MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN | Bosch no solamente moderniza el cuento dominicano y le da una poética, implícita en su primer libro Camino real, sino que elabora una nueva visión del campesino dominicano en un entramado realismo social.
En la historia de la República Dominicana ningún otro libro ha tenido más adeptos e influencia en el mundo intelectual que La alimentación y las razas de José Ramón López. Escrito en 1896 y publicado en Santiago de Cuba, con una tirada de dos mil ejemplares, (tuvo una segunda edición en 1899).[1]El libro surge de la intelectualidad positivista de Puerto Plata; en las últimas cuatro décadas del siglo XIX esta ciudad se va a instalar como una ínsula interior, que junto a Montecristi, le harán competencia a Santo Domingo como la ciudad letrada de la República. Baste decir que en la llamada Novia del Atlántico, vivían cientos de extranjeros dedicados a negocios de exportación y producción de azúcar y ron, que Puerto Plata fue la ciudad que asumió a la burguesía liberal cubana que se vio afectada por las guerras de independencia de aquél país; que por su puerto se exportada gran parte de los productos menores que se cultivaban en el Cibao. Varios de sus hijos fueron prominentes figuras de la Restauración de la República y por consiguiente, presidentes cuando los proyectos liberales se unían a los proyectos autoritarios. Cabe mencionar entre ellos a Gregorio Luperón, principal espada de la Restauración, a Ignacio María González y a Ulises Heureaux.
El movimiento liberal y modernizador que tuvo asiento en Puerto Plata contó con una intelectualidad antillana que tenía una comunicación especial con el mundo Atlántico y Caribe. Pasaron por allí Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances. Por tales razones no debemos echar en el saco de lo insignificante que el libro de López fuera publicado bajo los auspicios intelectuales del Liceo de esa ciudad, que vendría a ser su centro de estudios más importante y donde se difundían las ideas liberales de la época. Pero también hay que ver cuál era el movimiento modernizador aliado al capital que pensó que el libro de López podría ser una especie de catecismo para adiestrar a los letrados en una nueva ética del comer y del desarrollo de los cuerpos.
Se ha dicho que la publicación de la obra fue financiada por un hombre de dinero de origen cubano. Por lo tanto, queda claro que a la intelectualidad liberal aliada al capital emergente le agradaban las ideas que López expresaba en su obra, que no estaban alejadas del positivismo que el Maestro Eugenio María de Hostos y su escuela normal, venía predicando, como forma de “regenerar el cuerpo social”. Pero antes de entrar a sintetizar las ideas de López en su famoso libro, quiero ver en un periodo largo de tiempo los efectos de su lectura.
Ya sabemos que en la prefiguración el libro fue acogido por la clase dominante o emergente en el escenario económico y político de la República de finales de siglo. Las ediciones de dos mil ejemplares en el siglo XIX —si es que en verdad sucedió— sólo podían ser parte de un proyecto masivo, cuando los datos que tenemos es que muchas obras sólo se impriman quinientos ejemplares (como ocurrió con el libro Camino Real de Juan Bosch). No había una estructura para la difusión del libro; ni lectores suficientes, ni un mundo editorial sólido. Las ediciones eran, como ocurre todavía en la República Dominicana, ediciones de autor. El libro de López no sólo fue leído por la intelectualidad dominicana sino, que causó polémica y produjo refutaciones[2]. Entró rápidamente al canon de la literatura dominicana como el principal ensayo de interpretación de la realidad dominicana. Rastros de sus planteamientos se pueden observar en la obra de Américo Lugo y de Federico García Godoy. La ciudad letrada acogió, en fin el libro y las ideas de López. El periodista fue exaltado al lugar de nuestro principal ensayista, puesto solo disputado por Pedro Henríquez Ureña.
No sabemos de otra edición del libro de López hasta que en el año 1955, con motivo de la Feria de la Paz de Trujillo, se publicara en la Revista Dominicana de Cultura que en la Ciudad del dictador dirigían Emilio Rodríguez Demorizi y Pedro René Contín Aybar. La nota publicada por el editor (Demorizi) retrata muy bien el propósito de la reedición del libro de López, se publica para que los lectores (dominicanos y extranjeros, pues esta revista era parte de la propaganda del Partido Dominicano), para que pudieran contrastar la realidad del campesino dominicano luego de 25 años del “progreso” trujillista. La noción de modernización que respira el texto de López fue retomada por la modernización impuesta por la fuerza del tirano. Una vez más la intelectualidad servía como reformuladora de signos y símbolos a favor del poder.
Luego se crearán los premios nacionales, en los cuales López no figurará como la figura emblemática de la ensayística, sino Pedro Henríquez Ureña. Pero sí aparecerá como el fundador del cuento dominicano, quitándole el espacio a Virginia Elena Ortea, autora de Risas y lágrimas a Fabio Fiallo y finalmente a Juan Bosch, como el fundador del cuento moderno dominicano. En el canon, López fue privilegiado. Las demás ediciones de su obra, se han realizado en la Universidad Católica Madre y Maestre (El gran pesimismo dominicano[3], con prólogo de Joaquín Balaguer y finalmente entra su Alimentación y las razas al canon revisitado que establecen Manuel Rueda y Blanco Fernández en la Colección de Clásicos Dominicanos.
Balaguer no sólo fue quien acuñara el mote de pesimista a José Ramón López sino que fue uno de sus grandes promotores. En su historia de la literatura dominicana, (bajo el epígrafe “Escritores, capítulo VIII”, Balaguer sitúa a López en el cuarto lugar, posiblemente en orden de importancia, después de Pedro Henríquez Ureña, Américo Lugo y Federico García Godoy.[4] Interesante la semblanza (dominada por un resumen del contenido de la obra de López), pues Balaguer resalta, en primer lugar, su obra de 1915, La paz en la república dominicana, poco conocida y menos estudiada. Subraya que encuentra López en la economía el origen de las guerras civiles dominicanas y no a “defectos orgánicos de las razas” como había postulado en su primer libro. Luego pasa Balaguer a hablar de La alimentación y las razas como si fuera el segundo (“En “La alimentación y las razas” el segundo de sus grandes ensayos”, (261) y finalmente desmerece su trabajo como cuentista, pues entiende que sus cuentos están escritos “a veces con poca fidelidad y casi siempre con exceso de artificio literario” (Ibíd.).
En Semblanzas literarias (1948) Balaguer vuelve a retomar la figura del ensayista puertoplateño. Ya no lo coloca en cuarto lugar. Dice que ocupa una “posición personalísima” en las letras dominicanas. Y no es por el estilo, que considera Balaguer algo pedestre, sino porque “¿Dónde encontrar otro escritor dominicano que haya puesto en movimiento igual número de ideas o que haya vertido en sus obras tan copioso caudal de observaciones originales?”(239). No hay dudas de que Balaguer se ha propuesto recuperar la ideología detrás del discurso de López y ha dejado de lado la importancia estética para colocarse en el contenido de la obra, en una crítica estilística y dualista. El primer párrafo es propio de un discurso que marca la oralidad tribunicia de Balaguer. Las preguntas asoman para exaltar la importancia de López como promotor de ideas ligadas a lo nacional: “¿Dónde encontrar a un escritor que se haya dedicado con más sagacidad al estudio de las realidades nacionales?”(Ibíd), apostilla.
A pesar de la diferencia que tiene con su prosa, entiende el autor de El Cristo de la libertad que López cambia sustancialmente la ensayística dominicana al dejar atrás el estilo ampuloso (“de artificio verbal”) para reemplazarlo por “el análisis documentado y la expresión conceptuosa” (Ibíd.). Y el segundo consiste en la aplicación de las ideas “al examen de los fenómenos característicos de la evolución dominicana”. Hasta ahí Balaguer ha sacado la modernidad de López en cuanto escritor. El estilo directo, casi inglés. Y el estudio positivista y cientista que inicia en su libro La paz en la República Dominicana, en el que se vale de la estadística para basar sus ideas sobre el mundo laboral dominicano.
Balaguer dará a López un espacio entre los escritores de ideas por encima de ningún otro. Lo coloca como el primero que se dedica a asociar sus ideas con lo nacional dominicano. El que deja atrás la visión bucólica, “las candieses líricas” y “las efusiones sentimentales” (Ibíd.). Es López quien hace el esfuerzo por “exponer las bases de nuestra formación nacional” y logra explicar “científicamente nuestra historia”. Balaguer no lee a López, lo resume y lo acepta. No busca las ambigüedades de sus posiciones. Ve en este texto ensayos se funden en el discurso de la recuperación, que es, a fin de cuentas, la creación de un símbolo, el nombre de López, la fuerza de sus ideas, unidad a la historia, la sociedad, la ciencia, la razón y la modernización. Pero no lee profundamente al pensador positivista. Recupera y selecciona sus ideas, aquellas que mejor convienen al proyecto trujillista y balaguerista.
La exaltación y aprobación de la figura de López lleva a Balaguer a ver en su obra un idealismo emersoniano y quien intenta dar un sentido positivista a la producción literaria. ¿Entonces cómo concebirlo cual si fuera un pesimista? Si ya había dicho que en López desde el comienzo despunta, con singular relieve la personalidad del sociólogo…que no fue un escéptico “ni comulgó, como ciertos profetas que ya desde entonces vaticinaban la caída del país” (241). Concluye Balaguer señalando el carácter liberal de la personalidad de López y su apego a la realidad no a la utopía materialista de los que acompañaban a las cigarras con sus cantos. Se nota que, por contraste, Balaguer elogia a López para detractar a sus contemporáneos. Y a quién puso Balaguer al lado de López, a Pedro Henríquez Ureña, a Américo Lugo y a Federico García Godoy. Pero el materialismo y la utopía que veía en algunos de estos hombres, lo compensa con el apego a lo nacional, al nacionalismo de López.
Hay que anotar que cuando Balaguer escribe esta segunda nota sobre López, Pedro Henríquez Ureña había dejado el barco del proyecto trujillista (que se encontraba en Argentina donde publicó Balaguer esta obra) y que la figura de Américo Lugo combatía solitariamente las fuerzas del dictador y sus pretensiones de construirse en el nuevo padre de la Patria dominicana a través de una historiografía que lo colocara en la historia reciente, escrita por el más preclaro hombre de letras. La exaltación de López en Semblanzas literarias no es gratuita. Balaguer siempre estaba jugando a la política. López no era pesimista en este escrito de Balaguer. Era el transformador de la literatura de ideas en la Republica Dominicana, un liberal y un modernizador positivista.
El elogio de López que realiza Balaguer va a pasar de las ideas al estilo, del escritor de ensayos al periodista, del modernizador al sociólogo. Por lo que tenemos en López a uno de los más preclaros pensadores de lo nacional a principio del siglo. Su agudeza histórica, literaria y social se encuentra en hacer un planeamiento correcto sobre el problema del mestizaje, la desaparición del indio y el origen, no racial, sino económico de los problemas dominicanos. Ahora Balaguer hace una lectura pormenorizada de La alimentación y las razas y de La paz en la República Dominicana. Este último es destacado por la tesis de López sobre el origen y el daño que hacen al país las revoluciones.
El discurso contra las revoluciones era un discurso recuperable por la dictadura. Trujillo había trabajado en la arena política y militar en su esfuerzo por terminar con la manigua. El último caudillo regional fue Desiderio Arias; destruido por Trujillo para establecerse él como el único caudillo de la nación. Lo que no recupera Balaguer del discurso de López es su convencimiento de que detrás del caudillismo se encuentra el autoritarismo. Esto se puede leer en el capítulo VII de La paz en la República dominicana donde López señala:
Exacerba los males permanentes, consuetudinarios que sufre el pueblo dominicano el falso concepto del principio de respeto a la autoridad que predomina entre nosotros. Lo que en todos los países civilizados es principio de respeto a la ley representada por el funcionario, aquí el espíritu feudal lo ha convertido en respeto al individuo funcionario, casi siempre distanciado —y a menudo divorciado— por la ley.[5]
Pero es en el primer capítulo donde López le da voz al pueblo, un ente que ve hambriento, sucio, sin nutrición “para el cuerpo ni para el espíritu”. Dice el pueblo, en una construcción alegórica:
—Está bien. Yo quiero la paz, yo quiero el orden. Yo quiero que mis días se deslicen tranquilos al sol de mi trabajo, a la sombra de mi hogar, al amparo de mi derecho. Pero diles a los usurpadores, a los explotadores, a los tiranos inconscientes por la tradición y a los tiranos concientes por soberbia y por codicia, que no abucen de mí, que no me maltraten, que no me exaccionen, que respeten mi vida, mis bienes, mi honor y el de mi familia, que reconozcan que no soy un ciervo de la gleba sino un ciudadano igual a ellos.[6]
Este programa de la modernidad social y política, el programa del liberalismo positivista del siglo XIX, no podía ser aceptado por un pensador como Balaguer de otra manera que no fuera ambigua. En él estaba la lucha del campo contra la ciudad y el deseo del campo de integrarse a la polis, bajo el derecho natural, no sobre la base divina de dominación, que enarbolo la nobleza europea. Pero hay algo más, López no podría ser un pesimista. En este mismo libro se declara un iluminado del porvenir. Un progresista a carta cabal.
Dice en el capítulo VI del libro al cual hacemos referencia:
Y como ya es materialmente imposible regresar a las tinieblas, el pueblo dominicano marcha en busca de luz cenital. Por malos senderos, es verdad; desgarrándose las carnes, ensangrentado y ripioso; pero siempre adelante hasta bañarse en luz o perecer.[7]
Juan Bosch: poética y política
En su libro La alimentación y las razas, José Ramón López plantea desde una sociología positivista y espenceriana, una visión del campesino que no distaba en mucho de las ideologías que sobre este sector aparecían en la época. Lo que resulta interesante es ver el discurso de López y su aceptación y difusión como parte del momento de modernización que vivió el país en las últimas décadas del siglo XIX y principio del siglo XX. Las teorías de López aceptadas y debatidas van a cambiar y en cierto sentido, cobrar una transformación en el nuevo escenario fabril que se vivió con la danza de los millones y el desarrollo de enclave que se instaló en el país hasta la depresión que se inició en Estados Unidos en 1929.
Creo que en este contexto debemos leer la segunda obra de López, La paz en la República Dominicana, y una de las razones para que en la historia del país se conozca y se situé a López más por la primera, en la que las ideas son más recuperables, que por la segunda. Al llegar la década de 1930, el país había vivido un agitado período revolucionario que, de alguna manera se manifiesta en los discursos y una tensión entre el campo y la ciudad. La generación del veinte y el treinta retoman una recuperación del campesino como símbolo de la dominicanidad que va a producir cambios estéticos fundamentales. Uno de esos es el que opera en el campo de la poesía con el Postumismo y el otro tiene que ver con la narrativa.
En el campo de la representación simbólica los narradores cambiarán su visión del hombre del campo, fuera del discurso de López, de La alimentación y las razas y de aquellos que lo asumían como visión predominante: el campesino como otredad. Y asumirán una visión del hombre rural como subalterno, centro de un proceso redentorista. La tendencia estética está marcada por el realismo-social, en su proyecto de revelar el estado de pobreza de las clases subalternas, con la esperanza que se pudiera dar un estado de conciencia a favor de un cambio social.
La narrativa dominicana dejó de ser realista-costumbrista para integrarse al discurso del campesino, como un otro a quien había que liberar de la pobreza. Cuando el discurso de López adquiere este valor, sobre todo en la su segundo libro, La paz en la república Dominicana, lo hace a favor de la modernización que vive el país. En ese proceso de desarrollo, el campesino ha pasado de ver concebido como el que obstaculiza la modernidad, a ser un elemento importante, en la medida en que puede dejar el campo y dedicarse a trabajar en los ingenios cañeros. Un proceso parecido ocurre en Puerto Rico en las primeras tres décadas del siglo XX.
Así que los intelectuales, algunos de ellos cercanos a las nuevas ideas socialistas y con el ejemplo de la revolución mexicana y la soviética, emprenden una literatura que tendrá una valoración distinta y en cierto sentido, antimoderna del campesino dominicano. En el caso específico de Juan Bosch, el cambio será radical. Bosch no solamente moderniza el cuento dominicano y le da una poética, implícita en su primer libro Camino real, sino que elabora una nueva visión del campesino dominicano en un entramado realismo social.
Y esto se puede observar en el cuento que lleva el título del libro publicado en 1933. El lector del libro publicado en la Vega, podrá darse cuenta que, de todos los cuentos de la colección, “camino real” es el más extenso y tal vez el que menos llene los requerimientos del arte de escribir cuento que, veintisiete años después, publicaría el autor en Venezuela. Por lo que es un cuento que pasa de la poética a la política. Es la política de un sujeto letrado en el mundo campesino. Los símbolos son importantes, hay en el Cibao muchos caminos que llevan a variados lugares. Pero el que aquí queda inscrito es el camino real. En el que se encuentran el narrador, Juan y Floro. Ambos están buscando trabajo. La condición de jornaleros sale a primera vista. Pero Floro enseñará a Juan lo que es el campesino un ser de valores y de honor.
Y estos aspectos serán constantes en la visión de Bosch sobre el campesino y, en cierto sentido, de todo el pueblo dominicano. La solidaridad se da en que Floro no quiere acostarse en su hamaca porque Juan no tiene una. Ambos hombres han decidido hacer el camino juntos. La cooperación, la solidaridad y la unidad muestran un conjunto de valores que van apareciendo a lo largo de la narración. Cabe decir que Juan es un letrado, y que como personaje intradiegético, aparece como una representación autobiográfica de Juan, el escritor. Esta misma estrategia discursiva caracterizará a la novela La mañosa de 1936.
Llegan Floro y Juan a la finca de don Justo. Las descripciones del campesino y la del hacendado contrastan. El primero sucio harapiento, trabaja de sol a sol y duerme hacinado junto a otros. Trabaja mucho y gana poco. No le alcanza el salario par un matrimonio furtivo. Mientras que don Justo, vestido de pantalones negros, camisa blanca y sombrero también negro, puede dedicarse a la lectura de libros, periódicos y revistas. Los campesinos no saben leer. La presencia de Juan cambiará el orden de las cosas. Un día, sucio y con sombrero de cana en las manos, se atreve a pedirle al patrón que le preste unos libros, que no sean novelas; libros que traten sobre la sociedad y la política.
En las narraciones está la voz de Juan, su dedicación a la lectura y luego a enseñar a leer a los campesinos. Nos muestran a un héroe redentorista. A un letrado que busca llevar a cabo el proyecto de la modernidad a través de la concienciación, de la lectura. Es interesante como el poder de don Justo parece cambiar a través de la luz en la habitación el día que le prestó los libros a Juan. Éste, al leer logra su propia humanización y la pertenencia a una comunidad que podía trascender al momento actual. La obra demuestra, además, de forma muy detallada el trabajo en la hacienda. La dedicación de los hombres a un espacio de cultivo de frutos menores y el ordeño de ganado.
Efectivamente, las contradicciones potencian la acción en el cuento. La toma de conciencia de Juan, su lucha por llevar el saber a los campesinos y el enfrentamiento con el amo. En la hacienda no podía entrar otro saber que no fuera el del poder y del dominio de don Justo, voz autoritaria que propicia el estado de sumisión y de enajenación social en que viven los campesinos. El cuento “Camino real” de Bosch es una afirmación del proyecto campesino, de la moral de trabajo del campesino y de la importancia del campo. Aparece en un momento en que la utopía de la modernización había llegado a su punto más bajo con la depresión económica.
En la parte final de la obra, el discurso que la cruza se hace más simbólico. Dice el narrador; “recuerdo la parte Norte del Cibao, por donde gime la tierra bajo la locomotora. He visto allá junto a los raíles largos y paralelos, los restos de alguna potente máquina inglesa ahogada por la yerba, por el monte. El monte cibaeño se ha señoreado de la civilización. Nada que no salga del corazón mismo de esta tierra podrá dominarla. Y el corazón del hombre, aquí, es tan dadivoso y tan fragante como la tierra.”[8] La máquina es símbolo de la modernización traída al país por el autoritarismo de Lilís; hundida en el bosque, perdida por la fuerza de la tierra, muestra un retorno al campo, luego del fracaso de la modernización azucarera.
Posiblemente los socialistas no veían otro subalterno que redimir al campesino. Y valorar el trabajo, que había sido tantas veces negado por las clases poderosas, que decían que el campesino era un haragán. Estaban ahora en la forma de una nueva mirada, de un discurso del otro muy distinto. Juan es un letrado que se convierte en un hombre apreciado por todos. Su conciencia, una sabiduría adquirida con la mirada que da a ese mundo de miseria, de ensimismamiento, lo cambia. Dice: “Yo era, esa noche, como un árbol del camino, las hojas abiertas a todos los vientos, dueño del paisaje…”(Ibid., 143).
El choque final, que produjo una soledad de la conciencia, estaba dado por el saber de don Justo, un saber para el dominio del otro y el saber de Juan, un aprendizaje para liberar a las conciencias y para transformar la sociedad. El apelativo de sabio, dicho por don Justo, en forma peyorativa, muestra el desprecio por otro poder y como se le escapa el suyo. Para Juan “La tierra era de todos. Había que dejarse comer por ella algún día”. Con lo cual establecía no sólo el proyecto campesino, sino una idea agrarista donde lo colectivo debía primar sobre lo particular.
Su conciencia solitaria, conciencia del estado del campo, lo lleva a decir y a reiterar una política. Con la invocación: “¡señor! ¿Cómo es posible que los hombres vivan como cerdos o cabritos, ignorantes de por qué ven, por qué oyen; en la creencia de que todas las cosas vienen de un ser milagroso; de que sus vidas están dispuestas así y no tienen derecho a rebelarse, a pretender una vida mejor”(Ibíd., 139). De esta manera, el autor pasa del texto al contexto; de la poética a la política. No hay en este libro ningún otro cuento donde el autor se aparte tanto del narrar. El cuento “Camino real” es un artefacto que pasa de la poética a la política.
No dejan de estar aquí los símbolos, las caracterizaciones excelentes (como cuando describe a Floro, en un momento de mucho dramatismo: “Su mirada era dura y altiva. Nadie hubiera podido resistir aquellos ojos negros, audaces y luminosos. Su cara se había hecho filosa y el perfil cortaba” (Ibíd.., 148). También aparecen estas frases poéticas que parecen sacadas del romancero: “El monte parecía tragarse el camino real” (122); caminaban ambos hombres “como quien tira palabras sobre el camino”, 122; “su machete durmió desnudo y en el filo se hacía menudita la alta luna”.
En la historia todos los elementos adquieren nivel humano; el dolor por la situación del otro hace que el narrador se convierta en el mismo. Busca romper con la distancia entre el letrado y el hombre rústico, que a pesar de su inconciencia respeta al letrado y que posee en su vida, valor, dignidad, sentido de solidaridad. Aquí el mundo redentor del letrado, que ve desde afuera, busca cambiar y ser desde su misma perspectiva. Por eso Juan se piensa como uno de ellos e intenta transformar su mundo. Al fin, ambos hombres se encuentran solos en el camino. Floro le acompaña, y cierran juntos la circularidad de la historia, el héroe letrado queda ahí sabiéndose ser un espíritu rebelde e incomprendido. Sabedor de que los caminos de la educación y la conciencian van unidos y están indefinidos. Por eso, al terminar la historia, señala el Juan escritor: “El camino real está a nuestra vera, esperándonos. Otro lado del río sube por la ladera pedregosa. Floro y yo no sabemos adónde vamos. Es tan rico y tan grande este Cibao y son tantos los caminos que lo cruzan!” (Ibid., 152).
Los caminos de la vida y los de Juan Bosch se encontraban abiertos. En su narrativa el campesino no dejó de tener ese valor, como si siempre fuera contra la idea de un haragán mal nutrido que las ideologías epocales repetían y que la intelectualidad encontró en el primer libro de José Ramón López. No menos encontramos en los cuentistas que lo siguen: José Rijo, Ramón Marrero Aristy, Hilma Contreras y en poetas compañeros como Héctor Inchaustegui Cabral.
El cuento “Camino real”, en fin, testimonia la existencia de una política, desde un principio, en la poética narrativa de Bosch. Ningún otro está más cruzado por las ideologías. En él el personaje se confunde con el autor y se refuerzan las ideas de la ciudad y el campo. Esa contradicción espacial y económica de la cultura dominicana.
En el prólogo al libro de Juan Isidro Jimenes Grullón, La república Dominicana: análisis de su pasado y su presente (1940), Juan Bosch logra reelaborar unas ideas sobre la situación de clase en la sociedad dominicana. Influido por el positivismo hostociano plantea una lucha entre el campo y la ciudad, entre el campesino y los pueblistas. Bosch mantuvo por muchos años la importancia de este sector en la conformación de la modernidad y nunca se dejó atrapar por los discursos modernizantes, puros y simples. Como Pedro Mir, siempre vio nuestros deseos y manifestaciones en el mundo de la modernización como realizaciones individuales en las que se empinaba el autoritarismo, fuera Lilís o fuera Trujillo. En medio de ese autoritarismo que imposibilitaba el proyecto liberal de Juan Pablo Duarte, Bosch narró y concibió a un campesino de fuertes valores y al campo como un espacio recuperable para la formación de la nación dominicana. En José Ramón López ese discurso es modernizador y pudo ser recuperado por la clase dominante, en Juan Bosch es un discurso fundador de una práctica política que demuestra una vez más que para Bosch, la realidad era un texto que había que leer como un paradigma de la acción y sus textos literarios son a esa acción como una especie de espejo en el que se veía el autor de La Mañosa en su afán político. En cambio, Joaquín Balaguer usó, posiblemente, las ideas de López para construir su entelequia política de dominación. Una vez más, los intelectuales aparecen en el escenario de la ciudad letrada dándole en bandejas de plata los elementos simbólicos y las fresas discursivas al autoritarismo, que es a fin de cuentas, el dinosaurio que a nuestro despertar, está allí. Nada ha permanecido tanto en nuestro mundo cambiante.
[1] Balaguer. Semblanzas literarias. (1948). Santo Domingo, cuarta edición, Editora Corripio, 1998. 255. La obra fue publicada en forma seriada en el periódico El Porvenir de Puerto Plata, antes de su edición y reconocimiento por el Liceo de esa ciudad.
[2] La primera crítica es de Rafael Justino Castillo en la revista Ciencias y letras, 15 de junio de 1897. Como dice en la nota a la edición del libro que escribe Emilio Rodríguez Demorizi, en el primer número de la Revista Dominicana de Cultura, Ciudad Trujillo, noviembre de 1955. El 31 de agosto Andrés Julio Montolío refuta afirmaciones de Castillo sobre la obra de López.
[3] López, José Ramón. El gran pesimismo dominicano. Santiago: Universidad Católica Madre y Maestra, 1974.
[4] Balaguer, Joaquín. Historia de la literatura dominicana (1954). Santo Domingo, décima edición, Editora Corripio, 1997.
[5] López, José Ramón. La paz en la República Dominicana. Santo Domingo Fundación Corripio, Biblioteca de los Clásicos dominicanos, 2.Ensayos y artículos, volumen X, pág.153, 1991.
[6] Ibíd., págs. 133y 134.
[7] Ibid. pág. 152.
[8] Bosch, Juan: “Camino real”, pág. 152 en Camino real. Santo Domingo: (edición facsimilar con motivo del cincuenta aniversario de la publicación en la Editora del Progreso de la Vega, 1933). Santo Domingo: Alfa y Omega, 1983.

Este ensayo del sr. Fornerín es ciertamente notable, y aunque merece un comentario más denso y extenso, no he podido reprimir el entusiasmo al más que leerlo, devorarlo con fruición. Pocas veces queda satisfecha de una buena vez la sensibilidad por la forma impecable y diáfana del artículo; la curiosidad, por una montaña de información presentada allí donde es necesaria – sin alardes de erudita vanidad -,y la facultad del juicio, por la clara invitación a pensar o repensar nuestra historia y el papel de algunos de nuestros hombres sobresalientes.
José Beato.
Juan Bosch ,ese eminente Dominicano que siemprew puso en alto la Dominicanidad ,y con esos escritos claros y consiso ,sobre el pueblo Dominicano no revierte a otras epocas ,Donde el paternalismo surte efectos especiales a los ciudadanos ,y atravezando valles y montañas descansa en la planicie de la loma,
HOMENAJE A JUAN BOSCH