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Entre el ser y el querer: una piel con muchas cicatrices

MERY SANANES | En abril, infancias mil es un libro para una múltiple lectura. En cada una se descubre un pliegue en su interconexión con otro. Y se vuelve una historia vivida. Sólo que no hay que dejarse subyugar por el título

Este texto me llegó por intermedio de un amigo común: René Rodríguez Soriano, quien al tener el delicado gesto de enviármelo, me dijo: es un libro de una gran amiga mía que quisiera que tú leyeras. Le acabo de escribir una nota, pero la leerás cuando salga publicada para no influir tu visión. Sólo te adelantaré que vale la pena el viaje por sus páginas.

Y la opinión de alguien como rrs es algo a tomar en cuenta, no sólo por la capacidad narrativa y poética que despliega, sino en particular por su posición beligerante que no admite transgresiones ni concesiones a lo establecido y efímero. Sus puntos de vista se cimientan en realidades mucho más perdurables. Así que tomé muy en serio la tarea y así me adentré en el universo narrativo de Maryse Renaud, a través de su libro titulado En abril, infancias mil (Corrregidor, 2007).

Sé que un libro debe leerse sin intermediación alguna. Directamente, yendo al grano del texto, para navegar en él tan a las anchas como nos lo permitan las palabras ajenas y extrañas a las cuales nos aventuramos por cualquier azar del destino. Una vez en ellas hay que dejarse llevar por su ritmo y su cadencia, por sus caminos, los señalados y los otros, que son siempre los más escurridizos, hasta alcanzar un entendimiento o complicidad que nos lleve de nuevo a su inicio, para entonces hacer el recorrido como quien visita a un amigo. Y así lo hicimos.

El texto consta de diez relatos y un prólogo del Profesor Miguel Ángel Fornerín, quien de una manera extraordinaria abordó la esencia de la propuesta de Maryse, dejando que el lector corriera su aventura, sin anticiparse a andarla por uno. Un gesto de alto vuelo del Profesor Fornerín, que agradecemos. Y al concluir su lectura mi primera reflexión fue la que sigue.

Todo texto dibuja la piel de quien escribe. Puede guarecerse en el interior de los personajes, desdoblarse o contradecirse, pero siempre estará allí, en su envergadura, la clave y esencia de lo escrito. Sólo que no hay que buscarla de antemano. Hay que llegar hasta el fondo de sus utilerías, para luego excavar sus más sutiles metáforas y significados.

Yo soy de las Martinica | con mi piel de bananica

Los diez relatos narran las aventuras de una niña de Martinica enfrentada a un mundo para el cual está aparentemente muy bien preparada pero que trastabillea ante un escenario de adultos cuyo alto y complejo bagaje de conocimientos se convierte en algo incomprensible e inútil, a su imaginación y creatividad.

Por ello, a través del recorrido por aquellas diez narraciones, fuimos tratando de adivinar la dimensión exacta de aquella niña, que había dejado de serlo, subyugada por una sobredosis de conocimientos que se deshilvanaban, al tropezar precisamente con lo que aún perdura en ella de niña: la permanente interrogante sobre el sinsentido de aquello que se yergue como conocimiento o saber erudito. Una piel de niña encerrada en pieles con muchas cicatrices.

Y la pregunta no se hizo esperar. ¿Qué nos quiere decir, en verdad, la escritora, con estos relatos? ¿Es acaso un expediente a los adultos, o a la soledad e incomprensión de los niños que viven entre ellos? ¿Por qué de pronto brillan, entre líneas, casi imperceptibles, unos haces luminosos, que se escapan a las enciclopedias y los haberes, y se agostan en un manojo de flamboyanes, en el aroma de las azucenas o en la música de una tierra, capaz de competir en su propia esencia, con cualquier tierra del planeta?

Sólo una niña entre adultos puede ensortijarse tanto con el conocimiento que pierde la noción de cuando su infancia se escapa abruptamente entre saberes acartonados e inútiles. Y ella, sin quererlo, parece dar una batalla que sabe perdida de antemano. Cuando puede suelta su impericia, como una acusación flagrante. Y cuando quiere se deja seducir por los aromas del mar y de una isla que sabe suyos, más allá de toda travesía a las capitales del mundo.

¿O es acaso la piel adusta del adulto la que juega a su propio improperio, como cuestionando desde el otro extremo, la misma inutilidad de lo que se conoce y se sabe? Este es el juego en el que la autora nos coloca. Y es aquí precisamente donde vamos a buscar los otros pliegues de la piel de quien escribe. De Martinica a ejercer el cargo de catedrática de literatura en una prestigiosa universidad francesa, hay un trecho largo y difícil.

Y se nos ocurre que es su piel la que se dibuja en la niña, elaborando tal vez el diario metafórico de sus propias vicisitudes. Una niña que tiene una esencia que ella quiere rescatar, que se asoma entrelíneas, casi oculta del todo, entre las yaraguas de un saber que ella domina a la perfección, pero que no respira el aire de su isla, de su trópico, de sus aguas.

¿Y acaso es asimilable, por más que lo intentemos, esa pasión nuestra de lo que somos, con nuestras desventuras y desmemorias, nuestros desvalijamientos y nuestras vulnerabilidades, con ese otro mundo aparentemente ordenado, organizado, catalogado y clasificado en el cual el saber es una especie de demonio que todo lo designa, pero nada comprende?

Me aventuro a señalar que lo que recorre los diez relatos es una huella de una piel que no se borra ni se trasmuta ni se deja seducir por brillo alguno. Una piel que ha logrado vestirse con los mayores grados de un conocimiento que, a la larga, sólo sabe de guerras, como los adultos, y poco o nada, del sabor dulce de los limones que cultivan niños sin habla, pero con el sol que se les duerme en la mirada como un faro encendido. Es un libro, en fin de cuentas, nostálgico y a la vez abrumador.

El dilema planteado a todos, de alguna manera, nos toca, por esa permanente contradicción entre lo que somos y lo que se quiere hacer de nosotros, entre el niño que llevamos dentro y el hombre grande en el cual nos convierten, entre la risa clara del mar o el torbellino de un aguacero que llueve preceptos filosóficos.

Obedece el mar a la luna, obedece el soldado | al capitán, obedece la mujer al marido, | obedece el hijo a los padres, obedece la oveja al matarife.| Y el mundo entero se llena con tan feo verbo.

Es un libro para una múltiple lectura. En cada una se descubre un pliegue en su interconexión con otro. Y se vuelve una historia vivida. Sólo que no hay que dejarse subyugar por el título: En abril, infancias mil. Su contenido no es el texto que nos pudiera sugerir una rima de nuestra infancia. Aunque tal vez lo sea, pero visto desde la interioridad de una niña, que tomando por asalto el saber de los adultos, no quiere sin embargo dejar de ser quien ella busca afanosamente encontrar, en el saber de los otros.

Y es aquí donde el texto se abre en un abanico de dilemas, cada uno suficiente para abrirle una investigación al complejo vivir de los niños y los adultos. Es el tema del exilio, aunque voluntario, y las raíces. Es ese encontrar y desencontrar entre lo que se imagina y lo que sucede, entre una realidad no menos fantasiosa que las creaciones de una niña, atrapada en un mirar que no resuelve sino suma. Es la geografía que se extiende entre la libertad y la sumisión. Es la memoria propia de lo vivido y el saber ajeno que se acumula. Y es todo lo que corre entre ellos.

El último capítulo refiere el cuaderno titulado Cuando sea mayor, que a escondidas ha escrito la niña y la visión que de él le devuelve la madre encolerizada. Un verdadero expediente a la sumisión y la obediencia. Lo sintetiza así la niña: Qué mentalidad más borreguil, como diría papá, la de los adultos. Da uno una orden y todos se tiran por la ventana, no, miento, saltan del barco y se arrojan al agua, o se ponen firmes. Total, que da lo mismo. Qué desperdicio.

Y frente a semejante sentencia, es la madre la que comienza a fantasear. El atrevimiento de la hija se convierte en una verdadera conspiración que atenta contra la que a su vez realiza el padre, en busca de una libertad distinta y un hombre nuevo que no suene al que la niña invoca. Todo se entrelaza y antagoniza dejando la existencia real al descubierto. Las pieles se mudan y cambian, se suman y restan, quitándoles tal vez el rubor que se expone en una piel que simplemente vive el sueño de ser un niño. Por todo ello Maryse, en definitiva, nos propone un texto que se convierte en aventura y reto a nuestras propias imaginerías, y que bien vale la pena recorrer desde las cicatrices de la piel de cada uno.

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