Todos los febreros, Cortázar

Todos los febreros, Cortázar

Julio Cortázar fue sin duda alguna el cosmonauta perseguidor de palabras, el hombre que exploraba su entorno armado de las letras y del pensamiento, ambas, armas secretas refugiadas en el lápiz.

Por Jochy Herrera

Durante las fiestas de las Lupercales, la antigua Roma se purificaba gracias al ritual en que sus sacerdotes -los lupercos- golpeaban los pecadores con una correa llamada februa. Februarius, latín derivado de februare, purificar correas, explica el nombre del segundo mes del calendario judeocristiano; un particular período que durante la modernidad celebra entre otras cosas, el mes del corazón, la muerte de Kant, el nacimiento de Charles Darwin, la cercanía de los carnavales y por supuesto, las andanzas del santo Valentín repartiendo amor al mejor postor. Sin aspavientos de purificación, es un agridulce regalo el que que año tras año este mes nos recuerde a Julio Cortázar, profunda voz de la literatura latinoamericana ida a destiempo, hacen justamente 26 años y varios días. Es claro que todo se ha escrito sobre él. Aquí apenas intento una que otra confesión y una atrevida remembranza del cronopio que me enseñó a soñar.

Cortázar murió un domingo de febrero cuando París y la Argentina, sus hogares ficticios y reales, vivían la década del 80, época que preconizaba sucesos que cambiarían al mundo; la democracia, que apenas retornaba al cono sur, motivó el último gran viaje del Lobo a su continente: quería saludar al Presidente Alfonsín y celebrar en las calles la reconquista de la libertad, según cuenta Tomás Eloy Martínez. Cortázar ya andaba colgado de la tristeza, “cansado de su cuerpo” tras la muerte de la Osita, Carol Dunlop, y a causa también de la leucemia que le arrebataba la vida. Sabía además que jamás regresaría al Buenos Aires de Rayuela ni a la rayuela de su Buenos Aires. Le acosaba la muerte.  

Aunque Cortázar desarrolló un intenso activismo político y exploró otras formas artísticas como la fotografía y el cine, le recordamos esencialmente como el escritor, el artífice de un juego donde las palabras mismas, y no el autor, inventan historias y personajes de vida propia: famas que se escurren entre nuestra imaginación y la realidad misma que Cortázar intentaba sacudir. Rayuela, a juicio de muchos, más que novela, representó un estallido de la realidad y del lenguaje, “una apuesta de los límites, una de las aventuras verbales más altas de la lengua castellana de todos los tiempos”, en palabras de Enriquillo Sánchez.

Recientemente, a propósito de la publicación de los trabajos inéditos de Cortázar en “Papeles Inesperados” (Alfaguara, 2009), Eloy Martínez escribió que “si Borges dejó en la literatura argentina el lujo de una escritura inteligente en la que cabía el universo, Cortázar enseñó a trastocar todos los ordenes del lenguaje y a recuperar el desdeñado acento latinoamericano”. Curiosamente, es el mismo Borges quien en 1947 publica Casa Tomada, un cuento que cataloga de “magnífico” y que al parecer representó la primera vez que Julio “veía un texto suyo en letra de molde”.

Julio Cortázar fue sin duda alguna el cosmonauta perseguidor de palabras, el hombre que exploraba su entorno armado de las letras y del pensamiento, ambas, armas secretas refugiadas en el lápiz. Fue capaz de pensar en porteño viviendo en París y de transformar la noción del presente y la temporalidad del texto alertándonos sobre el poderío de lo inaplazable y lo desconocido: el futuro. En “Papeles inesperados” aparece un párrafo titulado Orden del día donde bajo el pseudónimo de Julio Denis, Cortázar nos convida a olvidar los relojes -esa suerte de esclavitud moderna- y a seguir los pájaros -la libertad-, consigna fundamental que le guió durante sus 69 años de vida:

A qué viene la noche si no es buscando pájaros. Sobre la profundidad que abraza mi balcón, asisto sin palabras a la marea ciega y astuta, sus lápices infatigables, el pausado latido concéntrico de su corazón. Por eso he abandonado el sueño, saliendo de sus manos por un infinito estudio y una segura consecración. Ahora estoy enteramente en la actitud nocturna que las horas más graves exigen. Huyo de los relojes, establezco distancias invariables de mi cuerpo al llamado de timbres y campanas. Sostenido en mi balcón por una paciencia osada, miro la calle llenarse de topacios, en una sorda batalla de sustituciones, hasta que las aristas de toda construcción son arrastradas por la marea de lo que viene y las aguas de la sombra ascienden, con aspirados torbellinos silenciosos, hasta mi refugio. A qué viene la noche si no es buscando pájaros. Cuando está junto a mi, abro los brazos, la bebo profundamente y me dejo ir, ya olvidado de resistencias, como un halcón fulminado o una construcción gótica.

Todos los febreros somos memoria, fuegos y el fuego; y sobre todo, somos Cortazár. Inquietos de alma, cazamos pájaros en la noche y en el día. Atrapados entre la desbandada y el regreso, somos también Polanco, Oliveira, Horacio y Rocamadour preguntando el paradero de la Maga.

¿Acaso la encontraremos? [Jochy Herrera es dominicano,  autor de Seducir los sentidos –mediaIsla, 2010]

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