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Por la absolución de los mares

Mery Sananes | Como el expedicionario que en la cima recibe la señal de los misterios más hondos y descubre en ese momento que su único destino es revelarlos a los hombres que aguardan abajo.

Llegamos, como cuando el río alcanza la mar, como cuando la nube estalla en lluvia, como cuando el lirio abre sus hojas, o el bajel llega a puerto, como cuando rompe el cascarón, o se abre la semilla en tallo.

Como cuando se llega a la alegría a través del llanto, o como cuando se ha recorrido mucho la vida tan sólo para llegar de nuevo al asombro de la vida.

Llegamos como cuando estalla el fuego del roce de dos piedras, o abre el agua cauce desde lo alto de las colinas. Llegamos como el oleaje a la orilla, como la noche y el día, como llega el expedicionario a la cima más alta.

Llegamos. Y llegar era partir hacia la entrega que el río le hace a la sal de los mares de sus dúlcimas aguas. Como la lluvia ofrenda su  creciente para el festejo de los cauces de los ríos. Como entrega el lirio su simiente al viento para que sigan existiendo silbidos de amor.

Como sale de nuevo el bajel a alta mar que es su morada, o como cuando el ave recién nacida abre sus alas para emprender el vuelo. Como el tallo se convierte en árbol, o la alegría se multiplica en muchas alegrías.

Como cuando por el asombro iniciamos nuevos sueños. O como del fuego se hace la luz, y de las piedras la colina. Como la luna que crece hasta luna llena tan sólo para reiniciar su ciclo hacia luna nueva.

Como el expedicionario que en la cima recibe la señal de los misterios más hondos y descubre en ese momento que su único destino es revelarlos a los hombres que aguardan abajo.

Llegamos. Dejamos nuestra simiente. Y ahora hay que partir para recoger los frutos.

Partir que es la forma más plena de llegar. Porque no se detiene la vida en el hallazgo, no se detiene el ojo en el llanto, ni la alegría en la sonrisa.

Donde nos prolongamos más allá de nosotros mismos para fundirnos en todo lo que crece y se levanta, estallido de vida, donde la muerte no es otra cosa que el cascarón que queda cuando el ave alcanza el vuelo, que el viejo ropaje de la chicharra cuando la nueva  estalla en canto. Cascarón y ropaje que se hace tierra, agua y fuego otra vez.

Partir que es reconstruir la vida desde el momento mismo en que llegamos. Porque es cuando el río llega a la mar que completa su ciclo de río.

Y entonces es más río que nunca. Y el mar se convierte en conjunción de ríos para que brote la sal. Como la ola que se derrama sobre la orilla tan sólo para alcanzar la mar otra vez. Que deja espuma o rocío sobre la arena, para dejar asentados los signos del mar.

Llegar simiente al surco para estallar en frutos. Ese es el destino.

Camino que no tiene retorno, hasta que no se cumple el destino del fruto, para la nueva semilla que habrá de buscar morada en nuevos surcos.

Por ello —por haber llegado y por haber partido— me reconocerás sólo en los frutos. Y me encontrarás en tus propios frutos, ya maduros, entregados al mundo como nuestra particular forma de ofrenda.

No se juntan los caminos sino en los frutos que hayamos hecho florecer.

Y ya no hay otro tiempo ni otra forma de alargar la mano  para tocar la tierra, abrir los surcos, entregar la simiente y recoger los frutos. No otra forma que como el viento toca la mar para que no cese jamás su oleaje. O como la lluvia toca las hojas de hierba. O como el olor a jazmín toca el corazón de quienes tienen que partir.

Sólo por nuestros frutos seremos rescatados.

Por las fogatas que hayamos encendido. Por las que no dejamos apagar. Por el fuego que hayamos derramado sobre estos tiempos obscuros, para dejar las señales de la luz.

Por los tiempos de una sonata que habrá que completar. Canción rota que habremos contribuido a reconstruir para los tiempos que vendrán. Tiempos cascanueces que apuntan hacia todos los arpegios  de jazmín.

Y en nombre de todo ello, por la altísima alegría de haber llegado, y el vasto y luminoso sentido de partir, pido a los mares que nos absuelvan algún día.

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