A crowd of people turned away | but I just had to look | having read the Book | I’d love to turn you on. The Beatles – A Day in the Life
Por José Tobías Beato
Debo declararlo de entrada para evitar las consabidas suspicacias: la mujer es mi destino. Y me complace infinitamente que así sea. Nunca he dudado al respecto ni me ha pasado por la mente ninguna otra alternativa. Esa alternativa que se materializa en una piel suave, de aroma delicado, voz aterciopelada que domina por los matices y no por la estridencia ni por su tono fuerte; esas curvas que aceleran los pulsos y dilatan las pupilas y cuanto pueda crecer en extensión, me gusta y me arrebata. En fin, que soy macho. Más aún: orgullosamente macho, queriendo no con ello decir que soy machista, sino un ejemplar del género masculino que se manifiesta consecuente con las hormonas y sicología con las que la naturaleza lo dotó desde el vientre de su madre.
Ahora bien. Nadie vive aislado y lo que afecta a otros, sin importar su número, terminará incidiendo sobre uno tarde o temprano, generalmente indirectamente, y no pocas veces de manera directa. Es el caso que desde largo tiempo sé, como tantos otros, aunque unos cuantos se hagan los desentendidos o que no lo saben, que el denominado homo sapiens, no es simplemente varón y hembra, sino que entre ellos deambulan unos seres, por llamarlos de algún modo, y sin el menor ánimo de ofender, que son mixtos en muy diversos grados. Clasificación y puntualización, que por el momento, no es asunto de este breve y simple ensayo. Y que el asunto no es de ahora, sino desde mucho, pero de muchísimo tiempo, hasta perderse en la oscura noche de los orígenes.
El caso es que la naturaleza no hace a los seres que la componen acabados para siempre, de una sola y buena vez. Ni tampoco los hace uniformes ni mucho menos sistemáticamente perfectos, sino que más bien están para ser completados, reformados, transformados. Todavía más: en ellos no está excluida la imperfección, el defecto, y muchísimo menos lo imprevisible. Incluso, con frecuencia mayor de lo deseable, muchos nacen en desventaja o con defecto, sin que ello implique hoy, como en tiempos antiguos, la exterminación de estos seres “defectuosos”. Muchos nacen y se manifiestan sencillamente diferentes; repito, ‘muchos.’
Sin embargo, un grupo no precisamente pequeño de hombres y mujeres quiere negar la existencia de aquellos seres distintos, y digo así porque al negarle derechos, pretenden con ello suprimirlos o meter la cabeza en la arena para no percatarse de su dolor y existencia miserable, al no poder manifestarse tal y cuales son. A lo largo de mi vida he conocido a algunas de estas personas. Las he visto unas veces ensimismadas, retraídas e indefensas; otras veces hurañas, ora violentas o atrevidas, “frescas”, cuando deciden que los demás no se les impondrán por simple mayoría mecánica. Y entonces afrontan con dignidad burlas y persecuciones, desdén y maltrato.
Según algunos, por la ley de 1996, conocida como “la ley de la defensa del matrimonio” las parejas homosexuales en Estados Unidos ni siquiera pueden ser contadas. Pero la supresión por vía de la legalidad, no elimina la existencia material de tales parejas. ¿Qué logramos con ello? ¿Acaso por mirar para otro lado hacemos desaparecer la realidad que tenemos de frente? ¡Vana ilusión! Hipocresía que carga la sociedad de resentimientos, que necesariamente salen por algún lado, cuando menos se los espera. Por suerte ya el gobierno americano ha salido al frente y establecido que en el censo del 2010 las parejas homosexuales serán contadas, sobre la base de que la tal ley no impide la recolección de información. Suponemos que igual destino tendrá en un futuro cercano, la disposición que en el ejército impide el reconocimiento formal de la condición homosexual de muchos de sus miembros. La política actual es “no preguntes, no digas”. Una forma de ignorar una realidad. Mientras tanto, los homosexuales están dentro, aunque no puedan manifestarse abiertamente, y cumplen con sus deberes militares tanto como lo hacen los heterosexuales.
¿Por qué esta crueldad e intolerancia con el derecho de elegir compañero o compañera, o estilo de vida? ¿De dónde proviene esta supuesta autoridad? ¿Cuál es el límite para el Estado, o acaso no tiene límite? Algunos defienden la libertad económica, y que no haya restricción para ellos hacer negocio; sin embargo, paradójicamente, esos mismos no dicen lo mismo a la hora de decidir ante asuntos tan definitivamente personales como la elección de parejas —no crea el lector que solamente me refiero a la elección de sexo, sino que por ejemplo, no hace mucho un juez en Estados Unidos se negó a casar a una pareja porque no pertenecían a la misma raza: se trata del juez Keith Bardwell, del estado de Luisiana, que alega que los niños mestizos nacidos de esas parejas suelen ser rechazados por las respectivas comunidades a las que pertenecen los padres, según reportaje de la BBC del 16 de octubre del 2009. Eso, a pesar de que la Suprema Corte de Estados Unidos, desde 1967, acordó que el Estado no le puede decir a la gente con quién se puede casar y con quién no—, y esos mismos grupos creen que es el Estado el que puede decidir sobre la muerte o la vida. Incluso, tales grupos, después de quebrar empresas, no se oponen a que el Estado las rescate, y hasta se reparten bonos por la quiebra y pese a la quiebra. Deberían ser consecuentemente lógicos con el principio que sostienen y oponerse a la intervención del Estado… ¡Ah no, que no les afecten los bolsillos! Eso nunca; en todo lo demás, intervención estatal, supresión de los derechos individuales, incluso por la vía de la violencia.
La lógica y la teoría del conocimiento enseñan que son los juicios el centro de todo posible conocimiento. Kant los dividió en analíticos y sintéticos, siendo éstos últimos —bien a priori o bien a posteriori— los más importantes por ser los que no estando el predicado contenido en el sujeto, añaden por lo mismo algo nuevo. Todo eso será muy filosófico y todo lo que se quiera, puede ser verdadero y hasta hermoso; pero el que brega con los seres humanos concretos y día a día, más que estar pendiente de su hipotética capacidad lógica y posibles conocimientos, le vendrá muy bien estar informado acerca de las creencias que sin ningún aparente fundamento guían la vida de tales personas, y en particular de sus “pre-juicios”, que eventualmente los pueden llevar a actuar contra toda evidencia y raciocinio.
Muchos son los que han intentado determinar la estructura de la historia y los móviles de los hombres: para unos es la lucha de clases, para otros los cambios en los instrumentos de producción, las ideas, la introducción de nuevas y mejores armas de destrucción, para algunos la historia no es otra cosa que el reflejo de la intervención divina. Pero lo cierto y verdadero es que ni la ciencia ni la historia social existirían sin el combate contra los pre-juicios. Porque son parte de nuestra naturaleza. Y hay que estar muy vigilantes para no quedar atrapados por sus redes invisibles y pegajosas semejantes a los hilos de la araña, donde quedan apresados los animalejos incautos. El hombre que es dominado por los pre-juicios se convierte en un fanático, esto es, en un pre-hombre, esto es, se pone al nivel de la bestia y a la menor provocación apretará los puños, mostrará y rechinará los dientes, al tiempo que emitirá rugidos característicos; acaso insultará, – como se sabe, no todo animal que articula palabras razona, o tiene la dignidad de ser humano -, para de pronto descargar el golpe y derramar sangre. Dos ejemplos, de miles que pueden citarse: el de los nazis con los judíos y el tratamiento dispensado a todo aquel que se declara homosexual. Y es el caso que ahora podemos unir ambos en apretada síntesis.
En el momento de pleno desenfreno nazi en la Alemania de Hitler, Sigmund Freud, fundador del Psicoanálisis, nacido austríaco y, por consiguiente germano, pero en el seno de una familia judía, sentía los embates del nacionalsocialismo aún viviendo en Viena, que por aquellos días todavía no había sido ocupada, para formar el tercer imperio alemán, el llamado tercer Reich, que según sus oráculos y profetas debería durar cuando menos mil años, superando en gloria y magnificencia a todo imperio pasado o por venir. Ya los libros de Freud habían sido quemados en Alemania, en la primavera de 1933, junto a los de otros autores, y como bien anunció el poeta Heine “aquellos que empiezan por quemar libros, terminarán quemando hombres”: ningún judío podía pertenecer a consejo científico alguno, por sobresaliente que fuese. Ni siquiera Einstein, el creador de la Teoría de la Relatividad.
Los hombres y mujeres de origen judío, aunque fueran alemanes de pleno derecho, comenzaron a ser cancelados de sus puestos de trabajo, a ser sacados de sus casas, para terminar la mayoría de ellos en campos de concentración o simplemente muertos. El “Holocausto”, si hay que buscar una fecha, comenzó la noche del nueve de noviembre de 1938, noche que la historia ha bautizado en alemán con un nombre poético, Kristallnacht, pero que fue una noche de destrucción y violencia: “la noche de los cristales rotos”. Los nazis arrasaron con los comercios y propiedades de los judíos. Piedras, incendios, asesinatos. Y luego de la destrucción, los judíos fueron legalmente impedidos de reclamar a las compañías aseguradoras, y en el colmo del abuso, obligados a pagar más de mil millones de marcos por los daños sufridos: las víctimas pagándole a los victimarios. Buena parte del pueblo alemán volteó la cara ante la humillación y persecución de esta minoría. Y pagó cara la apatía dos lustros más tarde.
“Insultados y exiliados” es uno de los títulos del escritor Arnold Zweig que trata del asunto. El compositor alemán, otro Arnold por cierto, pero de apellido Schoenberg escribió desesperado a su amigo, el pintor abstracto Kandinsky, mucho antes de estos hechos trágicos lo siguiente: “Al fin he aprendido la lección que se me impuso a lo largo de los años, y nunca olvidaré. Es la lección de que no soy alemán ni europeo, y quizás ni siquiera un ser humano (por lo menos, los europeos prefieren lo peor de su raza antes que mi persona), pero soy judío……” (Harold Schonberg, Los grandes compositores, Javier Vergara editor, pág. 562).
Así muchos heterosexuales prefieren tratar con la escoria, con el puro vándalo heterosexual, antes que reconocer a un homosexual como ser humano con plenitud de derechos. Obviamente, tampoco el ser homosexual crea de por sí calidad o bondad alguna, porque para tales cosas la tendencia sexual no es el punto a considerar. Ahora bien; no se crea que cite estos hechos por mero alarde de erudición, lo cual sería una vanidad penosa, tonta. Lo hago porque es precisamente la Biblia judía el aparente fundamento de tales comportamientos antihumanos, particularmente en el caso de los homosexuales. Y ya tendremos ocasión de ver la falsedad de ese basamento y los cambios que se han operado en dicho pueblo.
Mientras, volvamos al viejo maestro de la psiquiatría, a Freud, que encima de todos los problemas sociales y profesionales que tenía en el año 1935, sufría intensamente a causa del cáncer de su mandíbula. A pesar de ello, siempre estaba dispuesto para aliviar el dolor ajeno, aunque fuera con un consejo a distancia. Así, en abril de ese año, Freud recibió una interesantísima carta de una señora americana que estaba desesperada por el comportamiento y sufrimiento de su hijo. La buena señora ni por asomo menciona la causa de tal sufrimiento, pero Freud la adivina: el hijo es homosexual, y vive en un ambiente donde se impone la represión contra el que se manifiesta de tal modo. Así le contesta Freud y perdone el posible lector lo largo de la cita, pero es esencial leerla completa en virtud de su importancia para la comprensión del problema:
“Deduzco de su carta que su hijo es homosexual. Me impresiona mucho el hecho de que usted no mencione esta palabra en su información sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué evita el uso de ese término? La homosexualidad no es, desde luego, una ventaja, pero tampoco es nada de lo que uno deba avergonzarse, un vicio o una degradación, ni puede clasificarse como una enfermedad; nosotros la consideramos como una variante de la función sexual, producto de una detención en el desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables de tiempos antiguos y modernos, entre ellos varios de los más grandes (Platón, Miguel Angel, Leonardo da Vinci, etc) fueron homosexuales. Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen, y es también una crueldad. Si usted no me cree a mí, lea los libros de Ellis.
Cuando usted me pregunta si puedo ayudarla, debo suponer que lo que usted me pregunta es si puedo abolir la homosexualidad y hacer ocupar su lugar por la heterosexualidad. La respuesta, en términos generales, es que no podemos prometer semejante éxito. En cierto número de casos conseguimos desarrollar los marchitados gérmenes de heterosexualidad presentes siempre en todo homosexual, pero en la mayor parte de los casos eso ya no es posible. Eso depende de la cualidad y la edad del individuo. No es posible predecir cuál será el resultado del tratamiento. Lo que el Psicoanálisis puede hacer por su hijo ya es cosa diferente. Si es desdichado, neurótico, si vive desgarrado por sus conflictos e inhibiciones en su vida social, el análisis puede traerle armonía, tranquilidad mental, completa eficiencia, ya siga homosexual o cambie…” (Ernest Jones, Biografía de Freud, tomo 2, pág. 538, Salvat). [José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002]

la humanidad tuvo una caída, luego se paró y tuvo otra recaída, de la cual yo no se parará nunca, el poder de los unos sobre tantos otros, está fundamentado en el mito manipulado, como hubo que abolir la esclavitud, debió de cambiarse solo el formato; si lavaron su cerebro puede ser preso de confianza, la mayoría es un poder que convence por que usa cualquier método para hacerlo, y ese método es marginarlo, son los prejuicio religioso los que han atrasado el justo reconocimiento de estas diferencia, y un deseo inconciente de corresponderse con esa sentencia, que todo fanático asume como bandera de su resguardada apariencia, esa diferenciación castigada a lo largo de los años, es la misma diferencia de un país grande frente a otro pequeño, de un hombre armado frente a un desarmado, quien tenga el garrote mas grande determina lo legar y lo ilegal, y quiebra negocios, la educación es y ha sido el proceso a través del cual los valores comunes, se establecen en la mentalidad de las masas, todo quien se sale de este marco tendrá que ser muy creativo para salvarse de los instruidos con esos libro tan antiguos donde las mentiras no se pueden reformar como en la ciencia y liberar a los seres a través de la verdad los homosexuales encuentran un desahogo a su tardío desarrollo o a su precoz desarrollo, su condena es que no se reproducen, pero con el tiempo que le sobra que no utilizan criando , desarrollan la sensibilidad de una manera creativa e inteligente, el tiempo es uno. ser diferente tiene una penalidad congénita condenada socialmente, vive respetando las diferencia, y deja que el bosque crezca que la muerte siempre anda cerca