Transversión. El mundo al revés en la Brevísima relación de la destruición de las Indias

Transversión. El mundo al revés en la Brevísima relación de la destruición de las Indias

KIANNY ANTIGUA | A través toda su obra, Las Casas muestra un mundo donde los papeles parecen haberse transvertido, donde el diablo ataca con cruz en mano y los “monstruos” son simples corderitos.

Hipérbole, antítesis, acumulación, ironía, repetición, paradoja, hipérbaton, son las últimas armas retóricas que le quedaron al varón apostólico fray Bartolomé de las Casas ante los tantos agravios cometidos a los nativos americanos durante la llamada “conquista”. Después de haber escrito cartas, de haber inducido a la creación y adjudicación de leyes a favor de los derechos de los indígenas, después de delatar incansablemente el abuso en contra de una raza desprotegida, sin ser escuchado, Bartolomé de las Casas redacta la Brevísima relación de la destruición de las Indias (1542); la obra, es una sinopsis de su manifiesto dirigido al para entonces príncipe de España. En ésta cuenta como los “cristianos” se han convertido en los verdugos de los nativos. A través toda su obra, Las Casas muestra un mundo donde los papeles parecen haberse transvertido[i], donde el diablo ataca con cruz en mano y los “monstruos” son simples corderitos.

Las Casas, quien llegó a La Española en 1502 como encomendero, pronto queda persuadido por un sermón de fray Antonio de Montesinos contra la esclavitud de los indios. Irónicamente de esclavista, Las Casas pasa a ser defensor incansable de los indígenas. El trato inhumano, sanguinario e impío que recibían los nativos no era cosa que pudiera pasar desapercibida. Para 1510, por ejemplo, en menos de dos décadas, ya ni en La Española ni en Puerto Rico había nativos. Todos exterminados, por una u otra razón, el genocidio fue sistemático. Como lo especifica Las Casas: “[…] y van a la isla de Puerto Rico, donde venden la mitad por esclavos, y después a la Española, donde vendieron la otra” (139), refiriéndose a 182 nativos de la isla de la Trinidad, la isla que hoy lleva por nombre Trinidad y Tobago. Es fácil suponer que si un grupo de personas llega a un lugar donde ya existen otros individuos, la cantidad de gente va a doblarse o hasta a multiplicarse debido a la reproducción que puede llegar a tomar lugar entre ambos grupos. Sin embargo, en el caso de “la colonización” este simple hecho matemático jamás tuvo lugar. En vez de sumar, se restó; en vez de que el mundo siguiera su curso lógico, la avaricia, y el mal lo transvirtió todo, dejando sólo una gran desolación que, a pesar de cinco siglos, continúa entristeciendo.

Otra forma en que el varón apostólico nos presenta “el mundo al revés” es con la utilización de figuras retóricas como es el caso de la antítesis en la oración siguiente: “Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes […]” (82). Esta impresionante imagen, conmovedora por demás, ejemplifica como un lugar donde se supone reine la brisa, la luz y la libertad, como el campo, de repente se nos presente como una cárcel lúgubre, sombría. En esta ocasión, el narrador trata de influenciar a su narratario haciéndose aliado no sólo de la semántica de las palabras, sino de su belleza poética y su poder descriptivo.

Uno de los motivos de la conquista fue la evangelización de los indios. Se suponía que los cristianos, conocedores de la palabra divina, siervos del único Dios, del que a través de sus mandamientos nos ordenó que nos amasemos los unos a los otros (Juan 15:17), vinieran a estas nuevas tierras a dar a conocer la palabra del creador. Esta llamada evangelización se vio tronchada ya que eran más los cristianos malditos  que los cristianos de alma. “Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años, por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos” (Las Casas 78); no se puede omitir que sí llegaron a las nuevas tierras cristianos con el fiel propósito de evangelizar a los nativos, darles el bautizarlos y, de ese modo, abrirles paso al reino de los cielos, según lo especifica el culto católico. Pese a dichas buenas intenciones, el daño ya causado por el hambre de oro y poder, y un instinto individualista desconcertante, menguaron muchas posibilidades de conversión al dogma católico. Además, existe la pregunta de que si la bondad se lleva en la religión o en los corazones; de ser así, ¿quién tenía derecho a convertir a quien?

Durante el contacto, era axiomático que ni los españoles ni los nativos sabían con que o quien se iban a encontrar. Los taínos, por ejemplo, en un principio, acataron la llegada de los navegantes como la llegada de dioses. Los navegantes, por su parte, contaban con que se iban a encontrar con monstruos, incivilizados, y caníbales. De hecho, el mismo Almirante, en una de sus cartas, hace mención a una comunidad indígena “adonde nasen la gente con cola” (Colón). No obstante, el indio era el que se suponía tuviese cualidades monstruosas y hasta canibalescas (como por centenares de años se ha estereotipado la gente proveniente del Caribe), es el mal llamado cristiano quien, según Las Casas, comete múltiples actos sanguinarios:

[…] y como no les daba de comer a diez y veinte mil hombres que llevaba, consentíales que comiesen a los indios que tomasen. Y así había en su real solenísima  carnecería de carne humana, donde en su presencia se mataban los niños y se asaban, y mataban el hombre por solas las manos y pies, que se tenían por los mejores bocados. (119)

De manera atroz se invierte la moneda, y donde debía de aparecer la cara, resplandece el escudo.

Además de ser un caso en donde el mundo se vuelve al revés, el siguiente suceso descrito por Las Casas a través de toda su obra, es una cuestión rotativa: primero a mí, y luego a ti; o quizás una cuestión de “ojo por ojo y diente por diente” (aunque la víctima no haya sido el verdugo). Me refiero a las brutales, bestiales, atrocísimas muertes que se le dio a la comunidad indígena durante años y años seguidos al contacto europeo-indígena; muchas de las cuales, fueron  justificados por la Inquisición.

Según la definición que ofrece el Diccionario Enciclopédico de esta palabra, la Inquisición fue un “tribunal eclesiástico de los siglos XIII y XIX establecido para inquirir y castigas los delitos contra la fe. […] (aquellos que no aceptaban la abjuración eran sometidos al suplicio del fuego y sus bienes confiscados)” (781). Coincidencia, adrede o en pos de venganza, el europeo llega a las islas e implanta con, quizá, mayor voracidad, su poder sobre los nativos. Los despojan de sus tierras, de sus bienes, de sus familias, de sus creencias, de su ser. Con una Biblia en una mano y una espada en la otra, el “cristiano” arremete ante el indio con una avidez desbordante. En este caso, sin necesidad de poetizar, o redundar, Las Casas así lo declara:

En estas ovejas mansas y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles desde luego que las conocieron como lobos y tigres y leones crudelísimos de muchos días hambrientos (77).

Ovejas convertidas en destripadores tigres, montes con barrotes, civilizados que devoran individuos, y un reclamo que persiste; ése es el mundo al revés que nos presenta fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destruición de las Indias. Esta demanda escrita hace ya cientos de años, nos revela como la historia puede llegar a nosotros de forma transversal; como el mundo donde pensamos que vivimos, a lo mejor, no es tan vertical, como lo fue aquél mundo, que es quizás, el mismo mundo en que aún vivimos.

Bibliografía

Colón, Cristóbal. “Carta a Santangel”. Open Source Matters. Feb-mar, 2006. Instituto   Nacional de Estudios Políticos, México. www.inep.org/content/view/1913/44/. Consultado en sep, 2006.

Las Casas, Bartolomé. Brevísima relación de la destruición de las Indias. Ed. André      Saint-Lu. Madrid: Cátedra, 2003

La Santa Biblia. Antiguo y nuevo testamento. Nueva York: Sociedades Bíblicas Unidas,  1960.

Vázquez, José Antonio, ed. Diccionario Enciclopédico. Barcelona: Olimpia, 1995


1 Neologismo mío que significa trastocado.

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