Juan Manuel Rivera | si yo fuera fiscal, juez (o un profesor Jirafales del Perú), en vez de castigar al gran filántropo que es Bryce, lucharía por establecer un súper galardón literario. Lo postularía para el flamante Premio Pierre Menard.
No se puede ser bueno. El novelista Alfredo Bryce Echenique, que ha tenido la generosidad de prestarle su firma a dieciséis artículos expósitos, se ha metido en un lío. Como los fiscales y jueces de casi ningún país son cervantinos ni borgianos, en el Perú quieren freír a Julius dizque por plagio. ¡Esa es una terrible calumnia! Una injusticia. Plagio es ser banquero o industrial: apropiarse de lo que no es de uno. Pero todo lo escrito (pensado y soñado) es patrimonio de la humanidad; y la UNESCO debería estar más alerta y avalar este sesudo juicio, saliendo en defensa del desinteresado amauta Alfredo Bryce Echenique.
Analicemos con destreza flemática, antipolicial, «el caso Bryce». Todo lo que el sacrificado prosista del Pirú ha hecho es otorgarle paternidad, ¡prestigio!, a unas páginas que —hasta el día de su firma— vivían por allí ahocicadas en la más porcina oscuridad. Ahora, aunque estén copiados de pe-a–pa, Verbatim, aquellos antiguos adefesios son maravillas, hijos legitimados de la Gran Tradición.
Y aquí va mi clamor. Desde mi silla o cátedra de pichipén en Corozal les estoy transmitiendo un rezo inapelable a las autoridades peruanas. Por favor, jueces; por favor, Presidente Alan García, usted que es un hombre bastante alto y corpulento, intervenga: Bryce Echenique no es Sadán Juseín. Es uno de los nuestros. Así es que no lo piense más y córtele la soga, no el cuello, a ese fabulador.
¡Plagio ni plagio! Plagio es lo que un mediocre poeta español del siglo XVII (Esteban Manuel de Villegas, 1595-16
69) ha hecho con el insigne antipoeta Nicanor Parra. En su “Oda sáfica”, el envidioso vate (¿sería por esto que la santísima Inquisición lo persiguió y carpeteó hasta desterrarlo?) dice siguiéndole la pista demasiado de cerca al chileno de menguada estatura y nariz de boxeador: “Dulce vecino de la verde selva, / huésped eterno del abril florido, / vital aliento de la madre Venus, / céfiro blando. [...]” Ya no recuerdo bien qué decía el original chillanesco: Dulce vecina de la…
A menos que se trate de un caso espectacular de telepatía prospectiva (un salto mental del XVII al XX), de un caso de parasicología espiritista demasiado especial, o de uno de esos felices avatares de la reencarnación, creemos que a ese espíritu —que debe estar ahora mismo rebosándose en las pailas del Glorioso Santo Oficio— habría que hacerlo traer de patitas ante la nariz del juez Baltasar Garzón. ¡Y que devuelva a su legítimo dueño hasta el último maravedí mal habido que obtuviera en premios y honorarios!
La Divina Providencia nunca se equivoca en sus designios ni en sus designaciones, pero si yo fuera fiscal, juez (o un profesor Jirafales del Perú), en vez de castigar al gran filántropo que es Bryce, lucharía por establecer un súper galardón literario. Lo postularía para el flamante Premio Pierre Menard.
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Qué fina y documentada ironía la de Juan Manuel. Felicidades por cultivar esta forma de pensar lo que se dice.
Juan Manuel Sánchez