Carlos Ardavín Trabanco y sus lazos profundos con las letras dominicanas

Carlos Ardavín Trabanco y sus lazos profundos con las letras dominicanas

RENE RODRÍGUEZ SORIANO | «En los últimos diez años he ido desarrollando mi pasión por la literatura dominicana, que veo como una forma de pagar mínimamente todo lo que me ha brindado esta tierra»

Viajar unas cuatro horas de Houston a San Antonio, después de dos largos días conduciendo desde la punta más sur de Florida, para encontrarme con Carlos Ardavín Trabanco y orearnos a la sombra de un apacible café en las afueras y hablar, rememorar y pasar un detallado balance sobre la literatura dominicana de todos los tiempos, nos confirma una vez más cuan anchas y ajenas son las fronteras del país de las letras.

De ascendencia cubanamericana, Carlos Ardavín Trabanco, ha publicado más una docena de títulos relacionados con el estudio y la valoración de la literatura y los escritores dominicanos. Recientemente acaba de salir su Diccionario personal de la literatura dominicana, libro en el que recoge una serie de notas, semblanzas, relatos y breves asombros o viñetas que dan cuenta de su andar por los caminos patria de las letras dominicanas.

El verano de Texas, a punto de caramelo, es una sinfonía de luces allá afuera. Adentro es otra cosa. De pronto, una pantalla, paraliza o moviliza a medio mundo, pendiente de una copa que habrá de decirse a puras patadas. Sin embargo, lo nuestro es de otra. Ardavín cursó los últimos años del bachillerato en Santo Domingo y, por alguna razón u otra, quedó enganchado en los invisibles hilos que hilvanan el imaginario y el pensamiento dominicano.

Por la forma en que se deslustran ciertos tonos y se alejan ufanos y encendidos otros parroquianos, se asume que alguien le arrebató a otro las oportunidades de lucir la foto de su tropa con la copa. Nosotros, de este lado, seguimos en lo nuestro. Por ello aprovecho para lanzarle, a bocajarro la primera pregunta a Ardavín:

¿Por qué un Diccionario personal de la literatura dominicana?

—Como comento en la nota introductoria de este libro, desde los tempranos días en que me convertí en un ciudadano del país de la literatura, abrigué el sueño de escribir algún día un diccionario. Con el tiempo me di cuenta de que me faltaban vocación e inteligencia para confeccionar un diccionario al uso, riguroso y meticuloso. Opté entonces por la vía de los diccionarios de creación, personales, pues estos ofrecen la ventaja de la libertad casi absoluta.

Debo reiterar, pues alguna polémica se ha levantado tras la publicación de mi diccionario, que mi libro es un libro de literatura, no meramente informativo, y que mi objetivo era evocar y homenajear a un puñado de escritores dominicanos que admiro, y a la vez, dar cuenta de mis días vividos en esa hermosa república. Creo que ambos objetivos se han visto logrados, por lo que estoy satisfecho de esta publicación.

Abúndame un poco sobre este amor, esta pasión por la literatura dominicana.

—Luenga pasión, sin duda, que se origina en los tiempos en que cursaba los dos últimos años del bachillerato en el Colegio Loyola de la Capital. En aquellas clases de literatura patria fui descubriendo los nombres fundamentales de la poesía dominicana. A esto hay que añadir una temprana vocación poética, que me hizo frecuentar y conocer a los escritores dominicanos del momento. Recuerdo a Antonio Fernández Spencer, a León David, a don Juan Bosch, y a tantos otros, que supusieron un excelente alimento espiritual para mi incipiente aprendizaje de escritor. Años después, mis contactos con Giovanni Di Pietro, Luis Beiro, Miguel Ángel Fornerín, José Mármol, Manuel Núñez, Diógenes Céspedes y otros sellaron esta pasión por la literatura dominicana.

¿Además de la literatura, qué te liga a la tierra de Mieses Burgos, Bosch, Manuel del Cabral y Aída Cartagena Portalatín?

—Me ligan lazos familiares y amicales profundos. En Santo Domingo conocí a la que ha sido mi esposa y compañera por casi veinte años; en la República Dominicana vivieron y fueron muy felices mis padres hasta el 2006, cuando se mudaron a Miami. Pero por sobre todo esto, me une a la tierra dominicana una serie de memorias que considero esenciales en mi vida, y a las que convoco en momentos de tristeza o decaimiento. Para mí los lugares en los que hemos sido felices tienen una vigencia permanente.

En tus años de lector y escudriñador entre las más añejas y novísimas páginas de libros escritos por dominicanos, ¿cuáles autores, cuáles obras entiendes que se salvarían de la hoguera de la posteridad?

—Compleja pregunta, amigo René. Me limitaré a la poesía y dentro de ella seré parco. Los poetas de La Poesía Sorprendida, en especial Franklin Mieses Burgos (tal vez el poeta más memorable de su generación), Antonio Fernández Spencer y Freddy Gatón Arce, cuyos versos me parecen articulan un portentoso lenguaje poético.

Posteriormente, creo que los poemas de Alexis Gómez Rosa son lectura esencial y marcan una transición primordial hacia lenguajes poéticos más ricos que el determinado por la poesía social de corte marxista. De la llamada Generación de los 80, sin duda José Mármol.

¿Quiénes, a tu juicio, son los autores mayores de las tan vapuleadas letras quisqueyanas?

—Creo que los mencionados arriba, junto con Manuel Rueda. En la narrativa, don Juan Bosch, Marcio Veloz Maggiolo, Andrés L. Mateo, René Rodríguez Soriano, son nombres imprescindibles, que no agotan la lista, por supuesto. De entre los ensayistas, cabe mencionar a Manuel Núñez. La prosa de León David, José Alcántara Almánzar y Pedro Vergés me parece un lujo de inteligencia y buen decir.

¿Crees que del aluvión de antologías que, casi siempre prohijadas por el poder económico o político, año tras año engrosan la bibliografía de la patria de Duarte, fundamentan un justo canon de las letras del país? ¿Cómo se gestan buena parte de estos inventarios poéticos o prosísticos?

—En el caso de la República Dominicana, una buena parte de las antologías carecen de rigor académico. Una excepción que me viene a la mente, aunque no es la única, es la que confeccionaron Manuel Rueda y José Alcántara Almánzar hace unos años. Pero en general las antologías recientes han venido a embarullar el estudio y conocimiento de la literatura dominicana. Están casi todas viciadas por intereses políticos o de coyuntura, y no son reflejo de la realidad de la provincia literaria dominicana. No obstante, ya que su existencia es inevitable, merece la pena hojearlas y atender a algunas de ellas.

¿Y de la crítica, qué puedes decir? ¿Hace verdadero juicio de criterio sobre lo que se escribe y publica o simplemente se apandilla en parcelas de promoción y palmeteo mutuo?

—Con la excepción de algunas contadas cabezas, como las de Manuel Mora Serrano, Diógenes Céspedes, Giovanni Di Pietro y alguna más, la crítica dominicana actual está muy supeditada a intereses extraliterarios. La pregunta que me hago es si esta situación no ha sido la que ha primado siempre. Si esta sospecha que tengo fuera cierta, entonces la crítica sería la parcela de creación más necesitada de nuevos exponentes y cultivadores en la República Dominicana.

¿Qué opinión tienes sobre la literatura —en español y en otras lenguas— escrita por dominicanos no residentes en República Dominicana?

—Me parece que en general es algo positivo para el mejor conocimiento y promoción de la literatura dominicana, tan necesitada de ambas cosas. Estimo que a pesar de los esfuerzos desplegados por las autoridades culturales de la isla, se debería coordinar más estas dos caras de la misma moneda.

¿Cuál es tu visión del panorama de la literatura dominicana en aras de trascender más allá de la tan denostada insularidad? ¿Qué le falta o redunda a ésta para volar y remontarse mar afuera? ¿Existen algunas propuestas que subviertan la insularidad?

La insularidad sirve muchas veces de pretexto a los escritores para no esforzarse y producir obras de calidad. Cierto que las autoridades culturales pueden servir de trampolín y ayudar, pero hoy en día, con los medios de comunicación de que disponemos, la insularidad cultural es casi una entelequia, una barrera imaginaria. El escritor que se proponga romperla, lo puede hacer nada más se ponga a ello con un poco de destreza. Hay que recomendar que estos envíen sus manuscritos a casas editoriales fuera del país, que se involucren más en los debates intelectuales que hoy en día están dándose en América Latina y Europa, en los Estados Unidos. Nos hemos acostumbrado a los parcos beneficios y comodidades de la tan mentada insularidad.

¿Crees que es un papel del Estado o que, simplemente es un mal congénito por aquello de lo que en algún tiempo se habló hasta la saciedad (José Ramón López, Antonio Zaglul), algo así como el pesimismo dominicano?

—Es parte del pesimismo dominicano, de la indolencia y falta de rigor que nos invade a veces y no nos deja ver más allá de los hermosos árboles de nuestro tupido bosque.

Veo que en tu bibliografía ensayística, además de tu extensa búsqueda dentro del país de las letras dominicanas, también has navegado en otras aguas; háblanos un poco sobre tu amplio campo de interés.

—En realidad mi campo de investigación es la literatura española contemporánea, pero en los últimos diez años he ido desarrollando mi pasión por la literatura dominicana, que veo como una forma de pagar mínimamente todo lo que me ha brindado esta tierra de Duarte. De ahí que haya trabajado la novela y el pensamiento postfranquista, junto a la obra de Umbral, Eugenio d´Ors, Camilo J. Cela y otros. También he hecho pinitos en el estudio de la literatura cubanoamericana, que es al fin y al cabo lo que soy: un cubanoamericano que escribe en español y ama la República Dominicana.

¿Y el poeta, ha sido aguantado por el ensayista y el investigador, o simplemente aguarda días propicios para sorprendernos desde alguna esquina del poema?

—Mi vocación primera y espero que permanente es la de poeta. Siempre quise ser poeta. Como el gran escritor cubano Lorenzo García Vega, me he dado cuenta de que no podré llegar a ser un poeta y ya esto no me preocupa como antes. Seguiré escribiendo versos y publicando poemarios (muy esporádicamente, pues la poesía no se me da de modo fácil).

Por último, ¿qué lees, qué escribes, cuál es tu foco de interés en la actualidad? ¿Algún texto que recomendarías a nuestros lectores?

—Sigo leyendo mucho y de manera un tanto caótica. No sé leer de otra forma. Recomendaría, entre los últimos títulos leídos, Nocturno de Chile de Roberto Bolaño, El estante vacío de Rafael Rojas y la reciente Historia de la filosofía de Fernando Savater. Leo también estos días el último poemario de Charles Simic (That Little Something) y la antología bilingüe (castellano-italiano) de poesía dominicana preparada por Danilo Manera, L´invenzione del volo.

Estoy revisando estos meses veraniegos el manuscrito de una novela, titulada La memoria inefable, y un libro de prosas con el título de Glosas del escribano.

Carlos X. Ardavín Trabanco básico:

Profesor titular de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, San Antonio, Tejas. Tiene una licenciatura en español por la Universidad Internacional de la Florida; obtuvo la maestría y el doctorado en literaturas hispánicas en la Universidad de Massachusetts-Amherst. Es autor de los libros La transición a la democracia en la novela española (2006), La pasión meditabunda. Ensayos de crítica literaria y Retrato del crítico bisoño, ambos publicados en el 2002, La torre de los panoramas. Escritos sobre literatura dominicana (2009) y Diccionario personal de literatura dominicana (2010). Es además editor de los volúmenes Valoración de Francisco Umbral. Ensayos críticos en torno a su obra (2003), Vida, pensamiento y aventura de César González-Ruano (2005) y Anatomía de un poeta. Aproximaciones críticas a José Mármol (2005). Ha coeditado las colecciones de ensayos Oceanografía de Xènius. Estudios críticos en torno a Eugenio d’Ors (2005) y La obra del literato y sus alrededores. Estudios críticos en torno a Camilo José Cela (2006). Entre sus libros de creación cabe mencionar los poemarios Aprendiz de poeta (2001) y Florilegio en dos voces/Fiorilegio in due voci (2003), y la recopilación de artículos periodísticos Folios de estío (2002). Sus ensayos han aparecido en revistas especializadas de España, EE.UU., República Dominicana y México. Es columnista del Listín Diario.

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