MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN | ¿Cuál es, entonces, el destino de la humanidad? En las obras de León David no hay soluciones. Parece que quiere que cada uno de nosotros busque su camino.
El teatro es un género literario ancilar, en la medida en que necesita de una representación para culminar su propósito. A pesar de esto, siempre ha existido el teatro literario, es decir, que se ha quedado en la representación escrita y ha dejado de convertirse en teatro para otro. Pero éste no es el caso de esta pieza de León David. La noche de los escombros ha logrado recrear la atmósfera para la cual ha sido urdida y ahora nos llega en forma escrita. El teatro es acción mediante los diálogos. El dramaturgo representa caracteres que de alguna manera deben llevarnos a pensar la condición humana. Y esto es así desde el teatro griego o el gran teatro del Siglo de Oro español: el de Lope y el de Calderón.
Así que el teatro no ha sido un simple divertimiento, sino una exploración profunda de lo humano que se representa en él a través de los personajes. La representación debe lograr una atmósfera que lleve a cabo su cometido en sus múltiples formas. Y eso se deja ver en la obra que hoy tenemos el gusto de comentar.
La noche de los escombros se caracteriza por ser una pieza breve, en la que el lenguaje de hermosa factura no pierde el objetivo principal de la significación. No encontramos aquí un lenguaje poético deslumbrante, sino una expresión pausada, comunicativa a la vez que es creación artística. No cabe la menor duda de que León David, quien ha realizado teatro décadas atrás y que también se ha dedicado con empeño a presentar sus ideas críticas sobre el teatro contemporáneo dominicano, domina los rudimentos del arte dramático.
Esto puede ser comprobado desde el inicio del drama que nos ocupa. En primer lugar, el carácter simbólico de su talante lírico, que se puede apreciar en la canción que con el título “Renacer” viene a simbolizar el problema humano que en el texto se despliega. El renacimiento del hombre en esta pieza no está lejano de los tópicos que ha trabajado León David en su dilatada obra literaria. Es el renacer que encontramos en el libro Poemas de mediados de los setenta. Es el renacer del hombre que se plantea Poemas del hombre nuevo. Es, en fin, un elemento congénere a la obra literaria de León David.
En su conocimiento del arte de la dramaturgia que se expresa en esta obra, León David ha integrado distintos recursos literarios que sirven de forma intertextual para crear nuevos sentidos. Debo resaltar la presentación del teatro dentro del teatro, la relación del personaje con el público, que tanto fue del agrado del teatro vanguardista. El cuento, el chiste, la telenovela, todas estas formas de las cuales se vale el autor para desarrollar su obra. En lugar de una sucesión de diálogos que permitan caracterizar a los personajes, lo que se hace dominante en la pieza es el carácter fragmentado de los espacios ejemplarizantes, como si el autor quisiera demostrar una tesis. El personaje principal trabaja en varios segmentos monologados y sirve como hilo conductor: narrador muchas veces de las escenas y situaciones que quiere que su público vea y escuche.
Es de suma importancia la diversidad de recursos narrativos que el dramaturgo pone en manos de su personaje, y como todas estas formas sirven para crear una atmósfera en la que el hombre —de los existencialistas, de los vanguardistas—, es el protagonista. Es el hombre. Aquí encontraremos al hombre universal, al ser humano como metáfora de nuestra propia condición humana. El personaje metáfora es un peregrino, tópico que ya se encuentra en la poesía popular de León David, en sus coplas y en Antonio Machado. León David ha consagrado el libro Parábolas de la verdad sencilla al personaje errante. En La noche de los escombros el extraño se ha extrañado de su propio suelo, llega y busca a sus semejantes. Él sabe que es diferente; en su alrededor encuentra a los que ha dejado, son sus semejantes alienados por la cotidianidad, por la vida insulsa. Ya él no es el mismo ni pertenece al lugar común, ha logrado crecer, ha logrado buscarse a sí mismo. El viaje mítico del peregrino es así la profundidad de sí, hacia sus propios páramos interiores, como diría León David.
Sus lejanos semejantes son los que se han quedado en la cotidianidad ramplona. Usan máscaras y disfraces, así como uno de los personajes de las Narraciones truculentas de León David, que luego de colocarse por un tiempo el disfraz no se la podía quitar y decidió quedarse con él para siempre. La máscara en la obra es el símbolo de la falta de autenticidad y el peregrino es el que busca ese conocimiento interior y puede hablar a su comunidad como alguien diferente.
Él mismo se define como “un bufón, un actor, un payaso o un saltimbanqui”. El conocimiento de sí mismo le hace conocer su propia condición humana, su propia esencia. Él escribe su propio libreto, frente a sus lejanos que esperan que otros se los escriban. Esos semejantes que buscan diversión, que están aburridos. El Peregrino se reafirma en el conocerse, en la indagación existencial: quiere ser hombre, camino o nada.
La sociedad actual y la sociedad del pasado se encuentran unidas creando o recreando utopías y anacronías. Como la anacronía del conquistador español que se mezcla con el Tío Sam, que de alguna manera nos simboliza la colonia y la neocolonia dominicana. La alegoría entre los grandes y los pequeños, las recrea para nosotros como historia de la dependencia y como origen de la situación actual de los dominicanos. La sociedad colonial es presentada de forma alegórica y en ella se encuentran los escombros de la sociedad, pero también del hombre.
En lo más significativo de esta obra se plantea una reflexión, desde lo dominicano, de la condición humana, como se puede ver al final con los hombres que apuntan y disparan. El Caminante no quiere ser uno más de esos que apuntan y disparan, es decir, el resultado, lo que hemos logrado en quinientos años de historia, la violencia que parece poner en riesgo la humanidad: la violencia que es parte de nuestra condición humana.
La obra es parte de un existencialismo expresionista. Es el hombre el que se encuentra en los escombros de su propia criatura. ¿Qué ha creado el hombre? Se ha creado a sí mismo. Ha fundado sus sociedades en las que se pierde como sombra o como niebla. No tiene ni busca explicarse su circunstancia, encontrarse a sí mismo. El caminante lo sabe y su saber lo lleva a expresar angustiadamente su saber, así como la situación de sus lejanos conciudadanos.
El hombre ha creado la civilización, pero ésta se ha convertido en medio para la pérdida, para la muerte de lo humano, para engendrar la violencia que lo destruye. Frente a esto, el Caminante busca el origen y se refugia en la madre, como la madre tierra. Hace muchos años que las obras de León David vienen configurando esa relación tortuosa entre ser hombre, conocerse a sí mismo y el producto de la criatura humana. El hombre ha construido la civilización, ¿pero qué civilización si se ha ido perdiendo a sí misma? De esta óptica ser hombre no es fácil. Existen trampas, fieras al acecho, envidia, muerte (52). Lo auténticamente humano está en peligro.
¿Cuál es, entonces, el destino de la humanidad? En las obras de León David no hay soluciones. Parece que quiere que cada uno de nosotros busque su camino. Como pensador, León David no se anda con recetas. Ni le dice a nadie lo que debe hacer. Mientras tanto, él sabe algo que nos ayudará a vivir: el hombre tiene que soñar y reír. De este modo él es su propio arlequín. Como lo ha dicho por enésima vez, ¿no lo han notado ustedes? ya en una copla nos decía: para ser “un hombre serio” prefiero ser un payaso. Es que para ser un hombre de este mundo prefiero ser un caminante. Quiero encontrarme y decirle a mis semejantes lo que ellos son aunque se encuentren tan lejanos.
El hombre tiene su propia utopía en la risa, en lo nuevo, en la paz, en el sueño, en la naturaleza. De esta forma no les asustarán los escombros. Las ruinas de la civilización violenta que hemos creado. Al final de La noche de los escombros, la vida, de forma expresionista, pide que la dejen ser vida. Quiere vivir.
Seguido de esta pieza, se encuentra El sueño de arlequín, un monólogo que va por el mismo camino. Como el caminante, Arlequín quiere ser sueño y quiere ser un niño. Como en la misma individualidad del Caminante, Arlequín quiere soñar y alejarse de las personas aburridas: quiere ser feliz. Busca la utopía humana, que el ser humano debe encontrar siguiendo la mayéutica socrática de conocerse a sí mismo. Hacer brotar de sí la humanidad original que es propia de la condición humana.
No existe aquí ni el existencialismo cristiano que busca o contrapone en Dios las cosas de la humanidad; tampoco el existencialismo nihilista de Nietzsche ni el de Jean Paul Sartre ni el existencialismo del absurdo de Albert Camus; el de León David es un existencialismo que muestra el camino. El hombre está invitado a caminar y rehacer sus pasos sobre la tierra. Este existencialismo no niega la posibilidad de la utopía sino que la encuentra en el hombre. Las muchas circunstancias de su historia, las caídas de sus sociedades, son instrumentalizadas a favor del encuentro de lo humano consigo mismo. No ha muerto el hombre, se ha transformado.
Y de esa transformación nos habla esta pieza, breve y maravillosa, de León David. No tengo la menor duda de que las ideas que esta obra me han arrancado las he puesto aquí como muestra de los significantes que el teatro, desde los griegos a nuestros días, nos tiene acostumbrados: poner frente al espectador la comedia, la condición de los humanos y permitirle pensar un poco más el destino del hombre. ¿Qué destino tiene el hombre? Pues, como León David nos ha enseñado a través de sus peregrinos y caminantes: seguir soñando caminando y desandado los caminos. (Del libro en preparación Las palabras sublevadas)

Cuando se escribe algo, por lo general estamos transmitiendo nuestro propio pensamiento, nuestras propias creencias y sólo nos mueve compartirla con los amigos para que estos también sean felices. La senda que se extiende ante nosotros es inmensa y fácil de recorrer pues está llena de amor y ternura. El ser humano es una criatura buena y noble y sólo tenemos que buscar esa esencia de amor en uno mismo pues allí yace, muda, serena esperando ser despertada y compartida. Me uno a León David y junto a él con su permiso, les invito a que busquen dentro de cada uno la belleza de la creación y de nuestras vidas. Sólo hay que reconocer que Dios vive dentro de nosotros siendo parte de uno y dejarlo fluir y crecer. Me siento tan contenta cuando encuentro personas que comporten mi punto de vista e ideales, eso me hace saber que la vida es bella y que no estoy sola en ella. La fuerza que da la unión me da esperanza y me anima a seguir en el camino, amándome, amándolos, siendo feliz mientras trato de caminar por el sendero agarrada de su mano, sin tratar de buscarle nombres ni explicación, sólo creyendo y actuando y teniendo fe.