JOSÉ TOBRÍAS BEATO [Homenaje a Julián Marías] | Esa generación que al crear una nueva sensibilidad, creó también un mundo nuevo, el mundo que actualmente vivimos, que es verdaderamente su hijo, su heredero.
¡Los años sesenta! Aquellos años que no fueron una mera década, sino que abarcaron un poco más: desde los finales de los cincuenta, hasta bien entrados los setenta; como quien dice, el tiempo preciso de una generación: unos quince-dieciséis años. Soy orgullosamente miembro de ella, por lo que tengo derecho de sobra para criticarla en bien y en mal. Los de los sesenta: esa generación que al crear una nueva sensibilidad, creó también un mundo nuevo, el mundo que actualmente vivimos, que es verdaderamente su hijo, su heredero. Y lo es plenamente, porque quien realmente manda en el mundo, es todavía esa generación.
O cuando menos, buena parte de sus miembros ocupan los puestos principales del comercio y la industria, copan la dirección de las universidades, encabezan los más sobresalientes grupos de opinión y presión. Esa generación todavía conserva el poder social, porque aparte de ser la beneficiaria directa de la gran explosión demográfica que surgió tras la segunda guerra mundial, es también la primera que recibe ampliamente los beneficios de los avances médico-farmacológicos del siglo XX, y de la organización social derivada de los principios enarbolados en la Organización de las Naciones Unidas, que han facilitado la extensión de la vida promedio en el número de años que antes abarcaban una generación precisamente, lo que le ha permitido un predominio del que anteriores generaciones nunca disfrutaron.
En los sesenta se lograron conquistas sociales y tecnológicas extraordinarias, se crearon expectativas y esperanzas que dieron paso a un mundo nuevo, cumpliéndose algunos sueños renovadores. Otros se quedaron a medias o sencillamente se trocaron en vulgaridades comerciales, en horrores y desconciertos.
En los sesenta se dio la lucha por los derechos civiles de las minorías en Estados Unidos, la guerra de Vietnam, tuvo lugar la caída del emblemático guerrillero cubano-argentino que combatió por casi medio mundo —el Ché Guevara mentado—; el mayo francés de 1968, la rebeldía de la juventud universitaria americana, la inmolación de miles de jóvenes latinoamericanos que luchaban en Latinoamérica contra violentas dictaduras de derecha; la primavera de Praga por la libertad y la democracia en el bloque dominado por la Unión Soviética; la revolución cultural china con sus guardias rojos lanzados por Mao contra sus padres, profesores e intelectuales, paradójico punto de arranque de lo que ocurre hoy en China, donde se expanden a sus anchas las grandes multinacionales.
De aquellos años data la lucha sistemática por la incorporación de la mujer al mundo de la política y a la dirección de las grandes corporaciones. A nadie extrañó en la recién finalizada copa mundial de fútbol (2010), un deporte dominado por el género masculino, la presencia femenina de Silvia Dorschnerova (padre alemán, madre checa), la delegada de la selección española, que terminó campeona. Ella era la que se comunicaba con los árbitros, la que recibía a los suplentes, la que consolaba o abrazaba por el éxito o la derrota. Una herencia directa de los sesenta, cuya generación reivindicó los derechos de la mujer, aunque más tarde tal lucha tuviera otras caras: la mercantilización de la belleza o la expansión de la pornografía, a modo de ejemplo.
Junto con el internacionalismo de ideas y modas, apareció el multiculturalismo, y por tanto, la aceptación de normas de conducta en países desarrollados de hábitos superados por esas sociedades, como la violencia contra la mujer (matrimonios previos al nacimiento, interrupción de estudios), cuando no violencia física directa. Dentro de ésta hay que incluir, entre otras, la ablación genital femenina, que por razones ordinariamente rituales —especialmente entre la población originaria de países musulmanes—, se practica contra la voluntad del sujeto, aunque en ocasiones por su propia voluntad alienada, para obligar a las mujeres a un papel pasivo, al extirparles parte del clítoris y de los labios mayores y menores de la vagina.
También debemos a los sesenta la creación de la imagen social impecable (el look), a lo Kennedy, que hace difícil el papel de líderes políticos a calvos y panzones, o a los sencillamente feos. Hizo su aparición con grandes aspavientos la demagogia de lo políticamente correcto. El predominio de la juventud o la preocupación por serlo mientras dure la vida. La dieta y el mantenimiento de la figura delgada hasta parecer casi cadáveres disecados. Todo ello forma parte del legado de los sesenta. En tal época hizo su aparición entusiasta Jean Nidetch que se hizo millonaria al fomentar los clubs de dietas para mujeres, con inscripciones bajas y encuentros semanales para mantener la moral, promoviendo el consumo de alimentos bajos en grasas, la ingestión de frutas, legumbres y hortalizas, así como de proteínas en un nivel adecuado.
Y no fue todo. Un discípulo de Cristóbal Balenciaga, el genio de la costura española, vasco asentado en París tras la guerra civil, el señor Andrés Courrès, hombre de la alta costura, en su colección para la primavera de 1965 lanzó una falda diez centímetros sobre la rodilla: la famosa minifalda. Con la minifalda, la sensualidad, la provocación del deleite, pasó abiertamente al primer plano de la estética femenina. Y aunque luego Courrès hizo ropa para distintos presupuestos, fue aventajado por la inglesa Mary Quant, quien abrió la primera boutique del mundo: “Bazaar”, desde la que lanzó una minifalda aún más agresiva que la de su competidor francés y más económicamente asequible a las grandes masas. Diseños juveniles, de corte rebelde, a precios ‘razonables’, le dieron la primacía. Todavía está en la memoria aquella jovencita que le sirvió de modelo, Twiggy, con su apariencia frágil, de piel blanquísima y suave, cara de niña, la cual al mismo tiempo, con sus provocativas ropas incitaba la imaginación.
El baile se individualizó para pasarse a bailar libremente, y hasta sin pareja, a base de puras caderas, rompiendo las normas del decoro de entonces. Ejemplo de ello son el Twist, que inventado por los negros, fue adoptado por los adolescentes blancos, siendo su más alto representante Chubby Checker. Casi inmediatamente sufriría modificaciones: el Mash Potatoes y otras. Luego se acabaron los pasos, y el baile, bajo la influencia de las drogas, se convirtió en puro frenesí o en el escuchar con cara alienada unos sonidos salvajes con los que Satanás probablemente se divertía en el infierno, entre el humo y el ardor de las llamas.
Sin embargo, al mismo tiempo prosperaba en New York un ritmo complejo y divertido, de inmensos recursos, mezcla de varios ingredientes provenientes especialmente del Caribe como el son, la guaracha, el mambo, la cumbia colombiana, el joropo venezolano, la guajira y hasta el jazz, al que se le llamó por ello “Salsa”, cuyas principales figuras son el dominicano Johnny Pacheco, a quien se debe el nombre del nuevo ritmo y movimiento musical latino con su orquesta y sello disquero Fania, integrada por músicos de casi toda Latinoamérica. Los boricuas Willie Colón —un nombre fundamental—, el Gran Combo, Ismael Rivera y sus Cachimbos, el panameño Rubén Blades, los cubanos Pete —Conde— Rodríguez, Celia Cruz; el venezolano Oscar D’León y su Dimensión Latina, entre otros. En la “Salsa” el baile se da necesariamente en parejas, a base de movimientos estilísticos de pies y vueltas de una danza muy especial. Sus temas, aparte del tradicional del amor, trataban los de la inmigración, la relación de las razas y los problemas de las clases y barrios marginados.
La balada y el bolero particularmente, vivían una época de oro con compositores como el dominicano radicado en México, gerente de Peer, el señor Mario de Jesús, muerto recientemente (Adelante, Y, Besos de fuego, Que se mueran de envidia, Cría cuervos) que fueron delicia en las voces de Marco Antonio Muñiz, Javier Solís, Libertad Lamarque, Vicky Carr, Olga Guillot, Lucho Gatica, Carmen Delia Dipini, y más tarde de Julio Iglesias y de Luis Miguel. También el genial, maestro de varios ritmos, Rafael Solano (Por amor, Magia), y el inmenso Aníbal de Peña (Mi debilidad, Tú no tienes la culpa), entre otras canciones y compositores.
Por otra parte, el más célebre grupo de la llamada música moderna, The Beatles, desde el rítmico Love me do, pasó a la inclusión de la música y meditación oriental, a la droga, y sin embargo, superando todo ello, logró crear una música imprevisible, no superada hasta ahora por nadie, que cristalizó en un álbum: Sgt. Pepper’s lonely hearts club band que aparte de la canción del título tiene las emblemáticas With a Little help from my friends, Lucy in the sky with diamonds, y sobre todo A day in the life, con apoyo sinfónico, canciones hechas con la perfección de los lieder de Mozart y Schubert, y que luego, de hecho, han sido editadas por la Royal Philarmonic Orchestra. El asunto es que de la sencilla I want to hold your hand —quiero sostener tu mano—, se pasó pronto a la agresiva Let’s spend the night together (vamos a pasar la noche juntos), de los Rolling Stones.
A partir de entonces se perdió el pudor para los hechos, también para las palabras: todo puede mostrarse, todo puede decirse. No hay contención sobre nada ni sobre nadie. No es que esto sea nuevo, lo que sí lo es, es el entramado mercadológico y mercurial a cuya sombra acontece todo ello. Y, puesto que donde quiera que no haya límite, aparece la degeneración, en este caso el chisme, por ejemplo, se ha convertido en una industria que deja millones de dólares. Los chismosos, otrora condenados socialmente, hoy son celebridades.
También estuvo el reverso de esa medalla, la canción de protesta, orientadora de los cambios sociales, con autores celebérrimos por su poesía atrevida y música nueva, de tintes revolucionariamente humanistas. Hay aquí demasiados nombres gloriosos, así que arbitrariamente, y por razones muy personales citaré solamente a uno: Patxi Andión, que podía pasar del tierno Amor Primero interpretado junto a Mocedades, hasta el inicial Canto, con letras como éstas: “Canto a los sueños que se mezclaron en mi creación, canto a los sueños, canto al dolor, canto a los hombres que curte el sol, canto a los hombres que se definen y hablan sin temor….y van trocando unos susurros en clamor. Canto a la madre que me parió, le canto al vientre que en una tarde de invierno me engendró”.
Lo bueno de todo esto es que el que desee recordar —o conocer si no tuvo la oportunidad de vivir aquella época—, con un teclazo puede localizar, ver u oír tales canciones vía Internet, un diseño e invento de aquellos lejanos, pero influyentes años (1973). Aunque debe recordarse que, entre otros, el genial escritor argentino Jorge Luis Borges, en su cuento “Tlōn, Uqbar, Orbis Tertius”, publicado en 1941, “profetizó” la aparición de la red; con su influencia de lo virtual, de lo simulado, sobre lo real.
Pues bien. La permisividad sexual, el sexo practicado con todo, y eventualmente con todos; la píldora, la minifalda, todo ello forma parte del legado de los sesenta. Pero no es eso solamente: de aquel tiempo vienen las raíces de los tres grandes flagelos de la hora presente. Ya lo dijo el dignísimo discípulo de Ortega y Gasset, don Julián Marías, en un artículo publicado pocos años antes de su muerte: el imperio de la droga, con narco-gobiernos en varios sitios del planeta. El terrorismo organizado, con su desprecio por la vida y el fomento del suicidio en nombre de contrasentidos. Y la disolución de la familia, apuñalada por los divorcios fáciles, los abortos irresponsables, los condones, el sexo realizado no solamente fuera del matrimonio, sino con frecuencia no exclusivamente con parejas de diferente sexo, sino con las de igual sexo y hasta en grupos como en los mejores tiempos de la barbarie.
O por la simple decisión de que es mejor no tener hijos y así llevar una vida más cómoda, más ‘libre’ si se quiere, caso de los grandes países desarrollados de Europa, Estados Unidos y Japón, que los ha forzado a aceptar una población inmigrante mucho más joven que realice tareas que su envejecida fuerza laboral ya no está en condiciones de hacer. Japón, incluso, como no le agrada la importación de mano de obra extranjera, trabaja arduamente en el diseño de robots que desempeñarían con eficacia labores en hospitales para atender a su elevada población ‘envejeciente’; así como en restaurantes, supermercados, en el trabajo doméstico y otros similares (BBC, reportaje del 18 de mayo de 2010).
La droga, el aborto, el terrorismo no es que no existieran, pero eran cosa individual, o restrictiva. No un asunto colectivo, con carácter social; sino más bien asunto infrecuente, esporádico, no epidémico por lo general del fenómeno. En el caso específico de la esterilidad hay que señalar que no es meramente un problema estadístico, sino una transformación profunda del modo de vivir, con serias consecuencias sociales, económicas y hasta científicas, y cuyos efectos serán percibidos largamente en el tiempo. Acaso para algunas razas ya es irreversible, perdiendo en un futuro no muy lejano, probablemente, su predominio. A fin de cuentas, la esterilidad es un fenómeno vinculado a la decadencia. | José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002.
