RAMÓN MANRIQUE-BOEPPLER | Pero el fútbol no solamente ha sido comparado con la literatura. Ha sido, en muchas ocasiones, objeto de la literatura, para una gran diversidad de escritores, incluyendo a Borges
El escritor argentino Juan Sasturain, además de editor de la sección Deportes del diario Página 12 de Buenos Aires, es autor de narraciones y relatos, guionista y ensayista, con incursiones en diversas formas de la literatura, desde la policial a la historieta.
En la entrevista concedida a Angela Pradelli sostiene que “tanto la práctica del fútbol como el ejercicio de la literatura, llevados a su grado de excelencia y respeto por los medios y posibilidades, pueden (aunque no suelen) alcanzar el grado de la articidad”. Es decir, van más allá de ser actividades medidas por la eficacia, o los meros trabajos en los que opera el estímulo de la recompensa
Su idea es que tanto el manejo de la pelota de fútbol como el del lenguaje son desafíos a la creatividad. Y que de la tensión originada en la búsqueda de originalidad, “de resolver dificultades expresivas, puede saltar la belleza”.
A su juicio, las dos actividades tienen en común ser juego y desafío, la confrontación de riesgos, más el ingrediente de la entrega personal. “Las habilidades que requiere el fútbol (saber golpear una indócil pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean las manos) no sirven absolutamente para nada… Para nada que no sea el fútbol. De ahí su equívoca grandeza”.
Esta reglada inutilidad deportiva de la mano, nos lleva —como extrapolación— al atrevimiento de la mano de Diego Armando Maradona, para anotar un gol contra el seleccionado de Inglaterra, en el Mundial de México de 1986. En ese instante, la inspiración creativa mostró un talento único del número 10 de Argentina para desafiar (y superar) justamente la prohibitiva y esencial regla de oro del fútbol: la de jugarse con los pies, no con las manos.
Sin embargo, lo que Maradona paradójicamente mostró ese día, es que el fútbol, el buen fútbol —al igual que la literatura— se practica con la cabeza. Es decir, con la totalidad del ser, el espíritu y la decisión de afrontar los riesgos de la creatividad y la originalidad.
De Pelé, el genio brasileño antecesor de Maradona, además de sus magistrales dotes con las piernas, se decía que es de los pocos atletas capaces de dar un doble salto. Esto es, saltaba para dar un cabezazo y, estando en el aire, parecía dar un nuevo salto de mayor altura, desafiando la ley de la gravedad. Muchos dirán hoy que son exageraciones, pero los más sorprendidos eran los porteros que saltaban confiando en atrapar un balón que de repente desaparecía, fracciones de segundos antes de llegar a sus manos abiertas, cabeceado por Pelé con destino a la red. Al parecer, Michael Jordan, el célebre jugador de baloncesto, empleaba también la misma y asombrosa facultad del doble salto.
En la literatura, al otro lado del autor está el lector. En el fútbol, el lector es el hincha, el ciudadano del común que vive y revive los momentos especiales, sus goles y dramas, quien vocifera de alegría por los triunfos y vierte lágrimas por las derrotas. Según Florencio Escardó, en El hinchismo y el hincha, “su capacidad de pasión, siempre determinada por factores sentimentales, es positiva, casi nunca negativa. Su adhesión es de tipo místico, sin análisis y sin discriminaciones, con entrega total de la personalidad, del afán y del sentimiento. El hincha es un estado psicológico de la era actual.”
Pero el fútbol no solamente ha sido comparado con la literatura. Ha sido, en muchas ocasiones, objeto de la literatura, para una gran diversidad de escritores, tanto en Europa como en América Latina, incluyendo a Jorge Luis Borges, quien lo detestaba. Odiaba la ruidosa algarabía de los hinchas.
A propósito de odios, como en todo buen drama, el fútbol también tiene un villano. Un “malo de la película”, el destinatario del “madrazo” que profiere el hincha, el responsable de la derrota del equipo de los afectos: ese villano se llama árbitro.
En el cuento “El árbitro”, Eduardo Galeano nos recuerda que “el árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los golpes. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo obliga al exilio (…) A veces, raras veces, esa decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.
Escribo esta nota luego de concluir el encuentro en el que España ganó el derecho de disputar la final de la copa en Sudáfrica con Holanda. Espero que gane la mejor de las selecciones.
Que gane el buen fútbol. Sin embargo, mi corazón de hincha latinoamericano apostaba por Uruguay en la final. Pero, perdió con Holanda: si no hubiese mediado ese hi..$&?¡### árbitro, las cosas serían distintas. | RAMÓN MANRIQUE BOEPLER, Barranquilla, Colombia, autor, entre otros, de El Manifiesto del Deporte (1987); Imágenes para Leer (1998) y Este Miércoles (2007)
El fútbol no sólo va de la mano de la literatura ha sido también protagonista en el cine. Mi padre que odiaba el fútbol fue invitado por mi madre para que viera la película que hizo Armando Bo llamada Pelota de Trapo y regresó a casa impresionado. En la película se ve el drama de los niños aspirantes a futbolistas en las barriadas argentinas. Ese drama se sigue prolongando en todo Suramerica aunque el sueño de los jovencitos ha cambiado. Una vez en las divisiones menores del equipo que les dió la oportunidad para educarlos futbolísticamente no aspiran sino a que los transfieran rápido para Europa, México o Estados. No quieren retribuir el dinero y el tiempo invertido en ellos.