La poesía de Charles Baudelaire, de visita por la playa

La poesía de Charles Baudelaire, de visita por la playa

JUAN CARLOS GARCÍA | La visión moderna de ir a la playa a bañarse, comenzada a inicios del siglo XIX, obtuvo la atención del poeta Charles Baudelaire. Para abordar el tema con su incómoda pluma, unas cuantas líneas fueron suficientes para él.

Todo comienza con una recomendación médica: el Dr. Paul Ratré, galeno francés de exitosa carrera, indica a sus pacientes de alcurnia de tomar baños de sol y de mar, como remedio a ciertas enfermedades, como la meningitis, la depresión y los males de amor. Nacida en la Francia del intelecto y las luces más vanguardistas, pronto la recomendación fue adoptada por todo el tejido social de la época. Baudelaire fútilmente diría lo siguiente:Para fascinar a estos amantes pordioseros de ropa/ con sus carnes tostadas de caricias solares, dóciles al tacto, ofrezco puros espejos que embellecen las cosas:/mis ojos, mis dos enormes pozos de eternidad”.

Charles Pierre Baudelaire, fue conocido como El poeta maldito (“le poète maudit”), debido tanto a su vida licenciosa como a la visión del mal que impregna toda su obra. Baudelaire fue, sin duda, el poeta de mayor impacto en el simbolismo francés. Su influencia más destacable es Edgar Allan Poe, a quien tradujo maravillosamente.

Nació en París el 9 de abril de 1821. Su padre, Joseph François Baudelaire, ex-seminarista, antiguo preceptor, fue también profesor de dibujo, pintor y funcionario jefe del Despacho de la Cámara de los Pares. Joseph le enseñó las primeras letras. Cuando nació Charles, su padre tenía la edad de sesenta años. Nunca se ocupó de él.

Entretanto, los europeos empezaron a frecuentar de forma masiva las playas, hecho que hizo posible el desarrollo e impulso que tomó el ferrocarril. Baudelaire, atento a todo con su temperamento lascivo proclamaría de la piel del cuerpo humano lo siguiente, a la cual la puso a hablar: “Yo soy Bella, ¡oh mortales! como un sueño de piedra, y mi senos y mis muslos espléndidos eternamente enmudecen al cielo”.

Cuando se hizo necesario crear una prenda específica para este tipo de actividad, entre terapéutica y lúdica, Baudelaire derramó su tintero con palabras atroces: “Yo jamás lloré, como tampoco jamás reí del odio y las decadencias, que vivan y que mueran a la vez, que nos sepulten y glorifiquen al mismo tiempo”.

En un artículo incendiario tronó con estas reflexiones, al aludir a los llamados: “buenos poetas”, que exaltaban la creciente moda de bañarse en la playa: “vuestras palabras sólo tallan monumentos, efebos deliciosos y obesas afroditas de corte pompeyana, sólo admirados por sus tontas pupilas; yo prefiero la palabra viva, la que tocas y mancillas, la que vive el momento, mujeres y hombres, que se mueven en su vergüenza bajo el sol y ocultos tras los bostezos de la Luna”. Pero un día recapacitó: “Es tiempo de ofrendar la dermis al Sol, de ser evas y adanes por unas horas, que tanta falta nos hace”.

Los trajes de baño siguieron al principio el mismo diseño que los de calle, en lo que se refiere al bañador de señoras, era un atuendo complicado. Se trataba de un vestido de baño de franela, de corpiño ajustado y cuello alto; las mangas hasta el codo, y la faldilla hasta las rodillas. Para aquellas que fueron algo más atrevidas, Baudelaire les arrojó estas líneas “A tu lado sin pausa el demonio te agita; A tu lado va, flota como el aire impalpable; lo bebes y sientes cómo abrasa tus pulmones ahogándote en un deseo culpable y eterno: hoy seréis como diosas y como leviatanes, mínimas sirenas codiciando sólo los despojos de agua que el mar arroja sobre la playa”.

Para la Francia opulenta de su tiempo, Baudelaire fue un escándalo de tiempo completo. La conducta de Baudelaire, que rechaza entrar en la carrera diplomática, horroriza a su familia. Su padrastro, descontento con la vida libertina que lleva, trata de distanciarle de los ambientes bohemios de París. En marzo de 1841 un consejo de familia lo envía a Burdeos para que embarque con destino a los Mares del Sur, a bordo de un paquebote. La travesía debía durar dieciocho meses y llevarlo hasta Calcuta, en compañía de comerciantes y oficiales del Ejército. Pero llegando a la Isla Mauricio, Baudelaire decidió interrumpir su viaje y regresar a su país.

De regreso en Francia, se instaló de nuevo en la capital, volviendo a sus antiguas costumbres desordenadas. Empezó a frecuentar los círculos literarios y artísticos y escandalizó a todo París por sus relaciones con la joven Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspiraría algunas de sus más brillantes y controvertidas poesías. Destacó pronto como crítico de arte: el Salón de 1845, su primera obra, llamó ya la atención de sus contemporáneos, mientras que su nuevo Salón, publicado un año después, llevó a la fama a Delacroix (pintor, entonces todavía muy discutido) e impuso la concepción moderna de la estética de su autor.

Buena muestra de su trabajo como crítico son sus Curiosidades estéticas, recopilación póstuma de sus apreciaciones acerca de los salones, al igual que El arte romántico (1868), obra que reunió todos sus trabajos de crítica literaria. Fue asimismo pionero en el campo de la crítica musical, donde destaca sobre todo la opinión favorable que le mereció la obra de Richard Wagner, que consideraba como la síntesis de un arte nuevo.

Entretanto, la playa ganaba más adeptos. A mediados del siglo XIX, hacia 1855, el periódico londinense The Times dedicaba varias columnas a mediar en la controversia suscitada en torno al escándalo que suponía el traje de baño. Terció en la polémica un tal doctor J. Henry Bennet, quien al regresar de unas vacaciones en Biarritz se mostraba entusiasmado con lo que había visto en aquellas playas, la novedad del traje de baño francés. Escribió: “damas y caballeros visten trajes de baños con la misma naturalidad que se visten los vestidos de noche para ir a un banquete”, por lo que Baudelaire reaccionó con estas palabras: “Despreciáis lo terreno aunque os colme vuestra codicia, teméis el placer aunque sacie vuestro apetito, sois un poliedro, sociedad francesa, sucia desde la raíz, dueña de muchas caras como la hiedra, falaces en los mal llamados valores permanentes que no existen”.

¿No acaso resuena la voz de Baudelaire justo en los momentos actuales del siglo XXI, cuando tanta alharaca produce el obvio predominio del imperio de los antivalores? | Juan Carlos García, periodista y escritor mexicano, reside en RD

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