Las profecías mayas y breve historia de la adivinación (I de II)

Las profecías mayas y breve historia de la adivinación (I de II)

JOSÉ TOBÍAS BEATO | En el gran negocio de los pre-anuncios sobre catástrofes le ha llegado el turno histórico a las supuestas profecías mayas sobre el fin del mundo o al menos, el colapso de la civilización actual.

Ya de seguro usted lo sabe: el fin es en el 2012. El 21 de diciembre exactamente es el día del juicio final. Al parecer lo pronosticó una civilización que aunque virtualmente desaparecida, dejó constancias de sus progresos arquitectónicos, de sorprendentes conocimientos matemáticos y de astronomía. Silencio y respeto: hablan los viejos códices mayas. ¡Carambolas! Con eso ha perdido la muerte el elemento esencial que la caracteriza: su presencia inesperada, como que en la sorpresa está su secreto deleite. Ahora su visita tiene fecha; dentro de año y medio. Adiós, pues, proyectos futuros, los cuales quedarán irremediablemente inconclusos. Acaso tienen razón quienes dicen que lo recomendable es vivir cada momento a plenitud. El futuro sencillamente es ahora mismo. No obstante, albergaba la esperanza de que los seguidores de Nostradamus tuvieran razón, y el fin fuera cosa a suceder sobre el tercer milenio…

Pero, ¡caray!, debo decirlo; sin que los que me leen sin conocerme asuman que soy un anciano –bueno, vamos. ¡Ok! Lo soy, pero no en extremo–, el caso es que ya he pasado por algunos sustos, a causa de estos profetas del desastre. Las navidades de 1959, por ejemplo, cuando todavía era un niño algo más que tímido, las comencé con tremenda preocupación pensando que serían las últimas: algunos decían que el último, y en ese entonces misterioso secreto de Fátima, anunciaba el fin del mundo para el inicio del año sesenta. Claro, eso no evitó que muchacho al fin y al cabo, las gozara intensamente. Luego vino el supuesto colapso informático del año dos mil, cuando las computadoras no serían capaces de seguir el rutinario conteo del tiempo, por lo que toda actividad en las urbes industriales sería bruscamente interrumpida. Todo sirvió para que se vendieran millones de nuevas computadoras y programas para disfrute de fabricantes y distribuidores update.

Eso sin contar los casos de algunas sectas protestantes que envían a sus iniciados con bocina en mano y boca, a fin de anunciar en cualquier esquina o parque –donde quiera que haya aglomeración de gente–, la inminente segunda llegada de Cristo. Nada que objetar a esta visita, la cual sería excelentemente bienvenida. El problema es que todos sabemos que antes de que tal cosa suceda, vienen los desastres, pues se supone que sean éstos los que anuncien que el Heredero del universo está a las puertas: la luna se teñirá de rojo, las estrellas se caerán, el mar se saldrá de su cuenca abismal y en la tierra sólo habrá peste y sufrimiento. Son como los dolores que anuncian el parto. Y según estos profetas la augusta presencia del Maestro ya es cosa inmediata, asunto de días, como quien dice. Cuando era visitador a médicos uno de esos predicadores ambulantes me provocó tremendo espanto, pues se plantó antes de salir el sol con un bocinón muy cerca del hotel donde dormía (y eso, que no estaba en pecado, al menos no esa noche).

El oficio de predecir el futuro, tratar de anticiparse a los acontecimientos por venir a fin de asegurarse una buena posición o salir lo mejor librado posible de ello, es cosa viejísima. Práctica común a todos los pueblos. Unas veces legítima y otras no tanto. Operación que se ejerce también hoy en la moderna sociedad, en ocasiones utilizando métodos racionales mediante los recursos de la ciencia, y otras acudiendo a visiones o a los espíritus, a las estrellas, o al llamado de ciertos individuos que dicen tener o que han supuestamente probado que tienen una habilidad de conectarse con la mente todopoderosa que rige el universo, para la que el tiempo sencillamente no existe, pues presente, futuro y pasado aparecen en un mismo nivel, sin antes ni después, en asombrosa eterna actualidad.

Echemos un vistazo, tomando del pasado algunos ejemplos. En el Antiguo Testamento de los hebreos o judíos, el sumo sacerdote colgaba en su pecho un ‘pectoral’ confeccionado con oro sobre tela morada, púrpura, tela roja y lino con piedras preciosas. Una por cada tribu de Israel. Las piedras debían ser rubí, crisólito, esmeralda, zafiro, jade, topacio, cornalina, jaspe, etc. Dentro del ‘pectoral’, los instrumentos del juicio: el Urim y el Tumin. No se sabe exactamente en qué consistían éstos, pero eran objetos que permitían ‘echar suertes’ acerca de la respuesta que YHWH (Yahvé), daba ante preguntas específicas. Probablemente uno predeterminado significaba “sí” y el otro lo opuesto (Ex 28.15-30).

Esas eran prácticas sagradas, pero el pueblo realizaba otras, similares a las de Babilonia y todo el oriente. Los sacerdotes babilonios, al momento de el ejército entrar en batalla, revolvían flechas para predeterminar el resultado, o más usualmente practicaban la hepatoscopía, la adivinación por el hígado de los animales, en tanto se suponía que era éste el asiento de la vida (Ez 21.21). También era frecuente la adivinación por el movimiento de los pájaros. Era popular la hidromancia, el visaje del futuro mediante líquidos. Se podía hacer echando unas gotas de aceite sobre agua, y el adivinador interpretaba las figuras que la mancha de aceite producía. O se echaba una piedra preciosa u otro objeto pequeño, y el sonido que produjera al dar en el fondo “daba” una determinada respuesta al consultante. José, el hijo de Jacob, vendido como esclavo en Egipto, practicaba la hidromancia (Gn 44.4-5).

También se practicaba la nicromancia o nigromancia, la adivinación del futuro invocando a los muertos. Fue prohibida en Israel tempranamente por Saúl, su primer rey. Sin embargo, el mismo Saúl violó su disposición, pues al consultar a Dios mediante el Urim y el Tumin, ante un inminente combate contra los filisteos (los ascendientes de los actuales palestinos), y no obtener respuesta alguna – pues ya había perdido el favor del estricto Yahvé–, se decidió por consultar a una adivina que vivía en Endor, pidiéndole que invocara a Samuel, el hombre que lo había elegido para el puesto. El profeta apareció como un anciano con una capa que al tiempo de reprenderlo por molestar su descanso, le advirtió: “mañana tú y tus hijos estarán conmigo” (1 Samuel 28.7-19), lo que seguro llenó de espanto al ya atemorizado rey. En la Palestina de aquel entonces, tanto en el reino del norte como en el del sur, tenían cabida toda clase de hechiceros y practicantes de la magia, como se puede leer en 2 Rey. 9.22 o Jer. 27.9, para no hacer este trabajo demasiado extenso.

Ahora bien. Todas estas prácticas estaban prohibidas por la ley divina. Así, por ejemplo, se lee en Levítico 19.26: “No practiquen la adivinación ni pretendan predecir el futuro.” Y poco más adelante, en el versículo 31: “No recurran a espíritus y adivinos. No se hagan impuros por consultarlos. Yo soy el Señor su Dios.” Antes de entrar en la Tierra Prometida, Moisés aconsejó a su pueblo: “Que nadie de ustedes ofrezca en sacrificio a su hijo haciéndolo pasar por el fuego, ni practique la adivinación, ni pretenda predecir el futuro, ni se dedique a la hechicería ni a los encantamientos, ni consulte a los adivinos y a los que invocan a los espíritus, ni consulte a los muertos. Porque al Señor le repugnan los que hacen estas cosas. Y si el Señor su Dios arroja de la presencia de ustedes a estas naciones, es precisamente porque tienen esas horribles costumbres” (Dt. 18.10-12). Por supuesto, una vez entraron a la tierra de Canaán, imitaron a los antiguos pobladores de esas regiones, haciendo suyas sus prácticas como si nada. Por igual han hecho algunos que se hacen pasar por cristianos, quienes incluso han desarrollado lo que bien podría definirse como la manía de preanunciar el fin del mundo, el cual –a su juicio interesado o perturbado– está siempre al doblar de la esquina. De paso, con frecuencia se quedan con las fortunas de los ingenuos, y en ocasiones con sus mujeres. En más de un caso con ambas.

Eso, pasando abiertamente por alto que hasta el mismo Jesús, a quien supuestamente reconocen como el hijo del Dios Viviente, y por tanto, con toda autoridad para hablar sobre estas cosas; pese a ello, olvidan que fue justamente él mismo quien declaró que “en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni aún los ángeles del cielo, ni el Hijo. Solamente lo sabe el Padre” (Mt. 24.36). Más aún, antes de ascender al cielo, advirtiendo que algunos de los apóstoles ya tenían ambiciones respecto al futuro reino de los cielos, les bajó las ínfulas aclarándoles de modo terminante: “No les corresponde a ustedes conocer el día o el momento que el Padre ha fijado con su propia autoridad” (Hechos 1.7). Por eso, desde hace siglos es conocida la posición de la Iglesia al respecto, aunque siempre está la dificultad propia a todo hombre e institución humana de ser consecuente, es decir, la de lograr vincular la práctica con la teoría. Así, el Concilio de Letrán (1512-1517), en su sesión XI del 19 de diciembre de 1516, ya decía: “Principalmente deben abstenerse los predicadores de predecir futuros daños para un tiempo determinado, o la venida del Anticristo, o el día del último juicio… Los que hasta ahora han predicho semejantes cosas, eran mentirosos, y por ellos padeció mengua el prestigio de los demás predicadores que anuncian convenientemente la palabra de Dios. Nadie puede predecir cosas futuras valiéndose de la Sagrada Escritura, o afirmar que las sabe por el Espíritu Santo, o por revelación divina, o apoyarse en ajenas y vanas adivinaciones; sino todos, conforme el divino precepto, deben anunciar el Evangelio a toda criatura detestando los vicios y recomendando las virtudes, exhortando a procurar la paz y la mutua caridad…” De las palabras subrayadas en negritas es de lo que deberían ocuparse y punto, en lugar de usar el miedo y el pánico para ganar enajenados adeptos. En los últimos tiempos, gracias a los progresos de la tecnología, una serie de elementos se combinan para hacer de los pronósticos catastróficos un jugoso negocio. Así se juntan cierta clase de locutores, presentadores de televisión, directores de medios de prensa, y entrevistan y dan cabida frecuente en sus medios a los videntes o profetas que anuncian la pronta exterminación o castigo divino. Pasado el evento, nadie vuelve a entrevistar a los charlatanes para confrontar sus pronósticos, aunque de viejo sabemos el truco: hablan de tal modo que una frase puede tener hasta mil sentidos.

Sigue pasando lo de la Sibila de Delfos ante la enigmática respuesta que le dio al poderoso rey Creso, de Lidia, en la actual Turquía. Creso no creía en augurios, pero al probar una vez y comprobar el acierto del oráculo de Apolo, decidió hacer una pregunta sobre si debía atacar al joven rey de Persia, que cada vez se hacía más fuerte, habiendo conquistado al momento de la interrogante, a los belicosos medas. La respuesta fue la siguiente: “Si cruzas el río Halys, un gran reino será destruido”. Al instante Creso se envalentonó y logrando que Esparta y Egipto estuviesen de su lado, marchó contra Ciro. Ciertamente un gran reino fue destruido: los persas se apoderaron de Lidia y Creso salvó la vida por la benevolencia de su enemigo. Al pasar por Delfos, camino del exilio, profirió toda clase de improperios contra el dios y su sacerdotisa. Mas la pitia le contestó imperturbable: “Deberías haber preguntado cuál sería el reino destruido, en lugar de marchar tan precipitadamente al combate”. Por supuesto que hay regiones o aspectos de la mente humana que ignoramos, cuyo poder desconocemos. Por algo los departamentos de inteligencia y la policía utilizan no solamente sicólogos, parasicólogos y otros elementos no siempre salidos de la academia, y que sin embargo ayudan a resolver problemas, sino que hay cosas interesantísimas tanto en la historia antigua como en la moderna.

Desde las palabras del oráculo de Delfos que desataron la envidia de los intelectuales y artistas griegos hacia Sócrates, al que hicieron beber finalmente la venenosa cicuta, como manera definitiva de librarse de sus preguntas cargadas de  ironía. Pasando por la maldición del brujo de la tribu Shawnee, proferida en el año 1840, en Indiana, asegurando que un presidente norteamericano moriría en el cargo cada veinte años (los que fueran elegidos en años terminados en cero) la cual –coincidencia o no– fue rota por Reagan; o la asistencia de síquicos como Edgar Cayce, un hombre a quien hay que tomar muy en serio, al presidente Wilson o la de Jeane Dixon a Roosevelt y Nixon, hasta la síntesis de experiencia de Heine, el divino poeta que tanto influenció al español Bécquer, quien en 1821 anticipándose en un siglo hablaba de que “Aquellos que empiezan por quemar libros terminarán quemando hombres”. Predicción que se cumplió en 1933, cuando los nazis hicieron fogatas con los libros del propio Heine, de Marx, de Freud, de Einstein y con las fórmulas de los creadores de la mecánica cuántica que eran casi todos de origen judío (en realidad gracias al antisemitismo de los nazis, aún en cosas de la ciencia, no lograron a tiempo la fabricación de bombas atómicas, con las cuales la segunda guerra mundial hubiera tenido otro final e historia).

Las predicciones sobre el 2012 no son de ese tipo. En el gran negocio de los pre-anuncios sobre catástrofes le ha llegado el turno histórico a las supuestas profecías mayas sobre el fin del mundo o al menos, el colapso de la civilización actual. Amigo lector: no se espante ni se deje sorprender, no venda su casa ni cometa locuras, de las que luego con toda seguridad se arrepentirá. Sucederá lo de siempre, todo aquello a lo que la naturaleza nos tiene acostumbrados, aunque se trate de huracanes con vientos terribles o de terremotos que hagan temblar las columnas de la tierra. ¿Qué fue lo que realmente pronosticaron estos mayas, magníficos sabios del pasado, orgullos de la América india? [José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002.]

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