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Previsión para un amanecer

Tanta dulzura | en el corazón del hombre, | ¿es posible que falle | en la búsqueda | de su medida? Saint John Perse

Por Mery Sananes

Imaginería es la enamorada previsión del amanecer. El ángulo asimétrico de una conjetura. El argumento contra toda zozobra. La estructura templada del deseo. La restitución definitiva del amor como engranaje esencial del existir.

El punto de dulzura que se derrama de los crisantemos y que se deshace en artilugios sobre los ojos de las escalinatas. La contrapartida de todo desahucio. La espiga que contiene en su danza la esencia de la risa.

Es la clave del asombro, la longitud de la mirada que escudriña  el vivir. El rostro del rubor que deletrea la inocencia. El nombre de la libertad que aún no hemos alcanzado. La premura de los días sobre la inminencia de las despedidas. La memoria sobre el olvido.

Los dedos que dibujan desbordados la acuarela del porvenir. Las manos que atesoran los milagros. Los abrazos que se alargan desafiando toda cerca o frontera hasta alcanzar al otro que espera impaciente señales de perplejidad.

El arma que podemos esgrimir para espantar la muerte, rehacer el hilo de la vida y trenzarlo en el viento, hasta que alcance y se junte a cada imaginería solitaria que brote en el mundo.

El río que cae sobre la sequía y la hierba que se siembra en los arenales. Son los hielos sujetando la franja de la vida y los mares pernoctando sus honduras sin derramarse sobre las orillas.

Es la fuerza que permite sobrevivir los exilios, los encierros, los maltratos, el desamparo, la miseria y la violencia sin límite de quienes todo lo acumulan y poseen pero jamás han podido atesorar una imaginería, porque de la vida apenas saben de extinciones.

Es el murmullo del mar que transporta la risa quebrada de los niños tristes. Es el deslumbrante estallido solar de una luna llena cuando todo lo demás se ha apagado.

La imaginería es la cordura requerida para vencer el sufrimiento. Y es la locura necesaria para desatar los órdenes impuestos a la fragilidad del hombre despojado.

Es afinar el grito hasta hacerlo canción. Encauzar la lágrima hasta que en vez de deslizarse sobre las grietas del rostro, se junte para repoblar la tierra de arroyos y manantiales.

Es la melodía para invocar al hermano de todas las latitudes que aún desconoce que existimos y que requerimos con urgencia hacer con él un tratado de amor.

Es la palabra que en vez de golpear se convierte en caricia. Es rescatar todo lo perdido entre la maraña de una historia ajena e impuesta que ha destrozado hasta la geografía de los corales.

Y es la propuesta de una historia humana que aún no alcanzamos a inventar ni a divisar entre las ruinas de lo vivido.

Una imaginería es la posibilidad de crear desde el horror una nueva ingeniería celular, que configure el hombre a partir de la dulzura.

De construir  alamedas arboladas que le devuelvan el oxígeno a las penumbras, palabras de las que nazca un lenguaje que no espante, que dictamine la superioridad de las cosas sencillas, por encima de toda ciencia al servicio de la guerra, que restituya la alegría como la palanca que haga parir una nueva vida.

La imaginería es aún un oficio reducido al espacio infinito del sueño, apenas un anhelo que se va colando por los agujeros de las chicharras, la casa colgante de los arrendajos, la espuma de mar que persistentemente establece sus quereres con las piedras.

Una labor navegante en busca de los secretos de las estrellas de mar y los cangrejos, de hortelano decidido a hacer brotar granos de los eriales, de alfarero constructor de recintos que apaguen la sed. Edificador de lo esencial que es invisible.

Pero una tarea que está al alcance de cada uno de nosotros. Como quien aliña el pan con anís dulce, o esparce campanarios a los naranjales de las tardes.

Como quien decide mirarse en las pupilas del hermano que cabalga a su lado silente y desconocido. Para despertar la tenacidad de la ilusión y regarla en cada lugar donde impera la oscuridad y el dolor.

Una imaginería es la persistencia contra todos los atajos que la muerte recorre para asentar el destrozo.

La única vía, a estas alturas,  para que nazcan los retoños de porvenir que tal vez, algún día, servirán para construir el vivir enamorado que aún no hemos alcanzado.

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