MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN | El tíguere es el personaje caribeño de rasgos más definidos. Es un tipo salido de los barrios bajos. Libre en el vivir; relaja todas las normas. No hay ninguna que tenga el deber de respetar.
Se ha hablado mucho sobre la cultura carnavalesca en la literatura. En la del Caribe, el carnaval es un cronotopo. Un tiempo impuesto por la cultura de la plantación. El régimen esclavista y el tipo de cultivo dominante dieron origen a un tiempo medido por los fenómenos naturales como los huracanes y el clima. Tenemos un tiempo de siembra y un tiempo de cosecha. Y una relación de sístole y diástole entre la zafra y el tiempo muerto. El ritmo del Caribe puede ser unas veces acelerado, y otras, muy lento. Al terminar las jornadas de trabajo, mientras nacían los nuevos retoños de la caña, el campo se moría. El central volvía a fumar su largo cachimbo y las carretas regresaban del campo a las fauces de las maquinarias modernas. Los cultivadores reposaban. Buscaban algún hueco en la plantación para sembrar frutos menores para la subsistencia. El calendario imponía su tiempo cifrado. La cuaresma era recogimiento para el mundo cristiano, el carnal entonces era una iniciación. Un punto de relajamiento. El bien y el mal luchaban como Sansón y Goliat. La música era toda cadencia; las calles, juegos, y las esquinas, broncas. Era sacar las carnes. En un mundo donde había siempre poca ropa y mucho calor. Tiempo en fin, de carnestolendas, huracanes, siembra; zafra y molienda. El merengue lo configura: “se acabó la caña/ se acabó el moler/ allá en Montellano/ se quemó el batey”. Luego de la zafra todo se moría para volvía a nacer. Mientras tanto, ese tiempo devino en tiempo de las prácticas sociales y religiosas. Carnavalesco y sincrético, el mundo Caribe dialogaba con un presente mulato y un pasado africano.
Las costumbres como experiencias impuestas por los europeos, y formalizadas por el poder que busca unificar y dominar, fueron creando una ética de arriba y una de abajo. Las élites y las masas. La educación formal sirvió para establecer una sintaxis de las costumbres cruzadas por la moral. Las buenas y las malas maneras. La educación popular aceptó a veces los modelos de arriba, pero muchas veces más hizo de ese comportamiento una parodia. El carnaval es paródico. Las acciones humanas establecidas como paradigma van a pasar por el chiste, el relajo, el vacilón y ese no tomar nada en serio que mejor caracteriza la cultura paródica y relajada que el Caribe crea en su picaresca dieciochesca
Visto por el ojo etnológico de las élites nacionales blanquitillas, de cuarterones y mulatos, el choteo es un elemento que sindicaliza nuestra manera muy especial de ser. La vida es un carnaval. Nada se toma muy a pecho. Allí donde se espera un comportamiento circunspecto, el caribeño introduce un chiste para quitarle seriedad a la cosa. La muerte misma es relajada. También la vida monárquica “una aristocracia macaca”, como decía Palés, abre un horizonte para la burla del pueblo, tanto en la Cuaresma como en la vida misma. Los funerales son alegres y relajados. Como en el merengue de Dionisio Mejía, Guandulito: “Váyase en paz, mi compadre, váyase en paz// En los ojos se le ve la mala intención que tiene Aconséjelo señores, que si muere/ no me lleve”.
Una tarde de todos los santos en la Guadalupe, los deudos caminan hacia el cementerio a limpiar las tumbas. Colocan luces y el cementerio, entre colores vistosos y comidas, parece renacer a la fiesta. La música y el baile sobre la tumba, se convierten en un carnaval. Como en el entierro de Cortijo y el de Tite Curet Alonso en Borinquén. La vida caribeña no se recoge ni por la tristeza ni por la muerte. Hay una cierta manera Caribe de ver el mundo. De concebir el tiempo, se sobrevivir al desastre, de darle una vuelta al caos, al desorden. El caribeño vive sin esperar mucho, cada día, frente a las adversidades como los huracanes del clima, los políticos y los sociales.
El tíguere es el personaje caribeño de rasgos más definidos. Es un tipo salido de los barrios bajos. Libre en el vivir; relaja todas las normas. No hay ninguna que tenga el deber de respetar. El tígueraje es su propia ley. Es listo (la listería, es su credo). Vive del más tonto. Siempre se sale con la suya. Vive de los menos aguzados. No ama más trabajo que el suyo. Tiene en la picaresca española el mejor ejemplo. Es el Lazarillo y el Buscón. Nace en el siglo XVIII nuestro cuando todas las reglas se relajan a favor de la sobrevivencia, de la apariencia. Está emparentado con el español que veía a buscar fortuna a las Antillas y terminaba casado con una señorita de buena familia y posición económica envidiable.
El tíguere es el hombre del barrio, pero su espacio de acción se ha extendido. Cuando no puede salir a Nueva York o meterse en un grupo de narcotraficantes, el tíguere se mete a político. Así el sistema político se ha relajado. No se necesita más que ser listo para ser político, pues en la política no hay más moral que la de la apariencia. Nuestro personaje tiene un doctorado en psicología popular y su prontuario personal va del abuso hacia las mujeres y niños hasta la delincuencia.
Es buen bailador, bebedor como el que más. Algunos novelistas han trazado los radiogramas de su personalidad. Pero donde mejor queda retratado su carácter es en las crónicas rojas, los chistes, los tribunales, en el relajo barrial, en donde es el héroe y el hazmerreír. En Santo Domingo, lo ha retratado un grupo de humoristas singulares: Leonel Concha, Fermín Arias Belliard y el más grande, Mario Emilio Pérez; en sus textos la vida es broma y la cotidianidad se coge suave.
Salió del campo. Era el que sólo se dedicaba a jugar en la gallera, a los topos, y a demostrar sus habilidades en el salón de baile. El vale es el tíguere, o hay una línea que los conecta en el tiempo. El poco amor al trabajo lo caracteriza. Vivir del otro lo define. Es amigable, aprovechado, listo como el que más. Se fue a vivir a los barrios. Los pobló de cabaret y prostitutas. El tíguere se hizo chulo, vivía de las mujeres y participaba en la política. Hasta que el político lo imitó. La emigración del campo a la ciudad y de ésta a Nueva York, a Suiza, a Madrid o a Roma, en el caso dominicano, muestra el tránsito del tíguere. No es que toda la emigración fue suya, no. No se fue del todo; se quedó en el barrio jugando dominó y esperando la remesa de la mujer, que gracias al matrimonio libre, sin obligaciones y conveniencias, se convierte en la jefa de la familia. El hombre de barrio no trabaja o trabaja poco.
Las razones son muchas, pero la que se configura a nivel popular. Nos la presenta Alberto Beltrán y luego, Joseíto Mateo, a la caída de Trujillo. Es la ética del trabajo del Negrito del Batey. Para quien el trabajo es un enemigo, “el trabajar yo se lo dejo sólo al buey”. El trabajo era para este negrito un castigo. Es que ha trabajando tanto en la plantación que hoy ve esa ética como algo que no va; el tíguere encuentra religión en este credo. Y muchas gentes que no piensan ni le gustarían que los agrupen como tíguere.
Como dice el merengue que se ha repetido hasta la saciedad. Lo que prefiere el Negrito del batey es bailar “apambicha’o con una negra muy sabrosa”. El merengue es lo mejor. La fiesta, claro, la baraja y el romo. En otra palabra: la “bachata”. La sociedad relajada del siglo XVIII, en el que nos legaban barcos de la metrópoli y nuestros productos se perdían porque nadie los compraba. Y el mejor negocio era el contrabando. El tíguere nace de nuestras arritmias históricas. Y se va transformando.
En el espacio de la ciudad, en Nueva York o en cualquier urbe europea, encuentra su plaza. Lo ilegal, la prostitución, la trata de blancas, muestra una manera de vivir al margen. Nunca fue centro; no contó para el centro. Vive y disfruta. Su vida es una forma de resistencia a los discursos y las prácticas occidentales. Pero él no las piensa. Él, en fin, vive. Y subsiste en las nuevas corrientes de las comunicaciones humanas y simbólicas.
El último y más interesante de sus escenarios es el del asoleadero de traseros europeos. Es el espacio de las playas. El negro, el mulato ha vuelto a las costas, no como esclavo, sino como sirviente. El Caribe ha cambiado de la plantación, de su destino productor en el comercio triangular atlántico, a ser un lugar de destino turístico. En este nuevo espacio, la amabilidad del hombre simple vende. La mujer trabajadora deja su impronta. Pero el tíguere sigue “robándose el show”. Bailador, jugador mujeriego… el tíguere es prostituto, sankipanki. Nada lo arredra. Vive; sabe vivir; bebe; baila; sale bailar y coge porque sabe coger; y brega porque sabe bregar… no importa ni sexo ni edad. No hay reglas. Es un elemento fundamental para la industria del turismo sexual…
Para pensar el Caribe, el tíguere (el títere) es una metáfora. El vacilón, el relajo, el carnaval, lo carnavalesco, son teorías; son discursos.
[i] En Diccionario de dominicanismos, define el tigre-tíguere Carlos Esteban Deive: “Tígre. –m. golfo, muchacho del hampa. 2. Estar uno matando tigres a sombrerazos. Fr. Fig. y fam. Estar en la inopia. Tíguere.—m. Tigre. 2. – Tíguere bimbín. El más valiente, el perdonavidas “… un tíguere bimbín del lugar, inconforme con la pérdida…”(Aguiar 1938, 126). 3. – Tíguere gallo. El más habilidoso.” Deive, Carlos Esteban. Diccionario de dominicanismos. Santo Domingo, segunda edición, Ediciones Librería La Trinitaria/ Editora Manatí, 1997, pág. 197.
