Nieves y Miro Fuenzalida | Una cosa es evitar el atentado en contra de la propia vida y otra muy distinta volar a tierras lejanas para bombardear y destruir sus ciudades porque el líder dice que de allí viene el peligro.
El presidente Obama, hablando desde los principios morales más altos, presenta la guerra de Pakistán-Afganistán como una guerra justa frente a la cual su país no tuvo elección…“La Guerra —dice— en una forma u otra, apareció con el primer hombre. En el amanecer de la historia, su moralidad no fue cuestionada. Era un simple hecho, como las sequías o la enfermedad… Con el tiempo, así como los códigos legales buscaron controlar la violencia dentro de grupos, también los filósofos, sacerdotes y estadistas buscaron regular el poder destructivo de la guerra. El concepto de ‘guerra justa’ emergió, sugiriendo que la guerra se justifica solo cuando cumple ciertas condiciones […] Cuando la fuerza es necesaria, tenemos un interés estratégico y moral en seguir ciertas reglas de conducta”.
La idea de la ‘guerra justa’, cuya definición depende de la interpretación de una ‘autoridad legítima’, se presenta bajo el ropaje de una legalidad que presume la existencia de actos absolutamente condenables. Su lado obsceno es la licencia para matar inocentes. Laurie Calhoun (The Metaethical Paradox of Just War Theory) sostiene que la noción misma de ‘guerra justa’ es contradictoria y racionalmente insostenible al asumir absolutismo, implicando, al mismo tiempo, relativismo. Cada fuerza combatiente comprometida en una lucha mortal mantiene que su acción es correcta, que el enemigo está equivocado y que su causa finalmente triunfará. Invariablemente el adversario es la encarnación del mal que busca nuestra destrucción y viola los estándares de la moralidad y el derecho al que todos los individuos, por el mero hecho de ser humanos, están sujetos. La obligación de la fuerza combatiente es defender o restaurar estos estándares.
Si existen dictados morales aplicables por igual a todos los seres humanos, mas allá de las convenciones sociales, es sólo porque creemos en el absolutismo. Quien crea que los principios morales son artefactos culturales carentes de validez objetiva o absoluta se comporta como el gitanillo que cuando el cura le preguntó por qué no se había aprendido los diez mandamientos le respondió: “padre, yo me los iba a aprender, pero escuché un run run de que los iban a cambiar”. Para el relativista no hay una verdad moral singular porque estas son relativas a un contexto o marco social que la gente decide aceptar, cambiar o rechazar. La cuestión es esta: ¿Hay principios morales que nos indiquen que existen actos condenables independientes de su contexto? Según el absolutismo hay por lo menos un principio aplicable en todo momento y en todo lugar. La prohibición del homicidio, que es una de las prácticas más antiguas en la historia humana —dicen— es el mejor candidato para presentarse como tal principio moral absoluto. Si la prohibición de asesinar gente inocente no se aplica en todas partes y a todos los individuos, entonces, algunos seres humanos actúan inmoralmente. Si se mantiene la alternativa relativista, la moralidad termina con ser nomás que un sueno gratuito y una utopía inalcanzable. Es sólo dentro de un marco absolutista desde donde es posible hablar de crímenes de guerra y ‘guerras justas’, porque el asesinato es absolutamente condenable y las guerras injustas involucran asesinatos.
Esta noción de la ‘guerra justa’ tiene una larga historia que se extiende desde la antigua Babilonia, a China, Grecia, Roma hasta el presente. Su mayor requisito, articulado por los pensadores medievales y redefinidos por los protocolos militares modernos, es que la guerra debe ser justificada y las muertes que ella provoca sólo pueden ser aceptables bajo el cumplimiento de ciertas condiciones. La mayor parte de los teóricos contemporáneos defensores de la ‘guerra justa’ concuerdan en que ésta debe ser públicamente declarada, que razonablemente tenga posibilidades de ser ganada, que la causa que la provoca debe ser suficientemente grave, debe ser el último recurso, ser llevada a cabo por una causa justa, ser declarada por una autoridad legítima, los no combatientes no deben estar sujetos a ataque, los prisioneros deben ser tratados como no combatientes… Construida de esta manera, no es sorprendente que esta teoría haya persistido por tanto tiempo y que en cada conflicto militar sea reclamada por ambos lados. Lógicamente, sin embargo, significa que, al menos, la mitad de estas condiciones son meras racionalizaciones para encubrir el recurso a la violencia de una guerra injusta. Ambos lados no pueden tener razón al mismo tiempo. Pero los líderes políticos siguen desplegando la retórica de la guerra justa una y otra vez porque saben muy bien que juega un papel importantísimo en la motivación de los ciudadanos y combatientes para matar. Incluso los filósofos de la guerra, los pensadores religiosos y las masas populares presumen que a veces la guerra es justa. La doctrina del doble efecto, por ejemplo, ha venido sosteniendo por cientos de años que las malas consecuencias, como la muerte de niños, mujeres y ancianos es aceptable durante la guerra si se producen sin intención. El cuestionamiento de este vasto consenso se construye como una posición nada realista y peligrosa para la Patria, a pesar del obvio argumento pacifista de que la violencia alimenta la violencia. La vocación militar es la defensa a través de la destrucción y la magnitud destructiva de la tecnología bélica contemporánea, difícilmente puede sostener el argumento de la autodefensa. Una cosa es evitar el atentado en contra de la propia vida y otra muy distinta volar a tierras lejanas para bombardear y destruir sus ciudades porque el líder dice que de allí viene el peligro.
La cuestión más difícil con que los defensores de la guerra justa se topan con lo que los filósofos llaman “paradojas metaéticas”, que surgen al presuponer la existencia de un marco moral absolutista. Si miramos detenidamente los requisitos que definen la guerra justa, descubriremos, muy pronto que cada uno de ellos implica relativismo porque su contenido lo determina, en cada instancia, el individuo que ocupa el poder ¿Cuantas veces, por ejemplo, el significado de victoria ha sido modificado, primero por Bush y ahora por Obama, en la guerra de Irak y Afganistán? Lo que significa “éxito”, el prospecto razonable de ganar la guerra, es una función relativa a la interpretación del líder que, en última instancia, depende de qué y cuánto está dispuesto a sacrificar. La noción de “último recurso” indica que no se debe entrar en guerra ligeramente, que todos los esfuerzos posibles deben emplearse para evitarla. Dado el hecho de que siempre es posible agregar una nueva acción diplomática en el ámbito político, uno podría decir que el último recurso nunca se cumple. Por tanto, ¿quién decide cuál es el último recurso? No hay líder que no afirme que su guerra es justa y que se declara en nombre de la autodefensa. Sólo recordemos las razones que dieron, George Bush (“El Estado de Kuwait debe ser restaurado o ninguna Nación estará segura…”), Saddam Hussein (“Los derechos del pueblo de Irak serán recuperados uno por uno…”) o Hitler (“Es el judío el que lucha por dominar otras naciones y no hay nación que pueda remover su mano de la garganta, excepto por la espada”). ¿Quién decide que la causa de la guerra es justa? En la práctica, las naciones entran en guerra cada vez que el líder, un mero ser humano, decide que el deber obliga. “Yo, como cualquier jefe de Estado —dice Obama—, me reservo el derecho para actuar unilateralmente, si es necesario, para defender mi nación.” Es sólo la prerrogativa de su poder y autoridad la que le permite transformar en un verdadero infierno la vida de comunidades enteras, en nombre de lo que él decide que es justo. Es obvio que todos reclaman, en ambos lados de cualquier conflicto, el bien en contra del mal, lo justo en contra de lo injusto. El problema es que la afirmación universal de esta tesis, como dice Laurie Calhoun, sólo revela su total vacuidad.
Siempre la guerra culmina con la muerte de inocentes. La doctrina de la guerra justa presupone que algunos actos son absolutamente condenables, pero, al mismo tiempo, acepta la muerte de inocentes con la mera enunciación del decreto de un ser humano investido con una autoridad circunstancial. La muerte de un soldado se construye como autodefensa… ¿Qué pasa con la muerte de niños y mujeres que, sin culpa propia, se encuentran atrapados en medio de la lucha? El asesinato intencional, incluso el asesinato accidental, es considerado homicidio en la sociedad civil. Pero no para los que presentan sus acciones bélicas como guerra justa. El ataque al escondite de supuestos terroristas en la vecindad de niños es legítimo y el asesinato de inocentes es “daño colateral”. El acto de matar, según los defensores de la guerra justa, es permitido o no dependiendo del contexto y no de una cualidad intrínseca del acto mismo de matar. En ambos casos la muerte razonablemente se puede predecir. En uno, el culpable es moralmente responsable. En el otro, si los soldados actúan bajo órdenes, no lo son. La última autoridad de donde emanan estas órdenes es el “commander in chief”. Dicho de otra manera, un ser humano elegido como líder por el electorado o autodesignado, determina cuando el asesinato es o no permitido. Es esto lo que hace a la noción de guerra justa inherentemente paradójica. Mantiene principios morales absolutos mientras en la práctica sostiene el relativismo moral al indicar que hay circunstancias en que la más abominable carnicería de inocentes es aceptable. Es decir, depende del contexto, que es, justamente, lo que el relativismo proclama. Si el relativismo es cierto, la guerra no tiene fundamento moral para declararse en contra de una nación cuyo líder no comparte los mismos principios morales de quienes lo atacan. La victoria militar no indica que la verdad haya sido restaurada. Sólo indica que los que ganaron son más fuertes que los que perdieron.
Según el presidente Obama “la fuerza puede ser justificada sobre bases humanitarias, como en los Balcanes”. En el fondo, la retórica de la defensa de los más altos principios morales, democráticos o humanitarios le proporciona a EEUU la justificación para motivar a sus soldados y desplegar una interpretación positiva de su misión que, irónicamente, ha desatado una violencia destructiva que hoy no puede controlar o detener. El castigo o “daño colateral” sufrido por los habitantes de un país gobernado por criminales es imposible defender moral o racionalmente. El único camino racional y moral es resolver los conflictos internacionales a través de las negociaciones facilitadas por partidos neutrales y los líderes acusados de crímenes en contra de la humanidad juzgados en tribunales internacionales… ¿El sueño del pibe? Ciertamente. Nuestra predilección por la violencia en la resolución de nuestros conflictos permanecerá con nosotros, desgraciadamente, por largo tiempo. [Nieves y Miro Fuenzalida, profesores de filosofía, Ottawa, ON]

Recuerdo cuando Obama ganó las elecciones. Acá en Puerto Rico los independentistas decían que ahora sí teníamos un aliado para nuestra causa y que la guerra en aFaganistán e Iraq iba a terminar… Bueno, conociendo la ‘idiosincrácia americana’ pensé que estos eran ‘sueños de pipa’. la idea de que los Demócratas eran más flexibles y ‘demócratas’ que los Republicanos del Congreso Americano (E.U.), es una idea propagandística que ellos allá y en su llamada política exterior continuamente reclaman, pero… La pigmentación de piel no dice lo que hay adentro. ¿Total, no son las llamadas “Fortune 500′ las que en realidad mandan detrás del trono? ¿De otra manera, recuerdan lo que le sucedió a Martin Luther King, Malcolm X, J.F. Kennedy, Bobby? Basta con un halón de orejas luego de haber ganado las elecciones yanquis para que el negrito se ajuste los pantalones. En verdad, estamos jodidos. En el mundo presente no debieran haber imperios.