JAIME CABRERA GONZÁLEZ | Rumor de pez es un libro que nos habla de los distintos tonos del corazón, un poemario de amor en donde la única palabra que no se menciona es precisamente “amor”.
El libro Rumor de pez (Premio UCE 2008) del escritor dominicano René Rodríguez Soriano (Constanza, 1950) consta de 57 poemas estructurados dentro de la tradición poética del verso y la estrofa, aunque sea un verso libre y aparezcan subtítulos. Hago esta aclaración inicial porque una de las características sobresalientes a las que nos ha acostumbrado este autor es transgredir los géneros. De ahí que encontremos una marcada intención lírica en sus textos narrativos, aunque insista en presentarlos como novela o cuento como si lo prolongado del contenido y el acudir a la prosa fueran motivos suficientes para desconocer el espíritu que recorre las páginas. Porque para René Rodríguez Soriano es imposible sustraerse a la poética de su pluma.
Pero en este caso, se trata de un poemario en su forma y contenido, que si bien recurre en muchos casos a una “pequeña historia”, prevalece siempre la imagen y los recursos propios del lenguaje poético con los cuales establece una comunicación (una comunión) de corazón a corazón con sus lectores. Es como si se estuviera al final del día sentado bajo una lámpara con una luz muy tenue y alguien al otro lado ofreciera la recompensa de una sonrisa cálida.
Rumor de pez es un libro de poemas creados en clave de susurro; es como si hubiera brotado en la llovizna de la alta noche; como si lo que cantara hubiera sido escrito no para despertar a quien duerme en la pieza contigua, sino para expresarlo directamente en el oído de la persona amada; sin que el poeta se aparte en ningún momento de los fantasmas que concurren a la cita a la que recurren sus palabras. Es un encuentro con la poesía donde el poeta-protagonista tiene todas las claves, pero prefiere simplemente abrir sus páginas (su alma) y dejar que el otro sea el viajero.
Con títulos que van desde Felpa azul, Embrujo de pájaros, Callado rumor, Ciega sed, Cercana lejanía, Augurios y presagios, entre otros; a aquellos tan curiosos como Manual de vuelo, Estroboscópica, La cero uno, Esta noche pasan un documental sobre la Antártida en el 13 o Versainoplasma palúdico para Lily Monster; sin dejar a un lado un par de freudianas y cortazarianas; y los que nombra personajes emparentados con el mito tales como Tantalia, Tribulaciones de Ulises, Ícaro a trote y Pospenélope; amén de términos relacionados con la música; de manera que son invitaciones, puertas expeditas al poema.
En la medida que es un libro confesional e intimista, la voz poética se revela cuando nos dice que, “crezco hacía el vacío” o “me quedé flauta en el suspiro de un sordo”; en que ubica la soledad en su geografía personal: “La soledad está en nosotros, azuleando el poema”; muestra su condición de levedad: “Floto flotando, casi yo”; habla de su existencia “tan silenciosamente que me destilo”; se queja: “Me dejaste solo” y también “solo en mi soledad”; y concluye afirmando con valor: “Tengo miedo”. Pero tampoco exige lo imposible, sino aquello que se le puede entregar, que está al alcance: “No estoy pidiendo la Vía Láctea”. Lo da todo sin pedir nada a cambio. Sin embargo, invade la presencia con tonos y cuerdas que sólo pueden expresar el conocimiento profundo de la palabra y su nueva significación personal.
Si hay una necesidad de vital importancia frente al “tú” poético es la de nombrar y ser nombrado para existir: “A mí que ya no soy, desde que no me nombras”. Porque lo que no se nombra es como si no existiera: “Nómbrame para ser yo” o “yo no soy si tú no me nombras” y con nombrar se posee o se es poseído, “soy y no soy jinete de tus sueños, surto/ en la silueta dulce y cálida de tu aliento/ dueño del mundo, timón alado/ cuando me nombras por mi nombre”. En el acto de nombrar encuentra la vida que ilumina, que convierte el polvo en luz y las tinieblas en amanecer. Nombrar es una necesidad de reafirmar esa existencia surcada por el enamoramiento.
El recipiente en que se deposita tanta soledad es la mujer amada, cuerpo sobre quien recae todo el aliento poético. La mujer a la que define según “el color del grito/que la parte en dos” y éstas pueblan los poemas como la contadora que trata de recogerse el busto, la que espera en el pensamiento, la amiga, la conserje, las secretarias que se amotinan, las que sonríen, las que se asoman, las pospenélopes, las que “imantan el aire”, las que hacen que uno se detenga en el camino, las que interesan más que un documental, las que le ganan a un epígrafe de Leonard Cohen, las que son capaces de incendiar un río, las que poseen “un animal sin nombre en el cielo de la boca”, las que tienen “el cuerpo como llovizna”, las que prefiere “en su salsa por encima de la musa de los poetas”, la que se parecen a la lluvia al ser “chicas de suelta cabellera”, las que muestran “su cuerpo desnudo a flor de cama”, que “endulzan las uvas y maceran los duendes”, las que visten de rojo “que es un ayuno”, las que son “reina y señora de los desvergonzados” y que resume en una sola, única, razón de su sinrazón, esa “que no permite olvidar”. Su omnipresencia va, en un diálogo permanente, más allá de la petición y la propuesta cuando le dice, “vuela conmigo, tranquila/apacible y sin rodeos” o la llama a su lado para cobijarla, para estrecharla: “Ven, acurrúcame”.
Como expresa uno de los versos: “Todo sucede y nada”, no es más que “tiempo y sonido”. Preocupaciones que se ven reflejadas por el trascurrir de las horas que “andan sin compromiso” ya sea entrando “en el tropel de la mañana” o en “la tarde que anochece”. Así el tiempo se deshoja: “Toda partícula de tiempo, se desgrana/ me penetra, quilla el poema en su esquina más sólida”; hay relojes por todas partes “en la hora del nunca jamás”. La medida de lo “mansa que lucía la tarde” puede ser un cigarrillo que se consume o simplemente apagado entre los dedos. Y lo inexorable en que “los años pasan y la carne cede”. Ahí están algunos meses en que “octubre luce abril” o “es que es mayo y llueve”; las estaciones en que se permanece, se parte o se regresa; los usos horarios (por husos), el instante que “tal vez valió la pena”.
Pero también está la paleta de colores, la “cromática de ensueño”; el pincel, el pincelazo, la acuarela; se dibuja y se desdibuja; el azul que prima, el verde, el carmesí, el rosa, el lila, el anaranjado, el mandarina, el marrón, en fin, “todos los colores, menos uno”. Y el agua, el mar, el río, los peces, los arrecifes, las playas, los corales, la lluvia y la llovizna que acompañan a la risa y a la sonrisa, al abrazo y a las manos; a las piernas y “entre las piernas”; el vuelo y el flotar; las alas, los pájaros, las palomas y las mariposas; la “mandarina esdrújula” del poema prometido y su génesis o “manual de vuelo”. Marco Teórico. Nota al Margen. O Redefinición. La frase palindromática: “Eva como Adán nada como ave”. La atmósfera que se crea “gris por los rincones” mientras “la lluvia enciende afuera el aspa tul de la nostalgia”. La oficina, la calle, el parque, la ciudad, la alcoba. La gramática como componente de la vida misma con “verbos a disposición de tus manos”. La servilleta, las ventanas, los escaparates, las lámparas, el teléfono y la comunicación. Tiempo, nombre, color y sonido que constituyen el pequeño universo del libro.
Las preguntas no buscan aclarar nada. El poeta sólo interroga. Y la música que queda, porque Rumor de pez es un libro para ser leído con el oído, para seguir con la punta del zapato, para chasquear los dedos aún después que ha cesado la canción. El texto es un pentagrama, en que se “desteje una canción como trompo o cometa que se encumbra y rueda”. Lleno de “silenciosas armonías”, pródigo “en arpegios” y de “las corcheas, las fusas y semifusas”; donde se alzan “los decibelios”, “el do de pecho”, el “silabeo de dos o tres corcheas”; es “melodía para soda y tocacintas” cuando no “aguaclara a contrarritmo”, “música desmesurada y frenética que se cuela por las celosías”; aquí “un grillo afina una canción”; se calla “la última canción del casete” en una “noche llena de semitonos” hasta que “se agote la canción”. 
Pasa Herbie Hancock que toca a Gershwin (Lullaby). La Lupe en el casete. Suena la “flauta afinada/su si bemol de voz amiga”. Sigue “la tropa de violines”. Ahora suena “un violonchelo, ahora un piano que no es otro, nos dice la voz poética, en algún verso que “las teclas del piano de mis huesos”. Canciones desoladas. Y los “absurdos pasadizos del silencio”. Y confirma: “toda palabra es un silencio, todo silencio una palabra’’. La nota que se ejecuta, la nota que no se ejecuta.
Rumor de pez, “balada canción o manuscrito”, es un libro que nos habla de los distintos tonos del corazón, un poemario de amor en donde la única palabra que no se menciona es precisamente “amor”. Es ese susurro que se oye cuando ya sólo queda la llovizna. Esa melodía que acompaña después de que se ha acabado la canción. Ese color suave que nos envuelve y nos arrulla en un vaivén donde el poeta se viste de muchos tonos y cadencias para dejarnos lo único válido; para darnos lo único que le pertenece: su palabra, palabra que sí. | JAIME CABRERA GONZÁLEZ, Barranquilla, Colombia, autor de Como si nada pasara, 1996. | Fotos: Regina Swain