SILVIA DABUL * | Una prestigiosa pianista revela lo que pasa por la cabeza de un músico a la hora de ejecutar una pieza y cuáles son algunas de las varias y posibles estrategias que sigue para vaciar su mente a la hora del concierto.
¿Cada vez que me preguntan en qué pensamos los músicos mientras damos un recital, qué es lo que ocupa nuestra cabeza en ese lapso, después de una repetida y rápida reflexión sobre el asunto para volverlo más interesante, invariablemente termino dando la misma respuesta: “en nada”. En realidad, esa nada fluida por la que se discurre durante el momento de transmisión sería el estado deseable e ideal. No siempre es así. Como en la actividad amorosa o en la práctica meditativa, cada vez que el razonamiento aparece en la mente de quien está abocado a la tarea de recrear se produce una distancia, un alejamiento, una fuga. Según el grado de profesionalismo del intérprete, esta ausencia más o menos efímera pasa desapercibida para el oyente, pero en algunos casos provoca diversos tipos de accidentes leves (notas erradas, pasajes incomprensibles, momentos de zozobra) y en otros, verdaderos choques en cadena de consecuencias a veces catastróficas. De ahí viene tal vez lo de “dejar muertos en el camino” que se oye entre los músicos después de una actuación poco feliz. Una de las batallas más duras que debe librar el ejecutante en situación de concierto es la de desoír sirenas, el ulular atemorizante del juicio que irrumpe sin siquiera un disfraz de pececito.
El proceso de formación de un intérprete profesional de música “clásica” o “académica” —denominación incómoda si las hay— suele comenzar en la infancia o primeros años de la adolescencia para prolongarse por diez o doce años, a los que generalmente se agrega un período de perfeccionamiento de dos o tres años más. Casi el mismo tiempo que insume el aprendizaje de la lengua desde los inicios en la lectoescritura hasta la comprensión y elaboración de conceptos complejos. No podría definir si la música es o no un lenguaje, dejo esa discusión a semiólogos y lingüistas, lo que sí puedo afirmar con certeza es que se trata de un sistema codificado que contiene una lógica intraducible a otro sistema. Roland Barthes decía que, comparado con el escritor, el músico es un loco que pronuncia un discurso sin sentido, un discurso en el que el referente es el cuerpo. Pero si bien es imposible explicar la música con palabras, eso no significa que no se trate de una secuencia de ideas objetivamente organizadas en base a sus propias leyes. Un mundo fundado en sus propios códigos. El acceso a la lógica de estas reglas fue justamente el punto que marcó en mi proceso de aprendizaje el pasaje de la dependencia becaria hacia la adultez musical.
Alrededor de los 20 años viajaba todos los meses a Buenos Aires para tomar clases con el maestro Roberto Caamaño, compositor y profesor de varias generaciones de pianistas argentinos. A la timidez provinciana se sumaban el cansancio de 18 horas de tren, el respeto que infundía la figura del maestro y las dudas e inseguridades que caracterizan esa bella y triste edad. Caamaño era un hombre extremadamente controlado y sereno, nunca levantaba la voz, y tenía hacia sus alumnos una actitud cálida pero distante. Vestía traje oscuro y corbata, jamás se permitía un exabrupto. Cierta mañana especialmente fría trabajábamos el Tercer Concierto para piano de Beethoven. La clase transcurría en el clima de urbanidad habitual. Pero llegó la cadencia del primer movimiento. Como toda cadencia de concierto, momento de despliegue de virtuosismo, ésta además de larga era especialmente difícil. Mientras tocaba la sucesión de arpegios que había estudiado como una poseída, me interrumpió para indicar que “respirara” entre una y otra secuencia. Retomé la cosa. A los pocos segundos volvió a interrumpir para proponer una consigna distinta, era evidente el fracaso de la primera: “conduzca cada arpegio, comience por debajo del tiempo, concluya del mismo modo”. Intenté hacer lo que esperaba. Tercera interrupción. Nada demasiado malo, nada bueno. Cuarta interrupción. Es necesario aclarar que estaba tocando las notas correctas, con la intensidad y medida correctas, exactamente lo que decía la partitura. No se trataba de errores, ni siquiera de conducción. Yo era una chica cumplidora. Quinta interrupción y acceso de furia. Aquí sucedía algo ajeno a mi entendimiento pero evidentemente grave. Jamás había visto tan ofuscado a mi maestro. La sinceridad de su indignación no dejaba lugar a dudas: “no se trata de repetir lo que hacen otros como un mono amaestrado”, “lo que usted está haciendo no tiene ni pies ni cabeza”, “lo que usted está tocando no tiene el menor sentido”. Y con esa palabra, la luz. Por supuesto, no comprendí en ese momento el asunto. Los grandes maestros se diferencian de otros por el don de provocar en un instante un chispazo, un vuelco, una transformación abrupta. La cólera de ese hombre que de repente desconocía fue la llave para pasar definitivamente a otro estado de cosas. Recuerdo haber salido de la clase impresionada, atónita. No por el espectáculo de mi maestro fuera de quicio, sino por la sacudida de una revelación súbita. A partir de ese episodio, construir una forma, instalar en el tiempo una casa invisible pero concreta es el motor que impulsa tanto mi búsqueda como el lugar desde el cual intento formar a otros músicos. Hasta ese momento, estudiar piano había sido la repetición de secuencias gestuales desplegadas por una señorita de buen gusto con resultados más o menos melodiosos. También reconozco el móvil secreto de dominar una herramienta que incitara en los demás algún tipo de emoción. Ya se sabe que los músicos somos seres desesperados por un poco de amor.
Hay otras maneras de vincularse con el sonido. Están las exploraciones sensoriales, las búsquedas terapéuticas, los géneros populares, los fusionados, el mundo de la improvisación. En mi caso, lo que me gusta es inmiscuirme como invitado de confianza en casa ajena y descifrar esa especie de jeroglífico que es una partitura. Tratar de descubrir un sentido de significado intraducible. Tocar con la mente vacía de retórica. | * Revista Ñ