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¿Y dónde anda hoy la poesía?

Mery Sananes | ¿Cómo hacer para que la palabra sea un disparo que no hiera pero que siembre las bases de un tiempo distinto? ¿Cómo inventaremos la palabra-tinajero, palabra-barreno, palabra-colibrí, palabra azulejo posada sobre un pomarrosar?

No hay más que una causa: la del hombre.| Y por ahora, la de la miseria del hombre. León Felipe

La poesía hasta ahora ha se ha internado en los precipicios de las pupilas, acampado en el delta de las lágrimas, brotado como un manantial desde la estación de las risas, escanciado el corazón, radiografiado el dolor, dinamitado la injusticia, reinventado la vida desde la muerte, la ausencia y el silencio.

Ha dejado el registro de la dulzura en sus más altos acordes. Ha designado las tristezas más hondas, dibujado los más hermosos paisajes, removido los más altos secretos para entregarlos a sus propios sollozos.

Ha hecho sinfonías de palabras consagradas en las cuerdas de un laúd o en el viento que traspasa un píccolo. Ha sembrado geranios de amor en los más ardientes desiertos. Y ofrendado a la lluvia sus cantares cristalinos.

Ha hecho del amor su gesta más alta. Ha roto todo equilibrio tan sólo para describir el movimiento del diafragma cuando un suspiro lo estremece, o la salinidad del beso que el mar le regala a los crepúsculos. Ha horadado la alegría hasta hacerla estallar en quimera.

Ha tomado el verso como un arma cargada de futuro o como la memoria desolada del pasado que hace del presente un tiempo detenido en el sinfín de la muerte. Ha cantado a las sequías y al espacio geométrico de la duda. Ha hundido sus señales en la raíz de todo lo que existe y se ha engolosinado con las florerías que dejan en la brisa los aromas del vivir.

Y sin embargo, toda su entereza, sonoridad y sentido, no logran traspasar los muros que la contiene, las cercas de los números que etiquetan sus decires, como si fuesen depósitos que alguien puede transportar de un cauce a otro, sin que una sola metáfora se escape enardecida a ametrallar el silencio.

Y si ese equipaje de palabras, que es sacudimiento y temblor, se nos queda en la noche agolpado en los párpados, sin que vuele de él la primavera que tendrá que ser, habremos dejado de percibir la otra poesía, la que ronda la mirada aterida de miedo, la que descalza su orfandad en el refugio de los olvidados, la que trastoca las sombras alucinando imaginerías, la que resiste, sin que nadie lo sepa ni lo prefigure, en los canjilones del desahucio, derramando ternuras que nadie conoció.

Es la poesía que hace vigilia allá afuera. Detrás de las ventanas cerradas y las puertas amuralladas. La que se adormece hasta el grito y aguarda sin calendario su tiempo de hacerse canción. La que se estaciona en los campos baldíos de la desesperanza y acampa inclemente en las desoladas cosechas del sufrimiento.

La que no tiene registro ni memoria sino en el camino que recoge la fragancia de su vuelo sin alas. La que se detiene en los rostros de los niños que no supieron de regazos. Y tiene el tenue revuelo de la melancolía.

Sólo que no queda escrita en la palabra, ni en la voz que la mece en su paladar como un árbol de cerezos. Está dispersa en el paisaje como un torbellino sin residencia.

¿Habrá manera de juntarlas? ¿De sembrar la ternura para que retoñen porvenires? ¿Hacer almácigos de besos para que despierte el amor? ¿Irrigar la tierra con los sueños para que brote la risa?

¿Cómo hacer para que la palabra sea un disparo que no hiera pero que siembre las bases de un tiempo distinto? ¿Cómo inventaremos la palabra-tinajero, palabra-barreno, palabra-colibrí, palabra azulejo posada sobre un pomarrosar?

¿Cómo hacer de la poesía, la forma de vida que nos fue dada, para que juntos construyamos la imaginería de un tiempo que apenas adivinamos en el letargo de los pozos o en las hendiduras que el sol traza en su camino hacia el poniente?

¿Cómo lograr que ese soplo solitario se convierta en un gigantesco movimiento de sístoles que conmueva el planeta como un océano desbordado, hasta delinear las orillas de la vida, los azabaches del tiempo, los prolegómenos de un paisaje sin ausencias?

Porque sólo entonces, el amor brotará en las veredas para que el hombre se nutra de él, como del verde aire, del azul murmullo, del corazón de los nísperos, hasta hacerse lo que siempre debió ser: constructor de una vida que merezca ser vivida por siempre y para siempre, en el amén de las trinitarias y la resurrección de las chicharras.

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