirpación del sufrimiento del mundo no está en nuestras manos sino en las de Dios.
Parecería que seguimos en un limbo: por un lado el hombre moderno continúa siendo víctima de los poderes, la injusticia y el egoísmo, de las penas reales: El hambre, la guerra y la impunidad del Mercado. Por otro lado, la jeraquía católica da muestras de autocriticismo respecto a sus rígidas doctrinas al reivindicar los niños muertos y al hablar de esperanza y justicia. Mas no ofrece alternativas al sufrimiento terrenal. No contamos, o quizás no merecemos, al parecer del líder del catolicismo, con alternativas premortem. [Jochy Herrera. Autor de Extrasístoles (y otros accidentes) y miembro de la Mesa Directiva de contratiempo.