La poesía, si es buena, y no hay otra, siempre será un efluvio, una sorpresa, un acto prometeico. Es decir, un fuego robado. Ella nombra lo innombrable y hace surgir lo inasible. Esto pienso luego de leer el libro póstumo de Ánjelamaría Dávila, La querencia.
Es Dávila una voz extraordinaria de la poesía que comienza a ser publicada en los años sesenta. Brilla junto a Marina Arzola, en un nuevo decir, en un sentir y vivir al borde la las palabras. Es una sensibilidad que crea un ritmo propio. Lamentablemente a ambas autoras, la vida les pasó su factura. Y las huellas existenciales marcaron su poética y la limitaron. Dávila cruza los años setenta y podría verse junto a otras, no menos destacadas mujeres de la poesía.
La poesía de Ánjelamaría tiene fuerza propia; porque tiene un ritmo nuevo. Es un huracán que muestra dos niveles de la creación lingüística: el nivel culto de su formación, en donde está la estética de los sublime y el nivel popular en el que se enquista para ser sumamente irreverente, para cortar con el mundo burgués que esa generación combatía. Así la poesía de Dávila es combatiente contra las ideologías de la época, contra la moral establecida, contra la instauración de cierta manera de ver el mundo que se instituía en lo cotidiano. Rompe con la moral y llega más allá de Julia de Burgos.
Rompe con las ideologías del machismo y se revela como una mujer con voz que modela su decir como un nuevo paradigma. De ahí su irreverencia sexual que rompe la moral y las ataduras de la escritura femenin
o. Asume una femineidad sin restricciones y sin la limitación que las nuevas ideologías feministas establecen. Asume su condición de mujer desde cierta orilla, amando, existiendo como mujer en un mundo integral y sin refugiarse en la otra orilla.
Y no es eso solamente, Ánjelamaría Dávila va en contra del lenguaje. El setenta postuló un nuevo lenguaje poético. Una cotidianidad vista dentro de los movimientos urbanos y su relación con lo político. El nuevo lenguaje fue una crítica al código lingüístico. Que no se quedó en lo puramente semántico sino que anduvo por los senderos del grafema y la fonética, dándole fuerza a la oralidad. Así que hay una nueva expresión poética irreverente en el plano ideológico: moral, sexual y lingüístico, en una poeta que plantea un ritmo que fluye entre lo sublime y lo popular, lo culto y lo procaz.
Para concluir con una comparación, sólo encuentro esa fuerza poética en la nicaragüense Gioconda Belli. Léase La querencia[1] para reencontrar a una voz inusitada de la poesía puertorriqueña y disfrute la poesía a conciencia de que por aquí anduvo, la mejor, la gran poesía en el decir de una mujer “pobre y negra”. [Miguel Ángel Fornerín]
[1] Dávila, Ánjelamaría: La querencia. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2006.
