JOSÉ TOBÍAS BEATO [Homenaje a Julián Marías] | La guerra de Vietnam de los años sesenta y principios de los setenta, dejó un saldo de 58,158 hombres y mujeres norteamericanos muertos, cuyos nombres son honrados en el “Vietnam Veterans Memorial” de Washington, DC, con miles de flores día por día.
“Hace cosa de veinte años dije que tres males amenazadores del mundo actual, en especial de Occidente —el terrorismo organizado, la difusión universal de la droga y la aceptación social del aborto—, se habían constituido y consolidado en la decena de los años sesenta”. Así se expresaba Julián Marías, el severo pensador español que con su sola vida demostró la falsedad de que la filosofía ya no existía ni tenía representantes en los tiempos contemporáneos. Lo dijo en ABC, en un artículo del 31 de Oct. 2002, a pocos años de morir (fenómeno que ocurrió el 15 de diciembre de 2005), y que tituló “Los males presentes”. En ese ensayo, Marías mostraba la esencia de su pensamiento y lo mejor de su estilo: capacidad de síntesis, claridad expositiva, rigor en el análisis, creatividad.
La década del sesenta, y por extensión la generación de los sesenta, fue una época revolucionaria, de grandes cambios, aunque no todos beneficiosos. Las conclusiones del vigoroso ensayista español, que por cierto ha dejado una descendencia altamente creativa para España, y por qué no decirlo —¡joder! — que es orgullo de la América que se expresa en español, me parecen del todo verdaderas. Pero no es eso solamente. En la primera parte de este trabajo ya mostré algunas de las contribuciones de aquellos años. Pero el asunto es que traigo a colación el trabajo de Marías, porque hay en él algunas contribuciones teóricas que es útil subrayar, porque acaso faciliten el análisis de los males de la hora presente, y porque dan el toque de campana para que con valentía les salgamos al paso.
Empezamos con que en este mundo superpoblado de periodistas, de especialistas en cómputos, estadísticas, economía y ciencias afines, con demasiada frecuencia nos conformamos con enterarnos de los hechos, cuantificarlos y luego presentarlos en más o menos bonitos cuadros estadísticos. Pero ello no es suficiente, pues el verdadero problema es cómo hemos llegado a esos hechos, y por qué se han producido. Por lo demás, por más que se niegue, lo cierto es que el hombre es libre, de ahí la imprevisibilidad de sus acciones. Ahora, lo que siempre se soslaya al hablar de libertad, es su complemento inevitable: la responsabilidad. Hoy más que nunca, cuando el hombre trata de justificar sus acciones, y acomodarlas a sus intereses, reinterpreta las circunstancias o simplemente acude a la difamación y a la mentira. Toda acción humana, personal o social, tiene responsables; tiene un por qué y un cómo. Frecuentemente, se trata de evadir la responsabilidad, diluyéndola en el tumulto, que por eso en la mitología romana era un dios menor del séquito de Marte, el dios de la guerra. Responsable, alegan, es “la compañía”, “el partido”, la dirección, o sea, nadie, como el que alega que cometió un crimen por “órdenes superiores”.
Lo cierto y verdadero es que hay un conjunto de personas cada vez más extenso que se mueve en un territorio conductual que Marías llamó “crepuscular”: una zona que les permite moverse a cubierta, protegidos por lo que no es ni luz ni sombra, un lugar donde “todos los gatos son pardos”. Penumbra que les permite actuar, pero sin asumir responsabilidades, ni sufrir consecuencias. ¿Qué los lleva a actuar así? Para responder la pregunta nuestro filósofo introduce la noción de “la fragilidad de la evidencia”: “el hecho de que, después de ver con claridad indubitable algo, la presión de las circunstancias, de lo que se dice y repite, hace que desaparezca la anterior claridad y se pierda lo que parecía conquistado y firme. En la vida cotidiana de nuestros países se observa el hecho frecuentísimo de que personas normalmente buenas, con principios de los que no reniegan, hacen cosas que no están bien, pero procuran convencerse de que lo están, sin seguridad, con una casi involuntaria confusión que les permite adherir a lo que en el fondo rechazan.”
Un senador de California, el señor Roy Ashburn, representante republicano por el distrito 18, durante 14 años votó contra la comunidad homosexual y sus intereses. Recientemente reveló que es homosexual, o como se dice ahora, “gay”. ¿Por qué votaba contra sus propios anhelos y conducta? El todavía senador —de 55 años, y padre de cuatro hijos—, alegó que lo hacía por ‘empuje’, que así era que la mayoría quería que votase, por lo que obedecía, actuando contra sus propias convicciones (BBC, 9 de marzo del 2010).
En su última conferencia de prensa (Diario Las Américas, Pág. 6-A, 13 de enero 2009), George W. Busch dijo que cuando regrese a Texas, “podrá mirarse al espejo cada mañana sin hacerse ningún reproche”. Claro, lo dijo porque en ese momento no tenía quien le reclamara. Porque aparte de la crisis económica en la que dejó sumido a Estados Unidos, y con él al mundo, en la que sólo intervino — violando por cierto sus propias creencias—, cuando ya el mal había tocado fondo y amenazaba con la debacle, la guerra de Irak, que fue su iniciativa, ya ha dejado varios miles de jóvenes soldados norteamericanos muertos, otros tantos de heridos, y los cadáveres en Irak se cuentan por centenas de miles.
De modo que aquí en la Tierra no puede justificarse: las armas de destrucción masiva, base para el ataque, no han aparecido, y habrá que ver si el supuesto bien hecho al derrocar a un tirano, justifica los horrores presentes, o si puede justificarse el luchar contra el terrorismo, provocando más terror, y por tanto, siendo más terrorista que los supuestos o reales “terroristas”. Ni hablar de cuando su “Ka”, si le creemos a los antiguos egipcios, se presente ante el tribunal de Osiris, en el que no puede mentirse así no más, y pasar las pruebas de los 42 jueces terribles que acompañan al dios de los muertos. A su vez, la mayoría de los congresistas firmaron un cheque en blanco, dando carta abierta a la guerra, aunque muchos no estaban convencidos, pero tenían el temor de ser calificados de “antipatriotas”, sin temerle a otro adjetivo peor: el de genocida, porque éste aparentemente no conlleva sanciones, ni evidentemente pérdida de puesto alguno.
La guerra de Vietnam de los años sesenta y principios de los setenta, dejó un saldo de 58,158 hombres y mujeres norteamericanos muertos, cuyos nombres son honrados en el “Vietnam Veterans Memorial” de Washington, DC, con miles de flores día por día. Imagínese ahora el número de muertos vietnamitas y los mutilados por las bombas de NAPALM arrojadas allí por toneladas. Sin embargo, terminada la insensatez tras mucha sangre derramada, Vietnam se mantuvo ideológicamente “comunista”, pero se establecieron hace tiempo relaciones diplomáticas y de amistad. Miles de vietnamitas viven en los Estados Unidos o sus descendientes son ciudadanos, y recientemente sus ejércitos harán maniobras navales conjuntas, como paradoja del fin del sin sentido de la historia guerrera. Efectivamente, un destructor y un portaaviones estadounidense se encuentran ya en aguas vietnamitas. El país se ha convertido, al parecer, en el principal aliado de Estados Unidos en la zona, en un grado tal, que Vietnam enriquecerá uranio dentro de poco, con la ayuda norteamericana. General Electric venderá, entre otras compañías, reactores nucleares al antiguo enemigo. Acaso la potencia americana participará también en la explotación de petróleo que se dice hay allí en cantidad similar al de Arabia Saudita (BBC Mundo, reportaje del 10 de agosto, 2010).
Por otra parte, siempre ha habido actitudes suicidas en ciertos individuos o grupos, o quien las haya estimulado. Y razones de lo más variadas: desde el hastío, la vergüenza, el honor, la quiebra, la patria, la religión, en fin, tantas causas como tipos de hombres hay. Por ejemplo, Diógenes “el cínico”, al parecer cansado de burlarse y mandar a los hombres —esto último, según su propias palabras, era lo único que sabía hacer— se suicidó conteniendo la respiración. Tenía ya noventa años, señal de que comer poco y andar mucho es saludable. Cleobromtes, discípulo de Sócrates, lleno de vergüenza se lanzó al mar desde un peñasco cuando supo que Platón en uno de sus diálogos acerca de la muerte de Sócrates lo acusó de no estar presente por estar divirtiéndose en Egina donde residía Lais, la puta favorita de Aristipo (fundador de la escuela cirenaica, verdadero promotor del hedonismo, y no Epicuro que así resulta otro gran calumniado de la historia).
El filósofo de la escuela cínica de nombre bien pesado, Metrocles, de joven era muy tímido, tanto que una vez que se ejercitaba físicamente en la palestra se le zafó un pedo tan ruidoso, que de la pura vergüenza intentó suicidarse. Su maestro Crates logró temporalmente disuadirlo como sólo podía hacerlo un miembro de tal escuela: con otros pedos igual de sonoros delante de los más prestigiosos ciudadanos de Atenas (Luciano de Crescenzo, Historia de la Filosofía Griega, tomo II, págs. 55-56, Ed. Seix Barral). No obstante, más adelante, cargado de años y con prestigio, terminó estrangulándose con sus propias manos. Salano, un sacerdote persa, posiblemente fue la primera persona que se inmoló al llegar un ejército extranjero a su patria: fue cuando Alejandro Magno llegó a Medio Oriente, al frente del ejército griego-macedonio. El sacerdote hizo que le hicieran una pira como altar, invocó a los dioses, se cubrió la cabeza con un velo y luego se tendió sobre las llamas “dejándose quemar vivo, sin mover un solo músculo” (L. de Crescenzo, obra cit., pág. 181).
Las cosas comenzaron a cambiar cuando el cirenaico Hegesias, el más radical de los hedonistas, partiendo de que “desde el momento en que no es posible alcanzar una condición estable de placer y la vida, con sus emociones, nos procura esencialmente dolor, tanto da morir”(L. de Crescenzo, obra citada, pág. 63). El problema es que este señor no solamente se lo aplicaba a él mismo, sino que intentaba convencer a otros de que se suicidaran, y efectivamente, siempre lograba convencer a alguien. Después de esto, especialmente en los tiempos que corren, el problema no es solamente suicidarse, sino que el practicante de tal acto abominable, pretende llevarse con él al mayor número de personas posible. Augusto Vaillant, fue uno de los primeros terroristas de la era moderna, al lanzar en febrero de 1894 una bomba en la Cámara de Diputados de Francia, para llamar la atención sobre la situación de los pobres. Fue ejecutado, pero a la semana siguiente el intelectual anarquista Emile Henry, de 21 años, con un cigarro pedido en el abarrotado Café Terminus de París, prendió una bomba que lanzó sobre los concurrentes burgueses —clase a la que decía odiar con toda su alma—, para vengar la muerte de Vaillant. Emile fue guillotinado y la represión que lanzó la policía fue tal, que la opinión pública se tornó contra el Estado francés, que tuvo que suspenderla.
Los Estados no se quedan atrás, tratando de eliminar al ejército enemigo, sino envolviendo a parte de la población civil que no participa del conflicto, y devastando el ecosistema (plantas, animales, peces, aves). Hasta la primera guerra mundial, los elementos para lograr tales fines eran los incendios, el humo, el envenenamiento del agua. Luego vino el pase de objetos infectados de viruela. Durante la primera guerra mundial, los alemanes introdujeron el gas sarín que produce la muerte o parálisis. También se introdujeron el gas mostaza —para producir quemaduras—, el gas lacrimógeno, cloro y fósforo como elementos singularmente letales o cuando menos corrosivos. En la segunda guerra se introdujo el NAPALM (un tipo de gasolina espesa que se adhiere a las superficies y piel quemándolas profundamente), y por supuesto, se crearon y lanzaron las primeras bombas atómicas. También municiones de uranio empobrecido, usado en Irak y otras partes del mundo. Aparte, está el peligrosísimo agente naranja que, utilizado en selvas y sembrados reduce la fuente de alimentos de los enemigos, pero acaba con plantas, peces y el ecosistema en general. Ni hablar de hongos, bacterias, que pese a tratados y convenciones, sabemos que están dentro del arsenal de varios ejércitos. Vietnam, China, Irak, Afganistán, entre otras naciones, han sido los ‘conejillos de indias’.
Finalmente hay que decir que, el problema de estos flagelos de la humanidad no fueran tan graves y extensos, si no hubiera algo esencialmente morboso: la incitación colectiva que los convierte en moda. Ello unido al deseo de sentirse alguien única y exclusivamente dentro de la multitud. Como el señor que llega a una estación de gasolina, la encuentra sin clientes y consternado deja la puerta de su carro toda abierta y entra como un bólido dentro de la tienda, para preguntarle al cajero: “¿Qué pasa que no hay nadie? ¿Acaso no hay gasolina?” Al contestarle aquél que “sí hay, pero que por pura coincidencia ahora mismo no hay nadie echándola”, en lugar de aprovechar y servirse a sus anchas, se marcha tan vertiginosamente como entró: probablemente gran solitario, necesita de mucha gente para sentirse acompañado, amén de la “necesidad” de ser visto.
En un reportaje de BBC del día 30 de julio del cursante año, titulado “El estigma de no querer ser madre”, da cuenta de que “cada vez más mujeres en el mundo desarrollado elige no tener hijos”. Que hacer tal cosa es su derecho y que antes eso era un estigma, hoy por fortuna superado. Ciertamente es su derecho, que nadie debería cuestionar si no fuera porque en lugar de ser una decisión individual de algunas, se trueca en moda, asunto colectivo para estar en onda. Ya dije en el artículo pasado, que según mentes brillantes, la esterilidad está vinculada a la decadencia. Nosotros los latinos debemos estimular la fertilidad en nuestras relaciones con el sexo opuesto, sean éstas formalizadas por el matrimonio —mejor— o sean éstas informales, aunque estables. Lo que no implica que no haya planificación. Por supuesto, como el mundo se haya encallecido en su maldad, todo lo dicho aquí pudiera ser parte de un entrenamiento similar al que Diógenes hacía cuando conversaba con una estatua, y al preguntársele por qué lo hacía, contestó: “ me entreno para preguntar en vano”. | José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002.

muy interesante articulo, como siempre espero avido sus escritos, porque usted lo hace de una excelente prosa y ademas agregas datos, tantos historicos, como de otra indole que los hacen mas que interesantes, pordria decirse deliciosos, con consideracion y estima, su lector y amigo jose luis espinal romero, gracias ademas por enviarme sus articulos a mi correo, espero el proximo.
En los 60s eduque mi oido musical para escuchar bandas como Beatles, The Who y solistas incomparables como Thelma Houston, Carole King entre otros; aparte de los aconteceres imborrables en la política,economía, arte y cultura…La vida sigue su agitado curso!