Cómo se forma un canon nacional

Cómo se forma un canon nacional

Maria Rosa Lojo | La canonización literaria no se decide en un espacio aséptico e incontaminado. La ideología dominante marca las obras que los contemporáneos eligen como modélicas y esas elecciones varían. Cada época reacomoda el inestable panteón de los elegidos. © Revista N

La lejana etimología de la palabra “canon” nos remonta a la regla o patrón de medida usado por los carpinteros, y sus acepciones metafóricas posteriores tendrán que ver siempre con la norma, el modelo, la divina proporción, lo paradigmático y excelente. Un halo de trascendencia impregna aquello que la “canonización” toca para “consagrarlo”, se trate de un paradigma de la fe y la virtud (como los santos católicos oficiales) o de una obra artística.

Pero la canonización literaria, cuando menos, no se decide por sí sola en un espacio incontaminado y está lejos de ser inmutable. Aunque críticos como Harold Bloom insistan en la fundamental incidencia de los valores estéticos, ni estos valores están desligados de la historia económica y social o de condicionamientos geopolíticos ni las operaciones canonizadoras dejan de estar fuertemente sesgadas por ideas-fuerza y movilizadas por una maquinaria institucional. Estos procesos se ven particularmente en la formación de los cánones literarios nacionales.

La ideología dominante marca sin duda las obras que los contemporáneos eligen como modélicas y legan en tal calidad a las generaciones futuras.

Si, por ejemplo, en las novelas fundacionales y consideradas canónicas de otros países del cono sur, como las del brasileño José de Alençar, se elabora un idealizado imaginario indigenista, que reivindica el mestizaje, eso se halla lejos de ocurrir en el canon argentino, donde se impone como un temprano paradigma el poema La cautiva de Esteban Echeverría. En la Argentina, la visión literaria de los aborígenes a lo largo del siglo XIX es, en general, demonizadora, y los excluye, prácticamente, de la condición humana, con algunas excepciones como la notoria Una excursión a los indios ranqueles (1870) de Lucio V. Mansilla, y las mucho me- nos conocidas producciones de las escritoras de la época, desde Juana Manuela Gorriti a la propia hermana de Lucio V., Eduarda Mansilla. Desde ya, no basta con ser sólo “políticamente correcto” para ingresar a un canon. Y viceversa: aquellas obras del canon que verdaderamente poseen la inquietante polisemia y la permanente capacidad de actualización propias de los clásicos siempre terminan desbordando y aun contradiciendo sus intenciones políticas explícitas, al punto que sus “villanos” políticos pueden ser mucho más interesantes y admirables que los personajes propuestos como héroes ejemplares (el caso de Facundo Quiroga y de José María Paz en el Facundo).

Borges se lamentaba de que la Argentina hubiera elegido al Martín Fierro como su libro canónico, en vez del Facundo sarmientino. Fierro ­insiste­ es un desertor de escasos valores morales, un delincuente, un marginal pendenciero que no debiera ser elevado a imagen heroica. Parece olvidar aquí, sin embargo, no sólo las potentes y heterodoxas entrelíneas (a favor de Quiroga) de ese “Doctor montonero” que también fue Sarmiento, sino los motivos que contribuyeron a la canonización académica del poema hernandiano, mediada sobre todo por Lugones: retomar la antes denostada figura del gaucho como arquetipo de la tradición y depositario de los valores hispánicos, para oponerlo a la invasora “plebe ultramarina” que se veía como una fuerza disolvente y difícilmente controlable.

El gaucho ­ya dominado­ no resultaba peligroso, mientras que sí lo era la inmigración heteróclita, a veces altamente politizada, de diversa procedencia étnica y lingüística.

Las razones (o sin razones) de género sexual también impactan en la construcción de un canon.

En su Historia de la Literatura Argentina, Ricardo Rojas agrupa a las escritoras decimonónicas en un capítulo general, sin darles a sus obras individuales la relevancia que en cambio concede a otros escritores, varones, a los cuales les dedica capítulos por separado. Esgrime como razones la novedad y la rareza del colectivo “escritoras” en la época, aunque no fueron tan pocas como se cree y, en definitiva, puede decirse que la Argentina también contó con mujeres de letras desde la mitad del siglo XIX y aun antes (La Aljaba, primera revista literaria femenina, apareció en 1830; la emblemática Juana Manuela Gorriti, comenzó a publicar alrededor de 1850). Hoy, casi un siglo después de la Historia de Rojas, la existencia de escritoras en la literatura nacional ya no es nueva ni rara. Sin embargo, aún se demora el consenso sobre la (re)ubicación canónica de las autoras pasadas y presentes.

Los cánones se elaboran asimismo según parámetros de género textual: algunos géneros son considerados centrales y otros marginales, unos “superiores” en su grandeza y otros “menores”.

La poesía aparece como desiderátum estético en el temprano horizonte rioplatense, con calificación tan excelsa que Bartolomé Mitre, poeta él mismo, no sólo duda de su propia obra, sino de la madurez de una nación incipiente para producir “un poeta laureado”. La novela tiene una aceptación más tardía; se la evalúa como riesgo potencial para la virtud (sobre todo, la de las “niñas”) y se prefiere, además, la novela histórica, porque cumple el ideal horaciano de “enseñar deleitando”. Estas jerarquías varían con el tiempo, y hoy no sólo vemos a la novela en un lugar central, sino que presenciamos la reivindicación y “ascenso” de modalidades consideradas periféricas o incluso no del todo literarias, como las autobiografías, los diarios, los epistolarios o el relato de viaje.

¿Cambian también los canonizados? Naturalmente. Cada época vuelve a acomodar el inestable panteón de los elegidos. Ningún gran triunfador del presente puede considerar del todo asegurado su nicho confortable en la memoria de una posteridad tranquila. Y algunos perdedores del pasado se habrán llevado sorpresas en sus improbables trasmundos. Como Lucio V. Mansilla, hoy un clásico, pero considerado un “diletante” literario por la necrológica (1913) de la influyente revista Nosotros, que alababa, en cambio, las obras “más serias” de Mitre y Avellaneda….

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