Alessandro Baricco: “Me gustaría escribir un libro sobre Madonna”

Alessandro Baricco: “Me gustaría escribir un libro sobre Madonna”

PEDRO PABLO GUERRERO | El autor del libro Seda comenta la incidencia de la cultura de masas en su peculiar forma de entender la literatura. De paso en Buenos Aires, el escritor anuncia proyectos musicales y se refiere al deseo irrenunciable de seguir escribiendo. © Revista Libros – El Mercurio

Se nota relajado, de buen ánimo, con la satisfacción de quien ya ha cumplido una agenda extenuante de encuentros masivos, conferencias y entrevistas. Es su último día en un hotel cinco estrellas de Puerto Madero, apacible, casi vacío… hasta esa mañana. “Al desayuno se llenó de turistas alemanes que asaltaron el bufet”, comenta sin perder el humor mientras los ve ahora tomar el sol junto a la piscina temperada. No lo reconocen, aunque lo más probable es que la mayoría de ellos haya leído, al menos, uno de sus libros, o visto una película basada en ellos.

A estas alturas de su carrera, Alessandro Baricco no solamente es el autor de la brevísima novela Seda (1996), uno de los long sellers más exitosos de las últimas décadas, que sólo en español ha alcanzado 47 ediciones, publicadas por Anagrama. El escritor italiano ha hecho cine, televisión, teatro, música (una de sus pasiones) y hasta fundó en 1994 una escuela de escritores en Turín, convencido de que si la literatura no llega al público, el escritor debe salir a buscar sus lectores.

Mario Vargas Llosa, quien se inspiró en sus lecturas y dramatizaciones literarias, ha observado que el espectáculo masivo “Tótem”, con el que Baricco ha recorrido Italia, renueva en el mundo moderno la más antigua y universal de las tradiciones: la de los contadores de cuentos.

Sinceramente, ¿le gusta más contar sus historias que escribirlas?

—Me gusta muchísimo hacer ambas cosas. Pienso que he nacido para escribir estas historias, pero también me gusta contarlas.

¿Se acercó en su juventud a la fábula, la parábola y el relato corto?

—He leído poco esos géneros. Cuando joven leía novelas muy largas. Las formas breves las he elegido cada tanto. Las aprendí más de la música pop, de las historietas.

¿Hay alguna tradición literaria que lo haya marcado?

—Claramente aprendí mucho de la literatura norteamericana. Pero no pienso tanto en Carver o Cheever, sino en Hemingway, Faulkner, Saroyan y, hoy, Cormac McCarthy.

¿Cuánto le debe su estilo al trabajo de edición profunda que practicaban ellos?

—Yo corrijo muy poco. Para escribir una oración puedo esperar hasta una hora, pero después cuando la escribo raramente la corrijo.

En Chile dijo que cuidaba cada pincelada al escribir sus libros, a diferencia de Bolaño, que aplicaba capas sucesivas de pintura en busca de un efecto de conjunto.

—Es difícil definir su estilo. Cada oración en sí misma no es particularmente bella, pero sí la suma de todas las frases. Yo trabajo del modo contrario: signos fuertes, después signos vacíos y luego otros muy fuertes. Pero le envidiaba a Bolaño su capacidad. Es un tipo de estilo en que el autor se pierde y no se percibe más, desaparece, y eso es muy lindo. No conocí a Bolaño personalmente, pero sí a muchas personas que lo conocieron, empezando por mi editor español: Jorge Herralde. Salió recién en Italia un libro con todos sus escritos periodísticos. Las críticas que Bolaño hacía eran muy agudas, perversas en algunos casos; trataba pésimo a los escritores.

¿Usted controla personalmente las traducciones de sus libros?

—No, sólo en francés, porque es la única lengua que conozco tan bien como para poder juzgarla. Leo español porque es similar al italiano, pero la traducción literaria es un trabajo sofisticado. Es muy difícil juzgar una traducción de libros como Seda, Océano mar, sin poseer un background del español. Tengo confianza en mis editores.

Esperando a los bárbaros

En su ensayo Los bárbaros (Anagrama, 2008), Baricco sostiene, en términos generales, que ya no se puede escribir novelas de 500 o mil páginas al modo de Ana Karenina o En busca del tiempo perdido , porque en la cultura de masas actual ha desaparecido el lector para esos libros, y hoy sólo es posible ofrecerle relatos cortos, lacónicos y fragmentados. Justamente el formato de algunos de sus libros más exitosos, como Novecento y Sin sangre .

¿Hasta qué punto este planteamiento no implica transigir o renunciar? ¿Escribir para los “bárbaros” en vez de civilizarlos?

—No me parece que hacerlo sea rendirse ante los bárbaros. Los mejores libros que se escriben hoy en el mundo son breves, un cuarto o la mitad que las novelas de Tolstoi o Dostoievski, y eso quiere decir algo. Son libros bellísimos y están a la misma altura que ambos autores. El propio texto de Bolaño, 2666 , en realidad son cinco libros, una obra maestra, y él no quería que los publicaran todos juntos. La extensión de ellos era una medida justa, y son libros muy fuertes. Ya no hay una necesidad histórica de producir textos tan grandes. El gigantismo, que en el siglo XIX tenía un sentido bien preciso, la grandeza de las novelas de Dickens y de Tolstoi, hoy se encuentra en el cine. La historia del más grande transantlántico del mundo, el Titanic, se cuenta en una película de tres horas. Más reciente es el caso de “Avatar”.

¿La novela renunció a la épica?

—No, no ha renunciado, siempre hay en el público un deseo de grandeza, de mirar a gigantes, pero en distintas épocas distintos tipos de arte han dado respuesta a ese deseo. Siglos atrás eran la Capilla Sixtina, el Juicio Final, la Divina Comedia . En el XIX la ópera de Wagner, y hoy son el cine y los conciertos de música pop, que duran cuatro horas. Los libros no tienen más esta función, sino otra.

¿Cuál?

—Una mirada independiente, libre, anómala, un punto de vista siempre un poco corrido del oficial. Hoy la gente lee libros para ver la parte escondida del mundo.

¿Cree que el lector contemporáneo se siente más identificado con personajes que huyen de la historia que con aquellos que intentan tomar sus riendas?

—Sí. Las personas están poco interesadas en la historia con mayúscula. Pero ha sido siempre así. Llegaba Napoleón, conquistaba un país, cambiaba todo, pero los problemas de la gente eran el hijo, la casa, enamorarse de alguien. La Historia es la pasión de una minoría de hombres que luego se contagia a todos. En mis libros esto se muestra a menudo.

La guerra es un motivo que aparece en casi toda su obra. Apelando a ese interés histórico, ¿hasta cuándo piensa que va a durar la paz en Europa?

—Creo que durará mucho. Probablemente una guerra entre ejércitos en Europa y Estados Unidos no acontecerá nunca más. Es posible que luchen lejos, pero la elección por la paz en casa, que ha sido hecha años atrás, quedará como una lección definitiva.

¿El futurismo y las vanguardias han influido su interés por las máquinas, la velocidad y la técnica?

—No sé cuánto me ha marcado, pero puedo decir que los estudié mucho. En mis años de universidad la reflexión sobre la vanguardia era un tema candente.

¿Ya no?

—En Europa, no. En este momento no hay una urgencia para entender la vanguardia del 900. Nadie estudiaría a Schönberg. En los años 80 yo escribí mi tesis sobre Theodor Adorno, que era uno de sus intérpretes. Hoy, en cambio, todo esto no parece servir para comprender el presente. El modelo de la vanguardia no es particularmente útil, pienso. Para entender quiénes somos hoy seguramente es mucho más útil estudiar a Madonna que a Anton Webern.

¿Usted la estudia?

—Me gustaría escribir un libro sobre Madonna. Me fascina. Stendhal escribió un libro sobre Rossini, que para la época era algo muy similar. Él no creía estar haciendo arte. Era algo vinculado con el entretenimiento, el comercio, el dinero. Un intelectual como Stendhal que se ocupa de Rossini sería el equivalente hoy de un escritor que se ocupa de Madonna.

“Escribir es una forma sofisticada de silencio”, afirma Elizabeta en su novela Esta historia. ¿Alguna vez usted llegó a esta misma conclusión?

-—Es verdad. Pocas de las cosas que escribo en mis libros representan lo que yo pienso, pero en este caso es así.

¿Qué libro escribe?

—En este momento no estoy escribiendo. Ha salido una novela hace tres meses en Italia que aún no se ha traducido: Emmaus . Es el único libro en el que hablo de mi experiencia, del hábitat social e ideológico en el cual he crecido. Pero no es mi historia, sino la de otros personajes.

Comparado con los años ochenta de su juventud, ¿cómo es hoy el clima cultural en Italia?

—Ha cambiado mucho. En los ochenta era todo igual a los sesenta: la academia, la universidad, el modo de estudiar, los modelos, los puntos de referencia, el reinado de la semiótica, que ya no sirve para explicar el mundo. Se notaba el pasaje del 68, pero desde un punto de vista social. En estos últimos veinte años muchísimas cosas han cambiado en el acercamiento a los estudios, en la elección de los temas. Sobre todo, hay una exposición mediática mucho mayor de todos los intelectuales. No sé si esto ha empeorado o mejorado las cosas.

¿Cómo fue su experiencia en la televisión?

—Hice televisión durante un año. He sido el primer caso en Italia en el cual la televisión y los libros se cruzaron. Las personas me compraban a mí. Si era televisión, compraban la televisión; si eran libros, compraban libros. Hoy es una situación generalizada, normal, pero en mitad de los noventa era una anomalía. Fue el comienzo. He sido el primero en hablar de cosas muy serias con un tono irónico o liviano. Por eso he sido importante. Fue una lección que ahora todos siguen.

¿Volverá a dirigir una película?

—Espero producir tres películas en los próximos diez años y luego nada más.

¿Y tiene nuevos proyectos musicales?

—Trabajo en un montaje de “La flauta mágica”, de Mozart. Hay un fragmento cómico que ya no hace reír a nadie, así que lo volví a escribir. Estoy tratando de concretar este proyecto para el 2012 en Inglaterra con el director de orquesta Daniel Harding. La música de Mozart queda igual, sólo cambia la parte que no es cantada. La idea es reírse un poco de su fondo esotérico, que es una cosa respetable, pero un poco anticuada.

Ha dicho que ha creado, al menos, cinco páginas memorables en toda su vida. ¿Para qué seguir escribiendo entonces?

—Porque es algo que me da mucho placer. Pienso que no dejaré nunca de escribir. Aun cuando nadie me publique más no dejaré de hacerlo. Existe siempre la instancia del blog.

La Escuela Holden

¿Por qué decidió bautizar una escuela de escritores con el nombre de un personaje creado por un escritor que terminó retirándose?

—Porque Holden Caulfield es un chico que ha sido expulsado de todas las escuelas. Cuando mis amigos y yo pensamos en fundar esta escuela imaginamos una de la cual Holden no hubiera sido echado. Era el empeño, la promesa que nos hacíamos.

¿Supo Salinger de esta escuela? ¿Y sus abogados?

—Creo que nunca. La ley, en todo caso, permite usar el nombre del personaje de una novela. No se puede fundar una escuela Salinger, pero sí una Holden. Cuando Salinger murió este año, la noticia me golpeó, por supuesto. En la escuela hicimos una fiesta funeraria: comimos y bebimos toda la noche, y nueve escritores italianos leyeron los Nueve cuentos de Salinger.

¿De qué ex alumnos o egresados de la Escuela Holden está más orgulloso?

—De los que no tenían talento, porque son los que tienen un margen de superación mayor. Al final veo que hacen unos trabajos que nunca habrían hecho sin la escuela.

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