JOSÉ TOBÍAS BEATO | Después de todo, según el Génesis al hombre le fue confiada la creación. El mandato fue que gobernara la tierra, no que la destruyera.
Hablar de los mayas es visualizar construcciones que desafían la mente hasta el punto de crear paradojas históricas. Es hablar de una cultura que pasma por su sorprendente conocimiento de las matemáticas y de la astronomía; de arte pictórico notabilísimo, de habilidad cerámica que asombra. Es internarse en el terreno de lo maravillosamente desconocido y misterioso. También es provocar en todo el que tiene un claro imperativo de justicia, un sentimiento de indignación al ver cómo esta raza y otras aborígenes han sido tan perversamente tratadas, tan arbitrariamente aniquiladas o abandonadas, tan arrogantemente subestimadas. Y no sólo por los conquistadores españoles, pues lo que a estas gentes les vino encima tras la independencia de la Madre Patria, clamará a los cielos por toda la eternidad.
Y no eran sumisos; su comportamiento no se acopla al tradicional estereotipo de los indios, el cual nos pinta el cuadro de un individuo sentado en el suelo indolentemente, con la cabeza sobre las rodillas, aislado del mundo circundante por un sombrero de anchas alas, que prefiere dormir a enfrentar su trágico destino. ¡Oh, no! Esta raza era combativa, rebelde. Tayasal, formado en el siglo XIII por los itzáes originarios de Chichén, a orillas del lago Petén Itzá (Flores, Guatemala) no fue reducida sino hasta principios de 1697. Luego de la independencia de España, por la mentada “guerra de las castas” (1847-1853), los mayas de Quintana Roo y otros pueblos de Yucatán se enfrentaron fieramente a los hacendados, quienes controlando tierras y comercio, los maltrataban físicamente, les imponían tributos enormes que los endeudaban hasta el infinito.
Pelearon con bravura, aprovechando su independencia cultural, el conocimiento del terreno, y sobre todo, que México peleaba con Estados Unidos, y este país impedía el suministro de provisiones y pertrechos de guerra en Yucatán, mientras que contrabandistas ingleses ubicados en lo que hoy es Belice, comerciaban rifles con los rebeldes a sus anchas. Sin embargo, al momento del asalto final sobre Campeche y Mérida, tras conquistar numerosas ciudades y aldeas, como el ejército maya estaba constituido esencialmente por campesinos preocupados por la sequía y la escasez de maíz, creyeron que podían postergar esa batalla hasta que efectuaran la siembra de la temporada.
Error fatal: en la guerra, como en otras tantas cosas, hay que concluir lo que se inicia. Los hacendados y sus fuerzas militares —dentro de las cuales habían grupos mayas, por cierto—, se reagruparon y fueron retomando las ciudades perdidas una por una. Los mayas se vieron en la necesidad de replegarse hacia las selvas. En 1858 lograron crear un estado independiente en Chan Santa Cruz, donde se mezclaron las tradiciones mayas con las cristianas. Sin embargo, en 1901 las fuerzas del ejército mexicano del dictador Porfirio Díaz, ocuparon dicha ciudad, arrestando a muchos, deportando a otros. Lo cierto es que, en general, con los aborígenes americanos no se ha tenido una política de inclusión y justicia. Aunque ciertamente, los tiempos están cambiando, bajo los avances tecnológicos que permiten una mayor información, educación y transparencia. Juegan un papel importante en esto las universidades y, sobre todo, antropólogos y etnólogos, arqueólogos e historiadores que nos muestran un pasado de lucha y esfuerzo, aunque grupos militares y para-militares del presente se esfuercen en borrar toda huella de humanidad a base de puros bombazos. Acaso se cumpla la profecía maya que dice al final del último katún, “habrá un tiempo en el que estarán sumidos en la oscuridad y luego vendrán trayendo la señal futura los hombres del sol. Despertará la tierra por el norte y por el poniente, el Itzá despertará.”
Lo cierto y verdadero fue que los mayas, en una historia que abarca unos tres mil años, crearon en el sureste de México, en el citado Campeche, Chiapas, Tabasco (donde Hernán Cortés tras su encuentro victorioso sobre ellos, recibiría como esclava a la célebre Malintzin o Malinche, su amante e intérprete), y otras regiones de la península de Yucatán, en Guatemala, Belice, Honduras y Salvador, numerosas ciudades-estado, desparramadas dentro de la selva profunda. Algunas de esas ciudades han sido declaradas por la Unesco patrimonio de la humanidad. En ellas crearon pirámides, palacios, losas de piedra; labraron la obsidiana, el jade. Y crearon una agricultura poderosa en base al cacao, el maíz y el comercio de la sal.
A lo largo de los años su rica tradición oral cristalizó en obras escritas, como el asombroso Popol Vuh, el cual tiene semejanzas con el Génesis bíblico y diferencias: en un principio no había nada, pero el Gran Padre y la Gran Madre, crearon la tierra, los animales y a continuación los hombres. Pero para los mayas, los dioses podían experimentar y fracasar. Así, hubo un primer intento de hacer el hombre a partir del barro que terminó en fracaso. Entonces, los dioses los hicieron de madera; pero éstos se hicieron malos y altivos, por lo fue necesario destruirlos mediante el diluvio, otra semejanza con el Génesis. Después de este desastre, los dioses hicieron otro ensayo, esta vez a partir del maíz: crearon cuatro parejas, que tal vez pueda explicar mejor las diferentes razas humanas. También hubo una virgen que concibió gemelos en forma milagrosa, como en el caso de María.
En el Chilam Balam está una cosmogonía y los célebres katunes proféticos o rituales. En estos textos está escondida una asombrosa mecánica e historia de los astros celestiales. Combinados con mitos y leyendas, tras esa cáscara mítica, hay un tesoro de racionalidad filosófica o la astronomía más avanzada, a pesar de que estas gentes ni siquiera llegaron a conocer la rueda. Así, los itzáes, grupos de toltecas que emigraron hacia el sur, llegaron y se asentaron en Chichén Itzá, creando un centro de poder político y religioso que se extendió por todo el Yucatán y más allá. Construyeron el Templo de los Guerreros, el Castillo y el Patio de las Mil Columnas. Su héroe lo fue la serpiente emplumada, Quetzalcóaltl, a quien llamaron Kukulkán. A Kukulkán dedicaron un templo piramidal, que es en verdad un calendario: cuatro lados, cada uno de los cuales tiene 91 escalones, que con la plataforma en el tope, suman los 365 días del año. Y no es todo: dos veces al año, en los equinoccios, en las escaleras se forma, mediante un juego de luces y sombras, el cuerpo de una serpiente que repta hasta empalmar en la base de la pirámide con la cabeza monumental del ofidio.
Ahora bien; cuando llegaron los españoles, notaron que las mujeres colocaban sobre las cabezas de los niños tablillas para que su cabeza fuera oblonga como la de Kukulkán, que en todo caso era diferente a los mayas, tanto por la forma de su cráneo, por el cabello y el color de su piel que no era morena como la de los indios. En todo caso, al parecer alrededor del siglo X (D.C.), el héroe se hizo a la mar, prometiendo volver. En su lugar quien lo hizo fue Hernán Cortés, quien al frente de varios cientos de hombres, con 16 caballos, 14 cañones y decenas de ballestas, escopetas y espadas, parecía que era Kukulkán por su aspecto, pero no lo era por su conducta ni trato. La confusión por poco los extermina a todos, al igual que pasó con los aztecas de Moctezuma. Y eso, que el katún correspondiente a esa llegada decía: “Un tiempo de demolición y destrucción entre los gobernantes y el fin de la codicia, pero con mucho pleito. Un tiempo para ubicarse en un nuevo lugar.”
También observaron los sacerdotes españoles que los mayas hacían sacrificios humanos, pues a su juicio el sol necesitaba para moverse en el espacio una energía que sólo podía ser suministrada por la sangre humana de niños, de esclavos o de prisioneros de guerra: tumbados sobre la espalda, con un cuchillo de piedra, tomaban su corazón latiente. Los buenos ministros de Dios, inmediatamente mandaron a quemar los códices mayas, pensando que tales prácticas rituales eran cosas ordenadas por el diablo. Solamente se lograron salvar cuatro. Los manuscritos eran hechos en la corteza interior de cierto tipo de higuera, y doblados en forma de acordeón, el cual, una vez desenvuelto, podía alcanzar hasta 14 metros de largo. El más importante es el de Dresden, adquirido por el director de la biblioteca real de Sajonia en 1739. Dentro de éste, se encuentra un avanzado calendario, tanto o más que cualquier otro moderno, con la previsión de eclipses, ciclos lunares, la rotación del planeta Venus y la actividad galáctica por los siguientes mil años.
Los mayas, muy preocupados por el tiempo, concibieron éste no en forma lineal como nosotros, sino como lo hacía —por buscar un paralelo en el pensamiento occidental— la dialéctica de Heráclito y Hegel, en un constante devenir por ciclos que se repiten siempre desde una nueva base, pues como dijo el primero “nadie se baña dos veces en un mismo río.” Tenían varios tipos de calendarios, a cada cual más preciso, y en general, el tiempo lo dividían en períodos de veinte años (un katún). Cada katún tiene sus características que se repiten cada 260 años. Todos forman un gran ciclo de 5125 años, que tienen un devenir de 25,625 años, que es justamente cuando el sol se alinea con el centro de la Vía Láctea, cosa que sucederá justamente dentro de menos de dos años. El último ciclo de 5,125 años comenzó el 13 de agosto de 3114 A.C., y termina el 21 de diciembre del 2012, cuando el sol inicie un nuevo ciclo alrededor de la galaxia, y su actividad se incremente produciendo posiblemente alteraciones sobre nuestro planeta. No se trata pues, de destrucción y aniquilación, sino de recomienzo y renovación. Dependiendo de cuánto seamos capaces de prever y hacer, nos irá bien, o nos irá mal.
Porque otra cosa. Estos mayas deslizaron dentro de sus códices, enseñanzas históricas: la codicia extrema precede al derrumbe de una civilización o cultura. Todo comienza, se desarrolla y declina, procediéndose a un nuevo comienzo, al cambio, que no solamente es movimiento, sino que es también el momento de resolver o balancear. En el 2012, la llegada del ave Quetzal de Kukulkán, anunciando el katún que comenzó en 1,993 y termina en 2,012: “Para la mitad habrá hambre, para el resto infortunio. Un tiempo para el final de la palabra de Dios. Un tiempo para la unidad por una causa.” Una vez más: es el tiempo de ponerle fin a la codicia, de unirnos para salvar al planeta y a la humanidad, sin diferencia de razas, colores, nacionalidad o credo. Después de todo, según el Génesis al hombre le fue confiada la creación. El mandato fue que gobernara la tierra, no que la destruyera: “Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo” (Gn 1.28). [José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002.]
como siempre usted es un doctor y ante eso que puedo decir, un doctor es un doctor, soy solo un profano, su amigo, jose espinal, ny
¿Y si lo único que habría que salvar es la ignorancia de cada persona?