Fugas, Galápagos e islas

Fugas, Galápagos e islas

JOCHY HERRERA | A mi parecer, es el cantautor Luis Eduardo Aute quien logra sublimar (¿o poetizar?) la Isla, cuando ahogada por su limítrofe azul, ella se convierte en refugio, destino y a la vez escape

La fábrica de ilusiones y quimeras donde manipulamos nuestras (i)realidades —aquello que llamamos sueños— a veces nos conduce a lugares habitados por el deseo, la aventura, la imaginación y por supuesto, la memoria. Hablo de las islas, territorios que a través de la literatura han representado espacios donde la utopía persigue lo inaccesible. Hablo de la Atlántida y Platón, de la Ítaca de Ulises, la Bensalem de Francis Bacon, la Tamoe del Marqués de Sade y la Más a tierra del Robinson Crusoe de Daniel Defoe; todas, indiscutibles guaridas donde fantasía y realidad eran una sola cosa.

Víctima de una testaruda condición de ciudadano caribeño me asumo inextinguible y decididamente insular, por ello sigo convencido de que mi inconsciente freudiano acostumbra lanzarme desde la firmeza continental hacia la fragilidad de las costas, particularmente en momentos cuando mi álgida intimidad rebusca refugio en los pasados. Esta vez sin embargo, yo no soñaba en mi Santo Domingo, la isla más poblada del hemisferio occidental; desperté ese día en las Galápagos, lugar de tortugas gigantes nacido de la actividad meteórica submarina hace más de trescientos millones de años y que francamente, jamás he visitado. Me suponía enamorado y alegre, tímidamente feliz mientras el mar ahogaba un último hálito de realidad; se trataba a todas luces de un sueño donde la memoria era certera cuando me regalaba el olor y la mirada de aquella muchacha encantada que tal como los españoles una vez bautizaron a las Galápagos —“Archipiélago de las Islas Encantadas”—, aparecía y desaparecía de la vista cubierta por la niebla y el océano. Es decir, soñaba con la realidad de la memoria de ella ausente, yo víctima de una cruel fantasía.

Aclaro que está extinto este texto de toda intención epistemológica sobre el paradisíaco archipiélago ecuatoriano, mas cabe mencionar algunas curiosidades en su historia: las Galápagos fueron “descubiertas” en 1535 por azar tras convertirse en el primer refugio de Tomás de Berlanga, Obispo de Panamá, luego de que su barco zozobrara camino al Perú. Escondite de piratas y bucaneros y guarida de hambrientos pescadores de ballenas, aunque anexadas al Ecuador en 1832, las islas fueron colonizadas por europeos interesados en la fauna y en la búsqueda de fortuna o aventura: Richard Hawkins en 1593, Alexander Selkirk en 1708, Alessandro Malaspina en 1790, Charles Darwin en 1835, y más recientemente la austríaca baronesa Von Wagner de Bosquet. Esta última llegó a principios del siglo pasado escoltada por tres hombres a fin de construir un hotel de lujo, cuenta la leyenda que tal lugar nunca fue edificado y de ella se sabe que desapareció con uno de sus amantes.

¿Cuáles son entonces los atributos insulares que predisponen a la fantasía y qué caracteres la conforman? Son éstas justamente las interrogantes enunciadas por Paolo Fava en el ensayo La isla en la literatura como espacio de la fantasía. El autor enfatiza que el aislamiento, y en particular el mar, representa una imagen funeraria con expresión de temporalidad mutable, y sobre todo que la semántica de la isla trae inscrita en ella la evanescencia: “al estar en un medio móvil, indeterminado, no está obligada a tener una existencia real, a quedarse anclada o a permanecer a flote”, observa Fava. La isla se hace así referente imaginario del más allá del tiempo y del espacio, “una cronotopía desplazada” que le confiere un carácter de microcosmos en miniatura, de lugar en el que todo está permitido, que puede estar ahí o no, a juicio de Fava.

Otros autores han abordado también la temática de la insularidad y el mar como estructuras del imaginario y como entidades antropológicas: Isaac Asimov en Las islas de la tierra del libro De los números y su historia; Pablo Martín Cerone en Las islas misteriosas, y en particular Gilbert Durand quien en Les Structures Anthropologigues de l’imaginaire describe los que considera instrumentos facilitadores de los que considera instrumentos facilitadores de la comprensión de las simbologías ofrecidas por las geografías. Sin embargo, a mi parecer, es el cantautor Luis Eduardo Aute quien logra sublimar (¿o poetizar?) la Isla, cuando ahogada por su limítrofe azul, ella se convierte en refugio, destino y a la vez escape: “…Como mar en fuga / entre río y nube / como mar en fuga / que desciende y sube / huyendo siempre de sí misma / pero siempre, pero siempre la misma mar en fuga”. Hablamos de la canción Mar en fuga que junto a otras nueve conforma un álbum que convida a “que huyamos hacia el azul con rumbo a un atolón perdido en los mares del sur…”; un trabajo donde acompañados de Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Joseph Conrad y Julio Verne, somos Simbad o lobos de mar atesorando tierras perdidas entre barriles de viejo ron.           

Yo, Ladon de cien cabezas y protector de remotos escondites, anuncio mi intención de cuidar de Una de las hespérides habitantes de aquella isla atlántica de incomparables jardines y manzanas prohibidas; esa tierra una vez fin del mundo y que hoy podría ser Galápagos. Anticipo y asumo que Heracles y Atlas serán mis verdugos, tal como me advirtió la imaginación en aquel misterioso sueño. | JOCHY HERRERA, dominicano. Autor de Seducir los sentidos (mediaIsla, 2010).

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