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Canción de los aguaceritos

MERY SANANES | Algún día el agua se precipitará sobre las baldosas del dolor y le dibujará espejos de flor a los rostros de los niños que no conocen la canción de los aguaceritos.

Llueve, llueve mucho, llovizna a cántaros sobre los cristales, sobre el cobijo de las tortolitas, sobre los ojos y el pavimento, sobre la grama del jardín que apenas se divisa desde estas alturas.

Llueve sobre los jazmines que recogen sus pétalos aguardando. Sobre la madrugada que no se quiere desprender de la noche. Sobre la risa que se acalló para escuchar los sonidos del agua.

Llueve tempestades lejanas que enardecen el mar que se orilla sobre las laderas de la montaña. Sobre los rostros que aún no han llegado a casa. En los niños sin regazo, los bancos desolados de los parques, el estanque vacío y las calles sin luces que reflejan los espejos de agua de su soledad. Llueve sobre cajas de cartón que contienen el tremor de lo deshabitado.

Llueve sobre el beso que no fraguó el suspiro.  En el abrazo que se resbaló sobre los charcos. Llueve por las cartas que no han llegado a su buzón de adioses, desatando nostalgias de sequías sin amaneceres.

Llueve como si siempre hubiera llovido y la luna se mantuviera escapada a otro solar de estrellas. Como si todas las nubes estuvieran estacionadas en el carril de los cielos mirando el rectángulo del valle. Llueve sin refugio y sin regreso.

Llueve kyries enamorando a las vertientes para que amainen sus estampidas.  Adagios tristes, que se cuelgan de las cuerdas de una flauta que perdió el espacio de sus respiraciones.

Llueve en torrentes que derriban inocencias y clausuran fogatas, tocando a las puertas de la desazón que golpea los techos que el viento secuestra, sin tino ni medida, avizorando orfandades.

Llueve sin remedio. Y los ríos subterráneos se pueblan de acontecer y comienzan a buscar sus cauces hacia el mar, dibujándole a las montañas la geografía del dolor. Y el agua pierde su esplendor y en conjunción con la tierra se desborda sin freno sobre pupilas que no conocieron el asombro.

Llueve vientos que le quiebran a los árboles la exacta simetría de sus años.  Truenos sobre cocuyos que encandilan la oscuridad que ya se ha apropiado de todos los colores. Llueve sin cuentagotas sobre una ciudad atrincherada que prefiere los muros a la movilidad musical de las ramas que nacen.

De la lluvia vienen los matices. A veces es el abrazo que consagra el amor. La hacedora de los pocitos encantados donde los niños acometen sus primeras navegaciones. La sinfonía de la prisa sobre el instante detenido.

Un mar de risas dúlcimas que se envuelven en el alma. Un conjuro de caricias. Un espejo que devuelve los sueños que dejamos ir. Un tiempo sobre las hierbas para enamorarse de las aspavientos que anuncian el sol. Travesía de pez en el suspiro. Irisada canción de melancolías.

Llueve y el agua se cuela hacia el interior de la piel poblándola de almácigos que algún día brotarán en florerías.

¿Y cuál será la lluvia  nuestra en este tiempo de estrépitos y desbandadas? ¿Seguiremos a la espera de la consagración de las lluvias en tiempo de encantos y para las melodías de todos los arrabales?

¿No será tiempo de ver llover sobre la propia lluvia que se columpia en el interior  de los misterios que inventan cada una de las gotas que dan origen al porvenir de las alegrías?

Algún día el agua se precipitará sobre las baldosas del dolor y le dibujará espejos de flor a los rostros de los niños que no conocen la canción de los aguaceritos. Escapará de la piedad para asumir el gloria donde habita el eterno vivir de los recolectores de amores.

Su cauce le abrirá agujeros a los muros que resguardan las sequías y trepará hasta las nubes en tiempo de cosechas. Los ríos volverán a escribir sus pentagramas de peces en los deltas de las imaginerías y el mar surcará en navíos de espumas a inventarle archipiélagos a la alegría del hombre aún por nacer.

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