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Palomos, de Pedro Antonio Valdez

Giovanni Di Pietro | El hip hop no viene de los callejones sin salida de las grandes urbes […] es algo elaborado para consumo de los jóvenes y los despistados por parte de las grandes compañías disqueras.

Esta novela es un bildungroman. O sea, la novela de un niño o adolescente en busca de su madurez. De este tipo de novelas hay un ejemplo excelente en la novelística del país. Es La pandilla, de Haím H. López-Penha. Se trata siempre de niños o adolescentes que, al final, logran entrar al mundo de los adultos, con sus responsabilidades y sentido serio de la vida. Tradicionalmente, el niño o adolescente anhelaba pertenecer a ese mundo; no lo rechazaba. Lo nuevo de Palomos es que presenta lo que es una modalidad actual. En ésta, el niño o adolescente no quiere pertenecer a dicho mundo. Más bien, lo rechaza. Y lo hace acusando a los adultos de todas las hipocresías, violencia y crímenes habidos y por haber. Lo cual, como es obvio, suena un tanto exagerado. Más que eso, también falso. O sea, que ese niño o adolescente habla de cosas que no entiende bien o simplemente se las pusieron en la cabeza. El rechazo, pues, no es genuino. Es algo aprendido, postizo.

Leer La pandilla es interesante. En ella, aunque imperfecto, el mundo de los adultos es un mundo positivo. La profesión, la patria, la actividad política y cívica, la religión, la formación académica, la familia, la moral —todas estas cosas son vistas como logros importantes—.  Al dejar atrás sus travesuras infantiles, el niño o adolescente hace de ellas el sine qua non de su existencia como persona madura. Esto no quiere decir que en Palomos estas cosas no estén presentes. Lo están. Pero el niño o adolescente sostiene o pretende sostener que no importan, que son cosas despreciables. Por su fundamento hipócrita.

Esto en sí puede ser verdad. Sin embargo, el niño o adolescente de Palomos no lo ve así. Tiende a considerar al mundo de los adultos, con todas estas cosas, irreparablemente perdido. Es sólo una pose. El algo postizo que decimos. Pues, como podemos ver con el protagonista central, MC Yo, al final el niño o adulto termina por aceptarlas. Es su única opción. No es posible quedarse en la infancia o la adolescencia para siempre. La vida sigue adelante. Y el niño, que lo quiera o no, tendrá que convertirse en adulto.

En Palomos sabemos esto cuando MC Yo finalmente se le enfrenta al jefe de su pandilla, Lacacho, y descubre que es un cobarde. Ya había tenido atisbos de sus fallas cuando, por ejemplo, en el restaurante se da cuenta que no sabe leer. Es un ignorante frente a él que supuestamente lee toda clase de libros. Otro atisbo tiene que ver con la primera sangre menstrual de su hermana. A raíz de este incidente, MC Yo deja de referirse a ella con el epíteto despectivo de siempre, Hocico de Puerco. Y un último es cuando, en su mente, cuestiona la veracidad de la palabra de Lacacho con relación a la responsabilidad de la pandilla en la muerte de Aborto.

Lo que queremos decir es que la novela funciona en estos términos. Es pura y simplemente un bildungroman y así hay que leerla. Si no se lee de esta forma, no va a tener sentido. O sea, que si se persiste en ver a Palomos como una defensa a rajatabla de la supuesta cultura del rap, o hip hop, o como quiera se la quiera llamar, viendo en ella una manera de reivindicar un estilo de vida —el de los raperos y sus imitadores, los jóvenes—, se estaría limitando enormemente el alcance de su sentido. Entonces, ya no sería un bildungroman, sino más bien una novela calculada para comunicar una tesis específica: Que todos los males del mundo, y en especial de los jóvenes, se deben a los adultos hipócritas, detentores del poder político, económico, social, moral y cultural. MC Yo sería, pues, un rebelde sin causa y ya. O mejor dicho, un rebelde con causa, la cual consistiría en odiar a todos los adultos y su mundo por el mero hecho de haber tenido hijos y haberles dado la posibilidad de vivir una vida bastante cómoda, con televisor, juegos de Nintendo, computadora, celular, iPods, videojuegos y así por el estilo. ¡Vaya causa para su rebeldía!

Por eso, para no caer en esta trampa, insistimos que a Palomos hay que leerla como un bildungroman. Si la obra no fuera este tipo de novela, no terminaría en la forma en que termina, cuando MC Yo rehúsa las órdenes dementes de Lacacho de pegarle fuego a las casas de todos los miembros de la pandilla. Esto quiere decir llevar a cabo la consigna que él tiene escrita en los cinco dedos de la mano derecha: HATE, o sea, odio a los adultos y su mundo. (Este detalle sale de la película The Night of the Hunter.) Hay que quemar el mundo con todos los adultos en él, y así satisfacer este odio.

Por cierto, Lacacho es un pobre desgraciado con una madre puta que no lo quiere, y, como consecuencia, desde su punto de vista, quemar el mundo con todos los adultos tiene alguna desquiciada lógica. Si no leemos Palomos como un bildungroman, llegamos a la conclusión que Lacacho tiene la razón. Que este mundo es una mierda total y no sirve para nada. Sirve sólo para el odio y la muerte. Es que Lacacho rehúsa crecer, madurar. Su sendero, pues, va a ser el que se le ofrece en casa de Número 15, el hijo del diputado, o sea, meterse de lleno en la criminalidad. A él le interesan los cuartos. Para conseguirlos, está dispuesto a pegarle fuego al mundo entero.

Hasta aquí, bien. Pero ahora tenemos que enfrentarnos al hecho de que Pedro Antonio se la ha pasado y se la pasa defendiendo, esta vez dentro de su novela, esa clase de cultura que produce tipos como Lacacho. Palomos se puso a circular en un colmadón. También intervino un conocido rapero en el evento. Hay que escuchar a los jóvenes, dice Pedro Antonio, o el Doctor P, en la sección final llamada “Musicografía”. Y, sin duda, él se identifica con el joven profesor de historia en la novela. Éste entiende que hay que aplicar la cultura hip hop, o reguettonera, a la enseñanza. O sea: hay que ir hacia los jóvenes, en el mismo sentido en que, hace unos años, los marxistas hablaban de ir hacia el pueblo. Fue una falacia esta tesis, y es una falacia la que Pedro Antonio, a través del profe, sugiere en Palomos.

Si nos fijamos bien de este detalle, podemos deducir que hay una contradicción aquí. Promover la cultura reguettonera mediante la novela significa contradecir lo que es su moraleja, o sea, lo que dice que el niño o el adolescente tiene que crecer, madurar, formar parte del mundo de los adultos, pese a sus muchas fallas. En este caso, se estará leyendo Palomos no como un bildungroman, el cual insiste en que hay que madurar en la vida (exactamente lo que MC Yo termina haciendo al final), sino, igual lo expresamos más arriba, como esa novela calculada para comunicar la tesis específica que todos los males del mundo, y en particular de los jóvenes, se deben a los adultos hipócritas.

Si nos preguntamos por qué ocurre esto, la respuesta se encuentra en esa defensa y promoción que Pedro Antonio hace de la cultura hip hop, con la idea base que dice que  Hay que escuchar a los jóvenes, o sea, entenderlos. Y esto, en sí, significa que el novelista se está identificando con el objeto de su novela. Ahora bien, si nos vamos a ese objeto, o sea, a la cultura reguettonera, nos damos cuenta que, en gran medida, ésta consiste en una pura tomadura de pelo. El hip hop no viene de los callejones sin salida de las grandes urbes, como se pretende. Muy por el contrario, aunque es posible que empezara en ellos, es algo elaborado para consumo de los jóvenes y los despistados por parte de las grandes compañías disqueras. Por eso, no se trata sólo de música; también hay la ropa urbana, los videos, las cadenas, aretes, tenis, gorras y parafernalia de todo tipo. Es decir: de popular, esa clase de cultura tiene muy poco. Más bien, es una manera de hacer rotundos negocios a espaldas de una sociedad embobada y acosada por el miedo a los jóvenes.

En otras palabras, lo que aquí tenemos es algo bastante común en las letras del país en los últimos tiempos. Se llama plebeyismo. En este sentido, los escritores se identifican con las masas y llevan a sus páginas su propia infatuación con ellas. A esto le llaman estar al día en cosas de estética. Si no se trata de personajes y temas de callejón, se supone que el escritor no está actualizado y es —¡horror de los horrores!— un elitista.

Pedro Antonio se identifica con sus personajes. Es bueno que haga esto. Sin embargo, al igual que otros escritores de hoy, no se distancia de la realidad que éstos representan, se rebaja a su propio nivel y se regocija en el asunto. Antes, hace unos cuantos años, se trataba del tiguere dominicano; ahora, se trata del palomo. Es la misma cosa. Que el novelista se identifica con su protagonista MC Yo, por ejemplo, lo sabemos porque pone en su boca ideas y opiniones que no pueden ser suyas, de un niño de once años. En efecto, en Palomos, MC Yo aparece como un tipo excesivamente dotado en términos intelectuales, muy bien leído para su edad, y con conceptos demasiado claros acerca de lo que es el mundo y lo que ha sido su historia.

Como consecuencia, cuando tratamos de encontrar en la novela a un personaje que represente al mismo autor, pronto salta a la vista el profe de historia, antiguo enamorado de la madre de MC Yo; es decir, ese sujeto que pretende aplicar la cultura reguettonera a la historia patria. Toda la requisitoria de MC Yo contra el país, el padre de la patria, la directora del colegio, los políticos, la psicóloga, o sea, contra cualquiera o cualquier cosa que huela a autoridad, orden, tradición, no es harina del costal de ese niño de once años; es, indudablemente, harina del costal del mismo novelista en su afán plebeyísta. A los ojos de MC Yo, todas estas cosas merecen el máximo desprecio. Los adultos son hipócritas y su odio hacia su país llega hasta el colmo de él expresarse en inglés, en vez de hacerlo en su propio idioma. Su héroe y guía no es Duarte; es Homero Simpson, el personaje de los muñequitos gringos.

En última instancia, este género de cosas no es más que puro cretinismo (aquí, los cautos dirían infantilismo). En sus tiempos, los marxistas elevaron el lumpen a categoría de respeto: no por ser seres humanos, y por ende dignos de ser considerados así, sino únicamente por ser lo que eran, lumpen. Los escritores pebeyistas ahora elevan a los palomos, presa fácil del cretinismo como resultado de la cultura hip hop, a esa misma categoría y de la misma manera. Que esta cultura pueda tener elementos positivos, como por ejemplo cierta crítica social, no lo ponemos en duda. Pero ése es el aspecto genuino de cualquier tendencia verdaderamente popular. Lo cual no resta al hecho de que, en la práctica generalizada, esta clase de cultura aboga por el mal gusto desenfrenado, la más espantosa ignorancia, la violencia sin sentido, la falta de un código moral y el consumo de drogas. Y este escenario sólo refleja el cretinismo. No hay otro  modo de verlo.

Bienvenidos al mundo postmoderno, sin duda. Tomar como poesía o pensamiento las ridículas líricas de los raperos, lo que ellos llaman rimar, como lo hacen muchos escritores de hoy; aceptar como arte las situaciones violentas, abusivas y sangrientas de los videos; pensar que los graffiti están a la par con la pintura renacentista o cualquier pintura de verdad; escoger a Homero Simpson, un muñequito, como norte en la vida y la moral personal y social; ver al padre de la patria como a un sepulturero; mofarse de la cultura, el buen gusto y la tradición, ¿qué es, sino puro cretinismo? A lo mejor esto está bien con el profe de historia o con el Doctor P, ambos empeñados en ir hacia los jóvenes, pero no deja de ser el cretinismo que decimos que es. El mundo postmoderno, dominado por las transnacionales, los bancos, la industria del entretenimiento, en Hollywood y otros lugares, es exactamente eso lo que quiere: o sea, que los pueblos no crezcan nunca, que se queden en la ignorancia, la incultura, el abuso y la violencia. Quiere que sean una colonia de termitas devoradoras de aparatos electrónicos que no logra ver más allá de su propia nariz.

Entonces, hay que tener cuidado cómo vamos a leer Palomos: si por lo que es, un bildungroman, o sea, la historia de un niño de once años que finalmente crece, se hace responsable de su vida y entra a formar parte del mundo de los adultos, pese a sus muchas fallas, o si, llevándonos de los profes de historia y los Doctores P, cayendo en la trampa, terminamos defendiendo el cretinismo. En el primer caso, estamos en lo correcto; en el segundo, tomaríamos el camino equivocado, ese que nadie sabe hacia dónde lleva.

Si ahora nos preguntaran si vale la pena leer Palomos, diríamos que sí, que vale la pena, pero siempre y cuando se haga desde la perspectiva adoptada aquí, o sea, como un bildungroman. Pero, desgraciadamente, me temo  que al final Palomos va ser leído desde la otra perspectiva, la errónea, o sea, como una especie de tranche de vie de lo que es el mundo de los jóvenes de hoy entregados al reguetón y la vida fácil. En efecto, es exactamente así que las reseñas que han salido presentan a la novela. Lo que quiere decir que, en vez de ayudar a los jóvenes a superar su presente cretinismo, como debería ser, Palomos, exaltándolo, va a promoverlo aún más. Dudo mucho que Pedro Antonio haya tenido esto como meta al escribir su obra. Sin embargo, al no ser leída correctamente, ésta es la lamentable consecuencia que tendrá. [Geovanni Di Pietro, italiano de nacimiento, una de las voces más polémicas de la crítica literaria dominicana, entre sus libros destacan: La narrativa de Roberto Marcallé Abréu, 2006, Lecturas de novelas dominicanas, 2007]


Comments (1)

  • Marly

    Acabo de leer esta obra Palomos, es super buena, la lei en un solo dia..jejeje no me podia despegar, mientras mas leia mas interesante se ponia. MUY BUEN MENSAJE!!! felicidades!…me dio nostalgia ver que ya habia terminado de leerla

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