La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar

La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar

LUIS BEIRO * | Tejada Holguín acaba de publicar un libro inusual, de esos libros que no tienen clasificación porque sintetizan todas las artes y todos los desmanes; libros que no dejan en paz a los amantes de las letras.

Lo mejor de una novela vive fuera de la novela. Cortázar lo dijo con sobrada razón al referirse a la obra escrita en el sentido literario de la palabra.  Lo dijo y lo demostró con sus textos rebosantes de creatividad e imaginería. Él lo había aprendido de sus maestros (Joyce, Mann, Faulkner, Lezama…), y quiso unirse al bando de los sabios.  Sus textos se corresponden con esa vocación del escritor por hacer literatura lejana del anecdotismo barato, y rechazan cualquier vínculo comercial. Incluso, los comics que escribió al final de su vida se distinguían por esa manera de acoger lo trashumante y rechazar la esponjosa parafernalia.

Se podrá decir que aquellos eran tiempos donde el arte de la buena lectura era el disfrute por excelencia del ser humano. Hoy Cortázar, con su fama y todo, habría tardado más de un año en vender mil copias de Rayuela: estos son tiempos donde se imponen “obras” como Crepúsculo y El cartel de los sapos.

Sin embargo, todavía persisten en el espacio epocal de las computadores, escritores que apuestan a los raros; a rendir culto a la palabra bien escrita por encima de la linealidad de una historia. Ramón Tejada Holguín (salvando las distancias con Cortázar) es uno de ellos. Desde sus primeros relatos apostó al trasfondo letrado y escribió sus libros para un lector interesado en los sobresaltos y no en el tiempo que debía invertir en el consumo de la obra.

Los sucesos cotidianos quedaban detrás de sus historias. Se podían oler y a ratos, balbucear. Pero siempre se imponía un culto a la reflexión, una referencia al pensar, en el disfrute de las combinaciones estéticas.

Tejado Holguín acaba de publicar un libro inusual, de esos libros que no tienen clasificación porque sintetizan todas las artes y todos los desmanes; libros que no dejan en paz a los amantes de las letras.

La verdadera historia de la mujer que era incapaz de mar (Ferilibro – mediaIsla, 2010), parte del relato con aliento de novelado, pero también respira el mundo de las artes visuales, de la sinfonía y de las artes escénicas; a ratos descubrimos los aires del guión cinematográfico y en otras ocasiones, el mundo metafórico de su poesía nos viene encima como un aluvión de piedras que el autor sabe explotar hasta sus últimas consecuencias. Su trabajo literario se esmera en el tratamiento del lenguaje narrativo, no sólo por su limpieza escritural, sino el adecuado manejo de las técnicas. La armonía en el uso indistinto de las tres personas del singular y la acertada introspección de un narrador omnisciente que aparece y desaparece como el golpe de una piedra al romper el cristal de una ventana, señorean junto a un llamativo flujo de conciencia que renueva la voz y enaltece el discurso. Los protagonistas cambian de nombre y de escenario, pero las circunstancias, los entreactos y la enigmática fisura del alma humana prosiguen la línea argumental de un relato a otro, de un poema a otro, de una página a otra, no sólo en busca del caos interior de quien no sabe lo que quiere, sino del conflicto de aquellos que fantasean con sus propios traumas y se inhiben de vacacionar dentro en sus propias conciencias.

Con esto no quiero decir que el lector se encuentra frente a un libro hermético, o a un idiolecto cerebral, predestinado para los que buscan el placer de la lectura dentro de la configuración técnica de la obra en sí. Por el contrario, La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar es un canto de amor torrencial que no pasará inadvertido ante la mirada del lector. Eso sí, no es un libro para leerse sentado en una “voladora”, o después de una ardua jornada de trabajo. Propone el tipo de lectura que se disfruta porque sobrecoge, que se acepta porque enseña y que trasciende porque no se parece a la de nadie. * Listín Diario

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