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Intrusiones para dar cuerda al reloj

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestro vuestro sus rostros. Qué diablos. Julio Cortázar (Las babas del diablo)

Por René Rodríguez Soriano

No se arriesguen a mirar sus relojes a esta hora, vaya a ser que, sin quererlo, convoquen al maestro de los duendes, y se desate entonces una tormenta bufa y retozona, de pronósticos reservados. Mejor es que juguemos sin freno, que nos dejemos ir por ahí, inocuos y vacíos, a inventariar territorios desusados y mudos. Así es que, propongo que sigamos a esa chica, le inventemos un nombre: Marión, ojos de miel, aceitunada tez, desgarbada y locuaz. Crucemos un zaguán de mediodía con sus floreros sordos; deshojemos geranios y jacintos, no nos está dado el milagro de las voces ni del tacto; sigamos solamente a la muchacha.

Conjuguemos un parque con niños, buhoneros, muchachas de servicio, guardianes y un bestiario infinito de libélulas tenues que alborotan el tiempo, las frituras… y aquel señor, medio miope, absorto en su periódico de torcidas columnas o el patisuelto tajalán que duerme a la bartola, inmerso en sus asuntos, austeros y afanosos. Ojo, el sujeto en cuestión, encargado del parque y perversiones varias, se despabila de un tirón y nos advierte en vilo; nos mira sin reparos a nuestra chica sabatina de esta fecha; se relame de gusto y, sin transición alguna, paciencia en ristre, entramos a otra zona del presagio: la hora del almuerzo, la oficina, Manuel que se aposenta en una esquina, desenrosca cantinas, pañoletas, desplegables y—héroe de mil batallas—, el viejo cortaplumas de su abuelo se retuerce y sonríe con su insigne y desdentado tenedor al aire; mientras, la cuchara, cansada, soñolienta y pecosa, en la otra punta, se desgonza y se niega a asumirse a sí misma.

Es un poema Daniela, tratando de dorar sus espaguetis; Tricia, que se deshace en maldiciones por el ajo, la cebolla y el orégano que han invadido sus minutas y sus senos filosos, petulantes. Ni se diga David, maldiciendo, rondando la estufita, con unos puerros mustios, en su bolsita a rayas del colmado, rallando uno y tres fósforos de madera que se encienden y se apagan de pronto, antes de llegar al mechero, preciso instante en que, como manga de viento, entra lo esperado: Lorensito y… “lo de siempre”, piensa Mónica. “Lo paró un policía”, se lleva Manuel, junto a un bocado, su angustiado pensamiento a sus adentros; y un “no hay gas” o “me caí del motor”, traspone con nosotros indigestos las paredes magenta del olvido, trasegando canciones, sotanas y manías, porque Marión se ha ido, ya no está o regresó.

Dejó de ser ella, la chica desgarbada tan sensible y manuable que deja sin aliento al sábado y sus alrededores. Sucede que hace un rato, austera y atorrante, ha trasuntado en genio, analista al dedillo de temas y renglones, conocedora indómito, fatua y contradictorio de sí misma. Total, obviemos a esa tipo —dicen todas—, tan lerda y tan tortuoso. Salgámonos del sábado, no sigamos a nadie, no escuchemos a nadie croar con sus graznidos eruditos y vacuas. Abandonemos de una vez por todas la muchacho. Echemos un pie, salgamos ya. Nada de incienso, nada. Necrologías, ¡zafa! Sonémonos con garbo, con pañuelo o con kleenex, circunspectos, distantes, pongámonos la cara más cara de estos fines. Que se empine cabizbaja y dolida nuestra más sufrida y abnegada condición de oficiantes del dolor y de la pena en suplementos, novenarios y plenas.

Desgarremos algo. Pongámonos a tiro del llanto, prestos a desempeñar con elegancia el papel de afligidos deudores. Pero… ¿Qué diablos hacemos aquí, tan pánfilos y lelos? ¿Qué razón nos convoca en esta casa? Bien, no me lo digan. No osen mencionar su nombre, no lo nombremos. Lo queremos tanto, amamos sus diabluras, sus devaneos. Lo conocemos tanto, sabemos que anda cerca y no se ha ido; ha de estar cabriolando, descalzo y en mangas de camisa, con la más sonora de sus carcajadas en los peldaños y pasillos más diáfanos e intemporales del absurdo y de la lluvia. Mofándose de nosotros, inventariándonos las poses, maquinando jugarnos cualquier trastada. No lo duden. No miren calendarios ni relojes, se lo ruego; no miren esa puerta, han tomado la casa y no hay nada que hacer afuera. Hemos convocado la tormenta y no es juego. Tan fresco como la primera o la última golondrina del primer día, aquí está él:

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.| Para Julio Cortázar, in cronopian


Comments (1)

  • Pilar Romano

    Genial, René Rodríguez Soriano. Sin principio ni final, o con varios principios y finales, al estilo del maestro, con total apertura para el gozo de quien escribe, condición ineludible para que disfrute quien lee.
    Y con tu marca en el orillo.

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