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Situación mundial de la iglesia cuando Trujillo llegó al poder

José Tobías Beato | A principios de la década del treinta, la Iglesia ensayaba caminos que le permitieran ejercer la universalidad de su doctrina. Tuvo aciertos, también errores, y a fe que iba a costar mucho deslindar viejas alianzas y corregir antiguas manías.

El cristianismo es esencialmente internacionalista. Predica la fraternidad humana, exige la ayuda mutua universal y no acepta el particularismo de las naciones sino en la medida en que sirve al bien general de la humanidad. Jacques Leclerc

Para 1930 la Iglesia pasaba en el mundo, particularmente en Europa, tiempos gravísimos. Era como un náufrago que con desesperación trataba de salir de las aguas profundas, y sin embargo, al asomar a la superficie, no se aferraba a cualquier tabla que lo sostuviera: antes por el contrario, era bien selectivo.

En esos tiempos era Papa Pío XI (1922-1939). Este Papa había convenido con el rey Víctor Manuel III la firma del Pacto de Letrán (1929), por el cual la Iglesia perdía legalmente los llamados Estados Pontificios, que desde 1870 estaban de hecho en manos del gobierno italiano y que la Iglesia había controlado por más de mil años. Logró compensaciones económicas por ello, naturalmente, al tiempo que el Papa perdía su condición de ‘prisionero’ en Roma. La Iglesia se comprometía a la neutralidad en cualquier conflicto internacional, y se creaba el estado independiente de La Ciudad del Vaticano, del cual el Papa sería en lo adelante plenamente el soberano.

También debe añadirse que décadas antes, y en lucha contra diferentes frentes, el Papa Pío IX había proclamado la infalibilidad papal y que en la Alemania de Bismarck había surgido un grupo llamado “Cultura y Lucha” (Kulturkampf) que obligó al matrimonio civil, deslindó los campos entre el gobierno y la Iglesia, quedó expulsada la orden más combativa de ella, la Compañía de Jesús —los temidos jesuitas— e incluso envió a la cárcel a buen número de obispos y sacerdotes. La libertad de la Iglesia era bien relativa. Parte de esa problemática fue resuelta por el Concordato de 1933 entre Hitler y Pío XI. Pero la segunda guerra mundial estaba a las puertas: los violentos estaban al mando, y ya nadie quería oír razones que no fueran las de la pólvora y la sangre, y solamente el dolor que ésta provocaría los haría volver parcialmente al terreno de la cordura. A su vez, de esta cordura nacería una nueva especie de arrogantes: los que poseían poder atómico.

En Francia, el caso del oficial francés de origen judío, Alfred Dreyfus, originó en el curso de unos cuantos años un gran escándalo que terminó con graves consecuencias para las fuerzas político-sociales que lo condenaron. Acusado en 1893 de espionaje a favor de Alemania, fue condenado a prisión de por vida en “La Isla del Diablo” de la Guayana Francesa. El proceso tuvo que ser reabierto al descubrirse que el ejército había falsificado las pruebas y que el verdadero culpable era un tal Charles Esterházy, acusado por el teniente coronel Picquart. Unidos por el antisemitismo y algo más, el juicio enfrentó a la derecha, al ejército y la Iglesia de un lado, contra los sectores republicanos liberales e intelectuales como el ensayista Charles Péguy, el novelista y gran humanista Anatole France, y sobre todo Zola con su célebre artículo periodístico Y’accuse, “yo acuso”. Dreyfus fue absuelto de todos los cargos. La derecha y el ejército terminaron desprestigiados y la Iglesia vio consumada la separación oficial del Estado francés, al que había estado unido desde siglos atrás, pese a cortos períodos de desgajamiento.

La revolución bolchevique en Rusia había convertido al nuevo estado soviético no solamente en socialista, sino en oficialmente ateo. El marxismo se hacía sentir fuertemente en todo el continente europeo, y tenía simpatías en medio mundo a través de la Segunda Internacional, y luego a partir de la Tercera, más agresiva y de corte leninista.

En México la Iglesia tropezaba con dificultades verdaderas no solamente porque el Estado se había hecho laico con la revolución, sino porque apenas podía operar legalmente, por los pasados vínculos y/o presentes con la dictadura de Porfirio Díaz o con los terratenientes mexicanos. En 1929 Pío XI logró un acuerdo con el nuevo gobierno mexicano que en los hechos no fue exitoso. Por cierto que fue Pío XI quien nombró al primer latinoamericano al colegio cardenalicio: el argentino Santiago Luis Copello (1880-1967), quien, con un doctorado en filosofía y teología, trabajó duramente en el levantamiento de parroquias, seminarios y en una amplia labor social dentro de los menos favorecidos, especialmente dentro de la clase obrera. Fue nombrado cardenal en el año 1935.

Debemos decir que un poco antes de esta historia, a finales del siglo XIX, el Papa León XIII había levantado un edificio filosófico-social, intentando trazar un camino intermedio entre el capitalismo —al que condenaba por su materialismo y por embrutecer y empobrecer a las mayorías—, y el socialismo, por ateo. Algunos elementos socialistas, alegaba, eran originalmente cristianos. Por eso invitaba a los católicos a formar sindicatos y partidos ‘socialistas’ propios (socialcristianos). Pero estas organizaciones todavía tardarían un tiempo en crecer y hacerse fuertes, como efectivamente luego lo hicieron, particularmente en Alemania, Italia y algunos países sudamericanos. Sin embargo, al hacerlo, pronto pasarían a dejar en papeles y estatutos la teoría de una tercera alternativa, para tomar partido abiertamente por los de siempre: la de los poderosos y hasta la de fieros o inteligentes dictadores, como en el caso vergonzoso de los socialcristianos dominicanos, sobornados con helados.

León XIII condenó el subjetivismo, al que caracterizó como la raíz efectiva de los males sociales, proponiendo una vuelta hacia la filosofía de Santo Tomás de Aquino, contenida en la Suma Teológica y en otros escritos, especialmente aquellos que criticaban el averroísmo. Contra lo que pueda pensarse, era una propuesta inteligente, porque en la síntesis tomista estaban no solamente San Agustín y Aristóteles, sino también autores musulmanes y judíos. Esa universalidad, podría eventualmente favorecer el encuentro tanto con aquellas religiones, como con otras ramas cristianas divergentes. Y porque al tomar en cuenta los datos de la experiencia sensible, concluía que fe y razón, que la ciencia y la filosofía, eran compatibles con la fe. Partiendo de ello, León XIII también aprobó una cauta investigación científica de la Biblia.

Una vez más: el problema es el olvido de esas grandes miras, para pasar en los hechos a suscribir o apoyar más o menos discretamente puntos de vista que niegan tal posibilidad, como las filosofías vinculadas al facismo, a los nazis o a sus similares. Así, por ejemplo, Gabriel Marcel, después de hacer aportes notables a la filosofía cristiana con su perspectiva del hombre concreto, al que es necesario siempre ubicar en una situación histórica específica, de mostrar que se piensa no solamente de modo abstracto, sino con todo el ser, sacando al ser humano de su aislamiento, contradijo su humanista posición apoyando al Generalísimo Franco abiertamente, contradicción que Albert Camus hubo de sacarle en cara en una polémica famosa.

Por su parte, el Papa del período brevemente estudiado, Pío XI escribió la famosa encíclica Quadragesimo Anno lanzada el 15 de mayo de 1931, en la que invitaba a reconstruir el orden social. Lamentablemente sus palabras no se tradujeron exactamente en acciones, inclinándose por el Estado Novo de António Oliveira Salazar, régimen de partido único similar al de Mussolini. Por igual, en la guerra civil española apoyó a las fuerzas rebeldes anti-republicanas, aliadas de Hitler, quien incluso bombardeó Guernica, en un ataque despiadado a la población civil.

Como se ve, a principios de la década del treinta, la Iglesia ensayaba caminos que le permitieran ejercer la universalidad de su doctrina. Tuvo aciertos, también errores, y a fe que iba a costar mucho deslindar viejas alianzas y corregir antiguas manías, hasta comprender que el compromiso abierto o exclusivo con los sectores oficiales y poderosos lacera el compromiso con los pobres, quienes son a la larga la razón de su existencia.

Al momento, buena parte de la jerarquía estaba o se sentía muy cerca del facismo, como en el caso de la República Dominicana demostraría en breve monseñor Pittini al inclinarse con fervor hacia el trujillismo, permitiendo incluso que hasta en los altares se colocara el retrato del Generalísimo, justo al lado de la imagen de la Virgen. Que nadie se extrañe: el trujillismo era la versión más refinada del facismo en su versión latinoamericana.

O, como dijo Jesús de Galíndez al explicar por qué había escogido el estudio de esa dictadura como tesis de su doctorado: “Voy a estudiar, en consecuencia, el régimen político de la República Dominicana durante los 25 años de la Era de Trujillo (1930-1955), pero no tanto como análisis de un país, sino como prototipo de una especie continental” (Jesús de Galíndez, La Era de Trujillo, pág. 21, Ed. L.G. Breve). Lamentablemente, Galíndez, al internarse en las profundidades de la dictadura se encontró sin previo aviso con el monstruo, que lo devoró al instante. Sólo que al hacer esto, la estela de muertos fue tan extensa a fin de encubrir el crimen, que terminó aniquilando al mismísimo Trujillo. [José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002]

Comments (2)

  • jose, ny

    hola, como estas, espero que bien estuve compartiendo con ese gran ser humano, rene rodriguez soriano en una actividad en el comisionado dominicano de la cultura aqui en new york, debo decirle que siempre leo la revista media isla, pero especialmente su columna donde usted escribe de una manera muy magistral, acerca de temas que me interesan pero en este caso siempre trata de temas , muchas veces historicos, religiosos, pero que son verdaderamente interesante, este es un pequeno comentario, proximamente le enviare my opinion sobre este articulo, jose espinal ny, el siervo de dios.-

  • jose, ny

    Leí con detenimiento su artículo y debo decirle que, en mi humilde opinión está escrito de una manera seria sin apasionamiento, donde usted expresa cual era el pensamiento de la iglesia católica cuando firmó el concordacto con rafael leonidas trujillo. cuando el papa Pio X!, llegó al papado, nombre a Eugenio Pacelli, en ese momento nuncio apostólico en alemania, Secretario de Estado y encargado de redactar los concordatos con los diferentes gobiernos de turno, a la muerte de Pio XI, asciende Paceli al papado y continúa con su labor de concertar pactos de este tipo como le fuese posible, firmó acuerdos con Hitler, Franco, Trujillo y muchos más, porque él entendia que esa era una forma de aumentar el poder de la Iglesia, que esos años de principio del siglo XX, está en picada, pero para eso tuvo que concertar acuerdos, con regímenes no muy demócraticos, pero eso a él no le importaba, él lo que quería, era el aumento del poder terrenal de la Iglesia, por eso fue cómplice de manera indirecta de la matanza de los judíos y apoyó cualquier régimen que firmase un concordato con la Iglesia y que fuese anti-comunista, porque el fue, anti-comunista, anti-judío y racista, el le pidio a los aliados que cuando entraran en roma, por favor no llevar soldados de color. espero seguir leyendo sus artículos los cuales aprecio sobremanera, jose ny, el siervo de dios.

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