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Poesía, tiempo y memoria a propósito de Apunte a lápiz de René Rodríguez Soriano

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN | La poesía de René Rodríguez Soriano funda una nostalgia del tiempo y del espacio. De las acciones humanas desde adentro, desde lo individual que convoca a todos.

La poesía a diferencia de la Historia que ve los hechos significativos dentro del metarrelato de una nación, es una actividad más individual del sujeto que cifra el tiempo y el espacio. Como la historia, la poesía es sumamente contingente;  y es más propicia para el análisis dialéctico que para el metafísico, mirando este como identidad del ser. La poesía épica se acerca más a la historia en su intento de narrar o construir un mundo para otro, de manera directa. Cuando una obra abre un horizonte de representaciones, su significado tiene pertinencia en la manera en que se instala dentro de los discursos y operativos discursivos de una época. De ahí que la poesía sea un género colectivo, como lo es la Historia. Esto quiere decir que está escrita desde la mismidad y para el otro. Esto así porque el sentido poético no está dado en el discurso mismo, sino que pasa por la valoración de los lectores.

La frontera de la distinción que realizo no es tan amplia. Pero la poesía lírica nos ayuda a deslindar ese campo. Pues el poeta lírico escribe en sí mismo sin tener en cuenta a otro. La otredad de su discurso le viene por otro lado. Yo pienso que por el carácter enteramente humano de su planteamiento y los hechos que representa, al ser pragmático funcionan, es decir, por su manera de encontrar la verdad del Ser. Porque en el discurso poético el yo lírico es como otro. No necesariamente ideológico, sino como la expresión de un adentro. Vale la pena retomar a Ricoeur para que podamos ver, desde una vía indirecta, el mundo del hombre en la expresión poética.

La primacía de la poesía frente a la Historia la han dado mentes como Schopenhauer y Bachelard. En la historia, las acciones humanas que se representan son las que ocurren, o creemos que ocurrieron, entre todas las posibilidades de acciones. La Historia se dio de una manera, pero pudo ser de otra. Hegel creía que la Historia ocurría como debía ser, como un factum. Y  Leibniz creía que este era el mejor de todos los mundos posibles. Hoy no creemos que esto sea cierto. Nuestra Teodicea es odisea del hombre en su arrojo mundanal, del hombre después de la muerte de Dios. Y nada está determinado, si entendemos que todo deviene. Y como muda, el poeta puede fundarlo. Instalar, lo que no existía.

Al igual que el historiador, el poeta lleva el tiempo, porque es un crónida; el historiador cifra el tiempo de su comunidad, como aplicación de la humanitas, es decir, de lo humano que se encuentra con su cercano, como semejante. El poeta también lleva el tiempo, pero no lo refiere como ente duro, sino como un ser flexible que abre el horizonte de lo que pudiera ser. El mundo cerrado de Hegel y de Leibniz, salta al mundo posible de la utopía. El tiempo en el poema lírico es un tiempo individual, que busca lo colectivo desde el yo. Es decir por una vía indirecta. Y como expresión del yo, reconstruye y construye, su propio mundo.

Y estas ideas me llegan al releer el breve poemario de René Rodríguez Soriano  Apunte a lápiz (Paso bajito, 2007). Interesante, por demás, en la medida en que existe una expresión de lo interior, como forma de expresar el pasado. A eso le llamamos nostalgia. A partir de un álbum familiar, del recuerdo. Podríamos buscarle una razón y situar una poesía intima que ve y analiza lo social, desde su propia manera de concebirlo. Es que lo íntimo aquí está dado por el deseo de significar el mundo exterior. Pero no lo hace como lectura del tiempo presente, sino como deseo de atrapar lo que ya se fue, lo que ha devenido y lo que queda. Se ha dicho que el nostálgico tiene una especial relación con el presente y encuentra en el pasado razones para satisfacer su angustia. El pasado sirve, entonces, como katarsis. Aristóteles describió del temperamento melancólico.

Pero la crítica no puede detenerse en lo universal del ser humano como “persona”,  sino en la creación de un mundo como expresión del sentir y del vivir. De ahí que estos versos me revelan al ser arrojado (recordando a Ortega) náufrago en un mundo donde vive y viviendo en el mundo en que se sentía mejor. Y ¿qué lugar es mejor que la casa, la familia, el pueblo pequeño, las pequeñeces y grandezas de una cotidianidad sencilla que no busca comunicarse con todo el mundo, sino encontrar su propio mundo, que es, en fin, el mundo de todos? El lenguaje como casa del Ser y la poesía como el único instrumento que lo hace ser, lo representa cual borrador; como un apunte, algo sumamente provisional, como si estuviera instalando una voz en el viento. La única voz donde el Ser es y sigue existiendo, como agonía y voluntad de existir con el otro.

De ahí la razón del epígrafe, el diálogo textual: “Lo demás es barro, sin esperanza de escultura” (Drumond de Andrade). Cuando lo que está aquí es el tiempo pasado valorado como un tiempo de amor y de gracia. Pero es que el presente aciago no es una estatua, no es, lamentablemente, como el arte que complace y nos da la utopía; lo demás es un barro que no tiene la esperanza de portar el ideal de belleza. Y el mundo cabía en la sala de la casa. Como en la casa del lenguaje, el poema. El yo, cual poema en la casa del Ser.

Ese procedimiento de poetizar hacia atrás solo es posible como un ejercicio de la memoria. Las metáforas están ahí dadas solamente en la representación que hace que el objeto ausente aparezca y que el mundo pequeño, familiar, se encuentre con mi mundo y que juntos podamos vivir y soñar la experiencia de la vida compartida, que es, en fin, lo humano. En el arrojo del Ser hacia las cosas, ya que el ser sólo existe con las cosas, la novedad no es fundar lo nuevo, sino traerlo del pasado, hacerlo presente, como katarsis, como consuelo. Los objetos, la casa, los geranios, el parque, el río, los peces, vuelven en el discurso poético, se instalan en la representación, porque para el lector, y dentro de la disposición poética, porque es en el texto donde comienzan a tener un significado inédito. Sólo el lenguaje configura e informa el mundo.

De tal suerte que lo devenido, lo pasado, vuelve en el texto a cobrar una presencia que sólo el poeta nos puede significar. No es la casa de los abuelos, los padres y la vida chica la que entra a la Historia. Por lo contrario, La Historia aspira a convertirse en un relato civil a través de la existencia de un metarrelato mayor que la contiene. El poema mismo, reitero, funda su propio relato y cambia los relatos epocales. El tiempo como pasado es también tiempo presente significado en el poema. Y se niega a ser incluido en un relato racional de verdad. De ahí lo que decía Bachelard: “Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias, que ha seguido tan claramente como ha podido el eje del racionalismo activo, el eje del racionalismo creciente de la ciencia contemporánea, debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética”(Bachelard, Gastón: La poética del espacio).

La narración lírica es representación del yo de su propia individualidad, desde el tiempo y el espacio. De ahí su contingencia y su especificidad. Lo que el texto nos permite es abordar el ser en su contingencia, por lo que de él solo podemos tener una breve impresión. De ahí que la poesía huye de toda lectura que la enmarca y la aprisiona. Ella es el anti-orden, ella es ácrata, establecida en la pluralidad semántica. Su historia nunca podrá conducir a un lugar seguro, a ninguna parte.

Ya habíamos apurado algunas tesis sobre la poesía de este destacado narrador. Recordaré su cambio de decir, como un cambio político, como parte de la democratización de la sociedad dominicana a partir de la postdictadura. Y su intimismo poético como consecuencia de la caída de las ideas utópicas. Y ¿qué nos queda, entonces? Ese desarraigo. Ese dolor, del presente y el consuelo del pasado. Ese buscar en la memoria lo vivido como bálsamo. Cierto que es una reflexión como reacción a un afuera, como aparece en toda la obra de René Rodríguez Soriano. Más visible, agrego, en la novela El mal del tiempo (Premio de Novela UCE, 2007). Pero la poesía, además,  cifra el tiempo, y al sujeto con su decir atormentado. Su yo, que se sabe parte de una época, que recupera desde lo más íntimo y se inscribe hic et nunc y dialoga con la tierra.

Cuando Heidegger analizó los zapatos de Vincent van Gogh, hablaba de esa tierra. Una tierra como espacio en la que el Ser se da. El ser que no llamaré verdadero, el ser que no parece metafísico; lo que el ser funda lo hace como búsqueda de la tierra; no la tierra como volkgeist, como comunidad, sino la tierra como espacio-temporal. Volver a la tierra, valorar, sus cosas, recrearse en el pasado es un programa romántico. Y lo seguirá siendo en la medida en que el romanticismo funda la individualidad. Nuestra lectura busca,  entonces, encontrar esa relación tiempo espacio, como consuelo y como fundación de lo nuevo en el poema:

Tal vez no vuelva nunca más la misma agua, | La que lavó mis huellas en esos días;| Tal vez no vuelva nunca a ver,| Perdido entre los maizales | o las enredaderas de la auyama,| su paso incierto y largo. | Del tamaño del puente, grandazas | e ilustradas, continuarán sus manos | desgranando la tierra, surco a surco” (p. 27)

Note el amable lector como en este sencillo poema, el ritmo coloquial y prosístico, se unen una preocupación metafísica con una imperiosa referencia a la tierra. El agua que tal vez no vuelve; el pasado que no volverá, pero que se podría convertir en poesía; las huellas del hombre como los surcos marinos del griego en el piélago salado y la tierra, la comparación, el símil y la entrada de otro sentido, pues los surcos desgranan como mazorca lo nuevo.

En fin, la poesía de René Rodríguez Soriano funda esa nostalgia del tiempo y del espacio. De las acciones humanas desde adentro, desde lo individual que convoca a todos. Porque en lo humano nos encontramos. Es un decir, de la tierra como búsqueda de un pasado de catarsis, que permite la cura del presente —como se postula en El mal del tiempo—. Estamos enfermos de presente. Ahora bien, ¿es el pasado la medicina? He leído en la generación del ochenta esa búsqueda de un espacio rural y un tiempo pasado como angustia, como negación de una modernización ruidosa en los momentos en que el poeta como actor ha perdido su primacía en  la polis. Sin embargo, no puedo creer que Rodríguez Soriano se conforme con el pasado, sino que realiza una obra de un yo atormentado, que se expresa y busca otros mundos posibles. Y se abre en la poesía lírica, de una manera más rica y cabal, que en la poesía épica y en la Historia.

Ese darle luz verde a la nostalgia, cómo búsqueda de un tiempo ya ido, se justifica porque “tal vez las mismas aguas volverán a deshacer la huella”. Es decir, trastornar el pasado, lo que queda. Ese es un temor histórico del poeta en el tiempo; de su juego material y metafísico con el Ser, cuando ya la tierra no es un espacio de promisión, cuando nos hemos dado cuenta que el paraíso de todos se ha perdido, René parece buscar el propio, como uno comunicable y espejo para el Otro, el semejante, el lejano.


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