Lento, el recurso de la cámara

Lento, el recurso de la cámara

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO | La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar es un archipiélago de historias signadas por el amor fallido, la amistad inquietante y el cariño […] puede ser el relato del amor inconcluso entre Frank y Olga como la narración de la incapacidad literaria de un joven escritor en una capital latinoamericana de los 80.

Un acto

“Desde que el mundo es mundo, y vive gente”, la literatura dominicana toda es la historia de la exclusión y la negación cómplice. Se han escrito colecciones enteras de libros para tratar, la mar de las veces, de ocultar una verdad, se han abanderado y unido capillas enteras para denostar y desconocer el valor de la obra de uno o unos cuantos y, hasta se ha llegado al colmo, de recoger determinado libro y silenciarlo con el hielo más frío de la indiferencia, siempre en aras de exaltar sólo a unos cuantos, los afectos a determinado grupito que se ha creído amo absoluto de la verdad y de la estética. Esto viene de lejos. Habrá que rebuscar en los más intrincados laberintos de la historia para desentrañar de dónde viene toda esa inquina que todavía hoy campea en el ambiente literario.

Sobre la narrativa breve dominicana se han dicho muchas cosas. También se han ocultado bastantes. Otras tantas han sido cuidadosamente mediatizadas. Los ejemplos sobran. Y, probablemente, como en todo, hay más nombres que obras que soporten los montones de alabanzas y falsos monumentos erigidos. Así somos por estos lados. Así, aparentemente, a alguien o a muchos les ha convenido que sea. Por ello ha sido más fácil contar la historia sin todo aquello que no nos interesa que se diga o se vea. Hay un ejemplo clásico y contundente: en pleno trujillato, don Sócrates Nolasco, sin ningún “rigor de florilegio” —según sus propias palabras— reunió a un nutrido puñado de funcionarios del régimen que, a su entender, escribían “cuentos” y los agrupó en sus dos volúmenes de El cuento en Santo Domingo. Selección antológica (Librería Dominicana, 1957), excluyendo, indudablemente a Juan Bosch, váyase a saber por qué. Los demás, los que han seguido el trillo trillado, tampoco han expuesto sus razones para erigir torcidos cánones, pero la sordina cómplice se ha mantenido intacta y con muy buenos resultados.

Para los fines de lugar y, en cierto modo, tratando de borrar un poco, el nefasto baldón de la raya de Osorio que, sin dudas, pesa sobre todo el imaginario de la banda oriental de Hispaniola, se escribe esta historia en pocos actos que, pudiera ser que pudiera ser otro cuento y como tal se lea, quién sabe:

Otro acto

Suena una trompeta asordinada en un balcón, se inserta su sonido en los pasadizos de la noche. Erguido, un saxo alto juguetea con un hato de corcheas, la noche se diluye en el vaivén de unos ojos lascivos que se van detrás del brillo de unos glúteos torcaces, bien hechos, que se pasean libres y presos dentro de una lycra blanca, ceñida; acompañando a la mulata más despampanante que los alrededores del Drake hayan soñado jamás (pudiera ser que sonara un requinto, “El terror” salido de madre en una de esas noches de la Zona Colonial, y Olga, perdón Mónica, Sara, Ana, dejen su estela de ternura en un zaguán cualquiera)…

Mientras tanto Frank, más Frank que nunca, hace y deshace la noche y sus entuertos. A veces, en un fondo oscuro que se difumina a más oscuro y degrada lenta, lentamente en parajes intransitados aún por nuestra más osada narrativa, Ramón, lúcido y lúdico mueve los hilos en un manojo de historias que desestabilizan todo, todo lo establecido, internándonos sin visa ni salvoconducto por los mundos más parecidos y extraños a la vez, desde una galería de espejos contrapuestos, en una lectura juguetona y desgarrante que desnuda la noche (la ciudad) y sus instintos en su más obscena intimidad.

Solo al fin, y de qué forma, Ramón Tejada Holguín vuelve al ruedo con La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar (mediaIsla, 2010). Los lectores tendrán algún día la oportunidad de internarse con él por los novedosos, lúcidos y lúdicos caminos que transita la más vigorosa narrativa breve dominicana. Esta reunión de narraciones convoca a una lectura juiciosa y divertida de lo que es el dominicana de hoy sin estúpidos sexismos ni abolengos ni partidos: una verdadera fiesta de los sentidos para el placer de la lectura o la lectura del placer y viceversa.

Otro otro acto

Los ojos de Sara son un talismán para espantar el frío, y cortar en dos la raya aleve de la ausencia y la distancia. Ramón lo sabe, por ello pone en práctica con sobrada codicia el supremo recurso de la cámara lenta, para hacernos ver, a través de sus ojos de Sara, una lectura progresiva y atinada de nosotros mismos. Seres ordinarios que vamos por el mundo encandilados con las luces apagadas de los mil faroles de la ignorancia y el desaire.

¿Será una historia sin historia, que cuenta cero de lo que afuera acontece y se cuenta, precisamente, por su ausencia adentro?

Han pasado casi diez años desde que leí este texto por primera vez. Miércoles por la noche, sonaba Living in the past en un caserón de Gascue y, entre el crujir del hielo y el humo, alguien preguntó, negó o pontificó sobre la teoría del cuento. ¿Tendrá sentido acaso el propio sentido de las cosas? La literatura no se escribe para el sentido y la cordura de los seres más sensatos y ordenados del universo. Se traza con un lápiz despuntado en el más sucio papel del tiempo y del olvido.

— “Yo no digo que las ‘personas normales’ sean malas, pero son muy apegadas al mundo ordinario, a lo dado, a lo inmediato, no entienden de magia, no se interesan en la alegría por sí misma, están ocupadas buscando soluciones a estúpidos problemas y persiguiendo chucherías…” —parece decirnos Ramón dentro y fuera del contexto de un texto que, como toda la literatura que no está plagada de babosas genuflexiones a gurúes y pacatos funcionarios, tiene la suerte de invernar con el polvo y las polillas en aviesos archivos y anaqueles.

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