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Bécquer y su insaciable búsqueda de las palabras

KIANNY ANTIGUA | Tanto en la novela como en su poesía, Bécquer intenta expresar un sentimiento tan profundo que las palabras no tienen el poder transgresivo para ayudarlo a cumplir su designio.

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), poeta romántico[1] por excelencia, ¿qué podría yo decir acerca de este icono de la literatura y de su obra poética que no se haya dicho ya? Mis pretensiones, a lo mejor poco originales, no van más allá de analizar su poética y, a través de ella, tratar de descifrar qué se esconde bajo las palabras que el poeta transgredió y que, sin embargo, no les fueron suficientes.

En su libro, La novela como acto imaginativo: Alarcón, Bécquer, Galdós, “Clarín”, Germán Gullón hace hincapié en la “insuficiencia” de palabras, que, según él, es la matriz de la obra becqueriana. Gullón afirma que, tanto en la novela como en su poesía, Bécquer intenta expresar un sentimiento tan profundo que las palabras no tienen el poder transgresivo para ayudarlo a cumplir su designio. Éste, sin embargo, basa su investigación primordialmente en la prosa becqueriana; yo, por otro lado, intento analizar la imaginación, sus palabras y la búsqueda de las mismas a través de su poesía.

De su libro Rimas[2] (1868) he seleccionado los siguientes poemas: I “Yo sé un himno gigante y extraño”, IV “No digáis que agotado su tesoro”, XI “Yo soy ardiente, yo soy morena” y XLI “Tú eres el huracán y yo la alta”.

El tema infalible, inexorable de la búsqueda, por siglos, ha sido el motor propulsor de muchas obras literarias. Para los neoclásicos, la búsqueda de la luz, por ejemplo, era su inspiración; el conocimiento de toda realidad, lo era para los existencialistas. Para el poeta romántico, además de la búsqueda de lo inhallable e inalcanzable (las palabras indescriptibles, el amor prohibido, la libertad absoluta, etc.), con frecuencia se enfrentaban con la búsqueda del amado o amada idealizada. La presencia críptica de este ser sublime e imaginario, su escape y su pesquisa, en la poética becqueriana, son otros temas que pretendo analizar en los poemas escogidos.

Como es sabido, Gustavo Adolfo Claudio Domínguez-Insausti y Batida Bécquer nació bajo el signo de acuario el diecisiete de febrero de 1836 en Sevilla, España. Su padre, el pintor costumbrista don José Domínguez-Insausti y Bécquer, muere cuando Bécquer es apenas un niño. Su madre, doña Joaquina Bastida Vargas, fallece seis años después dejándolo huérfano a la edad de once años. Entre sus doce y trece años, y bajo la custodia de su tío materno, don Juan de Vargas, Bécquer compuso una Oda a la muerte de don Alberto Lista[3], el cual, según sus estudiosos,  parece ser su primer poema. Juan Alarcón Benito incluye esta oda en su prólogo “para que se advierta la precocidad literaria y la inspiración de nuestro biografiado” (7):

La vil ceniza del cabello cubra | los sueltos rizos que, volando al aire, | digan al par con nuestro ayes tristes: | “Murió el poeta”.

¿Oís? “¡Murió!”, repiten asustadas | con flébil voz, las Musas y, aterrado, | también Apolo con dolor repite: | “Murió por siempre”… (7)

En esta temprana obra, ya relucían paralelos de lo que eventualmente se convertiría en el repertorio becqueriano. Entre sus recursos, tropos y figuras retóricas favoritas, encontramos: su diálogo (con o sin los dioses), las preguntas retóricas, signos de afirmación, los paralelismos, las sinestesias, las tensiones antitéticas, las anáforas, los apóstrofes, su inquietud, sus reflexiones personales, su insatisfacción.

A finales del mil ochocientos cincuenta y nueve, entre amores con y sin nombres, atravesando una situación económica alarmante y un año después de que se le diagnosticara la tuberculosis que eventualmente acabaría con su corta vida, Bécquer escribe su primera rima conocida y publicada, XIII “Tu pupila es azul, y cuando ríes”. “En definitiva”, arguye Alarcón Benito, “podemos afirmar que pocos sacos hay en la poesía universal en los que vida y obra se fundan en tan admirable simbiosis” (13). Tanto Alarcón Benito como otros críticos consideran que la poética de Bécquer va de la mano con su vida o viceversa.

Según los más íntimos biógrafos de Bécquer[4] “uno de los más importantes episodios de la vida-literatura o literatura-vida de Bécquer, [fue] su enamoramiento de la que había de ser musa inspiradora, cruel musa, Julia Espín” (14). No obstante, mucho se ha hablado de sus amoríos, desengaños y desamores; a fin de cuentas, el nombre de la mujer es lo que menos importa, con relación a la lírica becqueriana. Así se hubiese llamado Julia Cabrera o Espín, Isabel II, Elisa Guillén, Casta Esteban y Navarro, lo valioso es el proceso pasional/emocional/poético que lleva al aedo a ensangrentar las páginas de su inspiración con su poesía.

En su poema XI “Yo soy ardiente, yo soy morena”, la voz poética parece dialogar con tres “mujeres” respectivamente. La primera simboliza la pasión; “[es] ardiente, [es] morena”, mas no la mujer buscada. La segunda se presenta a sí misma como “pálida” y con “trenzas de oro”; a pesar de sus cualidades, no es la escogida. La que sí lo es, es aquella mujer que no le puede corresponder ya que es “un sueño, un imposible / Vano fantasma de niebla y luz”; aquella que dice ser “incorpórea, intangible”, ésa es la mujer que la voz poética desea y llama.

Para María Del Rosario Delgado Suárez, filóloga, pedagoga y perteneciente al Grupo de Investigación del Departamento de Románica de la Universidad de Cádiz,  “[l]a mujer que pinta Bécquer y Baudelaire en sus versos, nunca queda varada en estrictas catalogaciones ni están sometidas a rígidos convencionalismos o prejuicios, que hagan reprimir la naturaleza instintiva y el carácter, firme y atronador, de estas damas de humo”. Coincido con ella al  creer firmemente que las llamadas “mujeres de Bécquer” son más intrínsecas que palpables.  La Dra. Del Rosario Delgado Suárez afirma que  [p]ara Gustavo Adolfo, el amor no es una ficción… Toda su vida es una dramática búsqueda de la mujer soñada… Porque el amor que nacerá en Bécquer, nace de él mismo, de su poesía. Será un amor en que hallará su fin y destino en una mujer inexistente, imposible, etérea, nacida de sus sueños poéticos y convertida en una genial rima.

De la forma en que yo lo percibo, va un poco más allá, incluso de cómo lo observa María Del Rosario Delgado Suárez. Veo en la poesía de Bécquer una simbiosis entre la mujer idealmente idealizada y la poesía que no se deja atrapar. Una dicotomía entre poesía y mujer inalcanzables, entre palabras y amores inexorables, que a la vez es inherente.  Tanto así que me he atrevido a tomar la palabra de Mary Woss, compañera universitaria y amiga personal, quien tuvo la descabellada osadía de proponer que este poema, “XI”, se refería no a tres mujeres sino a tres tipos de poesías. A pesar de la incredulidad y falta de apoyo de mis compañeros,  y conociendo la poética de Bécquer, yo no refuté ni refuto su hipótesis sino que trato de sostenerla. ¿Es acaso improbable que al momento de escribir “Yo soy ardiente, yo soy morena”, el poeta no se estaba refiriendo a la poesía mozárabe, mezcla de razas colores y voces? O quizá sus versos hagan referencia a la poesía barroca, encorvada y anhelante “[d]e ansia de goces [su] alma está llena”. ¿Acaso suena a oprobio suponer que el poeta hacía alusión a la poesía grecorromana cuando escribía “[m]i  frente es pálida; mis trenzas de oro / [p]uedo brindarte dichas sin fin”? O talvez estos versos aluden a la poesía neoclásica y Bécquer, como poeta y pintor al fin, describe este tipo de lírica con los colores representativos de la corriente que apenas desaparecía.

No creo que haya sido ni una osadía ni una ruindad el haber roto con el análisis predispuesto e impuesto en relación con este poema. Tampoco creo que Woss esté lejos de la realidad y la imaginación becqueriana, aquella que necesita lo inalcanzable para expresarse, lo inexorable para tratar de atraparlo, “el [v]ano fantasma de niebla y luz” para colorear y a la mujer para hablar de la poesía, y viceversa.

Otro de los poemas que trataré es el I “Yo sé un himno gigante y extraño”. Como el anterior, este poema consta de tres estrofas de cuatro versos tanto endecasílabos como de arte menor, ambos alejados de seguir un patrón de rima constante. En este poema, sin embargo, existe una progresión en los versos primeros.  El poema, por ejemplo, se abre con “[y]o sé un himno gigante y extraño”. Este verso muestra una certeza y una experiencia irrefutable. Luego la segunda estrofa, o sea, el segundo primer verso, dice: “Yo quisiera escribirlo…”. De certera, la voz poética pasa a deseosa, a ambivalente. Para concluir, su tercer primer verso dice lo siguiente: “Pero en vano es luchar”, es decir, que ya ni siquiera existe un deseo. Ya no hay esperanza, a pesar de que sabe y quiere, no puede escribir ese himno.  Sobre esta temática, Germán Gullón[5] opina que       [E]l autor de Leyendas y las Rimas pasa de la imprecisión (“la vaguedad”) a la concreción —y limitación— de lo que, escrito, queda. Ese es su triunfo y esa la paradoja: contar [pintar] o cantar la imposibilidad de escribir como se quiere y comprobar que en el proceso de la frustración se ha llegado a escribir como se puede    (2).

En efecto, pareciera que Bécquer, adelantado al resto de su generación, se preocupara más por la problemática de la falta de las palabras quiméricas que por la maravilla de poder usar las palabras que ya existen.

Otro crítico fascinado por la poética becqueriana, es sin duda Luis Caparrós Esperante[6]. Tanto éste, como Gullón ven en la zozobra en que encontraba el poeta: “El himno gigante le resulta también a Bécquer imposible de escribir, y el reconocimiento de ese fracaso permite ir hacia un adelgazamiento[7] de la forma que, paradójicamente, resulta ser el único modo de encerrarlo: al oído y a solas”. Lo curioso es que Bécquer comienza una ola de insatisfacción con las palabras que sólo se verá continuada por otros poetas casi un siglo después. Literatos como Pedro Salinas, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Luis Cernuda, por citar algunos de los escritores que formaron parte del grupo literario que hoy en día se conoce como la Generación del 27, son los que sienten la necesidad de encontrar un lenguaje poético que expresara mejor los temas que estos trataban. Este hecho ubica a Bécquer en una época a destiempo, y con un sufrimiento poético tan trascendental como sus palabras (aunque él, quizá no lo viese de ese modo).

En su rima XLI “Tú eres el huracán, y yo la alta”, Bécquer nos brinda otro tema, el de la totalidad, el cual sigue la línea ya planteada de la imposibilidad de las cosas. En este poema el autor hace uso de figuras retóricas como la anáfora, el apóstrofe y los contrarios para presentarnos un todo que a fin de cuentas no significa nada:

Tú eres el huracán, y yo la alta | Torre que desafía su poder: | ¡Tenías que estrellarte o abatirme!… | ¡No pudo ser!

Tú eras el Océano y yo la enhiesta | … | ¡Tenías que romperme o que arrancarme! … ¡No pudo ser! (47)

Como si conversara con una persona a quien conoce en la intimidad, y de modo afirmativo, la voz poética enfrenta dos contrarios con el propósito climático de mostrarnos un todo, una pintura más amplia que va más allá de un Tú y un Yo y que a la vez y Yo son/somos ese todo. A esto, Caparrós Esperante agrega que “la típica estructura dialógica de las rimas, un tú y un yo, sirve en este poema para un enfrentamiento total entre ellos… los sujetos poéticos se entrelazan arropados por la naturaleza, que participa de su abrazo, aquí sucede otro tanto pero con sentido opuesto”.  Aunque el pesimismo romántico y la necesidad becqueriana de no lograr su cometido, aunque sí lo logre, abundan en este y en muchas otros de sus poemas, eso no se percibe en nuestro siguiente poema, empero.

IV “No digáis que agotado su tesoro” es posiblemente uno de los poemas más conocidos y divulgados del poeta. Esta oda a la poesía se compone de una estrofa inicial o epígrafe donde plantea su tesis: “Podrá no haber poetas; pero siempre / Habrá poesía”, y ocho estrofas de cuatro versos en forma de glosa. Casi la mitad de estos versos comienzan con la palabra “[m]ientras” y  la frase “¡Habrá poesía!” se repite cinco veces a través de todo el poema. Al igual que en el poema anterior, aquí también nos encontramos ante un contraste de opuestos. Cada verso que abre con “[m]ientras introduce un aspecto del ser humano o una entidad junto a su antagonista: sol (luz) y nubes (opacidad); hombre, creación y misterio; sentimiento y razón, futuro y pasado; mutualidad, amor correspondido o no; mujer hermosa [imaginaria o no]. Todo, en pos de demostrar que la poesía no necesita del poeta para existir: la poesía es más que palabras, por supuesto, mucho más que palabras.

Francisco Rico, filólogo e historiador de literatura, quien actualmente dirige la colección Biblioteca Clásica de la Real Academia Española en donde colabora desde el 1986, acierta que “[u]no de los temas principales de las Rimas es la reflexión en torno a la misma composición poética… [Ello] está en estrecho contacto con la idea de que la poesía existe en el interior del hombre independientemente del poema” (703), esto refiriéndose a al poema “IV” que acabamos de analizar. Rico es un investigador tenaz y escritor prolífico de lo que es la literatura española. Tanto él, como el resto de los críticos que de alguna forma u otra han apoyado esta tesis, hace de la misma un tema atractivo, intrigante y esplendido ante los ojos de las nuevas generaciones, que como yo, recién descubren la grandeza de la poética becqueriana.

Pese a que traté de omitir las influencias e intenté darle a estos poemas una lectura fresca y lo más objetiva con el fin de decir, quizá, algo que no se haya dicho o visto en la poesía de Bécquer, la tarea es simplemente imposible ya que como yo, hay tantos seducidos por el enigma de la temática poética becqueriana. A diferencia de muchos poetas, la auto indulgencia no es una característica del repertorio de Bécquer, en cambio este fenómeno de la lírica sencilla, no por eso menos compleja, se dejó llevar por la musa de la búsqueda tanto de las palabras inexistentes como de las mujeres intangibles. A su corta edad[8] el poeta conoció el amor y el desamor y, a pesar de su continua queja, supo utilizar las más precisas palabras para transgredir la poesía y aunque ésta no necesite de poetas para existir, nosotros si necesitamos de Bécquer para respetarla y venerarla (con o sin palabras).

Notas


[1] Encasillamiento que aún esta en debate; unos lo consideran romántico, otros post-romántico y otros, simplemente Bécquer.

[2] Originalmente este libro, fue titulado Libro de los gorriones; sin embargo, el manuscrito se perdió durante la revolución que destronara a Isabel II. Según los estudiosos del poeta, Bécquer reescribe estos poemas que, junto con otros relatos en prosa, luego se publican bajo el nombre de Rimas, la “Poesía que recuerd[a] del libro perdido”, como el mismo lo indica al principio de la parte que le dedicó a la lírica.

[3] Alberto Lista (1775-1848). Eclesiástico, poeta, crítico y pedagogo español.

[4] Son Julio Nombela, amigo y colega del poeta, y Rafael de Baldín, entre otros.

[5] Germán Gullón es doctor en Filología Románica. En la actualidad es catedrático en la Universidad de Ámsterdam e investigador en el Ámsterdam School for Cultural Análisis.

[6] Luis Caparrós Esperante nació en La Coruña en 1952. En el presente es profesor de la Universidad de A Coruña. Sus estudios en el área del romanticismo se concentran en la lírica de Bécquer, Espronceda y Rosalia de Castro.

[7] Muchos de los estudiosos de Bécquer consideran que sus poemas tienen forma de embudo, esto es, que van desde un punto desarrollado hasta un punto más reducido, o sea, su clímax.

[8] Bécquer muere a los treinta y cuatro años de edad el 22 de diciembre de 1870. Minutos después de su muerte se produjo un eclipse parcial.

Bibliografía

Bécquer, Gustavo Adolfo. Obras selectas. Gustavo Adolfo Bécquer. Comp. Juan Alarcón Benito. Madrid: Edimat Libros, 2004.

—. Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Centro virtual Cervantes 2002-2007. Ed. y estudio preliminario de Luis Caparrós Esperante. 9 de diciembre de 2007 <http://cvc.cervantes.es/obref/rimas/>.

Biedermann, Hans. Dictionary of Symbolism. Cultural Icons and the Meanings Behind Them. Trad. James Hulbert. New York: Meridian, 1994.

Comte, Fernando. Las grandes figuras mitológicas. Trad. Cristina Rodríguez. Madrid: Prado, 1992.

Delgado Suárez, Mª Del Rosario. “La mujer y el amor en Bécquer y en Baudelaire”. Espéculo. Revista de estudios literarios 2005. U Complutense de Madrid. 9 de diciembre de 2007.  <http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/baudbecq.html>. 

Enciclopedia hispánica. 5ª ed. Vol. 2. Kentucky: Encyclopædia Britannica, Inc., 1994- 1995.

Gullón, Germán. “Autonomía verbal e invención en la prosa de Gustavo Adolfo Becquer”. La novela como acto imaginativo: Alarcón, Bécquer, Galdós, “Clarín”. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes 2006. 23 de sept. de 2007 <http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/becquer/003606286446826         06532268/p0000001.htm#I_17_>.

Rico, Francisco, ed. Mil años de poesía española. 6ª ed. Barcelona: Planeta, 2001. 703-7.

Strzeszewski, Mary Ruth. Las Rimas de Bécquer. Acotación en clase Enlightenment and Romanticism, The City College of New York. 3 de diciembre de 2007.

Woss, Mary. Las Rimas de Bécquer.  Lectura en clase Enlightenment and Romanticism, The City College of New York. 3 de diciembre de 2007.


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