La Comay: la obra maestra de la estética posmo en PR

La Comay: la obra maestra de la estética posmo en PR

JUAN MANUEL RIVERA | La Comay no es fea. Es feísima, pero no por casualidad sino por causalidad y misión. Es que no es una persona, ni un andrógino, ni un género. La Comay es una representación alegórica, totalizante, de las fuerzas irracionales

Aclaremos los términos. Llamarle “perro muerto” a un perro muerto no es difamación. Es justicia retórica. Si no hay párroco en el pueblo, alguien tiene que ponerle la horma al zapato del guapito del barrio. Y esto no es difamar. Difamar es llevar a cabo, promover o respaldar una campaña asquerosa de descrédito contra un humano bueno. Es destruir a base de infundios, calumnias, rumores sin confirmación, embelecos acusatorios pegados con hiel o con saliva, una reputación establecida.

Pero hay un peligro tan inmenso como el de la complicidad general que produjo a Hitler y a la tiranía nazi-fascista: el vociferante o asordinado visto bueno que las masas populares le dan a la difamación en determinados períodos de la Historia.

Una sociedad sumida en la frustración y los desastres típicos de las épocas de decadencia puede que no vea nada anormal en la explotación comercial de la difamación como artículo de consumo. En Puerto Rico, por ejemplo, una alimaña asquerosa llamada “La Comay” disfruta de las preferencias de una teleaudiencia anestesiada que goza de manera sadomasoquista del escarnio ajeno.

Al auspiciar con su sintonía ese morbo/tráfico insultante a la costumbre y lesivo a la cohesión social, la llamada “gente buena” colabora con su verdugo, se hace cómplice de su propio rebajamiento en la humillación que en ese célebre programa se hace de los demás. Lo peor es que esa inyección de microbios es adictiva. Sin esa dosis de depravación diaria suministrada a dúo a un pueblo incauto y cómplice por un bien aceitado matrimonio de lombrices: un hombre de pajilla con estampa de chulo almidonado, y una mujer de trapo con cloaca de tarraya, muchos son los manduletes que ya no pueden vivir.

Charles Darwin no tuvo que decirlo. Fundidos en una santa alianza marca “Uña y Carne”, modelo “Dios los cría”, un anti-cubano y un anti-puertorriqueño forman, por selección natural, la divina pareja.

Las intenciones que no se ven pueden ser en ocasiones las más dañinas. Esta es mi oscura percepción discutible: La Comay es la imagen más ominosa que se haya podido proyectar de la mujer en el Puerto Rico contemporáneo. De tal árbol, tal fruto. Sólo un misógino en estado terminal sería capaz de producir un espantajo así y de tener la brisita en la cara de darle apariencia de mujer. En la versión soez de esta caricatura, la belleza seductora del complemento yin de nuestra especie es degradada a la escala del vómito, y la chispeante inteligencia que tantos adelantos le ha reportado a la propia mujer y a la humanidad en las últimas décadas queda aquí reducida a un guiñapo de repugnante misantropía.

La Comay es el escupitajo más ofensivo recibido por el género femenino en muchos años. Al meter al prototipo del difamador en las faldas de una anciana avara de virtudes, fea, ridícula, chismosa y repugnante, su creador no ha hecho sino patearnos la cara a todos, convirtiendo a las abuelas fundadoras de la familia grande en arpías de un circo de prostitución. El rencor anti-femenino que este injerto del bestiario exuda es todo lo opuesto al imaginario que sobre la mujer ya dibuja en el aire la sociedad que vendrá, en el que el genio femenino ha de descollar no por los metros de pellejo que sea capaz de arrancarle al prójimo, sino —como co/protagonista de la Historia— por el brillo de sus dotes científicas, políticas, económicas, artísticas e intelectuales.

Nada de esto último exhibe La Comay, ese triste adefesio que retrata con sus vulgaridades la sociedad que agoniza. La Comay es una Gorgona poblada de verrugas cuya lascivia o frigidez (Doña Brígida fue una vez su nombre) ha sido reclamada en exclusivo por las fuerzas de la represión acortejadas por la chismografía.

El Súper Xclusivo que elabora diariamente a esa sustancia controlada llamada La Comay no es un programa de entretenimiento. No es un programa de humor. No es un programa de concienciación social en el cual la crítica se convierte en herramienta para el cambio. Es un programa de poca-vergüenza hecho para exprimir el morbo de nuestras frustraciones y extraer lo peor de nosotros. El predicamento de este encubierto proyecto político es reaccionario. Y su genio diabólico se nutre de los miasmas de nuestra mezquindad.

Difamar y reprimir han formado dúo perfecto a través de los siglos. La Comay es un resabio caduco de antiguos regímenes ya desacreditados, cuyos insectos más notorios se han visto precisados a volar en ocasiones a nuevos plantíos. Su cinismo encaja —como la zapatilla del príncipe azul en el piececito de Cinderela— con el reinado de cualquier tiranía que sea modelo de corrupción. Su presencia hiede. Su explayada garganta de chicharra frita no es la voz del futuro. Es una reminiscencia podrida de épocas en que los asientos más altos a los que podía aspirar una mujer eran ser maipiola de un convento, cabaretera o Madre Superiora de un burdel.

Un demonio de vastísima experiencia (¿Una prostituta jubilada? ¿Una madama cuya sabiduría maléfica está de vuelta ya de todo?), La Comay encarna a la sociedad decrépita y degenerada que cierra un capítulo de la Historia: el de la Jauja neoliberal cuyos padrinos tutelares fueron a escala global la divina pareja de Margaret (la nevera mohosa, la Frigidaire de hierro) y el memorioso Ronny (el actorzuelo chota, el mediocre vaquero come-indios.) Legiones de pillos y rufianes devoran países enteros como gusanos dejados a su antojo sobre una indefensa matita de tabaco.

¿Por qué el programa de La Comay goza de tan amplia teleaudiencia? Gran pregunta. Quizás con La Comay suceda lo que sucede con muchas telenovelas. Debido a la participación social eficaz que le ha sido negada, la masa ciudadana se conforma con esta forma virtual, degenerada, de participación marginal, casi delincuencial, desde las gradas. Una limosnita emocional de anti-cultura para el pueblo maleado. A través del chisme de cama y del chanchullo difamatorio, recibidos a diario en dosis extra strength, la gente siente la ilusión de estar participando de la intra-historia del país que ya no le pertenece, que nunca le perteneció.

La Comay es lo opuesto al ideal femenino y feminista que postula elevar el rango público y privado de la mujer, haciéndola dueña de un destino propio y una voluntad de poder. El discurso corporal/visual/auditivo de la arpía rellenada de chisme a la que se le hace pasar por mujer, sabotea el programa político de ésta, hundiéndola en el lodo de la maledicencia, sinónimo de infra-desarrollo. Seguirle el rumbo torcido a las culebras que salen de su tarraya es abrir de par en par las cloacas del pus de la desintegración social hasta que la sociedad, anegada de tufos y molicie, en lugar de personas, decida elegir sabandijas. ¿No ha sucedido todavía?

No perdamos tiempo. Levantar la tribuna del moralismo bobo contra esta forma cínica de fomentar la criminalidad es ser un anti-Bolívar, un Bolívar bribón. Arar en el mar. Lo que hay que hacer para ser eficaces es darle un puntapié en el ¡ay! a los tres tristes títeres, boicotear a los auspiciadores de ese veneno disfrazado de diversión, desinfectar a base de golpes contundentes y medidas preventivas el ambiente, y dejar que la inercia, la fuerza irracional del sistema complete su trabajo. Es decir, sea su propio ángel exterminador y su sepulturero.

¡Ojalá que el partido del desgobierno crudo mañana nombrara a La Comay Secretaria de Educación! ¿Faltaba más? Yo no me opondría a esa jugada maestra porque, lejos de perjudicarnos más de lo que nos han perjudicado ya los desgobiernos corruptos de las dos pandillas criminales de pordioseros que nos han esquilmado, esto aceleraría el desastre y la caída final de un paradigma que, desbocado, vuela a su desintegración. Adiós, neo/libertinaje. A otro exilio con tu diluvio de sarna y podredumbre.

La Comay no es fea. Es feísima, pero no por casualidad sino por causalidad y misión. Es que no es una persona, ni un andrógino, ni un género. La Comay es una representación alegórica, totalizante, de las fuerzas irracionales que significan aniquilación: corrupción, tumores, vicios, pústulas, traiciones, pillerías, difamación, pornografía, hipocresía, cobardía, pandemia, desolación, envidia, codicia, mezquindad, brutalidad, soborno, chantaje, enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias, extorsión, lascivia, frigidez, acoso, carpeteo, sevicia… La Comay no es el “hoyo negro” al que alude la ciencia contemporánea. Es el agujero obsceno por el que se fue al carajo un modelo fracasado de país.

¿En qué año preciso asomó el chupacabras de La Comay su preciosa sonrisa de señorita universal por las pantallas de nuestros hogares? ¿Por qué surge La Comay? ¿Qué factores sociales abonan su llegada? ¿Marcaría su salida a escena alguna inflexión en el clima moral de la política infeliz?

La Comay nació hermosa y desnuda, pero ha vestido en su larga trayectoria varios nombres: Doña Brígida, La Cháchara, La Condesa del Bochinche… Son disfraces temporales que van de menos a más. La Comay vino al mundo (apunte usted) en el mismito ombligo de los dos términos del diáfano gobierno de Pedro Rosselló, la marioneta mayor o el gran ventrílocuo, en 1995. Tenía que ser. Los productos históricos no vienen solos. Una atmósfera moral, una placenta ecológica, les va otorgando forma. A medida que el pillaje organizado barría con todo (hospitales, valores, educación, Telefónica, fondos de retiro, cultura…), La Comay se hacía una institución (una anti-institución). Era el espejo de la Medusa. Y la Medusa es la decrépita sociedad fabricada con los desperdicios gloriosos que van quedando de la orgía. Después del Gran Banquete, la paleta del vómito. En eso estamos.

La Comay no es un espantajo o disparate casual. Metáforas madres como ese fenómeno retratan la pandemia que asola a ciertas épocas. Hay que otorgarle crédito a su hacedor. Su creador es un genio (del mal.) Ese títere vil (¡tan familiar!) que suscita la curiosidad y la adicción de urracas y abogados, maestros, aguacates, cirujanos, cotorras, policías y cornetas, no es solamente el disfraz del que dispone un misógino para esconder su terror y su odio ante la belleza y la inteligencia de la mujer moderna. Esa interpretación es demasiado estrecha.

La Comay es el sumidero de una infra cultura, la región emocional más podrida por donde se han ido dos partidos y media sociedad. Uno, que cobra millones por sus tumbes; y los otros, que cobran migajas, propinitas, limosnas… por callar y mirar a otro lado. Si no lo hacen, pudieran perder derechos adquiridos consagrados como: el barril o el barrilito, el viajecito a todo lujo pagado con el sudor y el desempleo del pueblo, el estacionamiento con aire acondicionado, la oficina con vista panorámica al Mar Caribe (según la geógrafa Jennifer Labatout), la igualita más desigual, la galletita ciento-en-boca, el biberón.

No se engañen con la seudo indignación opositora que dura lo que una mariposa. Corruptos por corruptos. El que le roba un chavo prieto al pueblo es más sucio, más barato, que el que se embolsica la tajada de millones recibidos por la venta de “Fortunata” o el hospital aquél. Igualmente corruptos los pillos supersónicos que la pendeja caravana de cobitos. A imagen y semejanza el muerto para’o y el muerto senta’o con guille de boxeador que le estampó en el pecho la Medalla de la Cultura a un cangrimán éticamente analfabeta; el muerto que vuela en abejón o en moto, y el muerto que sube al cielo en ambulancia, el que va en jet.

La pregunta capital/capitalista es: ¿quién es la marioneta? ¿Es La Comay la marioneta, o La Comay es el ventrílocuo (el espíritu de la divina corrupción) que tiene sentada en el regazo a una pequeña humanidad casi infantil hecha de colorete y trapo? | JUAN MANUEL RIVERA NEGRÓN, poeta y ensayista puertorriqueño, autor de: Poemas de la nieve negra (1986), Estética y mitificación en la obra de Ezequiel Martínez Estrada (1987) y de El planeta prohibido (2004)

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