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Una montaña que nace con cada amanecer

MERY SANANES | Del lado que habito, la ciudad maltrecha cada atardecer inventa sus imaginerías y las colinas se incendian como fogatas para recordarnos el hilo vital del que estamos hechos.

Una circunferencia de colinas viste de primavera al valle de Caracas cada amanecer. Allí los sepias se nutren de los verdes para esparcir sus resplandores sobre una tierra bañada por el sol que se cuela entre el este y el oeste. Waraira Repano lo llamaron aquellos hombres primeros que poblaron sus laderas por milenios.

El Ávila lo designaron después. Yo nunca me detuve en su nombre sino en la majestuosidad de su alegría y en el aroma de sus miradas. Y allí se anclan desde entonces los agujeros de las nubes, en el recorrido de los caracoles, en el frenesí del polen, en el vuelo desenfrenado de las mariposas que migran.

Y cada vez vuelvo a llenar mi cesta de recuerdos para sembrarlos en los dinteles de las ventanas que no dejan entrar el susurro de las hojas.

En el horizonte de  sus cimas, suelo construir una escalinata que me lleva al otro lado de la montaña donde el mar traza su oleaje sobre las piedras como si fuera un abrigo.

Y allí aguardo las circunvalaciones del sol en su nocturno intento de enamorar con sus gajitos de suspiros, el azul que se viste con las honduras de la noche.

Del lado que habito, la ciudad maltrecha cada atardecer inventa sus imaginerías y las colinas se incendian como fogatas para recordarnos el hilo vital del que estamos hechos.

En esos predios de verdes murallas que no cercan sino invitan me fueron reveladas las señales del vivir.

Una ciudad a espaldas de sí misma

Pero ahora resido en una ciudad que vive de espaldas a sí misma, que se vuelca sobre las orillas de la montaña para herirla de muerte, que toma por asalto los árboles y la hierba para depositar basurales sin retorno.

Que hace mucho dejó de escuchar el murmullo de las aguas que brotan de su interior para configurarles una geografía de risas a sus habitantes.

Y sin embargo aún sus caminerías conducen a huertos de florerías, a aromas inéditos, a especies vegetales que aún no han sido extinguidas, al rumor de trinos de pájaros a los cuales se les van expropiando sus nidos, más no el revuelo de sus alas multicolores.

En medio de sus silencios todos los rituales se realizan con exactitud matemática para cumplir los ciclos de la vida que el hombre interrumpe, violenta y destruye.

El Ávila es una carta de amor

El Ávila es siempre un misterio, una suerte de bosque alado que envía sus imaginerías a quien se detiene a observarlo. Un reencuentro con la belleza, que da fuerza para  reconstruir las partes quemadas, taladas, robadas a su piel y a su propio corazón.

En alianza con las nubes y el sol, con la llovizna que le da ese aroma de almácigos, con el viento que hace bailar sus follajes, es como una carta de amor que aguarda ser leída y respondida.

Las colinas conocen ese lenguaje porque del otro lado, el mar le regala sus efluvios y oleajes, logrando esa conjunción que deja en las cornisas del rostro un beso oceánico y vegetal.

En este junio, una migración de mariposas amarillas pobló por un instante todos los espacios con su fugaz aleteo, como si el sol hubiese soltado sus rayos en el viento de los suspiros contenidos.

Beber girasoles

Las atrapé todas con las pupilas, como si bebiera girasoles. Y luego las dejé ir para que cumplieran su ritual aventurero.

¿Fueron las colinas engolosinadas de tempestades las que produjeron el encantamiento? ¿Fue acaso el mar que soltó sus peces dorados para que danzaran sus murmullos en el aire enamorado?

Sé que fue una fiesta que me regaló la ciudad entristecida, para que la vida no se me escapara en las despedidas.

Un rito de amor que las colinas le obsequian a los transeúntes de los mediodías y a los peregrinos de las noches.

Un tiempo de adagios en bajel de mariposas. Navegación de hierbas sobre linternas de agua. Estremecido aluvión de cangrejitos sobre la dulzura de las piedras.

Ya no escuchamos su clamor

Hoy, de espaldas al Ávila no logramos divisar las profundas grietas que lo arañan, los cauces que le dibujan mapas de sequías, los agujeros que perdieron la contextura de las piedras, la secuencia y el nacimiento de lluvias, ríos y sentimientos.

Y no escuchamos ni su lenguaje ni su clamor. Como si no proviniera de sus hebras el aire que respiramos.

La gigantesca tragedia de la montaña está reflejada en cada rostro de esta ciudad agrietada, en los niños tristes, en los pliegues que cubren las líneas de la desesperanza, en la mirada fracturada de quienes perdieron el asombro.

¿Nos detendrá el desahucio de los cielos, la dentellada de la muerte cercando los días, la extinción de la vida que corre minuto a minuto en una vertiginosa carrera hacia la nada?

Nos han desprovisto de su encantamiento

La incapacidad para descubrir, en ese mágico macizo montañoso que recorre el paisaje de esta ciudad, la fuente de la vida, la raíz de lo que somos, la infinita potencialidad de lo que podríamos ser, es la misma ceguera multiplicada y extendida que ocurre en el resto del planeta y que conduce inexorablemente a su extinción.

Destruimos en vez de construir. Asaltamos en vez de asombrarnos. Dilapidamos en vez de sembrar. Hemos perdido todo sur en la incongruencia de una acción humana históricamente opuesta al vivir del hombre.

Y es así, desprovistos del encantamiento que produce la contemplación de los arroyos, como hemos sido y seguimos siendo domesticados, apropiados, exterminados.

Quitarnos el aire y la flor, es eliminar la corteza del corazón que es capaz de responder con armonía y amor a la hechura de un acontecer distinto.

Y en ese espacio inhóspito, provocado por agentes externos a nuestra propia condición, somos una y otra vez vencidos, derrotados, utilizados y finalmente convertidos en altavoces del naufragio.

Mirar la montaña

Mirar la montaña, detenerse en los aguaceritos que resbalan sobre las hojas de hierba, convocar la risa de un niño, ver columpiarse el viento en el rubor de un ser humano sobrecogido por la belleza de todo lo que germina por debajo y por encima de sí mismo, es el ejercicio exacto que requerimos para recobrar nuestra perdida identidad, nuestro verdadero ADN, la esencia de lo que somos.

Encontrarnos en el alfabeto del bosque, en el estremecimiento que deletrean las arbolas al parir sus hijos, en las honduras de la savia, en la danza astral de las mariposas, en los rostros que aún no hemos descubierto, es gestar amaneceres.

¡Desde allí tal vez podamos comenzar a reconstruir la vida para ponerla en la señal de los tiempos que aguardan por la presencia de un mundo copado de enredaderas de amores y esplendores, fugas y repiques, canciones y esperanzas que miren hacia un frondoso, expandido e inagotable porvenir!

Comments (2)

  • Francisco Pinzón Bedoya

    Me hizo sentir como al pie de las montañas de mi Medellín, pero más que ello, como repitiendo pasajes de la Introducción del libro de Neruda “Confieso que he vivido”, con un tono venezolano hermoso, con los olores el Ávila y demás.

    Mis felicitaciones desde este rincón del mundo

  • Mery Sananes

    Gracias, Francisco. Las montañas son una a través de todo el planeta. Cambian, como dices, las aromerías que se desprenden de ellas para alcanzar a quienes se detienen a mirarlas. Y entre las fronteras, artificialmente colocadas, las montañas siempre nos señalan que somos decididos habitantes de la vida, cualquiera sea el paisaje. mery

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