JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR | El presente trabajo fue publicado el 29 de noviembre de 1986 en el suplemento Isla Abierta del periódico Hoy, de República Dominicana. Casi 24 años después, pese a todo el bombardeo mediático y al maquillaje de cifras y datos, los hechos lo demuestran con creces y el propio autor, en entrevista recientemente concedida para mediaIsla (“Hay diferentes niveles de tigueraje”), así lo recalca… en vez de mejorar, el mal pica y se extiende.
Para Ida, que comparte mi indignación
Parto de lugares comunes para aventurar conclusiones que no por amargas carecen de validez o dejan de gravitar pesadamente sobre nosotros. Me gustaría tener el optimismo de los ingenuos, el entusiasmo incansable de los creyentes obstinados, la confianza de los que sueñan con un futuro promisorio. Pero cuando ordeno mis informaciones sobre la realidad nacional, las analizo y trato de arriesgar alguna que otra predicción, el resultado es casi siempre funesto.
Todos sabemos que este país atraviesa por una de las peores crisis económicas del siglo actual. En un lapso relativamente corto hemos contraído una onerosa deuda externa que hoy somos incapaces de saldar bajo las condiciones que imponen los acreedores internacionales. Esta enorme deuda se contrajo en nombre del desarrollo del país, cuando en realidad gran parte de esos dineros se emplearon en cancelar otras deudas, se destinaron a obras no productivas, o simplemente fueron a parar a las manos polutas de funcionarios que no vacilaron en enriquecerse cuando se les presentó la primera oportunidad. Ahora nos devora la incertidumbre y titubeamos ante la idea de hacer frente a las embestidas de los implacables acreedores, por temor a las consecuencias que pudieran derivarse de esa acción.
Por otro lado, la crisis de la industria azucarera se agudiza, con precios decrecientes, cuotas cada vez más limitadas, pérdidas cuantiosas y dificultades de todo tipo en el proceso de la zafra. Los expertos vienen recomendando desde hace años una diversificación productiva, la adopción de decisiones que nos permitan mejorar la economía por otros medios; sin embargo, poco o nada se ha hecho en este sentido. Estamos expuestos a la quiebra en un futuro cercano y nos contentamos con aguardar el momento de la ruina.
La escasa inversión productiva, tanto en la zona rural como urbana, ha provocado un incremento en la tasa de desempleo, con la consecuente elevación de la miseria en campos y ciudades. La escasez de alimentos básicos, la carestía de los bienes de consumo y la incapacidad de las autoridades correspondientes para frenar la especulación de los desposeídos y la indignación de quienes tienen ingresos limitados. El salario real es cada día menor, a causa de un proceso inflacionario incontrolable.
En este país se ha perdido la perspectiva del porvenir. La población ha sido sometida a tan fuertes presiones y angustias que la solución de los problemas cotidianos se ha convertido en el único objetivo de mucha gente. Nos falta visión del futuro porque estamos perdidos en lo inmediato, luchando por conseguir arroz, pollo, huevos, habichuelas, leche o gas propano, protestando por el agiotismo descarado y la carestía artificial de alimentos esenciales. La vida tiene que ser insoportable en un país donde falta agua potable, la electricidad es deficiente y cara, son precarios los servicios de salud, insuficiente la educación pública, caótico el sistema de transporte, pésimo el estado de las calles y carreteras.
Las ciudades se han llenado de basura y contaminación no sólo por la precariedad del servicio, o por la incompetencia de las autoridades para evitar la instalación de talleres e industrias contaminantes en cualquier área de la zona urbana, sino por la irresponsabilidad de la gente para controlar el destino de sus desechos diarios.
Los últimos gobiernos llevaron la corrupción administrativa a niveles insospechados. Se ha dicho hasta el cansancio -y se ha demostrado- que aquí el poder político es un medio de enriquecimiento fácil. En los últimos veinte años el poder ha convertido en millonarios a muchos pobretones que sin escrúpulo alguno se insertaron en puestos del gobierno para disponer a su antojo de los recursos del Estado. Los hemos visto hacerse ricos en un santiamén, emplear el crimen cuando lo consideraron conveniente y, no contentos con eso, nos estrujan en la cara el producto material de sus operaciones ilícitas. Hoy ostentan con descaro imperturbable el fruto de su latrocinio.
En el ámbito de la injusticia es donde precisamente se advierten los síntomas más escandalosos de la descomposición social de nuestro país: sentencias amañadas, jueces proclives al cohecho, lentitud e irregularidad en la aplicación de la Ley. Las leyes son violadas o incumplidas constantemente, sin que la justicia sea capaz de aplicar los correctivos de lugar. Hasta hace poco todos los días éramos testigos de denuncias sobre irregularidades en las empresas estatales. Algunos partidos políticos revelaron casos alarmantes de corrupción, se publicaron álbumes enteros con informaciones precisas, con nombres, cantidades, fotocopias de cheques, y no pasó nada. Los delincuentes continuaban refocilándose en sus cargos oficiales, para vergüenza de la población. La prepotencia y el cinismo se convirtieron en conductas típicas de quienes debían ir a la cárcel por sus desmanes.
Creo que esa ineptitud, de los gobiernos para castigar el crimen cometido desde el poder es uno de los factores que más han contribuido al descalabro de la vida pública en nuestro país. El populismo demagógico prometió encauzar la República Dominicana por los senderos del desarrollo, el respeto de la Ley, el saneamiento de las finanzas, la prosperidad económica en general. Pero lo cierto es que durante casi una década nos invadieron el letargo, la emisión de dinero inorgánico, la concesión de exoneraciones sin justificación, la exención de impuestos por militares, la corrupción rampante, la tropelía vulgar.
Pocas veces en la historia dominicana ha habido tanta desfachatez en el manejo de la cosa pública y los funcionarios han dispuesto de los recursos del Estado como si fueran de su propiedad personal. La impunidad fue manto que protegió a los infractores, mientras el país, entre atónito e indignado, observaba lo que ocurría. Hacía tiempo que no atravesábamos por una situación tan ignominiosa, contemplando cómo se desvirtuaban los principios básicos que sustentan a nuestras instituciones, mientras la colectividad era distraída con espectáculos de feria y costosa publicidad.
Lo que muchos enarbolaron como el más sólido ejemplo de convivencia democrática no fue otra cosa que la instauración del desorden en todas las instancias de la administración pública y la vida nacional. La ambición personal, el revanchismo entre grupos igualmente codiciosos fueron durante años el pan cotidiano de nuestro pueblo. Entre tanto, se estancaba la economía, seguían deforestándose los bosques, aumentaba el narcotráfico, los poderosos continuaban evadiendo impuestos, y languidecían los servicios públicos.
No es exagerado decir que este país se ha convertido en un infierno, no sólo para una inmensa mayoría que nada posee y consume su vida en el más absoluto desamparo, sino para los que, a través del trabajo y el estudio aspiran a una existencia tranquila, lejos de la vocinglería de los políticos. El éxodo hacia los Estados Unidos ya no está reservado para los que carecen de buenos empleos e ingresos fijos, sino también para los profesionales que se sienten estancados, los académicos con deseos de tener experiencias renovadoras, e incluso los intelectuales que ya no resisten tanta mediocridad e infamia. Desde hace varios años están abandonando nuestro país -por una temporada corta, tal vez por mucho tiempo- parte de los mejores talentos en el campo de las ciencias sociales, las letras y las artes. Se marchan los que pueden, los que consiguen visa. Lo venden todo (tengo un amigo que hasta vendió su biblioteca) y se lanzan a la aventura de lo desconocido. Sólo motivos muy poderosos pueden inducir a realizar acciones de ese tipo. Hay que estar muy desesperado para desmantelar una casa y arriesgarse a emigrar a países lejanos, de culturas tan ajenas a la nuestra.
Los que aquí quedamos -por tozudez, temor o resignación- somos testigos de un proceso que nos involucra aunque no queramos. Hemos visto crecer la opulencia de una élite junto a la miseria de una inmensa mayoría; hemos presenciado la ascensión social de una pequeña burguesía que hoy ve bastante reducidas sus posibilidades de mejoría; nos ha golpeado la impunidad de que gozan los malhechores y el genocidio cometido contra grupos indefensos; nos asombra la resistencia de la gente que sufre y calla.
Lo que está produciendo tanto malestar en la población dominicana es esa sensación de vacío que nos agobia. Estamos suspendidos en el aire, sin ningún asidero, sin ningún apoyo. La crisis no es sólo económica, política y social; es también una crisis espiritual de hondas raíces, que se manifiesta en el abatimiento, la frustración, el escepticismo, la depresión, la improductividad, la impotencia, la agresión. La vida adopta por momentos unos matices brutales: las pa
rejas, roídas por la abulia o las rencillas, rompen; las familias se dispersan, los hijos malpasan, los amigos se traicionan.
Parece que no estamos preparados para lo que nos ha caído encima. Lo peor de todo no es la gravedad de las circunstancias, sino la falta de proyectos y líderes confiables, la incredulidad en las soluciones que ofrece un sistema económico y político inoperante, las exiguas opciones que tenemos. Ante la fuerza avasalladora de los hechos, las reservas morales y políticas del país lucen agotadas y dispersas. A los discursos apocalípticos de algunas agrupaciones y partidos que creen detentar la verdad y prometen resolverlo todo en el menor tiempo posible, la gente responde con una sonrisa incrédula.
La clase dominante en su mayoría no parece percatarse de cuán activos están los mecanismos de una insurrección popular. Su única preocupación parece ser el lucro, el confort, la buena vida. Del otro lado están los ojos acusadores de los que se acuestan sin comer, los que duermen a la intemperie, los que sobreviven recogiendo sobras en los zafacones de la ciudad.
La revolución no estará a la vuelta de la esquina, pero sin duda nos aguardan conflictos de consecuencias impredecibles si este país no cambia de rumbo. | JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR, dominicano, 1946, Premio Nacional de Literatura 2007, Director de Cultura del Banco Central de la República Dominicana.