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El bolero, huerto de imaginerías

MERY SANANES | El bolero es el amor que baila y es la danza que se fragua en el espíritu, cuando cesan los acordes. El espacio geográfico del estremecimiento. Y es el regazo donde descansan los sueños que jamás se realizan.

A Rafa Galindo

El bolero es como la colmena a la abeja, la oruga a la mariposa, el nido al pájaro cantor. Es la casa donde habitan las nostalgias de esa perplejidad que somos. La guarida de las pasiones que nos nacen en los linderos de una comisura o en el andén de un suspiro.

El escondite de la melancolía y el paradero central de los amores que van y vienen, sin saber que su solo aletazo deja en el costado una herida  que no sana.

El territorio donde todo es posible, la compleja conjunción entre el olvido y la memoria, el arribo y la partida, el derroche que alcanza el encuentro y la tristeza mayor de las ausencias y las despedidas.

El bolero es el amor que baila y es la danza que se fragua en el espíritu, cuando cesan los acordes. El espacio geográfico del estremecimiento. Y es el regazo donde descansan los sueños que jamás se realizan.

Puede adquirir la majestuosidad de las grandes  sinfonías y la ternura del verso más dúlcimo. En un bolero se llega hasta a navegar el mundo entero y aún quedarse en un muelle a la espera del bajel que no ha llegado.

Es la siembra mayor de ese ejercicio inclemente de recordar lo que al fin no fue. El solar de las renuncias. Y el albergue de las esperanzas. El insomnio de las pasiones que no se cuidaron.

Es la melodía que se queda grabada en la estancia de los deseos y que se vuelca como una atarraya sobre los párpados de aquel a quien se ama.

Es el huerto de todas las imaginerías. El telar que mide la longitud de las lágrimas y recoge la musicalidad de los primeros rubores. Es el lugar de todas las camaraderías. Porque el bolero no tiene más horizonte que el corazón desbordado de florerías que pone en manos de los transeúntes del amor.

Su origen está en la primera canción de cuna y conserva aún la fragilidad del sueño que se arrulla. Desviste al rostro de sus corazas y deambula sonoro entre los pliegues del alma.

Quien lo cincela en su voz se hace dueño del aire que nutre las respiraciones y de las sístoles que invaden la sed. Quien lo recibe se hace cantor a su vez y resplandece en su garganta un torbellino de luminarias que van dibujando los infinitos pliegues del amor.

Un bolero es una carta que depositamos en el viento para que alcance el cántaro que alguna vez nos dio de beber. Es una fragancia contenida en una melodía que cuando toca sus raíces se derrama sobre las horas como una enredadera.

Es un espacio sorprendido, una conmoción que registra todas las tonalidades de la caricia cuando traza en el vacío los arcos de su  laberinto. Es la palabra en tiempo de congoja y el verbo sacudido de una noche que no concluye.

Es el refugio de la desazón y a la vez la floresta donde crecen silvestres los imanes del abrazo. Es el dictamen absoluto del frenesí y el itinerario de la lluvia que moja las recaderías de amor.

Es el campanario donde se mecen las ilusiones niñas que se niegan a crecer. Un alfabeto que no requiere de consonantes porque su lenguaje es un murmullo de aguas sobre un continente extinguido. Un adagio sin allegros. Un compás que se repite como una tolvanera de pétalos.

El éxtasis de un instante que se fuga sin que podamos detenerlo pero que renace cada vez en la sonoridad de una guitarra que busca sus cuerdas en la altivez de los pistilos.

El desbordamiento de un tiempo que perdura en el breve porvenir de los pelícanos y en la intrincada ingeniería de los andantes.

Una marinería que viene y va del mar a los ríos, que trasvasa las piedras, se detiene en los guijarros, le borda luceros a cuerdas hechas de hiedras, que se derrama de las islas para irse tierra adentro, como un son que nunca se repite, porque cada vez que ancla sus pasajes en la cosecha de besos que inventamos, las embarcaciones surcan rutas inéditas en compases del más alto frenesí.

Un bolero, en síntesis, es la vela mayor de un tiempo que embriaga de amores las estaciones de un vivir que no se vive, sino que se sueña sin tristezas, en la conjunción de los colibríes danzando su algarabía en el diminuto mosaico de una flor. Este bolero, no ha terminado aún.

Comments (2)

  • Zapiola

    Vosotros sí que delirais!

  • Mery Sananes

    Amiga

    Sí, delirio es el bolero, y delirio este vivir que no se vive, pero se sueña. Cómo entonces atrapar el porvenir si no es delirando, para que algún día deje de ser intervalo y se vuelva simple y cotidiano quehacer amoroso del hombre?

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