Leer en el parque

Leer en el parque

René Rodríguez Soriano | Trato de descifrar el infinito número de puntos de la línea que separa las barreras entre la justicia y la injusticia. Creo que no es justo leer en el parque

Una señora corre porque su niño, que hasta hace unos minutos también corría; ahora llora. Más acá, a la izquierda del roble —diría Benedetti—, una pareja, que fue centro de atención de todos por la forma en que se gritaba, ahora, se toca, se acaricia. Dos viejecitos hacen todo lo posible porque cada uno escuche toda la sabiduría que resuman sus escasas y grises cabelleras. Yo, yo leo a Borges.

Decidí venir esta tarde al parque. Ignoré el computador, el mando a distancia del televisor. Nada que ver con las primeras planas ni las de último minuto. Nada que ver con las declaraciones de los políticos, intentando competir en el espacio con las luminarias del disco o el celuloide. Nada que ver con el último escándalo en un suburbio o en un gran residencial. Los francotiradores están en todas partes, como dioses de la cultura de este tiempo.

Borges habla de los malandros de facón y arteras puñaladas. La televisión no dice nada nuevo cuando dice que otros dicen que no es justo que un juez juzgue a un menor que ya antes pudo haber sido agredido por la justicia que habrá de juzgarlo. Cierro el libro de Borges. Leo el libro del aire viciado. Huele a humo y a grasa. Los niños juegan en el parque. Las madres fuman en público, algunos padres beben cervezas, y más allá del jardín de los senderos que se bifurcan, otros —que no son tan niños ni tan adultos, sino la misma cosa—, nos engañan, engañándose…

“No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma” —dice Borges—, cuando, al azar, abro el libro en la página 123. Miro que se marcha la señora con el niño, que hace rato dejó de llorar, seducido por el bálsamo de un helado color rosa con sabor a sabe Dios qué cosa que le dio la madre. Uno de los viejecitos duerme mientras el otro mira a la muchacha que repele el calor con el brillo de sus muslos, más allá de donde el presentido rotito de Barthes deja ver lo que normalmente es de buen ver, cuando te lo dejan ver sin ver que ves.

Alguien habla de Irak o de Bin Laden. Piensa que la guerra es mala y que es justo no ser justos ni darles tregua a los que no tengan igual parecer. Es el cuento de nunca acabar. La historia que se escribe a sí misma, se borra y vuelve y comienza en el mismo principio. Tal vez, ad infinitum, la negación misma de la negación. ¿Spiderman o el tribunal supremo de las naciones unidas? La Paz, en realidad, es una ciudad que se niega a sí misma en todo su sentido de equidad. Este parque, aparentemente lleno de aire y extensión, no es tan libre ni tan abierto. Si alguien confesara abiertamente que duda, siquiera un poco, de las ciencias y las artes que justifican la guerra, descubriría en segundos que ciertos árboles, ciertos bancos y ciertas estatuas, que aparentan estar divorciados de la realidad, tienen oídos y esposas.

También oí que Wynona Ryder, con su blanca carita de niña y sus manos traviesas, enfrenta de nuevo a la justicia; que alrededor de un 75 por ciento de la “minoría” negra de la nación más justa y poderosa de todo el concierto de naciones, eligió no votar en unas elecciones donde cada día se pone más en duda el respeto a la igualdad que se pregona en foros y en pancartas por todo el orbe. Aquí en el parque, un niño blanco mira huraño a los patos tan negros que, en aparente libertad, nadan entre los espejos de la laguna de allá enfrente. Su madre, con un lacito muy blanco, tira de su pequinesa negra que no se arriesga a caminar sobre el pasto donde otras señoras compiten con la cháchara de los gansos y otras aves negras de un horrendo cantar.

Cierro el libro de arena. Trato de descifrar el infinito número de puntos de la línea que separa las barreras entre la justicia y la injusticia. Creo que no es justo leer en el parque, uno estorba a la gente que viene, en libertad, a disfrutar del aire libre, a descansar.

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