Deseado

Deseado

Pero la dilatación de las carnes, la una contra la otra y la una por la otra, es el verdadero objeto del deseo. J. P. Sartre

Por Jochy Herrera

“El deseo mueve el mundo. Está presente en el bebé que llora porque tiene hambre, en la niña que se afana por resolver un problema de matemáticas, en la mujer que corre al encuentro de su amante y más tarde decide tener hijos, y en la anciana, que encorvada sobre su andador, recorre a paso de tortuga el pasillo del asilo para recoger su correo. Desterremos el deseo de la faz de la tierra y tendremos un mundo de seres congelados, carentes de razones para vivir y para morir”. Esta sentencia aparece en el ensayo Sobre el deseo del filósofo estadounidense William B. Irvine; un texto contentivo de meditaciones en torno a la que Freud catalogó como la más poderosa energía del ser humano.

Confieso que el libro me defraudó, no sólo por su premisa fundamental, “esforzarnos por disfrutar éste sueño —lo que tenemos—, en lugar de ignorarlo para perseguir algún otro”, sino más que nada porque a pesar de la advertencia de Irvine contra ello, sus páginas parecerían convertirse en un “manual para manejar el deseo”, en particular, los “no deseados”. El autor nos encomienda a seguir los pasos de los satisfechos, aquellos que según el Oxford English Dictionary, adaptan sus deseos a lo que tienen (aunque sea menos de lo que hubieran podido desear), consejos que a mi parecer frenan el ímpetu de quien busca a veces desesperadamente, el roce de una piel, la esquiva mirada de una muchacha o cualquier otra obsesión que como hechizo, nos toque las puertas de la pasión.

Debo admitir sin embargo, que en Sobre el deseo (Paidós, 2008) encontramos también observaciones interesantes que podrían facilitar la comprensión de la naturaleza de este sentimiento, de nuestras fuerzas internas, tormentos y otras “debilidades”: Cómo muchos anhelos se explican a partir de un “sistema biológico de incentivos” adquirido mediante el proceso de selección natural, es decir, evolutivo; cómo este programa de incentivos no fue diseñado para animarnos a tener una vida feliz y significativa, y aún más, cómo el precio, no el valor que tienen las cosas, ha destruido esa indómita y hermosa capacidad humana de perseguir la locura de los sueños, incluyendo nuestros más intensos deseos.

Desde Aristóteles y Platón hasta Santo Tomás y Spinoza, el deseo ha sido objeto de intriga, debate y múltiples interpretaciones que en conjunto han conformado una suerte de fenomenología: Ha sido visto como asunto en franco contraste con la razón, como perteneciente a la naturaleza del alma, como “simplemente el apetito acompañado por la conciencia de sí mismo” y como Samudaya, el causante del sufrimiento que paraliza el progreso espiritual, según el pensamiento budista. Para las neurociencias el asunto luce más sencillo ya que de acuerdo con esta disciplina médica, el deseo es simplemente el resultado del comportamiento de células localizadas en los núcleos accumbens y ventromedial del hipotálamo y el cuerpo estriado cerebral.

Jean Paul Sartre, por otra parte, fue el pensador que logró establecer la conexión del deseo con su objeto, la solución del problema filosófico fenomenológico de Spinoza, a juicio del ensayista Sebastián Salgado. Sartre nos advirtió contra la consideración de los deseos como “pequeñas entidades psíquicas que habitan la conciencia”; porque a su manera de ver, ellos son la conciencia misma en su estructura original proyectiva y trascendente. Y va más allá: En El ser y la nada conecta los conceptos deseo y cuerpo al enunciar que “el deseo es deseo de un cuerpo por otro cuerpo. En realidad es un apetito hacia el cuerpo ajeno”. Estas conclusiones por lo tanto, facilitaron a la filosofía la comprensión del encuentro del sí —el sujeto mismo— con el otro, objeto del sujeto: el deseado.

La escritora argentina Leda Schiavo, amiga entrañable y mejor poeta, ha motivado estas disquisiciones tras compartir un Espumante Torrontés comercializado como Deseado (Medalla de oro en el Concours Mundial Bruxelles 2007). Sin pecar de enólogo, observo que la ficha técnica de este vino lo define como de composición Varietal -uva única-, cosechado en marzo, fermentado con levaduras seleccionadas a 14° C durante quince días, primeramente a cielo abierto y después cerrado herméticamente, e ideal como aperitivo. Me intrigan aún más las Notas de Cata que lo describen: “Deseado presenta a la vista color amarillo verdoso, a la nariz es frutal, con aromas a flores y cítricos y en boca, es dulce y frutado”.

¿No estarán acaso estas Notas describiendo el paradigma del deseado? ¿Él, quien consciente de su atractivo, parte en pos del objeto —un otro— para entregar a sus sentidos el placer del amarillo, el sabor frutal y la flor ansiada en cualquier boca ajena? [Jochy Herrera, escritor dominicano. Autor de Seducir los sentidos (mediaIsla, 2010). Es miembro de la Mesa Directiva de contratiempo].

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