La superficialidad de las buenas maneras Reviewed by Momizat on . Rating:
You Are Here: Home » Puntos de mira » La superficialidad de las buenas maneras

La superficialidad de las buenas maneras

Los sistemas de buenas maneras varían de contexto a contexto y, aunque no pareciera así a primera vista, juegan un papel importante en nuestra vida moral. Sin ellos ésta se vería bastante empobrecida.

Por Nieves y Miro Fuenzalida

Cuando Jean Jacques Rousseau decía que “el hombre nace libre y sin embargo lo vemos  encadenado por todas partes” se refería no sólo a las leyes del estado, sino también a las normas y convenciones sociales que gobiernan cada instante de nuestra vida. Para Rousseau la cuestión era como legitimar las normas y no como eliminarlas. Para el movimiento contra cultural que se inicio en los 60s la cuestión era desafiar la noción misma de norma y sugerir que nada las justificaba porque no eran más que estructuras represivas… ¿para qué necesitamos normas y reglas sociales, después de todo?

Los manuales de buena educación han existido por siglos. En uno de ellos, aparecido en el siglo XIII, se aconsejaba como conducirse en la mesa… aquellos que le gusta la mostaza y la sal deben evitar el sucio hábito de meter los dedos en ellos… sonarse con el mantel mientras se come en compañía de otros… escupir sobre la mesa… dejar escapar gases corporales… ofrecer pedazos de comida que uno ya ha mascado o meter la mano debajo de la ropa para rascarse las partes privadas. Desde aquella época a hoy hemos recorrido un largo camino. O, al menos, así parece.

Los sistemas de buenas maneras varían de contexto a contexto y, aunque no pareciera así a primera vista, juegan un papel importante en nuestra vida moral. Sin ellos ésta se vería bastante empobrecida. Si todavía creemos en la moral, o lo que de ella aun queda, podríamos decir que una obligación moral elemental es la de hacernos a nosotros mismos agradables en nuestra relación con los otros y uno de los objetivos primarios de cualquier sistema de maneras es motivarnos a serlo. Aquí la buena voluntad es menos importante que la apariencia, como diría un cínico. Y ciertamente lo sería, si viéramos este ejercicio sólo como un fin en sí mismo y no como un medio para tratar al otro con respeto, facilitar el intercambio mental o mantener la conversación. Desde hace bastante tiempo el lugar común ha venido indicando que las maneras son superficiales, juegos meramente formales, en tanto que la moral se enraíza en las profundidades de nuestro ser  ¿No será tiempo de cambiar esta óptica? Pascal decía que la apariencia de la creencia puede ser esencial para llegar a creer realmente. Si sigues el rito de arrodillarte y de rezarle a Dios varias veces al día, después de un tiempo creerás en él sin esfuerzo.

La intención de las buenas maneras es crear una cierta apariencia, expresarle a los otros que uno no es un ser egoísta al que sólo le importa uno mismo y nadie más. Una deferencia mutua se acepta, la autoridad se limita, el desprecio a los otros se disimula y el intercambio social se mantiene suspendiendo momentáneamente el ansia de victoria. Sólo tratemos de imaginar como sería una sociedad en la que no hay convenciones de cortesía. A pesar de la existencia de principios de justicia, la armonía social tendería a desaparecer, la compañía de los otros se haría intolerable y nuestra disposición hacia ellos sería menos favorable. Quien nunca desarrolla el hábito de tratar al otro con cortesía pierde la motivación para creer que este merece nuestro respeto y consideración. No seria exagerado decir que los innumerables pequeños ritos de cortesía que realizamos durante el día influyen nuestros supuestos acerca del estatus moral de nuestros vecinos y nuestra noción de lo que es un ser humano. Según C. Diamond el aprender a decirle al prójimo “buenos días”, “por favor”, “cómo está usted”, “discúlpeme” o saludar al extraño con una sonrisa no son sólo buenas maneras que inspiran una buena moral, sino que también ayudan a construir una concepción del ser humano como objeto moral. Un acto de cortesía no posee nada en sí mismo que lo haga una marca de deferencia. Si la tiene es sólo porque se le ha asignado simbólicamente la función de expresar el reconocimiento de la dignidad del otro.

No estaría de más preguntarnos ¿Por qué nos importa tanto el reconocimiento de nuestra dignidad? ¿Por qué nos molesta la falta de deferencia? ¿Y por qué nos sentimos ofendidos cuando alguien no nos considera? Porque, curiosamente en algún momento de nuestra historia, empezamos a creer que los animales humanos estamos dotados de un valor intrínseco que los otros animales no poseen. En la época moderna seguramente ha sido el filósofo alemán Emmanuel Kant quien más ha influido en vernos a nosotros mismos como seres dignos de consideración… “el respeto que le debo a otros o el que los otros reclaman de mí contiene el reconocimiento de la dignidad del otro ser, un valor que no tiene precio y no hay objeto equivalente con el que pudiera ser cambiado”.  Hasta el día de hoy nos aferramos profundamente a esta creencia por lo que no es de extrañar que cuando no se nos respeta sufrimos un ataque histérico. El trato rudo, la descortesía, la ausencia de buenas maneras socava la creencia en nuestro valor intrínseco. No basta con el reconocimiento de nuestra capacidad a elegir racionalmente para sentirnos respetados. Todavía podemos sentirnos ofendidos o heridos emocionalmente cuando se nos trata irrespetuosamente. Incluso, si todos en mi comunidad reconocen mi derecho a actuar autónomamente todavía alguien podría tratarme sin consideración si se pone a leer el diario en medio de una conversación o no muestra algún interés cuando le expreso mis preocupaciones. Ignorar los sentimientos del otro es ignorarlo como sujeto digno de atención. Y a la inversa, alguien que me valora puede muy bien no valorar mi opinión. Puede reconocer mi dignidad como persona y al mismo tiempo condenar mi opinión y mis acciones desde una perspectiva moral.

Los códigos de buenas maneras se pueden rastrear hasta los orígenes mismos de la historia humana y han servido como motivación para la coexistencia entre la gente, como un instrumento del poderoso para mantener control sobre los más débiles o del débil para reclamar cierto control para sí mismo. Hoy día, cualquiera haya sido su origen, sirven para instruirnos en el respeto mutuo. En cualquier interacción humana el código de maneras prescribe conductas específicas. Si vamos a encontrar a alguien por primera vez, por ejemplo, mejor que le estrechemos la mano, le preguntemos cómo está, le miremos a los ojos o algo similar ¿Por qué toda esta rutina? Porque posibilita o abre  la comunicación. No hay sociedad, comunidad o grupo humano que carezca de un código de maneras, sea bueno o malo. La función más importante de ellos, al igual que la moral, es la de promover la convivencia y la estabilidad social.

La significancia moral simbólica de las buenas maneras, dice Sarah Buss, depende de la comunidad en que se da y no hay límites, fuera de la convención, de lo que una comunidad dada pueda considerar como buenas maneras. Pero, dice, cualquiera sea el acto en que estas se expresan, y estos varían de comunidad a comunidad mucho más que los códigos morales, su objetivo es mostrar respeto y el respeto al otro ha sido cargado con una significación moral. Es esta dimensión la que permite escapar al relativismo multicultural y justificar la crítica de los diferentes códigos de maneras. Un código de malas maneras es inmoral cuando fracasa o ignora el reconocimiento de la dignidad del otro y no importa que el código se haya originado cuando no era prevalente la creencia en el valor intrínsico de cada individuo. Hasta recientemente los intocables en India no podían usar el pronombre de la primera persona para referirse a sí mismos delante de un Brahmín. En su lugar tenían que decir…“Su humilde perro respetuosamente solicita…”. Se podría reclamar que calificar de inmoral este trato es un prejuicio o centrismo cultural europeo. Pero no lo es si acordamos que la dimensión moral interna que cualquier código de maneras contiene sea lo que proporciona la base para criticar un código determinado.

El código racista puede ser criticado desde el punto de vista de las maneras porque instruye al blanco a no reconocer al negro o al indígena como individuos merecedores del mismo respeto que el blanco. Un código machista instruye a los hombres a conducirse como seres superiores a la mujer. En el código de la pandilla el respeto no es mutuo, sino vertical y se adquiere a través de la fuerza en donde la falta de respeto al jefe es una ofensa que se paga con la vida. Estos códigos de conducta le impiden a la gente la práctica del reconocimiento mutuo, la apreciación que cada uno de nosotros pudiera  desarrollar por el otro. Por supuesto, el deber de tratar a la gente como iguales no significa tratarlos igualmente. Pensemos sólo en el trato que se le proporciona a un diplomático, a un juez o a un  personero de gobierno.

Kant pensaba que para desarrollar una mentalidad democrática era necesario enfatizar la racionalidad y la obligación moral, centro común de lo humano, ubicado más allá de lo empírico y accidental.  Los que no creemos en la necesidad de la existencia de algo que esté detrás de la historia para empujar un cierto grado de progreso moral pensamos que el respeto mutuo puede construirse a partir de diferentes presupuestos, con categorías basadas en la contingencia histórica más que en la necesidad trascendental. Nos basta lo que sentimos frente a la experiencia de la propia humillación para saber que es la misma experiencia que el otro siente. Es esta la que nos transforma en semejantes y la que abre la posibilidad para la mutua consideración. En lugar de buscar refugio en principios eternos sería mejor admitir la contingencia de nuestras creencias y reconocer que, justamente debido a esta contingencia, somos libres para crear nuestros proyectos morales.  [Nieves y Miro  Fuenzalida, escritores y catedráticos universitarios, Ottawa, ON]

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top