Las fronteras del primitivo: identidad cultural dominicana y “limpieza étnica”.

Las fronteras del primitivo: identidad cultural dominicana y “limpieza étnica”.

FERNANDO VALERIO-HOLGUÍN | Si para los dominicanos, la frontera es el límite de la dominicanidad, para los haitianos, la transgresión de dicha frontera ha sido la esperanza de una vida mejor

En vez de percibir la frontera como espacio de negociación y de “lo que compartimos” (Guillermo Gómez-Peña), las élites dominicanas la han considerado como aquello que los separa de los haitianos. La ideología antihaitiana se ha fundamentado en una alegada “invasión silente” y en una supuesta “primitivización” de la cultura dominicana por parte de Haití.

Además de la frontera física (un riachuelo llamado Masacre y unos cuantos postes o hitos de demarcación), los dominicanos han creado lo que denomino “fronteras internas”, es decir, aquéllas cuya función consiste en lidiar con la ansiedad de unos conflictos de identidad culturales. Estas “fronteras internas” que dividen a los dominicanos y a los haitianos son específicamente del orden racial y cultural, en términos generales.

Las fronteras internas se oponen a las “fronteras flotantes” como espacio social de la hibridación cultural. Durante casi dos siglos el pueblo haitiano y el dominicano de la región fronteriza se han compenetrado y dado como resultado una cultura híbrida flotante que, parafraseando a Homi Bhabha, no es “ni haitiana ni dominicana” sino “haitiana y dominicana al mismo tiempo”. Los resultados de esta cultura híbrida se manifiestan no sólo en la lengua sino también en la comida y en la religión. Las élites dominicanas han considerado estas fronteras flotantes no como un “espacio de negociación” sino como un espacio de amenaza, por lo que, han construido mitos, estereotipos, para combatir el terror y la ansiedad causadas por el Otro=primitivo=haitiano=negro=africano.

Si para los dominicanos, la frontera es el límite de la dominicanidad, para los haitianos, la transgresión de dicha frontera ha sido la esperanza de una vida mejor pero también la sempiterna hemorragia de “una herida en la familia” (Gómez-Peña). Durante la masacre de 1937 fueron separadas familias a través del asesinato de esposos/as, hermanos/as e hijos/as.

En El masacre se pasa a pie de Freddy Prestol Castillo, el genocidio es representado como una fiesta sangrienta. La masacre es llamada “festín homicida” o “vendimia roja”: “La patrulla, con ‘órdenes’, borracha de ron y de sangre, no perdona”. Durante varios días, los soldados y conscriptos, borrachos y armados de machetes, decapitaron a miles de haitianos en una de las matanzas sin precedentes en este siglo en Latinoamérica.

En este Tiempo Sagrado de la masacre como “fiesta sangrienta”, los victimarios se acercaron a Trujillo como si fuera un Dios: “Los reservistas quedaron callados, maravillados de esta rauda escena. Era como la aparición y desaparición de una deidad”. Además, recordemos que la megalomanía del dictador llegaba a tal extremo que éste se identificaba con Dios en el lema “Dios y Trujillo”.

Con la instauración de este Tiempo Sagrado, Trujillo logró la vuelta a un Tiempo Primordial: aquél de la matanza de Jaragua de 1496 y el del asesinato de treinta bucaneros en 1728. En ambos casos, los españoles fundaron un Tiempo Histórico. Trujillo logró fundar la hispanidad esencial para la identidad cultural dominicana, amenazada por esa “raza primitiva” que constituye el pueblo haitiano. Para las élites dominicanas, la masacre fue una “higiene histórica” necesaria para la fundación de la “Patria Nueva” de la cual Trujillo era el Padre y Dios.

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