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Desde el adagio de las lágrimas

MERY SANANES | Si cada uno desde el adagio de las lágrimas decide hacer travesía por el andante albaricoque de las gestaciones más altas, tal vez algún día, en los tiempos que vendrán, el hombre vuelva a erguirse sobre sus pies 

El festejo de la muerte, cualquiera que ella sea, nos degrada como seres humanos y nos convierte de algún modo en asesinos también. No importan las justificaciones, las excusas, los razonamientos ideológicos o políticos. La muerte es una pesada carga que llevamos a cuestas y de la cual no podrá deslastrarse esta sociedad. 

Creímos alguna vez que había un crimen justificado y otro que no lo era. Creímos que se podía comparar una muerte con muchas muertes. Y que había un crimen que detendría los otros crímenes, y que así alcanzaríamos una tierra sin asesinatos. 

Una imaginería infértil 

Pero fue una imaginería infértil, un sueño irrelevante, que llevó a tantos a dejar sus propias vidas en luchas completamente desiguales, creyendo que con un fusil o una piedra en la mano podríamos detener las huestes de la muerte que vienen atropellando lo que somos desde tiempos inmemoriales. 

Cuán equivocados estuvimos. Hoy sabemos con gran tristeza que la masacre sólo trae masacre, que el crimen sólo genera más crimen, que la violencia desata los demonios y que nunca se podrá construir una sociedad distinta si ésta se erige primero en vengadora que en constructora. 

Todo está inmerso en una sentencia de muerte 

Todo, absolutamente todo, aún aquello que quiere referir la plenitud de la vida, está inmerso en una sentencia de muerte. Ni los contratos sociales ni los individuales, escapan a esta especie de designio que el hombre lleva sobre sí como una acusación permanente. 

Todo lo que hemos erigido y de lo cual creemos sentirnos orgullosos y satisfechos, se levanta sobre la muerte calculada, planificada, proyectada como una estadística sobre quienes no tienen nombre sino que conforman una entidad en la que nadie quiere reconocerse. Por consiguiente, se convierte en una parcela absolutamente vulnerable, sin dolientes, que cumple a cabalidad su papel de servir de instrumento para la vida de los otros. 

¿En qué geografía se atestigua la vida? 

Pero ¿de qué vida hablamos? ¿Dónde, en cuál esfera, en qué geografía se atestigua la vida? Si no somos más que dóciles estructuras que un hilo invisible mueve, sin que advirtamos que nada de lo que hacemos, pensamos o decimos, tenga poder para anularlo. 

Los parámetros de la vida están tomados cada vez más por las más disímiles formas de muerte. La sobrevivencia es un hecho anecdótico que a nadie atañe. Está estampada en cada imagen, cada rostro, cada paisaje quebrantado, cada desahucio. 

Un sueño detenido en las fronteras invertebradas de la muerte 

Y la humanidad, ese sueño de un hombre a la medida de sí mismo, sacerdote del hombre, dueño y señor del universo, resplandeciente evidencia del más alto grado de desarrollo de lo vivo, se ha quedado detenido en las fronteras invertebradas de una muerte que no cesa. 

Todo lo que lo antecede y prosigue a esa humanidad goza de una armonía que le otorga a cada parte la función primordial de pertenecer al todo. 

Desde la mínima expresión de lo vivo hasta los más altos estallidos de soles que ni siquiera alcanzamos a imaginar, cada diminuto engranaje cumple una función sin la cual el siguiente no podría funcionar. 

Cada entidad, por microscópica que sea, tiene la belleza de lo insustituible y de lo infinito. 

Nada hemos ganado con asomarnos al interior de nosotros mismos, a esa mágica y encantada maquinaria de la que estamos hechos, que se acomoda, acuerda, a cada improperio y desazón para restablecer el enjambre de la vida que cada día agotamos, desenfrenamos, desechamos. 

Apenas somos un átomo insolvente 

Tampoco con ser observadores asombrados del universo, de los cielos resplandecientes, de las auroras conmovidas, de la exacta geometría de los astros, las galaxias, las vías lácteas, de ese horizonte extendido hasta el siempre en el cual cabalga la vida como una lámpara encendida de esperanza. 

No hemos sabido ocupar nuestro espacio en esa gigantesca estructura de la vida de la cual apenas somos un átomo insolvente. 

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué son las fuerzas de la muerte las que siguen enseñoreándose sobre los haces luminosos de la vida? ¿Para qué nos sirve esta conciencia si no somos capaces con ella de despertar al ciego, de detener la pólvora, de clausurar las espitas del sufrimiento, el dolor, la desesperanza? 

Allí, en ese vasto espacio donde la muerte se enasta, la vida nunca ha dejado de existir como un grito en el vacío, un expediente al dolor, un testimonio de lo que en verdad reside en el corazón del hombre.

Toda la belleza está en la tierra 

Toda la belleza de la tierra puede medirse en el gesto largo de la madre que le siembra florerías al hijo mientras rebusca el pan que ha de mitigar su hambre. 

En el joven rebelde que un día decide enfrentar la injusticia sin escudo ni espada, ni manifiesto ni filo, para restablecer el vínculo fraterno entre hermanos. 

En el que pinta girasoles mientras la sociedad lo suicida. O el que mide cómo crece el dolor a treinta minutos por segundo y la condición del martirio, carnívora, voraz, que nos duele doblemente. 

La desdicha sigue su curso vertiginoso 

Crece la desdicha, hermanos hombres, más rápido que la máquina, dice César Vallejo. Y aún no la hemos detenido. Sigue su curso vertiginoso, como si se hubiesen invertido los términos y lo prevaleciente fuese siempre la muerte sobre la vida. 

Todo se concatena, se asemeja, aún en sus contrarios, para dejarle el camino abierto a la destrucción, al avasallamiento, a la devastación. 

Y el hombre se ha convertido en esa máquina que debió servirle para que tuviese más tiempo para mirar las nubes o indagar en el camino de los caracoles de tierra y que sin embargo lo convirtió en carruaje impulsado por caballos de tiro. 

Se deshizo de sus suspiros, entregó la risa a cambio de una moneda, dejó ir los sueños encerrados en un barquito de papel sin agua para navegar. 

Entregó el asombro a cambio de creerse dueño del conocimiento. Olvidó la conmoción del beso primero y devino extraño, que es como decir, encerrarse en las murallas que otros le levantaron. 

Se secaron los ríos surcados de naufragios 

Se quebraron los espejos de la magia, los ríos se secaron surcados por naufragios, la mercancía de la muerte tomó por asalto los mediodías y ya casi ni sabemos distinguir entre la luz y las sombras, porque nuestros ojos y sístoles dejaron de acompañarnos. 

Este tiempo sin imaginerías que deja a oscuras el planeta, que deja al universo despojado de la insustituible cosmovisión humana para la cual fuimos hechos, que deja desasistida la cadena de la vida, nos hiere como si un día supiéramos que dejaron de resonar en el viento los laúdes del amor, que los cellos se quedaron sin cuerdas, que se quebró el canto en la garganta del hombre, que más allá de las pupilas nada quedó que no fueran astillas de un espejo que jamás miró. 

Una tarea a cumplir por sobre las parcelas removidas 

Y entonces este tiempo se nos vuelve una envergadura, un sollozo sin dirección, un extravío del querer y una tarea a cumplir, por sobre todas las lágrimas vertidas, las parcelas removidas, las líneas divisorias con las cuales nos cercaron, dividieron, separaron y escindieron. 

Se nos vuelve un atardecer desde el cual inventar un amanecer distinto, una florería colosal, una imaginería que contenga cada uno de los dones que nos fueron depositados en los pliegues de los músculos, en los entresijos de las vértebras, en el cuenco de un fuelle capaz de trasmutar el humo negro de los disparos en brisa marina, en archipiélago de amores, en recinto de cauces musicales. 

Ir desde el adagio de las lágrimas al andante albaricoque del mañana 

Si cada uno, desde el espacio secreto de nuestras ilusiones, allí donde un tremor antiguo nos da la medida de lo que somos, donde el espejo rehace la imagen del otro para que en ella veamos la exacta especie que nos define. 

Si cada uno desde el adagio de las lágrimas decide hacer travesía por el andante albaricoque de las gestaciones más altas, tal vez algún día, en los tiempos que vendrán, el hombre vuelva a erguirse sobre sus pies, reconstituir el largo andamiaje que lo trajo hasta aquí, soltar la flauta de su risa y el compás frenesí de sus amores hasta establecer al fin la vida sobre la muerte en un planeta desbordado de imaginerías hasta el siempre de la alegría que aún no hemos podido extinguir como respiro de esperanzas y porvenir.

Comments (2)

  • Valeria

    Me encanta! realmente nunca pude entender a la gente que se alegra por la muerte de otra, asi sea genocida violador o la peor escoria del mundo.

  • Fior Rodriguez

    Ninguna muerte es, en sí misma, motivo de celebración.

    Aún ante el cuerpo inerte del verdugo, un silencio reverente es la respuesta más convincente de que formamos parte del género humano.

    Muere su maldad, llega la paz por la ausencia de sus actos; pero somos disminuídos con su partida…

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