No verán mis ojos esta horrible ciudad, de Roberto Marcallé Abréu

No verán mis ojos esta horrible ciudad, de Roberto Marcallé Abréu

¿Cuál es el dilema de la patria dominicana en los tiempos actuales? Que ha sido tomada por asalto por la corrupción y la criminalidad. La venalidad de los políticos, de los hombres de negocios, de los medios de comunicación, de los institutos castrenses y la policía ha hecho de éste un país a la deriva.

Por Giovanni Di Pietro

Terminamos de leer el segundo tomo de la trilogía que Roberto Marcallé Abreu, empezando con Contrariedades y tribulaciones en la mezquina existencia del señor Manfredo Pemberton, se propuso publicar, No verán mis ojos esta horrible ciudad. Aquí él retoma la trama que estrenara en esa primera parte para desarrollarla y llevarla eventualmente hasta su desencadenación en un último tomo de próxima publicación y del cual todavía no tenemos un título.

Mucho más extenso, este segundo tomo es también más denso que el primero, pues, en él, Marcallé va explicando con más detalles las ideas que aparecen en Contrariedades Reaparecen los personajes de esta primera parte y se le brinda más atención al personaje de Pemberton, el cual se había quedado un tanto borroso y marginado.

El primer tomo nos hablaba de Ulises María González, El hombre, y su movimiento llamado La Causa, dedicado a la regeneración del país, sustrayéndolo al dominio de la corrupción y las drogas. Toda la acción de ese tomo estaba dirigida a los sucesos de San Carlos, cuando los Camisas Azules, el cuerpo militarmente entrenado del movimiento, deciden acabar con los puntos de droga y los capos que los controlan. En No verán mis ojos… se narra lo sucedido inmediatamente después de este evento, las otras acciones punitivas que se emprenden y la reacción de las autoridades, en la figura del Presidente Montero, para defender el estatus quo, cosa que culmina con un atentado contra la vida de Ulises.  En el proceso, observamos como no sólo Pemberton, sino toda la sociedad dominicana, van conquistando una conciencia cívica que transformaría por lo mejor a todo el país.

Si bien nos acordamos, en el escrito que le dedicamos al primer tomo le reprochábamos a Marcallé cierto descuido con el lenguaje. Esto ocurría porque todo su énfasis estaba dirigido hacia la necesidad de recalcar la importancia del mensaje de la novela. Aquí podemos ver cómo él balancea más las cosas. El mensaje está presente y es predominante; sin embargo, también se hacen las debidas concesiones a la creación de un texto lírico y depurado a la vez, algo que obviamente siempre debería preocupar a cualquier narrador que se propone alcanzar la máxima expresión en su arte.

Pues, bien, No verán mis ojos es una novela que le funciona a cabalidad a Marcallé. Le funciona, porque no está solamente bien escrita; también es más que apreciable su contenido. Hemos sostenido desde hace tiempo que Marcallé es de los pocos novelistas dominicanos, si no el único, que se enfrenta seriamente al descalabro social y moral de su país. Mientras otros siguen entregándose al juego del avestruz, atascando su cabeza en la arena ante los serios problemas nacionales, él  simplemente se rehúsa a hacerlo. En todas sus novelas, y especialmente con esta trilogía, insiste en enfrentarse directamente con la triste y desgarrante realidad que aqueja su tierra. Toda obra literaria de buena calidad hace exactamente lo que Marcallé está haciendo aquí, con su trilogía. Si no lo hace, no es una obra buena, poco importa lo diestro que el autor pueda ser en su oficio. No lo es por la simple razón de que está falsificando las cosas, se está ausentando de la realidad vivida y está faltando a lo que es su verdadero propósito.

¿Cuál es el dilema de la patria dominicana en los tiempos actuales? Que ha sido tomada por asalto por la corrupción y la criminalidad. La venalidad de los políticos, de los hombres de negocios, de los medios de comunicación, de los institutos castrenses y la policía ha hecho de éste un país a la deriva. Se vive bajo la violencia, el miedo y la inoperabilidad de las leyes. Todo es visto a través del prisma del dinero. La juventud no tiene modelos positivos de conducta. No existe sentido de pertenencia a una comunidad, a una nación. El Estado, lo poco que queda de él, está sujeto a los dictámenes de la injerencia extranjera. El narcotráfico lo infiltró todo, empezando con la misma economía.

A este dilema se agrega otro también muy serio: la progresiva desaparición de una identidad nacional como resultado de la migración masiva de los hambrientos haitianos hacia el país. Una caterva de Ongs se encarga constantemente, en el ámbito internacional, de calumniar a la República Dominicana como un país esclavista y racista. A los dominicanos se les hace sentir culpables de toda la miseria y todas las desgracias del vecino país. Se sugiere que los haitianos tienen un derecho inalienable a transferirse en territorio dominicano y a considerarlo eventualmente como suyo.

Las raíces de La Causa, Ulises las encuentra en el mismo origen de la nación dominicana. Los padres de la Patria, con Duarte a la cabeza, inspiran toda actuación de los miembros de ese movimiento. Es la idea de tener un país democrático que funcione por el bienestar del pueblo. No hay clases excluidas. El haitiano no es el enemigo y punto; es otro pueblo, con sus propias tradiciones, cultura, religión, idioma y territorio. Esas raíces fueron asfixiadas por la corrupción rampante de ciertos intereses de clase, lo que hizo que desapareciera la Patria verdadera, pero sólo para reaparecer periódicamente en el devenir histórico de la nación. De ahí el rechazo de la invasión yanqui de 1916, las luchas contra las varias tiranías, culminando éstas con la que se dio contra la tiranía de Trujillo, el gobierno de Juan Bosch y la Revolución de Abril de 1965. De ahí también la idea de los Trinitarios de una Patria independiente dominicana. Los Camisas Azules son, pues, jóvenes que, inspirados por las enseñanzas de Ulises, intentan cambiar el país según la óptica patriótica de esa tradición luchadora.

La idea es darle al pueblo dominicano una esperanza para un futuro mejor. No el futuro que desde siempre se le vende bajo el signo del dinero y el consumismo, sino un futuro que es producto de un profundo despertar. Basta ya de los abusos, de la violencia, de la enajenación, de la falta de servicios básicos, de promesas nunca cumplidas, de pactos de aposentos entre los ricos y los corruptos (cuyo símbolo en la novela es el personaje de Vargas) que se reparten el pastel del Estado. Basta de las humillaciones en el ámbito internacional. Basta de una vida desesperada y sin rumbo para la juventud y para todos. La Causa vino para definitivamente enderezar los entuertos de esta infame historia del país, llevando a cabo lo que llama la reconquista de la soberanía popular, sueño que, para Ulises, fue del iluminismo francés para todos los pueblos.

Para implementar este sueño, los Camisas Azules hacen amplio uso de la violencia, pues entienden que contra la violencia del Estado, de los carteles de la droga y de la clase adinerada sin conciencia (otra vez Vargas) no es posible otra salida. Pero la suya no es la violencia sádica y gratuita de los matones de la droga, los militares y los policias; es una violencia purificadora que va directamente al centro del problema y lo elimina. La sangre que vierten es sangre que abonaría el suelo de una patria libre de todos los parásitos que la oprimen.

Aquí es donde la novela de Marcallé parece tener problemas. Igual ocurría con Contrariedades ¿Cómo explicar el empleo de la violencia para crear una mejor sociedad? En especial, en No verán mis ojos, toda la cuestión de la repatriación forzosa de los ilegales haitianos y hasta la esterilización de aquellos que se quedarían en territorio dominicano. Decíamos en el caso del primer tomo de la trilogía que el elemento de la violencia no teníamos que tomarlo de forma literal, sino verlo más bien como una metáfora. Era la desesperación del novelista ante la acuciante realidad dominicana, el grito de ¡Basta ya! que surgía en su garganta ante la enormidad de los problemas que se registran en el presente trance histórico de la nación. En efecto, de no verlo como metáfora, todo se reduciría a algo ridículo, una verdadera improbabilidad según aparecía en las páginas de la novela.

Sostenemos esta tesis también con relación a este segundo tomo. Sería absurdo entender toda esa sangre vertida en No verán mis ojos, más la idea de la repatriación forzosa y  esterilización de los haitianos, de manera literal. El propósito de la novela no es estimular la violencia y el racismo en los dominicanos; es el de sensibilizarlos, a través de un tratamiento de shock (la violencia, la esterilización), a lo apremiante que es la solución del desastre de la nación.

Regresamos, pues, a la noción de un despertar por parte del pueblo dominicano. Este es un pueblo que lleva siglos durmiendo y que ha sido despertado sólo en determinadas etapas de su historia. Es un pueblo que tiene que madurar en sus adentros una conciencia cívica que no tiene o tiene solamente en un grado ínfimo. Es ésta la meta de La Causa. Es para esto que luchan los Camisas Azules. Es cuestión de una regeneración nacional, pues el azul es el color que indica el nacionalismo.

Este proceso de maduración, Marcallé lo va centrando en el personaje de Pemberton. Ya desde el primer tomo, Pemberton no es nada. Es el hombre/pueblo dominicano que tiene que sufrir todos los vejámenes de una sociedad entrada en la demencia. Persona honesta y humilde, se acuerda de tiempos mejores, cuando el vecino era un amigo, cuando había solidaridad entre la gente, pese a la miseria y a la represión política. A través de Contrariedades, y más aún en las páginas de No verán mis ojos, este personaje va cambiando, identificándose con La Causa y llegando hasta el punto de  trabajar por ella. Es por eso que es secuestrado y apaleado. Pero, cosa extraña en alguien que no es nada, ya empieza a ver de nuevo la posibilidad de una esperanza para el futuro. La ciudad, esa “ciudad horrible” que es símbolo de la República Dominicana actual, de repente se convierte en sus ojos como efecto de La Causa, de esa reconquista que sostiene.

Es así, pues, con esa futura esperanza, que termina esta novela: “La ciudad. La ciudad que había odiado de manera profunda. La ciudad que le había herido, que lo sustrajo al sufrimiento, a la amargura. La ciudad horrible que sus ojos no querían ver. Pero ahora, algo distinto había sucedido. Y a pesar de todos sus achaques, se dijo, ciertas situaciones, por lo menos, empezaban a cambiar. Sintió en el rostro una brisa alegre, juguetona. Esbozó una sonrisa. Pese a todas sus fallas y defectos el barrio, le pareció un poco más hermoso. Sí, más hermoso, más agradable. Y mucho más apacible de lo acostumbrado.”

No es verdad, sostiene Marcallé en esta obra, que los dominicanos tienen que tragarse para siempre la presente situación que padece su país. Cambiar el rumbo, aunque histórico, que las cosas han tomado es posible. Y es la única salida. Pero siempre y cuando los Pembertons que conforman la nación estén dispuestos a abrir los ojos y cuestionar todo lo que sucede en su entorno. Siempre y cuando se empeñen con seriedad en esa lucha moral que su triste situación les requiere. Sólo el despertar de una conciencia cívica y la voluntad de luchar por ella hará posible que la Patria con la que soñó Duarte pueda convertirse en esa realidad que todos anhelan.

Sin duda, No verán mis ojos esta horrible ciudad es una obra intermedia, con lo cual queremos decir que está entre el primer tomo, esencialmente introductorio, y el tercero, que habrá de ser el  climax, la culminación de la trilogía. Por eso, en ella, la acción tiende a ser más llana. Esto puede desviar al lector y hacerle creer que no está a la par con la primera parte. Nada más lejos de la verdad, pues aquí Marcallé sigue demostrando el excelente novelista que es.

Para esto, un único ejemplo. Un poco después de la mitad de la novela, el autor nos presenta una escena que se desarrolla en el futuro. Es aquella en la cual ya Moronta no es Presidente y ha sido sustituido por Ulises. O sea, que Marcallé nos adelanta un importante detalle que formaría parte del tercer tomo, algo que sucedía también en Contrariedades… Sin embargo, toda la acción de este segundo tomo está dirigida hacia el atentado por parte de los sectores militares y conservadores contra El Hombre. Esto quiere decir que, aunque sepamos que Ulises no va a morir en el atentado, tenemos que leer todo el resto de la novela en la expectativa de lo que va a ocurrir, la muerte de Ulises, cosa que nunca ocurrirá. Pues bien, es tal la habilidad de Marcallé como novelista que, aunque nos revele el juego en cuestión desde un principio, nosotros seguimos leyendo su novela con la idea de que El Hombre va a morir. Es sólo en la última página que descubrimos lo que ya sabíamos desde hace tiempo en la lectura, que Ulises no muere y que va a ser el futuro Presidente.  ¿Mera técnica novelística? Sí, pero hecho como una jugada completamente genial.

Es que Marcallé, a diferencia de muchos otros novelistas del momento, sabe su asunto a cabalidad y lo sigue demostrando una y otra vez. Esperaremos el final de la trilogía, pues, seguros de que no nos defraudará. [Geovanni Di Pietro, italiano de nacimiento, una de las voces más polémicas de la crítica literaria dominicana, entre sus libros destacan: La narrativa de Roberto Marcallé Abréu, 2006, Lecturas de novelas dominicanas, 2007]

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