Edgar Borges: “El ser humano tendrá la necesidad de mutar hacia la izquierda de la existencia”

Edgar Borges: “El ser humano tendrá la necesidad de mutar hacia la izquierda de la existencia”

Ser subversivo es asumir el compromiso de defender el respeto a tu individualidad en coherencia con el colectivo. Es decir, creo en la individualidad sólo en coexistencia con el colectivo…

Por Marcelo Colussi | © Argenpress Cultural

En pleno lanzamiento de su nueva novela La contemplación en estos próximos días, conversamos con el escritor venezolano, de momento radicado en España, sobre distintos temas: literatura, política e internet. Enrique Vila-Matas asegura que “Edgar Borges entiende la literatura como un complot contra la realidad”. En palabras propias, es un “subversivo de las ideas”.

No vamos a hablar tanto de tu próxima novela La contemplación, que se publica estos días, sino de lo que puedas decirnos como autor, como sujeto político, como actor de esta compleja realidad que nos toca a todos. Hace poco dijiste que “la ficción, muy al contrario de lo que se suele creer, es más subversiva que el ‘realismo artístico’”. ¿Podrías ampliarnos esto? ¿Qué significa, en definitiva, ser subversivo?

Ser subversivo es asumir el compromiso de defender el respeto a tu individualidad en coherencia con el colectivo. Es decir, creo en la individualidad sólo en coexistencia con el colectivo, pero, para eso, es necesaria la defensa de lo humano, como asunto individual que forma parte de un todo. Sin embargo, también te puedo decir que, de seguir el mundo por este camino de “dictadura capitalista”, el individuo crítico será el subversivo del futuro. Hoy, cuando el término “terrorista” está siendo usado como coartada de acorralamiento sistemático de los movimientos sociales, no me extrañaría que los terroristas del futuro sean los llamados inmigrantes, los homosexuales, las mujeres, los niños, los ciudadanos de lo que erradamente llaman tercer mundo y todo Ser que no forme parte de la uniformidad (el traje de estúpido) que nos quiere imponer la dictadura capitalista. En lo que respecta a la creación, sostengo que la ficción, entendida como esa otra posibilidad de imaginarnos otro mundo, es un camino directo que atenta contra la realidad social que, a nivel global, nos impone el sistema estadounidense. El poder político instaurado en Estados Unidos conoce muy bien el poder de adoctrinamiento que puede tener la ficción; nosotros, desde la perspectiva social, no hemos asumido el poder liberador que, desde el punto de vista subversivo, tiene la ficción, como elemento de independencia cultural.

El mundo moderno, o post moderno, como ha sido dado llamarle últimamente, el mundo de la sociedad de la información y las tecnologías audiovisuales que inundan todos los espacios, ¿es un avance en la historia o nos está tornando más estúpidos?

—El capitalismo está mutando su estructura hacia una forma de dominio superior y total: lo virtual. La izquierda también deberá mutar su lucha o quedará arrinconada entre dos parcelas: la obsoleta y la parodia progresista. Creo que, en medio de tanto vacío, el ser humano sentirá la necesidad de mutar hacia la izquierda de la existencia. Quizá entonces el individuo, por un asunto de revisión interior o de sobrevivencia, se le rebelará al sistema capitalista desde su propio cambio de conducta. Esa sería una auténtica revolución, el cuestionamiento del individuo ante sí mismo; de lo contrario, mientras el individuo no se enfrente a su propia realidad y cada quien asuma que la enfermedad del sistema de consumo (y del egoísmo) es un asunto particular que estanca el tan deteriorado interés colectivo, no habrá transformación posible. De ahí que, ante el abismo planetario que está originado el desgaste de las ideas, nos veremos en la imperiosa necesidad de practicar la izquierda de la existencia. Lo contrario podría ser que terminemos convertidos en “los muertos ambulantes del consumo”. En mi caso, opto por caminar hacia la primera ruta: una implosión particular de la visión del mundo para lograr un cambio desde lo pequeño que, en este caso, soy yo. Respecto al tema de la llamada sociedad de la información, todo vaso medio vacío también es un vaso medio lleno. Es el caso de la tecnología en general, así como de cualquier invento. Todo es útil si su uso está al servicio de lo humano y de las mayorías. No obstante, lo que no me gusta es que siento que más se vende el instrumento que la idea, como lo suele hacer el sistema de consumo. Por ello, los que nos consideramos subversivos de las ideas, no podemos mantenernos de espalda a la tecnología, pero tampoco debemos abandonar la calle, pues, sospecho que en el fondo el sistema capitalista nos está engañando con una crisis económica mundial cuando en realidad lo que está haciendo es mutar su funcionamiento hacia una forma de dominio superior. Es decir, el sistema, como si se tratara de una metamorfosis al mejor estilo kafkiano, está destruyendo, ante nuestros ojos, su estructura tal y como la hemos conocido hasta ahora, para imperar de una manera invisible. ¿Cuál es esa manera invisible? La red de consumo mundial por la que pretenden regir toda nuestra vida: Internet. Con esto no me declaro en contra de Internet, por el contrario, sólo advierto que debemos ser estrategas e interpretar este momento histórico como corresponde. Ya no podemos seguir pensando en las luchas clásicas del siglo XX. Ahora, en los tiempos por venir, se nos presentan nuevos y grandes retos. Es mucho lo que podemos hacer por Internet, pero nunca debemos olvidar que la vida y el objetivo del imperio es la calle. En la calle es donde están los verdaderos recursos. ¿Vamos a permitir que nos vendan la idea de que todo va a funcionar en Internet mientras otros cuidan la calle? ¿Por qué el empeño en destruir la industria de la aviación con la promoción terrorista? ¿Y por qué la destrucción de todas las formas de funcionamiento exterior: el compartir, el cine, el libro, el mismísimo tacto, la piel, la vida?

Hoy día se habla de una “cultura de la imagen” que lo permea todo. ¿Crees que esa es la matriz que va determinándonos? Si así fuera, ¿qué implicancias a futuro podría tener? ¿Se conecta eso con la “estupidez” de que hablábamos?

A mí me gusta más como desfila Naomi Campbell que Cristiano Ronaldo o Dan Brown. Por lo menos ella es modelo profesional pero, esos dos señores, ¿uno es futbolista?, ¿el otro es escritor? La cultura del show nos está reduciendo a la nada, a la estupidez, al ser que camina sin saber a dónde; al don nadie, al cretino que dice sí sin saber a qué. Eso ha sido un viejo y largo proceso que hoy observo muy acelerado. Si nos reducen la capacidad de imaginar, la capacidad de movilizarnos, la capacidad de sentir, ¿qué queda? Pues nada. Eso ocurre cuando te colocan todo el contenido a tu “disposición”, no te permiten ni una pregunta; el sistema de consumo es el Dios que te da todas las respuestas. Y tú sólo eres el creyente que recibe todo sin preguntar. El capitalismo en su etapa de mutación virtual es el fundamentalismo del siglo XXI. Todo este cuadro representa la decadencia del pensamiento occidental. Un nuevo cuadro habrá que crear. Ahora, si internet sirve para retirar al editor mafioso que cierra las puertas al talento, aplausos; si internet sirve para retirar al distribuidor que domina el círculo del mercado, aplausos; si internet sirve para retirar al crítico mezquino que sólo reseña los libros de sus amigos, aplausos. Pero no podemos apoyar al gurú que promueve el final del papel, del editor culto y del lector. Esto se resume en dos puntos: la historia de los medios está saturada de secuestros comunicacionales y el mundo necesita humanistas.

Tú, aunque muy sui generis, eres un inmigrante en Europa. ¿Cómo ves este proceso de fascitización xenofóbica que vive el continente actualmente? ¿Hacia dónde va todo esto?

Entiendo que hay mucho escritor estudiando para ser Mario Vargas Llosa, pero ese no es mi caso. Asumo que el primer compromiso del escritor es con su obra, con su escritura, pero, en paralelo, como persona crítica, me interesa colocar la estética al servicio de lo humano. A mí no me va a venir a engañar la derecha fascista ni los “escritores serios de pasarela” con el cuento de que el escritor no debe estar comprometido con su sociedad, ¿entonces con quién debe comprometerse el escritor? ¿Con el poder de turno? ¿Con las mafias supuestamente cultas? Mi compromiso va en paralelo con la estética y con la sociedad de mi tiempo. Si ser escritor significa ser sui generis, o si para ser aceptado por las políticas de derecha debo asumir que hay ciudadanos sui generis y hay “sin papeles”, o escorias, o “inmigrantes”, o “estorbos”, o “razas de tercera”, pues entonces me declaro un “sin papeles más”. En el mundo que nos está imponiendo la sistematización del capitalismo, los papeles son una vía de clasificación muy peligrosa. Y detrás los grandes medios de comunicación, como instrumentos propagandísticos del sistema, repiten segundo a segundo las supuestas diferencias que existen entre ciudadanos y “sin papeles”. Es una grosería a la esencia humana, es una hipocresía global lo que insinúa que un ser humano pueda ser reducido a la categoría de un “sin papeles”. Todos deberíamos salir a la calle “sin papeles” para exigir un respeto hacia todos lo seres humanos, pero nos falta valor para defender al otro. Es parte de lo mismo, una derecha en avanzada y una izquierda en retroceso, ese es el dilema que vive la Europa del siglo XXI. La derecha pretende asustar a los ciudadanos advirtiéndoles que la cultura es peligrosa porque el pueblo más culto del planeta, es decir, los alemanes, provocaron el peor holocausto de la historia. Y, con ese cuento, más de uno ha terminado creyendo que la persona culta es peligrosa. Pero, lo que no se dice es que quienes provocaron ese holocausto, así como los que provocan los otros holocaustos invisibles del presente, son pequeños grupos que necesitan del estancamiento humano, en pensamiento como en energía, para su proyecto de dominación. Yo no creo que Beslusconi sea un hombre culto, como tampoco lo es George Bush. Además de incultos son malas personas. El problema es cuando los ciudadanos de un pueblo terminan creyendo lo que dicen estos señores o lo que repiten los grandes medios de comunicación. Ahí es cuando viene el racismo y los estigmas: “tercer, cuarto y quinto mundo, selva y bosque es lo que hay fuera de mi frontera”. Y nada más absurdo que eso. Creo que Berlusconi es más tercermundista que cualquier señor o señora que transite la muy conocida Esquina Caliente en Caracas. Estoy seguro que un ciudadano caraqueño sabe más de su historia, hoy, que Beslusconi de la suya. Sin embargo, también es conveniente destacar que no toda Europa asume el fanatismo de estos dirigentes, hay mucha gente crítica en movimiento y algo importante debe ocurrir. Me cuesta creer que la Europa de las luces se conforme con semejante dirigente. Ahí está Saramago, un intelectual que está dando la pelea verbal, aún en la vejez su rebeldía es pura energía. Y como él hay muchos otros.

Esta pregunta es casi personal. ¿Por qué elegiste que unos de los personajes de tu nueva novela La contemplación fuera un tal Marcelo Colussi? ¿Qué hay ahí?

En mi novela La contemplación Marcelo Colussi es un detective idealista que no se resigna a las investigaciones amañadas por su jefe, el inspector Chapman. En esta novela tomé nombres prestados de la vida real, lo hice para trabajar ciertas psicologías. El caso del Marcelo Colussi de la ficción, al igual que tú, en la supuesta vida real, confía en su esencia, en su causa, y no desmaya, a costa de su existencia, pues, su vida es su ideal. En él una cosa es lo que alimenta a la otra. Es un personaje contrapeso entre tanta niebla que obstaculiza la visión a los personajes de la novela.

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