La isla de los ‘tigueres’ y su anterior ‘Era gloriosa’

La isla de los ‘tigueres’ y su anterior ‘Era gloriosa’

JOSÉ TOBÍAS BEATO | El “tíguere”, aunque puede contribuir al nacimiento de una nación, no puede crearla y mucho menos sostenerla, pues sus modos de vida son de hecho opuestos a la existencia y desarrollo de la misma

Las reflexiones del señor Miguel Ángel Fornerín, doctor en literatura y profesor de varias universidades y del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, aparecidas en los últimos números de mediaIsla, particularmente en el resumen 0030, año VII (“La dominicanidad como tragedia: las tribulaciones del pensamiento optimista”); junto a la entrevista realizada por Sara Ma. Rivas al destacado crítico, ensayista y cuentista José Alcántara Almánzar (“Hay diferentes niveles del tigueraje”), quien, al negar, deja entredicho que también hay tígueres sin rayas, publicada también en el último número de la citada revista, han tenido el efecto de provocar en mí unas impresiones similares a las que recibe el que ha estado encerrado por largo tiempo en una habitación oscura cuando de repente alguien, desde afuera y a pleno día, abre una puerta por donde entra un sol que deslumbra hasta paradójicamente enceguecerlo temporalmente.

Ambos hablan sobre el Caribe, la situación económico-social y sus ecos políticos y literarios. Especialmente sobre el papel del denominado “tíguere”, ese sujeto que tiene por medio de vida la “avivatada”, el salirse permanentemente con la suya, que no acepta las reglas de la convivencia civilizada, desarraigado de todo idealismo, embrutecido por el sexo, el trago y el baile, los cuales ha hecho objeto de culto, vieja religión politeísta que practica con entusiasmo. Ambas ponencias merecen largas reflexiones.

Lo que sigue a continuación no son esas meditaciones, algo pensado recientemente, más bien son reverberaciones sobre el pasado inmediato dominicano y sus perspectivas futuras que la lectura de aquellas reflexiones han vuelto a sacar a flote como el sol expone el fondo de un estanque. Aquí nada es definitivo ni racional, sólo estado pasajero, pero que es necesario declarar para lograr establecer el orden racional en el camino. Acaso para ayudar a curar, como la técnica freudiana de la “Asociación libre” que permite eventualmente determinar el origen de las neurosis. Éstas son palabras nacidas como reacción ante unas realidades tan abismales que producen vértigos. Divagaciones como las del que oye música que no puede evitar que la imaginación, ya picada —como loca de la casa que es, según Nicolás de Malebranche, se desborde—, pero que al estar situada a medio camino entre la sensibilidad y el entendimiento, puede servir para la comunicación entre ambas.

Y entonces bajo el sutil influjo de las notas musicales se producen ensueños que pueden pasar desde el absurdo, pasando por la poesía y la mística, hasta la racionalidad fría e intemporal que impone la voluntad. Así, al escuchar a Manzanero cantar “Parece que fue ayer” no puedo evitar imaginar que un cangrejo al salir de una cueva ha logrado por puro milagro tener voz. O que al oír calmadamente algunas composiciones de Haydn me sitúe en el borde del universo, en un punto tal que puedo vislumbrar el momento en que el Gran Solitario, muy absorto, decidió crear el mundo: hágase la luz, dijo, y entonces creó un potente láser mediante el cual agrupó y ordenó los elementos que permitieron la creación del universo: y vio que la luz era buena, es decir que lo primero fue el plan, es decir, la reflexión, esto es, el concebir mentalmente, o sea, la idea. O que al escuchar La Quinta de Beethoven, me sienta impulsado por la voluntad avasalladora de luchar contra el destino y hacer que la vocación cristalice en realidad, pese a las circunstancias cotidianamente adversas. Ya lo dije: lo que sigue es puro surrealismo, puesto que va más allá de la apariencia, corriente subterránea que origina los fenómenos de la superficie, y que no necesariamente coinciden con el pensamiento de los dos prestigiosos intelectuales. Mis palabras son exclusivamente fruto de impresiones anárquicas como reacción a las emitidas por ellos. Reacciones que me impongo como deber racionalizar más luego, pero que para hacerlo necesito primero que salga la tensión.

Al leer a los citados señores, hombres de sabiduría y palabra alada, rectos de juicio y buenas intenciones, en primera instancia pienso en cosas que aparentemente nada tienen que ver con el asunto. Pienso en Jorge Luis Borges y en un cuento suyo titulado “Las ruinas circulares”: Un hombre llega a lo que en un tiempo lejano fue un templo. Allí, exhausto, se entrega a un propósito que si bien no era imposible, era sobrenatural: “Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”. El cuento concluye —es la imaginación desbordante de Borges, como la de Cortázar o Bioy Casares— con el descubrimiento terrible por parte del protagonista soñador de que él también era apariencia, ficción, pues otro estaba simultáneamente soñándolo. ¿Acaso muchos de nosotros no nos habremos dedicado a soñar y a querer imponer lo soñado a la realidad? ¿No tendría razón el doctor Balaguer acerca del valor del dominicano promedio, e hizo con recursos humanos tan pobres lo que más podía hacerse?

Entonces, ¿tendrían razón Américo Lugo —el valor moral del dominicano es casi nulo, al serlo también su educación, por lo que “la inmigración tiene aquí la importancia de los cimientos en el edificio”, puesto que según Francisco Henríquez y Carvajal “los dominicanos son seres enfermos, inficionados de vicios morales o de ilusiones que falsean completamente su esfuerzo intelectual” —, y José Ramón López al describir particularmente al campesino, caracterizándolo por su doblez e instintos violentos, amén de su mañosería? ¿Somos los que soñamos con un país distinto, los sueños de otros hombres tan utopistas como nosotros? ¿O estamos condenados a ser los sueños realizados de los conquistadores, que aprovechan nuestras indisciplinas, indocilidades y pequeñas ambiciones para dominarnos nuevamente con espejitos y baratijas?

Pienso en la Biblia y los profetas, no por motivos religiosos precisamente, sino por su “teoría del remanente”: el Resto que quedaba tras el abandono de los israelitas de una vida recta y justa, entregados a la indolencia moral y a las violaciones del pacto divino, y que luego de matanzas y saqueos exteriores, y de un cruel exilio, lograría reconstruir la nación, sometida a tan duras pruebas. Tan importante era esta doctrina, que el profeta Isaías con tal nombre así llamó a uno de sus hijos Sear-jasub (“Un resto volverá”), le puso al niño, con el que asistió al encuentro con Ahaz, rey de Judá. Y así acontecía, un resto retornaba y reconstruía la nación. ¿Ese Resto existe en la República Dominicana o fuera de ella? Y si existe, aunque bajo diferentes ideologías, naturalmente, logrará juntarse teniendo como punto de partida la reconstrucción de la nación? ¿Será viable tal sueño? De que ese Resto existe es testigo hasta la literatura: nuestros hombres de letras casi siempre se ocupan de los grandes temas y problemas, tratando siempre de inspirar y motivar, pero son escasas las obras que muestran al “tíguere” en acción. Pero con ignorarlo nuestro hombre no desaparece de la escena, más bien se vigoriza.

Porque lo cierto y verdadero es que, hoy por hoy, en nuestro país el hombre es invisible. Quiero decir el hombre íntegro u honesto, que pretende guiar su vida por ideales. Piensa y escribe, pero nadie lo lee. Habla y planea, pero nadie hace caso; grita, pero nadie lo escucha. Allí solamente tiene vigencia el “tíguere” y el rico. Para sobrevivir en ese medio maleado, absurdo, necesita desarrollar un modo de vida acorde con el mismo, esto es, necesita “atiguerearse”. Y es que el ‘tíguere” se ha convertido en el hombre promedio dominicano. Domina los partidos políticos, el Congreso, el ejército, la enseñanza, la gerencia, las iglesias.

Y ya no es el simple proxeneta de los barrios y pueblos, ha aprendido a vestirse, y lo primero que hace es seleccionar el sastre que diseñará su vestimenta. Ahora el “tíguere” siempre va “trajeado”. Asiste al manicurista y barberías de estilo y hasta toma cursos de oratoria y de etiqueta y protocolo, aunque a la entrada o a la salida, nunca dejará de mostrar sus viejos hábitos de palurdo, sus viejas mañas de elemento grosero, burdo. Pero sin duda ha aprendido a disfrazarse y colarse. El “tíguere” es responsable del estereotipo que impera en el exterior: República Dominicana produce solamente bachateros, peloteros y prostitutas. Realidad absolutamente falsa, pero que se ha impuesto, sin que nadie haga mucho caso de la infamia, y menos el Estado ocupado como están la mayoría de sus representantes en el exterior del buen vivir y mejor $ganar, con escasísimas excepciones.

Una sociedad para desarrollarse necesita de muchos factores, y de la existencia de múltiples elementos sociales: necesita abundancia de obreros, de campesinos, de alfareros y artesanos, de soldados y de religiosos, de pensadores y científicos, de administradores y gerentes, de poetas y artistas, de hacedores y creadores en los más variados oficios, pasando por bailadores y gustadores, hasta llegar a los “vivos” y habilidosos; nadie es innecesario. Pero donde predomina de modo absoluto uno solo de estos factores, habrá problemas. Y muy graves si los que prevalecen son los últimos.

Pues el “tíguere”, aunque puede contribuir al nacimiento de una nación —ya lo vimos con el ejército santanista en 1844, y en otras gestas gloriosas tanto dominicanas como de otras etnias—, no puede crearla y mucho menos sostenerla, pues sus modos de vida son de hecho opuestos a la existencia y desarrollo de la misma, que necesita de orden, disciplina, de armonía como las plantas de agua y terreno apropiado. Crear y sostener en el tiempo una nación requiere poner en primer plano lo que une; precisa de ideales y hasta del mito que sostenga la esperanza de vida común feliz. Tal no puede hacer el mero vividor al que le importan un bledo nación, estado y el bienestar común.

Con la dictadura de Trujillo, en la que el pueblo dominicano a base de sudor y sangre, acumuló ingentes riquezas, como no había conocido antes en toda su historia —con el régimen el capitalismo se afianzó en el país con pie de oro—, se supone que estaba en condiciones para dar el gran salto, para el que estaba ya estructuralmente preparado; ‘solamente’ necesitaba de libertad política para elegir a los más aptos y eficientes para dirigir a la nación, y para cambiar a los que no lo fueran. En una palabra, precisaba de democracia política que facilitara la distribución de la riqueza y el engrandecimiento cultural de la nación. Parecía fácil. Y aunque hubo algunos meses de esperanza y sueño, el intento ha fracasado estrepitosamente. Ni hay Estado, ni hay democracia, esto es, gobierno del pueblo, de los que trabajan, de los que producen bien como zapateros, jornaleros, organizadores, comerciantes, empresarios o intelectuales. Lo que tenemos es “tiguerocracia”, el poder del “tíguere” en una sociedad organizada como plutocracia, es decir, donde la riqueza  es lo importante sin que importe nada cómo se ha llegado a ella, sin que importe qué se hunde ni a quién.

Por eso el narcotráfico permea las principales estructuras del Estado, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, compra periodistas, socava estudiantes y profesores, financia campañas políticas, soborna o atemoriza jueces, fomenta la delincuencia común, transformando el país poco a poco, acercándolo al hermano pueblo de México que enfrenta hoy prácticamente la guerra civil, de tan poderosos que se han hecho las bandas de narcos.

Ese estado de cosas no vino solo, ni exclusivamente del interior. Fue fomentado también desde afuera, pues así se perdían las riquezas nacionales: se vendieron primero los hombres, luego los ingenios, las plantas de la electricidad nacionalizadas por Trujillo, las cuales fueron vendidas como chatarra por centavos. El tíguere se hizo partidario del neoliberalismo, pues hombre sin bandera, pronto descubrió que allí estaba su filón. Los “tígueres” se han hecho ricos a base de buenas comisiones. Y luego se han repartido el presupuesto, que asimilan al contado, y para las nuevas obras y el desenvolvimiento normal de la burocracia, contratan préstamos, que aportan nuevas comisiones. ¿Tendremos que añorar entonces la Era gloriosa como advirtiera Antonio de la Maza, el principal matador de Trujillo, en una premonición trágica de que a los cincuenta años del tiranicidio así ocurriría, al no poderse impedir la anarquía posterior?

Por cierto, que para superar el trujillismo no es suficiente presentar a Trujillo simplemente como el tipo malo, que cometió crímenes horrendos, al margen de las  circunstancias históricas que lo hicieron surgir y hasta crearlo. Sin tomar en cuenta, todas o casi todas las contradicciones, recursos o aspectos involucrados. En todo caso, la superación de un régimen y hasta de las ideas, como bien enseñaba Hegel, requiere ciertamente de la negación del mismo, entendiéndose que inevitablemente toda negación es, al mismo tiempo, una conservación. José Tobías Beato, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002.

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