Hitler, reliquias y algunos jefes nazis

Hitler, reliquias y algunos jefes nazis

(“Nadie tiene compasión del encantador al que muerde una serpiente o de uno que se acerca a las fieras. Lo mismo pasa al que es amigo del insolente y se enreda en sus maldades”. Eclesiástico 12.13-14)

Por José Tobías Beato

Las apetencias de poder con frecuencia conducen a los hombres a contradecir sus principios o a tergiversarlos para justificar sus acciones. Así, fue un devoto católico el que recomendó al presidente Hindenburg que nombrara a Hitler canciller de Alemania en 1933. Ambos creyeron poder manejarlo, y ser el poder tras el trono. Lo cierto y verdadero fue que, aunque Hitler en aparente agradecimiento le nombró vicecanciller, al poco tiempo fue totalmente ignorado. Más aún, “la noche de los cuchillos largos” tras la cual Hitler purgó a sus seguidores, eliminando físicamente a cientos de ellos, el mismo dirigente católico fue a dar a la cárcel. Por eso cuando el Papa Pío XII se involucró personalmente tratando de evitar el conflicto mundial, ya era tarde, pues los violentos estaban envalentonados hasta el extremo, y ciertamente eran muy fuertes.

Ese devoto ultraconservador fue Franz Von Papen (1879-1969), jefe del Partido Católico del Centro, con una larga historia de provocaciones, profeta de la guerra. Mucho antes de eso, entre 1913 y 1915, había estado en México como agregado militar alemán. Allí observó la revolución mexicana e hizo contactos. El dato vale la pena conservarlo en la memoria. Del país azteca pasó a Washington adscrito a la embajada de su país. El presidente Wilson se vio obligado a denunciarlo por su política de intervención en Estados Unidos, intentando que éstos violaran su neutralidad en la primera guerra mundial. Von Papen tuvo que marcharse a Alemania.

Lo interesante es que el presidente Wilson no le declaró la guerra a Alemania por el hundimiento del enorme barco mercante británico Lusitania —en ese momento el más grande del mundo— torpedeado por el submarino alemán U-20. Dieciocho minutos fueron suficientes para que el enorme trasatlántico se fuera al fondo del mar, cuando estaba a menos de 16 Km. de la costa irlandesa. Los cadáveres de niños y mujeres flotaban “como lirios en un estanque”. De los 1,257 pasajeros que iban a bordo murieron 785. También de los 702 miembros de la tripulación fallecieron 413. Una verdadera tragedia marítima. Las protestas en Estados Unidos fueron grandes, pues 128 norteamericanos perecieron en el desastre.

Mas la declaración de guerra vino mucho más tarde y el motivo fue la necesidad de proteger los estados del sur de un supuesto ataque mexicano. Un telegrama interceptado por los británicos, enviado por el ministro alemán de asuntos exteriores, Arthur Zimmerman, al embajador alemán en Washington, el conde Johann Von Bernstoff, proponía la unión de Alemania con México y Japón. En caso de que Alemania ganara la guerra, los estados de Texas, Nuevo México y Arizona, retornarían a su antiguo dueño: México. Por eso, el 2 de abril de 1917, el presidente Wilson declaró ante el Congreso: “La neutralidad ya no es factible ni deseable al estar en juego la paz mundial… aceptamos este hostil desafío”, haciendo velada alusión al telegrama de Zimmermann (La verdad sobre la historia, Ed. Reader’s Digest México, pág. 127). Y es interesante observar que fuera precisamente el general Pershing, quien en ese momento combatía en el norte de México las fuerzas de Pancho Villa, tras éste atacar la ciudad norteamericana de Columbus, quien fuera trasladado a Europa como jefe del ejército de Estados Unidos para que combatiera a los alemanes en Francia.

Pero volvamos a Von Papen. No obstante su aislamiento inicial, le aceptó a Hitler el nombramiento de embajador del Tercer Reich en la católica Austria. Prontamente ésta fue anexada al imperio alemán para completar por la fuerza la unión germana. Recuérdese que la unidad alemana en el segundo imperio fue realizada por la Prusia de Bismarck, y que Hitler, a su vez, —jefe, Führer, del nuevo imperio— era un austríaco al servicio de los junkers e industriales prusianos.

Por cierto que para la fecha, y en la tarde del 26 de abril de 1937, los aviones de la Legión Cóndor de la Alemania nazista cayeron sobre la vizcaína y casi bucólica Guernica, destrozando sus edificios memorables y matando a miles de sus residentes. Las víctimas fueron más porque el día escogido era de mercado para los 7, 000 habitantes que allí vivían y trabajaban. La pequeña ciudad no tenía importancia estratégica. Pero el ametrallamiento por aviones que sobrevolaban a escasísima altura, y que descargaban su fuego sobre casas y calles abarrotadas por civiles desarmados y sorprendidos, generó un terror tal que le permitió a las fuerzas del catolicísimo Franco conquistar Bilbao, que sí la tenía. Terminada la guerra civil española —con un saldo de más de 600,000 muertos en ambos bandos—, el 23 de octubre de 1940 pudieron reunirse los dos caudillos de la violenta ultraderecha en la ciudad francesa de Hendaya, ocupada por los nazis, bien cercana a la frontera con España. Aunque Hitler no pudo convencer a su colega español de que se le uniera abiertamente en la guerra mundial.

No era un espíritu religioso el que los inspiraba, ni muchísimo menos un deseo de ser santos, sino la ambición de mando. Ambición que descansaba en creencias sospechosamente alienantes e irracionales sobre un alegado destino superior de la raza aria, la cual, en tanto superior tendría pleno derecho al dominio del mundo. En el caso específico de Hitler tales convicciones tenían como fundamento la especial Teosofía de Helena Blavatsky. Los arios aparecían providencialmente como los hombres de Dios, el nuevo pueblo escogido. Sólo había que eliminar a las razas inferiores supervivientes de otras edades, para dar paso al nuevo hombre superior. Según estos furibundos racistas, al fin y al cabo toda la sabiduría, toda civilización, proviene única y exclusivamente de los blancos superiores. Y puesto que un puntal de su filosofía  es el darwinismo social, conciben la existencia como una lucha en la que sobreviven exclusivamente los más fuertes. Por eso Hitler, al ser nombrado canciller, proclamó la necesidad de eliminar el juramento de fidelidad y cumplimiento de los deberes en base a la fe: “no se trata de decir yo creo, sino yo lucharé.”

Hitler ciertamente era un creyente, pero un creyente de muchas cosas, desde la astrología hasta el ocultismo, pasando por toda suerte de leyendas y mitos vinculados a los arios. Por eso, echemos un vistazo a la historia de Hitler antes de llegar al poder; conozcamos su mentor y sus andanzas míticas por libros y castillos. Pero antes, digamos brevemente algo sobre el final de Von Papen: dondequiera que fue enviado, hizo su trabajo muy efectivamente, con energía inusitada. Tuvo la suerte de que, estando en sus labores diplomáticas, conoció a un bondadoso obispo de apellido Roncalli, que le planteó la urgente necesidad de auxiliar a las comunidades judías que estaban siendo exterminadas por los nazis.

Aceptó la tarea, y salvó muchas vidas. El gesto le sirvió para evadir la condena en los juicios de Nuremberg, donde fue a parar acusado en 1946 de crímenes de guerra, aunque fue absuelto por falta de pruebas. El obispo Roncalli, que luego sería elegido Papa con el nombre de Juan XXIII, abogó por su inocencia. No obstante, un tribunal alemán condenó a Von Papen a ocho años de cárcel, que no llegó a pagar, pues —cosas de la justicia— fue liberado a los dos años atendiéndose a su mal estado de salud y edad avanzada. Pese a lo cual, vivió veinte largos años más, en los que no logró asimilarse nuevamente al tren burocrático, como era su deseo. Había quedado lamentablemente enredado en las maldades del insolente.

Pues bien; dicen que desde muchacho Adolfo Hitler escuchaba extasiado las obras de Wagner, hechizado por el poder evocador de esa música y los poemas que canta, que hablan de poderosos héroes, de leyendas medioevales, de titánicos seres que enfrentan su trágico destino con decisión soberana, para quien Jesús no era un judío educado bajo los fariseos, sino un ario muy especial ((Harold Schonberg, Los grandes compositores, Vergara, pág. 268). Y entró en contacto directo con teorías que hablaban de mitos y destinos superiores, normados por ideales que habían de prevalecer por la acción de la  fuerza y la violencia. También por Wagner el joven Hitler entró en conocimiento del poeta y trovador Wolfran Von Eschenbach, uno de los grandes poetas épicos alemanes y uno de los primeros simbolistas, a juicio de los que saben de estas cosas. Este vate fue el creador en el remoto 1210 del poema “Parzifal” que Wagner compuso como la ópera Parsifal entre los años 1877 y 1882. Parsifal era un caballero relacionado con la leyenda del rey Arturo, consagrado a la búsqueda del santo grial.

Tal objeto, según viejas historias, fue llevado a Europa, por el rabino José de Arimatea, quien siendo probable miembro del Sanedrín, una vez muerto el Maestro le pidió el cuerpo a Poncio Pilatos, a fin de enterrarlo dignamente en una tumba no estrenada de su propiedad, situada cerca del lugar de la crucifixión. Lugar que la tradición identifica con la hoy Basílica del Santo Sepulcro. El asunto es que Arimatea no solamente hizo esto. También dicen que se quedó con la copa en la que bebió Jesús en la última cena. Nadie explica cómo sucedió eso. Si así fue, puede conjeturarse con cierta base que el dueño del sitio donde se celebró aquella, estaba emparentado o relacionado de algún modo con José de Arimatea. Y eventualmente hasta asistió a la misma, porque hay varios indicios que permiten aventurar la hipótesis de que en aquella reunión santa, no solamente estaban los doce discípulos. De modo que el célebre cuadro de Leonardo nada tendría que ver con la realidad de lo que pasó allí.

Pero es ese otro tema que espero poder abordar otro día. Mientras, según la leyenda, José guardó el cáliz en el que brindó por su propia muerte el Sacerdote Perfecto, y supuestamente en el momento de la crucifixión lo sacó y recogió en él parte de la sangre del Dios-hombre, que como manso cordero fue sacrificado por el pecado de los hombres. Y se tejió el mito: quien lo poseyera, tendría de su lado el poder de la divinidad, y con él podría hacerse cuanto quisiese su dueño, desde curas milagrosas hasta poder alcanzarse la inmortalidad. Años más tarde, dicen algunas versiones, huyendo de las persecuciones, Arimatea se habría trasladado a Inglaterra hacia el año 63 de nuestra era, donde fundó en la colina de Glastonbury un monasterio. A partir de este sitio, el escritor e historiador Geoffrey de Monmouth, en el distante siglo XII, creó un héroe nacional que nunca existió en la historia: el rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, base de numerosas obras literarias en Gran Bretaña, Francia y en toda la Germania sobre la lucha contra los sajones y la búsqueda del santo grial.

Otros agregan que también fue recuperada la lanza del soldado romano con la que atravesó a Jesús para comprobar si en verdad estaba muerto, tras apenas tres o cuatro horas de colgar en la cruz. Supuestamente, tal lanza, tras muchos extravíos, fue a dar al palacio de Hofburg, sede de la corte de los Habsburgo, en Viena. Miles andaban tras ella por sus alegados poderes, que eventualmente podrían hacer de su poseedor un hombre poderosísimo. Uno de los jóvenes que se entusiasmó con tales asuntos fue Adolfo Hitler. De modo que, buscando su destino, varias veces visitó Hofburg, pobremente ataviado y aterido de frío. Al mismo tiempo también leía la revista Ostara, fuertemente antisemita, que pedía la esterilización de los enfermos y la de todas las razas inferiores o mezcladas.

Otro que transitaba caminos parecidos era Heinrich Himmler, que luego sería el temible jefe de las Schutz Staffel —los camisas negras de la SS, élite del ejército nazi en tanto guardia personal hitleriana— que se creyó ser la reencarnación de Enrique el Cazador, o Enrique I, “el pajarero”, fundador por los años novecientos, de la casa real de Sajonia, y quien fuera el primero en intentar forjar una Germania unida. Para Himmler, poder espiritual era exactamente igual a pureza racial, por lo que se fijó la meta de crear el hombre nuevo, mediante la purificación de la raza. Por eso solamente admitía en la SS a individuos perfectamente formados, “arios puros”, sin mácula alguna. Una vez en el poder, Himmler creó la “Oficina de la Herencia Ancestral del Reich” cuya finalidad esencial era encontrar las evidencias científicas de la superioridad de su estirpe. En tal sentido envió expediciones científicas a Perú, Etiopía, el Tíbet, buscando vasijas con esvásticas que mostraran que los arios habían estado allí. Y tuvo suerte en el último destino. En el castillo de Wewelsburg, celebraba con lo más calificado de su policía, ceremonias de iniciación para el nuevo imperio que debía durar cuando menos mil años.

Joseph Goebbels, ministro de propaganda no solamente creía, sino que como veremos más adelante, utilizó y tergiversó profecías con tal de minar la confianza de sus enemigos y robustecer la propia en la misión que se habían impuesto de dominio del mundo y eliminación o control de los judíos, así como desterrar de su ‘espacio vital’ la democracia liberal y de paso toda influencia comunista, pues ambos movimientos eran, a su juicio, una simple conspiración internacional de los magnates judíos en representación política de su raza impura. [José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002]

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