JUAN MANUEL RIVERA | La grandeza parcial de todo escritor(a) o ensayista está en el acto de arriesgarse a pensar y a sentir, abriendo sus locuras al escrutinio de sagaces lectores que bajarán con instrumentos filosos en tandas sucesivas.
Episodio único [Donde la ferocidad sin par de Nieve Negra se topa con la temible agüita mansa de «la brega».]
Uno puede vivir toda una vida desconociendo algunos o todos los resortes que animan su personalidad. A mí me ha sucedido. Estando el pasado 4 de julio de 2010 en la Feria Agrícola y Artesanal de Cibuco en Corozal (Puerto Rico), me guarecí del inclemente sol ¿a que no adivinan dónde? En un oasis, un quiosquito bien chévere del que brotaban unas cervezas coronadas por un velo de nieve. De inmediato me percaté de que no había hecho otra cosa que cambiar el desierto a la intemperie por una sauna un poco más benigna. Mientras sudaba hasta por las uñas, hacía como que escuchaba una controversia de trovadores que se desplumaban en la tribuna, a unos cincuenta metros de mis orejas. ¡Excelente manera —me dije— de celebrar la efemérides 234 de la independencia de la república mayor!, el primer país terrorista del Nuevo Mundo en declararle la guerra a la tiranía de la Europa monárquica.
Allí estaba derritiéndome en divagaciones cuando llegan unos amigos del barrio. Nos obsequiamos mutuamente unas frías y la música hace como que se aleja. Por media hora, por una hora, la camaradería se extiende. Hablamos de todo y de nada sin prestar atención a la riña caldeada que animaba a los gallos de la décima jíbara. Sin saber cómo ni cuándo, los amigos se esfuman. Llevaban uniforme de labor. Lo más seguro es que fueran a cumplir con obligaciones en el bar-restorán Balalaika III, donde Javier (el jefe de la comparsa ya invisible) es gobernador. Al quedarme soliloquio en medio del pequeño gentío, la música regresa, el cuatro vibra más vecino a mis neuronas, arrastrándome al centro de todas mis querencias. Y de pronto, el flech…
Tengo tres, cinco años. Mi mamá, entonces una polla de algunos 30 años, está fajada a galillo total cantando en controversia. Yo estoy agarrado de su falda, llorando sin galillo, muriéndome de miedo. No fuera que alguno de aquellos machos rudos —ojos de tomate reventado y mostacho selvático—, ofendido por la rima picante de mi Vieja, se le ocurriera empuñar el machete que dormía incrustado en el seto de madera e intentara cortarle el pensamiento. Son imaginerías de pollito acabado de salir del cascarón.
Un velorio canta’ o en mi casa era siempre así. El altar más humilde que se haya dibujado sacralizando el fondo de la choza en la que me crié, los bancos de madera sin espaldar, el cuatro del patriarca de los Machado que, él solito, era una orquesta brava; las mujeres siguiendo de cerca al guía del rosario, llenando el coro con sus voces agudas; llenando el dormitorio y la cocina con su don especial, su tercera mirada, su instinto de familia y sus reclamos a Dios y a sus maridos que a veces se pasaban (¡y de qué manera!) de traguitos. A medio camino entre el soberao y la mini cocina una pareja joven se apestilla sin atrever a tocarse. No lo hacen porque están en público y el recato, en aquella sociedad, era la ley. En el intermezzo, el aroma del café —Bobby Capó— “te hace cosquillas”. Y detrás del café, las galletas ex/port/soda que se parten de mirarlas. Los hombres en la sala o en grupitos por el batey hacen chistes de curas o aparecidos. Y un tufito a alambique hay aquí y allá, un cielo hondo con punzadas lejanas, y una tiniebla espesa rayada de lucecitas diminutas (millones de cucubanos), algunos pies descalzos y una pena chiquita.
Sembrado en aquellos parajes solitarios, en una comunidad barrida de la memoria histórica por el odio anti-agrícola y la fiebre del progreso excluyente del industrialismo, en Noveo, un sector del barrio Garrochales de Barceloneta, dejaría yo mi ombligo.
Mientras en la tribuna acá en Cibuco dos gallos finalistas se mataban caballerosamente siguiendo un “pie forza’o” en el que se hacía alarde de poder vencer al adversario “con un brazo amarra’o”, un cucubano de una dimensión desconocida se encendió en algún sitio. Cobré conciencia de un resorte que vive en un lugar de mí. Dos gallos vencedores. Dos gallos muertos, y por poquito me mato yo también. Para llegar a este puntito de humedad que ahora brilla en mis ojos, había tenido que saltar una valla de sesenta años.
Alejado de las guerras enanas que a diario se desatan en todas partes, en mi libro El turno del hereje (Ediciones Nieve Negra, 2010) aprovecho la ocasión para decirme entero cantando en controversia, sin difamar la hazaña intelectual o la persona privada de Arcadio Díaz Quiñones, cuya obra, El arte de bregar (Callejón, 2000), me sirviera de pre/texto para soltar cien maldiciones. Haciéndole una desafinada y apagadísima segunda voz al pionero «Discurso sobre el colonialismo» de Aimé Césaire, y juntándome en el largo camino con Frantz Fanon y los tocayos Eduardo Galeano y Edward W. Said, he llegado a esta herejía de la que soy co-autor al lado de millones de voces patentizadas y anónimas, entre las cuales puedo reconocer, ahora que casi soy joven, una muy en especial.
Espejo astillado del tiempo. Como voy completando el círculo, en el recodo ya de perfil me veo.
Espada de ají bravo, vine a este mundo a vivir al filo de la palabra que toca cuerdas límites. Ojalá no me tumben el cuello. Son imaginerías de escritor que acaba de volverse cascarrabias. En lugar de querer semejarme al genio triste que esgrime una lengua o serpiente de trapo contra un vecino bueno, en El turno del hereje he lanzado una piedrita contra el ojo de un sistema que —en la paz y en la guerra— tritura cuerpos, mentes y sueños; y también contra los discursos auxiliares de terceros (gente buena o mala, eso no viene al caso ahora) que defienden, justifican, suavizan, ocultan o racionalizan los alcances locales e internacionales de la Dominación con D gigante.
El diferendo cardinal entre Díaz Quiñones y yo se pudiera cifrar en esta nuez: nos guían sensibilidades políticas de diverso zodiaco. La suya es la cordura respetable de los famas (Cortázar) que —desde la paz de su espíritu— piensan con buenas intenciones al País, mientras que en mí no hay cordura sino malicia visceral. A semejanza de Díaz Quiñones, un obeso número de intelectuales, académicos y escritor@s de mi tierra parece haber optado por la moderación, la evasión o el silencio ante el crimen del colonialismo. Son ciudadanos buenos que creen con toda honestidad que levantar la voz contra ese atropello es ser salvaje. Y no se dicen de cuerpo entero porque en una sociedad que se sospecha amordazada, hablar sin una peluca en la garganta es terrorismo.
En esta domesticada sociedad colonial no llevar peluquín equivale a no ser un humano normal. Frente al arte de bregar estoy en minoría grosera. Soy un ser anormal, la voz que desentona en el coro; o, mejor, el timbre de un coquí sin coro. Un coquí medio aguafiestas o aguafiestas por completo. Un coquí que pudiera ser hecho una lámina invisible por el pie de un elefante, un hipopótamo o cualquier dinosaurio de la fauna normal, ultramoderna.
Sin cabellos allí ni acá, sin peso, sin el respaldo blindado de ninguna superpotencia anabólica especial, estoy en huelga. Declaro que la actitud pasiva, bregona, escurridiza, frente a ese flagelo anti-histórico (el colonialismo) que nació gemelo de la esclavitud es complacencia y complicidad inadmisibles. A mi ver, la única postura saludable y feliz para encarar el abuso que ese acto de delincuencia internacional representa es el repudio y la condena incesantes en todos los foros a los que tengamos acceso en y fuera de Puerto Rico.
Con un pie en el delirio y el otro en el arrebato de la palabra empeñada en alcanzar su región más precisa, vivo y muero a diario. Mis sentimientos son energías que brotan de un centro de fricción: el acontecer de la vida/muerte en mi país y en mi época. No soy neutral. No puedo serlo, y no quiero serlo. Mi discurso es una imperfecta presentación alterna, no convencional, bastante alejada de las costumbres y las instituciones que quieren amaestrarnos, convirtiéndonos en magníficas criaturas de alta civilización sumisa: agentes ideológicos de la súper cultura de la dominación.
Sin paños tibios sostengo la tesis de que el arte de bregar no es otra cosa que el “artilugio” de negociar a bajo costo el grado del propio cautiverio, y de vender la sumisión como estrategia triunfadora: una virtud política muy singular, preferible a los desgarrones resultantes de los reclamos militantes de soberanía sin eufemismo o pena. Para mí esa forma aporreada de cordura es indigna de cronopios, repudiable. La persona que no alza su voz a galillo total cuando los derechos propios y los de su pueblo son ultrajados es un santo extraviado, o un hermoso avechucho que merece un castigo: ser homenajeado por el club de pillos o burdel de Puerta de Tierra.
Sin amigazos o palancas en las juntas de gobierno del establecimiento anti-cultural/anti-puertorriqueño que lleva más de cien años tratando de borrarnos del mapa, me atrinchero en la marginalidad escabrosa que me han dejado como espacio político para lanzar mis petardos de papel. Así he de vivir y así habré de morir.
Este es mi credo. Creo en las facultades del humor y la ironía como armas de liberación, pero tomo distancia de la cloaca hirviente.
La difamación es el abuso del miedo sin talento ni vocación de cambio. Opuesta a esta crápula sin nivel ni estrategia de triunfo, la crítica demoledora que me he propuesto es una inyección de ají a cara descubierta que pretende vacunar a la sociedad contra el inmovilismo predicado por “la brega”, cómplice (in)consciente de la opresión. Este acto de higiene que asumo como militancia intelectual presupone una ética. Y esta ética no es ningún misterio. Es la sencillez más anormal del planeta: no hay teoría sagrada. No hay teoría que no sea digna del sacrilegio de una enmienda; y es necesario criticar al crítico, como aconsejara hace ya muchos años el malvado T.S. Eliot en uno de sus títulos que es menester desenterrar. A ese acto de profilaxis corrosiva, tan urgente en nuestra patria dividida, molida, aguantona y quedada, tenemos que exponernos todos. Yo, el primero.
“Criticar al crítico” significa (¡qué bueno!) que nadie es tan privilegiado como para pretender quedar fuera del toma y dame o “la tira’era” de las guerras culturales. Significa que todo bárbaro que se lance a interpretar una obra, una escuela artística, una época, un país o un sistema pudiera cosechar laureles —dependiendo de su gracia y enjundia—, pero al mismo tiempo se expone a la insistente prueba y revisión de sus hallazgos por sus coetáneos y las generaciones que vendrán. Nadie duerme en un lecho de rosas sin espinas, ni acurrucado en un nicho especial. Todo el mundo va a ser criticado, adelgazado a fuerza de preguntas, pasado por la piedra del cuestionamiento insistente. Este es el mecanismo más seguro con que cuenta una comunidad de conocimiento para lograr saber qué teoría tiene atisbos de certeza y cuál se desbarranca. De esta batalla depuradora quedará una antología de logros que dirán bien de una tradición cultural. Y quien no esté dispuesto a someterse al dictamen de este múltiple tribunal cambiante (nunca supremo, siempre revocable), debe buscar otra profesión menos democrática y caníbal que la de las letras. La grandeza parcial de todo escritor(a) o ensayista está en el acto de arriesgarse a pensar y a sentir, abriendo sus locuras al escrutinio de sagaces lectores que bajarán con instrumentos filosos en tandas sucesivas.
En este espíritu guerrero, para que la chismografía no venga a rellenar de tinieblas el espacio que por justicia le corresponde al urgente debate y la polémica encendida, exijo que mi postura ácrata sea abiertamente refutada por quienes encuentren en ella incongruencias en premisas o conclusiones. No es difícil hallarlas. Y, aunque a muy pocos les hará falta mi ayuda en este menester, si me consultaran, pudiera hasta ofrecerles algunas pistas a mis detractores.
He aquí un fardo de huesos, una herejía. He aquí una lectura ardida, incisiva y volátil de Puerto Rico, la América Latina y el mundo; una lectura con la cual no es imposible sostener un tráfico de fértiles disidencias.
Lejos de creerme infalible o invulnerable, busco el diálogo franco, la escaramuza retórica que me sirva de escuela a mí también, que mucho tengo que aprender de los buenos y de los peores, en todas las disciplinas. Pero reclamo un buen escalafón para el diálogo de candela. En éste no caben los pringosos difamadores. Los que rebajen el nivel de la guerra cultural en la que estamos enfrascados a la altura del piojo recibirán el mameyazo que les volará la peluca que llevan en la lengua.
Cuando las embestidas críticas que merecemos se abaratan al extremo de la náusea, en vez de una guerrilla poética que cumple la misión de abrir y fecundar el surco, lo que vemos florecer es una insufrible colonia de “changas” o ladillas. No, no, no, no. Jugarse entero exige mejor agricultura. Y el (la) que no pueda cumplir con este requisito de higiene y cultivo que se vaya al… paraíso; y que en el paraíso encuentre su sabrosa parejita ideal: un microbio o un virus de su misma estatura, un alma “Dios los cría” con la cual debatir, follar y servir de ventrílocuo a La Comay de la difamación.
Trato aparte me merecen los bravos de estirpe probada. A los contendores de talento que me salgan al paso armados de esa luz auroral que envuelve siempre a los dispuestos a todo, los trataré con un odio cordial bastante parecido al amor que teje a la amistad y es hermano del fuego. Si muestran casta de grandes gladiadores, les regalaré un cemí o un chékere. Les obsequiaré un areyto con pasos de bomba y una santa guasábara lo-le-lo-lay/le-lo-lé que los galvanizará. Después, crudo me almorzaré su corazón (ñam-ñam), como en su alta magnanimidad caníbal ritualizaban mis ancestros mandingas, taínos o caribes para honrar la memoria de adversarios valientes que –violentos como dioses– alcanzaban el instante sagrado de la muerte peleando como águilas o tigres.
He venido a debatir, no a difamar. Están ustedes frente a una fechoría de desobediencia y riesgo que –si acaso ha de prevalecer– se debe a que ha sido urdida con los dolores y agonías, con los triunfos y reivindicaciones inconclusos de mi pueblo, auxiliados por el mito imperfecto de la literatura. A mí me ha correspondido (y no menosprecio por completo mi labor) solo el humilde privilegio de transcribirla y devolvérsela a los lectores como si fuera mía. El riesgo que me tomo es también una impostura. Me estoy adjudicando la autoría de una hazaña que ha sido soñada, concebida y parida por el inconsciente colectivo (reprimido aún en gran medida) de buena parte de quienes me escuchan. Esa obra me ha caído en las manos y me hace responsable de su divulgación. Son los papeles que llueven de las ramas de un flamboyán en la contraportada.
Ni con lápiz, ni con pluma, ni con tecla. Este libro se escribió con un ají afilado, con la rabia de un tizón que oculto en la ceniza late por siglos. Un intérprete, un traductor asesino, es lo que soy. Alguien incapaz, sin embargo, de ganarle una partida a otro demonio con un brazo amarra’o. Una cosa ya sé. No se puede entender esta herejía que ahora arrojo a los leones, ni ningún alarde o acto mío, sin la expresión de lo que fui antes de llegar a la cuna que no tuve. Mucho de lo que he hecho durante mi turno al bate en esta tribuna, en esta tierra, no es sino llorar candela. Y, después de cierta edad, sin los auxilios de mi Vieja, amar, vivir el minuto a plenitud, odiar como es debido, escribir y cantar (sin entonación ni rima o métrica) en controversia. [Palabras del autor para la puesta en circulación de El turno del hereje. Ediciones Nieve Negra 2010]. | Juan Manuel Rivera Negrón, poeta y ensayista puertorriqueño, autor de: Poemas de la nieve negra (1986), Estética y mitificación en la obra de Ezequiel Martínez Estrada (1987) y de El planeta prohibido (2004)
